Artículo
Dr. Roberto Assagioli

[edición en curso]

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«Podemos beneficiarnos y utilizar cualquier función o elemento de la psique, siempre que comprendamos su naturaleza y propósito, y lo coloquemos en su justa relación con el Todo».

[Principio fundamental para la psicosíntesis]

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Psicosíntesis

R. Assagioli

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El Sí Mismo: un centro unificador

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Resumen: La psicosíntesis al rededor de un centro unificador personal. El centro unificador psíquico y espiritual. El sí-mismo personal como fracción del Sí Mismo espiritual. El reconocimiento del Sí Mismo Universal para evitar la deificación del Sí Mismo individual. La Psicosíntesis mayor al rededor de un Sí Mismo superior.


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En nuestra revisión sobre las diferentes formas y tipos de psicosíntesis, hemos considerado aquellas en las cuales el centro unificador está constituido por alguna tendencia dominante de la personalidad, por ejemplo una función vital como la “maternidad”, o una actividad, o una tarea social o profesional, o finalmente, por la intensa admiración de un héroe o ser superior.

Pero estos centros no son aptos para producir una psicosíntesis completa, en la cual cada uno de los elementos que tenemos esté coordinado y armonizado en una unidad viviente, o una psicosíntesis completamente independiente, que no esté basada, por así decirlo, en elementos externos a nuestro ser.

Para llevar a cabo tal psicosíntesis completa e independiente se requiere de otro tipo de Centro Unificador. En primer lugar, dicho Centro ha de ser de una naturaleza diferente del resto de los elementos que conforman nuestra psique. Debe tener una forma diferente y superior a ellos porque sólo éste tendría el poder de dominarlos y reorganizarlos en una unidad orgánica. En otras palabras, el Centro unificador no debe ser sólo psicológico sino espiritual.

En segundo lugar, dicho Centro no puede ser algo ajeno a la personalidad, sino íntimo y verdaderamente central en ella. En breve, el Centro unificador debe coincidir con nuestro verdadero ser, con la más profunda esencia de nuestro ser interior.

“Yo”. ¡Cuántas veces usamos esta breve palabra durante el día, sin dudar o reflexionar, como si se conociera bien su significado! Todo el mundo sabe que esta palabra es el pronombre para la primera persona del singular; pero si además del artículo consideramos la palabra “Yo”, no como parte de una oración, sino como un símbolo de la realidad, existe una gran diferencia. Nuestra certeza sobre la noción obvia cambia súbitamente a perplejidad. Tenemos la sensación de ser confrontados por el misterio.

En ocasiones, el “Yo” nos parece la realidad más inmediata y segura. Otras, es tan vago, tan intangible, casi como un punto matemático. Parece algo distante, como coincidiendo en el infinito con innumerables paralelos. A veces tenemos un claro sentido de nuestra identidad personal a través de todos los cambios; luego otra vez parecemos cambiados, diferentes de nuestro “Yo” del día anterior, y no nos “reconocemos a nosotros mismos”.

A veces sentimos fuertemente la unidad de nuestro ser, la cohesión de sus partes en un todo orgánico, la personalidad; pero otras percibimos en nosotros profundas diferencias, fuertes contrastes; pareciera que dos almas nos poseen, las cuales nos laceran con sus luchas furiosas. A veces, nuestro “Yo” parece estar íntimamente ligado a nuestro organismo, dependiendo de él, y sujeto a cualquier cambio psicológico. Pero luego parece completamente independiente del cuerpo y hecho de una sustancia espiritual simple, inmutable e intocable por cualquier influencia material. Con frecuencia sentimos claramente la diferencia entre el “Yo” y el “No-Yo”, vemos un abismo entre nosotros y los demás, nos sentimos terriblemente solos, como islas alejadas de cualquier tierra; en otros momentos, pareciera que nos volvemos uno con una persona amada, con una multitud, con la naturaleza o con Dios. Cada noche nuestro “Yo” parece escaparse, desvanecerse durante el sueño, y cada mañana, milagrosamente reaparece como emergiendo de la nada...

No podemos estar satisfechos con conocernos a nosotros mismos tan vaga e imperfectamente. Nuestra insaciable sed de conocimiento nos lleva a escrutar lo inmenso, los mundos distantes y la multitud de seres que germinan en una gota de agua, no puede dejarnos indiferentes con respecto a lo desconocido en nosotros mismos, lo que nos perece el principal misterio del Ser. Pero no sólo el deseo de conocer nos impele hacia el fantasma del misterio, también motivos personales para afrontar cuestiones prácticas e inmediatas nos lo exigen. Sentimos que tenemos luz, orden y armonía dentro de nosotros, tratamos de distinguir entre los innumerables pensamientos, sentimientos e impulsos que surgen en nosotros, aquellos que realmente son la expresión de nuestro verdadero y más profundo ser, y aquellos que se derivan de las influencias externas o tendencias instintivas. Tratamos de dominar y eliminar aquellos que reconocemos que no nos pertenecen, o no valen la pena. Pero debemos admitir, si somos sinceros, que tales intentos son con frecuencia insatisfactorios. Las opiniones y tendencias que recibimos del medio ambiente se enmascaran como si fueran nuestras, mientras que frecuentemente dudamos y rechazamos nuestras más íntimas intuiciones. Los instintos, pasiones y hábitos que tratamos de controlar resisten obstinadamente todos nuestros esfuerzos o escapan a nuestro alcance, escondiéndose en el subconsciente, y por lo tanto, actuando de manera sutil, o incluso atacando violentamente, y en ambos casos, somos derrotados.

Nuestra falta de éxito se debe a varias razones: primero que todo a la dificultad real del problema. Además, actuamos ciegamente en el esfuerzo de la autoregulación debido a nuestra ignorancia de los métodos precisos para la investigación y disciplina de nuestros sí-mismos interiores. Estos métodos definidos, sin embargo, existen y son tan valiosos como los que gozan hoy de tan amplio interés y reconocimiento en la cultura física. En gran medida, nuestros errores y fracasos también se deben a una concepción demasiado rudimentaria sobre la naturaleza y los poderes de nuestro ser real. Por estas razones prácticas, se necesita un conocimiento más preciso de nosotros mismos, no sólo para un grupo especial de estudiantes, sino para cualquiera que desee una vida consciente y valiosa, como amo y no como esclavo de su mundo interior.

Pero si para averiguar lo que es el “Yo” nos volvemos hacia la psicología científica que hasta el momento ha ejercido una incuestionable influencia, e incluso ahora predomina en las universidades, quedaremos completamente frustrados. Para esta pregunta, la psicología no tiene una respuesta, no por que no la sepa, sino por que no quiere saberla. El camino ha sido deliberadamente excluido por la negación, a priori, de la existencia de un sujeto verdadero. Se ha decidido así, de acuerdo con la desafortunada expresión de Laing, de una “psicología sin alma”.

De hecho, como lo dijo William James hace algunos años, para la psicología, “el alma no está de moda”. Tal negación, a priori, no tiene justificación alguna. Para justificar esto, se debe dar una prueba de que no existe el Sí Mismo Superior. Tal prueba no existe. Algunos de los psicólogos más prudentes reconocen no negar absolutamente la existencia de un Sí Mismo Superior, pero dicen que tal cosa no tiene que ver con la psicología. Pero esta reserva agnóstica es meramente teórica. En la práctica, estudian la vida psicológica como si no existiera el Sí Mismo Superior y se identifican con aquellos que niegan su existencia. Pero incluso concediendo que uno puede, hasta cierto punto, hacer un estudio analítico y estructural del fenómeno psicológico independientemente de su relación con el Sí Mismo, el hecho que subsiste es que yendo de la anatomía a la fisiología de la vida psicológica, del estudio estructural al estudio funcional, del análisis a la síntesis, la existencia de un principio unificador, un centro activo, en resumen de un sí-mismo real, es absolutamente necesario.

Para comprender verdaderamente las diversas manifestaciones de la vida psicológica, tenemos que considerarlas como la expresión de un ser viviente que se propone a sí mismo ciertas metas, les adjudica un valor, desea alcanzarlas e intenta hacerlo, sobreponiéndose a las resistencias internas y externas que le impiden llegar a ellas. Si se admite la existencia de un Principio Unificador, debemos tratar de determinar tan claramente como sea posible Su naturaleza y Sus capacidades. La tarea es difícil debido a que la naturaleza y capacidades del “Sí Mismo”, no se autoexplican, al menos, no directamente a nuestra consciencia. De lo que normalmente somos conscientes es sólo lo que llamamos sí-mismo fenoménico, al cual se refieren todos los diferentes estados de consciencia, pensamientos, sentimientos, etcétera. Pero este sí-mismo fenoménico es sólo la manifestación de la consciencia ordinaria, el reflejo del “Yo” real, que es el principio activo permanente y la sustancia real de nuestro ser. Si recordamos el estado de consciencia de nuestro sí-mismo empírico, en otra palabras, nuestra consciencia ordinaria, en condiciones normales, es decir, cuando no nos observamos a propósito o reflexionamos sobre nosotros mismos, sino que nos dejamos llevar espontáneamente, nuestro sí-mismo consciente siempre se identifica con el contenido de la consciencia en un momento dado. De hecho decimos: “Yo estoy cansado, estoy descansando, estoy triste o feliz, yo soy bello o feo”.

La identificación de uno mismo con el cuerpo y los sentimientos es innumerable. Si, por ejemplo, un pensamiento triste ocupa nuestra consciencia, decimos “estoy triste”. Si un sentimiento de fatiga lo ocupa, diremos “estoy cansado”. Si queremos de comida, “estoy hambriento”, y así sucesivamente.

En el mismo sentido, nos identificamos con las características morales, intelectuales y sociales que representan sólo un aspecto parcial de nosotros mismos. Decimos “soy bello o feo”, “soy fuerte o débil”, “soy un hombre o una mujer”, “soy un hijo o un padre”, “soy positivista o espiritualista”, etcétera. El contenido particular o aspecto de nuestra consciencia no es siempre tan fuerte o tan completo como para ocuparla totalmente, y decimos “estoy cansado” mientras seguimos pensando en otras cosas. Pero si el estado es suficientemente intenso, como una profunda tristeza debida a la frustración o a una pérdida grave, ésta ocupa por cierto tiempo todo el campo de la consciencia y la identificación con el contenido de la consciencia es durante ese tiempo completa. Una persona con un profundo dolor no sólo piensa “estoy triste”, sino que olvida, de momento, que alguna vez ha estado sereno o animado, muy difícilmente puede concebir el hecho de que la alegría pueda existir, y si ve a los demás riendo y bromeando, se sorprende de su comportamiento y le parece extraño e irreal.

La persona tiende a generalizar y “objetivar”, por así decirlo, el estado subjetivo y transitorio con el cual se ha identificado y dirá por ejemplo: “la vida es triste”, “sólo el dolor es real y el resto es sólo una ilusión”. Supongamos que esta persona recibe alguna buena noticia: la pérdida que pensó que había sufrido no es real, el ser querido que pensó había muerto está a salvo. Inmediatamente veremos el cambio en su estado de consciencia; la tristeza cede el lugar a la alegría y la persona, identificándose con el nuevo estado mental, exclamará “¡soy tan feliz!” La vida le parecerá buena y valiosa, y a menudo, en la exuberancia de la alegría, olvida la existencia del dolor. Y si alguien o algo le recuerda su reciente dolor, le parecerá tan lejano e irreal, que será capaz de decir, “me siento como otra persona”.

Esta exclamación natural que hemos escuchado tan a menudo de hecho es muy significativa. Por un lado, muestra cuan aparentemente completa era la identificación del sí-mismo con el contenido la consciencia; pero la persona, incluso mientras dice estas palabras, sabe que realmente no es otra persona. En otras palabras, no perdió el sentido de identidad personal. Esto significa que mientras el sí-mismo fenoménico consciente se identifica con los diversos contenidos de la consciencia, hay algo en nosotros que no se identifica, que no cambia con los estados mentales mutables, que permanece siempre el mismo, fijo, inexpugnable. Este es nuestro “Yo” real, es centro o nuestra individualidad, la sustancia real de nuestro ser. Sin admitir la existencia de este Sí Mismo más profundo, es imposible explicar satisfactoriamente la duración del sentido de consciencia, o la sensación de identidad personal a través de los cambiantes estados mentales, y a través de las interrupciones de la consciencia producidas durante el sueño, los desmayos, la hipnosis y la narcosis. El hecho de que ordinariamente no estemos conscientes del Sí Mismo más profundo no es sorprendente. Comúnmente nuestra consciencia está ocupada por el flujo de nuestros diversos estado mentales. Nuestro sí-mismo empírico se identifica a sí mismo a su vez con cada uno de ellos. ¿Cómo podría entonces ser posible estar al mismo tiempo conscientes del Sí Mismo real? Es imposible, exceptuando circunstancias especiales, estar consciente de lo transitorio y de lo permanente al mismo tiempo. Pero si logramos detener el flujo mental por algunos momentos, dejando el campo mental libre del flujo de estados de consciencia que usualmente lo ocupan, podemos llegar a obtener un conocimiento parcial del Sí Mismo. No es un experimento fácil, y requiere de condiciones particulares. Las sensaciones internas y externas buscan continuamente invadir el campo de la consciencia, y continuamente surgen sentimientos, emociones, pensamientos y es difícil mantener la atención centrada en el Sí Mismo. Para lograrlo, se necesitan pacientes ejercicios de concentración y meditación, o bien, debe haber condiciones psicológicas excepcionales en las cuales la actividad mental ordinaria se suspende. Esto explica cómo es que la mayoría de las personas nunca han estado conscientes del “Yo” más profundo. Por lo tanto, dudan o niegan su existencia. Pero aquellos que a través de experiencias excepcionales o por medio de pacientes esfuerzos han alcanzado tal consciencia, tienen una profunda certeza de la existencia del Sí Mismo real.

Que la consciencia se impone a sí misma sobre el sí-mismo ordinario es una de las pruebas más convincentes de la existencia del Alma. Sólo las leyes de asociación, la acción y reacción mecánicas sobre los diversos elementos psicológicos es enteramente insuficiente para explicar las manifestaciones superiores de la vida psicológica. La razón, la imaginación creativa, el juicio moral, la capacidad de elegir, los actos de voluntad, implican una actividad sintética, directiva y creativa. Pero esta actividad no tiene lugar en el sí-mismo empírico, a la luz de la consciencia ordinaria. Sólo los resultados alcanzan el sí-mismo personal. Y en ciertos casos, cuando la actividad del Espíritu es intensa y sus resultados irrumpen súbita, casi violentamente en la consciencia ordinaria, un sentido más o menos confuso de un poder misterioso que ejerce una influencia es sentido. El poeta que siente dentro de él un inescrutable poder que le dicta versos inspirados, el monje a cuya consciencia se revela el poder y la grandeza del Dios Supremo, el patriota a quien la voz imperiosa de la consciencia le dicta el sacrificio por la victoria de su país, todos los que tienen experiencias similares coinciden en que testificar que hay una poderosa fuerza interior que opera sobre la consciencia ordinaria impulsándolos en la dirección de sus más profundas aspiraciones.

Cuando la existencia y el maravilloso poder del Sí Mismo más profundo es reconocido, el “Conócete a Ti Mismo” del Oráculo de Delfos adquiere un nuevo y profundo significado. Ya no significa sólo “analiza tus pensamientos, sentimientos y acciones”, significa estudia a tu Sí Mismo más íntimo, descubre al ser real oculto en las profundidades de tu alma, aprende su maravillosa potencia.

En este punto, me gustaría evitar una posible objeción, o eliminar un posible malentendido. El hecho de que hallamos hablado del sí-mismo ordinario y del Sí Mismo más profundo no significa que existan dos “Yoes” separados e independientes, dos seres dentro de nosotros. El Sí Mismo es en realidad uno. Lo que llamamos el sí-mismo ordinario es una pequeña parte del más profundo Sí Mismo que la consciencia de vigilia es capaz de asimilar en determinado momento. Es por lo tanto contingente y cambiante, una “cantidad variable”. Es un reflejo que se torna cada vez más claro y vívido, y que quizá pueda algún día tener éxito en unirse a su fuente.

Otro posible malentendido debe ser afrontado. Este reconocimiento de nuestro ser más elevado no debe tomarse como una deificación del Sí Mismo individual. Este sería el caso sólo si lo considerásemos separado de su natural e íntimo contacto con la realidad, es decir de otros seres y del Ser Supremo, el Sí Mismo Universal. Esta concepción nos da al contrario un medio para conocer este contacto más claramente, y por lo tanto, abrirnos conscientemente más a su influencia.

La concepción espiritual del Sí Mismo y del Alma han sido admitidas generalmente, aunque expresado de diferente forma, por la filosofía cristiana y la tradición religiosa. San Agustín afirmó la unidad absoluta y trascendente del Sí Mismo. Varios místicos hablan de la Chispa, o la cúspide del Sí Mismo, y aún de la base, su centro, que es su realidad íntima y con la cual entramos en contacto con Dios...

El Padre Gratry, en su admirable libro, La Connaissance de l’Ame dice: “El alma trae dentro de sí tesoros ocultos que no se ven, no se sabe nada de ellos, no se los puede explicar” (p. 147). Agrega, sin embargo, que poseemos un “sentido interno” con el que, en ciertos momentos, somos capaces de sustraernos del tumulto habitual, de distracciones y pasiones, dándonos una clara y directa consciencia de nuestras propias almas.

«Siento algo como una forma interior... llena de energía, belleza y gozo... una forma de luz y fuego que sostiene la totalidad de mi ser: una forma que es estable, siempre la misma, a menudo reencontrada en mi vida y olvidada en ciertos intervalos, y siempre gozosamente reconocida con la expresión, 'Aquí esta mis verdadero Ser' ” (p. 199)

El reconocimiento de la existencia del Sí Mismo y de su naturaleza, es de un inmenso valor espiritual. Tal reconocimiento constituye una verdadera revelación para el individuo. Es el comienzo de una nueva vida y el fundamento necesario para un esfuerzo exitoso hacia la autoregulación, hacia la libertad y la regeneración interna; es decir, para una verdadera Psicosíntesis.

 

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El Sí Mismo: un centro unificador

Fuente: Kentaur Træning

Editada por la Fundación «La Piedra Angular» (en curso)
4 junio 2009

 

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