Artículo
Dr. Roberto Assagioli

[edición en curso]

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«Podemos beneficiarnos y utilizar cualquier función o elemento de la psique, siempre que comprendamos su naturaleza y propósito, y lo coloquemos en su justa relación con el Todo».

[Principio fundamental para la psicosíntesis]

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La vida espiritual

R. Assagioli

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El dinero y la vida espiritual

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“Durante los últimos 30 años han acudido a mi consulta personas de todas las regiones del mundo… De entre todos los que se encontraban en la segunda mitad de su vida… no había ni siquiera uno cuyo problema no fuese, en última instancia, hallar una visión religiosa de la vida.”
C. G. Jung

La espiritualidad consiste en considerar los problemas de la vida desde un punto de vista elevado, comprensivo y sintético; en probarlo todo sobre la base de los verdaderos valores; en intentar llegar a la esencia de los hechos, sin dejarse arrastrar por las apariencias externas, sin dejarse convencer por las opiniones tradicionales, sin dejarse influenciar por las masas, ni por las tendencias, las emociones o los prejuicios personales. La concepción espiritual de la vida y de sus manifestaciones, lejos de ser teórica o no-práctica, es eminentemente revolucionaria, dinámica y creativa.

Es revolucionaria porque, a la luz del espíritu, se evidencia que las valoraciones ordinarias y los comportamientos prácticos que de ellas se derivan están fundamentalmente equivocados. Esto es natural e inevitable, porque estas valoraciones y estos comportamientos son egocéntricos y separatistas y, dada la falsa perspectiva sobre la cual se basan, deforman la realidad y crean barreras artificiales en lo que verdaderamente es una sola vida. Por consiguiente, el punto de vista espiritual produce una especie de ‘revolución copernicana’ al sustituir las concepciones antropocéntricas y personalistas por un ‘heliocentrismo espiritual’, lo cual sitúa en su justo lugar los hechos y los problemas, pero, sobre todo, también a nosotros mismos.

La espiritualidad es dinámica y creativa porque los cambios de perspectiva, la alteración de los valores, el despejar la niebla de las ilusiones y la transfiguración del mundo y de la vida debida a esta nueva luz, provocan profundos cambios en nosotros, desvelan nuevas y potentes energías, ensanchan el campo de nuestra acción sobre los demás y transforman en gran medida la calida de dichas acciones.

Por ello resulta sumamente oportuna la revisión radical que las almas más iluminadas y fervorosas intentan en todos los aspectos de la vida humana. Tal revisión implica, primeramente, una clara comprensión y una decidida reafirmación de los principios y valores eternos del espíritu, y después, la aplicación de estos principios y valores a los problemas concretos, personales y sociales de nuestra época. Para que las soluciones espirituales resulten adecuadas a esta siempre mutable realidad y sean eficaces en la práctica, deben ser plásticas, y en cierto sentido, siempre nuevas y originales.

Entre los muchos problemas que actualmente oprimen a la humanidad, hay dos que tienen un interés central y que están relacionados con los más fuertes impulsos de acción en la vida de los individuos y la colectividad, por lo que requieren más que ningún otro ser examinados y estudiados a la luz del espíritu. Se trata de nuestros comportamientos con respecto al amor (entendido en su sentido más amplio incluyendo la sexualidad) y con respecto al dinero. Intentaré considerar brevemente el segundo.

Si nos auto examinamos con valerosa sinceridad –condición indispensable para seguir una vida espiritual digna de tal nombre– reconoceremos que el pensamiento del dinero nos provoca profundas e intensas resonancias, un tumulto de oscuras emociones y de reacciones apasionadas que demuestran que el ‘vil metal’ toca puntos muy sensibles de nuestra personalidad. Conviene poner luz sobre este caos, para lo cual es preciso que aflore a nuestra consciencia todo aquello que se encuentra en los bajos fondos de nuestro inconsciente. Ello implica eliminar toda censura. Pero entonces emerge una turbia oleada en la que se entretejen corrientes de miedo, de deseo, de codicia y de apego, junto con sentimientos de culpa, de envidia y de resentimiento.

Intentemos llegar al origen de estas fuerzas con la ayuda de Hermann Keyserling, quien a nuestro juicio ha indagado mejor que ningún otro las oscuras raíces telúricas de aquello que desde lo bajo se ha desarrollado en la personalidad humana: lo que en ella hay de mineral, de vegetal y de animal, sin por ello caer en el error –cometido por otros investigadores de los bajos fondos– de ignorar aquello que, por el contrario, tiene un origen superior totalmente independiente y que él denominaba muy apropiadamente ‘la irrupción del Espíritu’.

En sus Méditations Sud-Américaines, que quizás sea su obra más profunda, y también en su libro antológico Vie Intime, Keyserling pone en evidencia dos tendencias principales que se hallan justamente en la raíz de la vida. La primera es el Miedo originario, con respecto al cual nos señala lo siguiente: “este miedo originario no se refiere a la muerte, sino a la carestía”; es decir, se trata de miedo a la carencia del alimento necesario, del miedo al hambre. “Probablemente ello se deba a la existencia de un oscuro, pero intenso recuerdo atávico por la preocupante necesidad de procurarse alimentos, lo cual constituía una continua angustia para el hombre primitivo. Como salvaguarda contra este Miedo originario –prosigue diciendo– aparece el instinto de seguridad, el cual constituye el primer impulso activo de todo ser viviente”. Y el instinto de propiedad se desarrolla, según él, a partir de ese instinto de seguridad.

A la otra tendencia fundamental que surge de los bajos fondos del inconsciente – y que es la antítesis dinámica de la primera – Keyserling la denominó Hambre originaria, aunque a fin de evitar confusiones sería más adecuado llamarla Avidez originaria. En palabras de Keyserling, esta tendencia es: “el principio motor de todo crecimiento. Ahora bien, el crecimiento, por su propia esencia, aspira al infinito y ya desde sus inicios no reconoce ningún límite como definitivo. En consecuencia, este Hambre originario o primigenio es originalmente agresivo e insaciable. Por su propia naturaleza se opone a cualquier instinto de seguridad; el riesgo es su elemento, lo ilimitado es constantemente su objetivo. De ello se deriva un conflicto originario con todo aquello que pertenece al ámbito de la Propiedad y del Derecho. En los bajos fondos tiene lugar una perpetua y encarnizada lucha entre el Hambre y el Miedo; no existe allí ningún equilibrio permanente y armónico”.

No es difícil percatarse de que en nuestra civilización materialista estas dos tendencias se manifiestan en forma de codicia, que persigue adquirir y conservar la mayor cantidad posible de dinero y de otros bienes materiales. A pesar de los milenios transcurridos y el parcial refinamiento de la vida humana, es todavía tan arrolladora la fuerza de estos instintos que generalmente prevalecen –ya sea con manifestaciones violentas, ya sea de forma engañosa e indirecta, disfrazada tras hipócritas justificaciones– sobre cualquier otro móvil o freno superior, y no es raro que a menudo llegue a superar incluso al instinto de conservación.

Si pudiéramos darnos cuenta de la cantidad de delitos, traiciones, robos, despotismos, prostituciones físicas y morales, y bajezas de todo tipo que, más o menos encubiertas, los seres humanos llegan a cometer cotidianamente en nombre de la auri sacra fames –la execrable avidez de dinero– quedaríamos profundamente trastornados, por no decir aterrorizados. Y si después hiciésemos un sincero auto examen sobre este aspecto, temo que podríamos llevarnos alguna desagradable sorpresa.

De todo esto se han dado buena cuenta los elevados Seres que han venido a intentar la difícil tarea de elevar moralmente y despertar espiritualmente a los hombres, librándolos del sometimiento a sus pasiones.

Muchos siglos antes de la llegada de Buda, todos aquellos que en la India habían alcanzado un cierto nivel espiritual solían renunciar a todos los bienes terrenales y se convertían en sannyasin, llevando una vida mendicante. Así también, Buda abandonó en un principio todas sus riquezas y posesiones para ir en busca de la Verdad, y después, tras haber alcanzado la iluminación, para ayudar a los hombres a liberarse del dolor que es fruto del deseo. Jesús, por otra parte, advirtió en más de una ocasión con duras palabras de los graves peligros que para la vida espiritual representan las riquezas. A este respecto su acto más enérgico y combativo, y también el más conocido, fue el expulsar del templo a aquellos cuya avidez por el dinero les había llevado a profanarlo.

Esta actitud contraria al dinero continuó manteniéndose durante los siglos del cristianismo hasta culminar en el dramático y sublime gesto de San Francisco de Asís, que renunció a todo cuanto poseía e incluso a la ropa que llevaba encima y celebró jubiloso su mística boda con la señora pobreza. Frente a tales comportamientos y a las formas de vida que de ellos se derivan, surgen de forma espontánea en nosotros dos preguntas:

1- Desde un punto de vista espiritual, ¿son justas y necesarias estas actitudes? ¿Es necesario condenar el dinero para poder vivir espiritualmente?

2- Y de ser así, ¿es factible vivir de este modo en nuestros tiempos?

La respuesta a la segunda pregunta es fácil. Transcurridos algunos pocos decenios después de la muerte de San Francisco, la Comunidad Franciscana acordó que una vida regular en el convento no era prácticamente posible sin manejar dinero y sin poseer, de un modo u otro, edificios o terrenos. Esto dio lugar a fuertes controversias entre los seguidores rigurosos de la Regla primitiva y aquellos que pretendían adaptarla a las exigencias de la vida práctica. Estos últimos llevaron las de ganar, y actualmente los religiosos franciscanos se sirven de todos los medios que ofrece la vida moderna, desde el sello hasta el buzón, desde el tren hasta el coche o el avión, pagando regularmente por su uso. Por lo tanto, si esto lo hacen incluso los hijos de San Francisco, con más razón todavía podemos hacerlo nosotros, los laicos, enredados en los mil y un problemas de la vida económica, familiar y social e íntimamente integrados, no sólo por necesidad, sino también por propia elección, en la vida de nuestros tiempos. Y ello convencidos de que cualquier transformación de esta vida, en el sentido espiritual, no puede ser hecha desde fuera y de forma ajena, sino desde dentro de su conjunto y actuando como fermento.

Consideremos ahora la primera y más difícil pregunta. En primer lugar, es preciso ponerse en guardia contra las fáciles degeneraciones e hipocresías a las que puede dar lugar el desprecio por el dinero. Ello puede convertirse en una cómoda máscara para ocultar la pereza, la debilidad o las bajezas; puede dar lugar al parasitismo individual y colectivo. En realidad esto ha ocurrido ya, sobre todo en el pasado, por ejemplo en la India, en donde el clima, las condiciones de vida y la mentalidad colectiva lo hacían más fácilmente factible.

Pero todavía existe una objeción más fundamental contra estas actitudes negativas hacia el dinero, representada por una concepción totalmente opuesta y que, sin embargo, se inspira en principios religiosos. De acuerdo con esta concepción, que impregna el Antiguo Testamento, la riqueza y la prosperidad serían, por el contrario, señales tangibles del favor de Dios y el premio por conducirse justa y rectamente. La pobreza y las adversidades, en cambio, serían consecuencia del castigo divino o, como mínimo, el resultado de los errores de pensamiento, sentimiento o conducta, tanto individuales como colectivos. Tal concepción fue retomada por algunas corrientes religiosas y espirituales modernas y en ella se basa, más o menos conscientemente, la mentalidad americana. De este modo el éxito práctico y los valores personales llegan a identificarse. Aquel es señal y prueba de éste.

Veamos qué puede haber de cierto en esta teoría. Si Dios es bueno, afirman convencidos sus defensores, si Dios es amor, si desea lo mejor para el hombre y quiere que éste disfrute de una vida plena, alegre y ‘rica’ no puede estar en contra de que el hombre utilice al máximo los bienes terrenos que la naturaleza le otorga tan copiosamente. Si existe –y evidentemente existe– una jerarquía entre los reinos de la naturaleza, es de orden natural y divino que los reinos inferiores estén al servicio de los superiores. En los reinos sub-humanos sucede espontáneamente: el reino mineral hace posible la existencia de la vida vegetal que se alimenta gracias a ellos, y la contribución y el ‘sacrificio’ de ambos reinos es necesario para la manifestación de la vida animal.

Existe una relación similar entre los reinos subhumanos y los humanos. La vida del hombre necesita en gran medida de la contribución de los otros tres reinos. Por ello, los excesos y los abusos por parte del hombre no justifican la condena espiritual y la renuncia práctica a la recta utilización. Pero todavía hay más: con una adecuada utilización, el hombre no sólo recibe beneficios de los otros reinos –o, utilizando una expresión más realista, los disfruta– sino que les da mucho a cambio, elevándolos y refinándolos en muchos aspectos. ¿Acaso no podemos decir que en cierto sentido el hombre glorifica y sublima la materia mineral extrayendo de la oscuridad de la tierra las gemas aprisionadas y transformándolas en refulgentes brillantes, en rubíes, en topacios o en brillantes zafiros? ¿Acaso no imita de algún modo el poder de Dios al transformar las pesadas e inertes masas de metal en delicadísimos y vibrantes mecanismos pulsantes de vida, sabios en el tomar y transformar las más sutiles energías del éter?

Pero la obra benéfica del hombre se desarrolla de una forma mucho más importante sobre el reino vegetal y animal. ¡ Qué tarea ha realizado el hombre con las plantas, y cuánto las ha valorizado, al transformar tantos árboles selváticos de frutas pequeñas y aspérrimas en plantas que ofrecen sabrosos frutos portadores de salud y de alegría ! Más evidente aún es el comportamiento que una gran parte de la humanidad, aunque por desgracia no toda, adopta frente al reino animal. La doma de los animales y su crianza, aún cuando tenga fines utilitarios, produce invariablemente un refinamiento de esas especies animales y la manifestación de gérmenes de inteligencia que se desarrollan a partir de sus instintos. Además están las relaciones de afecto y comprensión entre el jinete y su caballo, entre el hombre y su elefante o su perro, que se puede decir que casi ‘humanizan’ en cierta medida a esos animales.

Todo esto pone en evidencia el aspecto positivo del uso de los bienes materiales por parte del hombre, uso que requiere algún tipo de posesión o de intercambio activo de estos bienes entre los hombres. A su vez, para practicar estos intercambios se precisan unos medios que los faciliten o agilicen, y entre todos ellos el dinero es si no el único, ciertamente el más práctico e indispensable. Hay todavía otro elemento de verdad en esta concepción favorable a las posesiones, y es el hecho de que en muchos casos la adquisición de estos bienes es realmente fruto del trabajo, de la previsión, del ahorro, de la disciplina y de otras virtudes morales, mientras que por el contrario la pobreza y el fracaso a menudo pueden ser atribuidas a los vicios o defectos opuestos: pereza, falta de previsión, malversación, desorden. Por otra parte, es obvio que no siempre es así, y que la acumulación de riquezas a menudo va acompañada de codicia, dureza de corazón, de una ausencia total de escrúpulos e incluso puede ser el fruto de hábiles fraudes o de robos legales. Es por ello evidentemente unilateral y a menudo no responde a la verdad la identificación entre favor divino, mérito moral y éxito económico.

Evidentemente, el examen realizado hasta aquí sobre las relaciones entre el dinero y la espiritualidad no nos ha facilitado ninguna conclusión en concreto, e incluso es posible que nos haya dejado todavía más perplejos que antes. Pero ello no podía ser de otra forma, puesto que el problema tal y como lo hemos expuesto hasta ahora está mal enfocado. Se ha intentado hacer una apreciación objetiva del dinero, se ha probado etiquetarlo como algo ‘malo’ o ‘bueno’, como algo reprochable o apreciable; pero este tipo de valoración objetiva y externa así como cualquier otra de este género es fundamentalmente errónea, ya que está basada sobre un equívoco y, por consiguiente, sobre una irrealidad. Abandonemos por ello este planteamiento y recomencemos por unos caminos totalmente distintos. Empecemos por otorgarle una designación más apropiada.

¿Qué es en realidad el dinero? Es un medio convencional creado por los hombres para facilitar el intercambio de bienes, así como para hacerlo posible en amplia escala dentro de la complejidad y el rápido desarrollo de la vida contemporánea. Así pues, el dinero es simplemente un instrumento, un símbolo de los bienes materiales. Por ello, por sí mismo no merece “ni cet excés d’honneur, ni cette indignité” (ni este exceso de honor, ni esta indignidad).

Es por ello que los que lo condenan con vehemencia equivocan la dirección, y entonces lo justo es que el ‘organismo competente’, que es la verdadera moral, responda al ‘remitente’, o sea, al hombre. Es en el alma humana donde se hallan la verdad y el error, el bien y el mal, el mérito y la culpa. Y si examinamos este problema desde este más justo y profundo punto de vista podremos constatar que los errores y las culpas del hombre respecto al dinero son sustancialmente de dos géneros: uno particular hacia el dinero mismo; el otro concerniente, junto con él, a todos los bienes materiales.

El principal malentendido y los errores de conducta que de él se derivan provienen de la tendencia humana a confundir el medio con el fin, de identificar el instrumento con lo que éste produce o, en un sentido más general, el símbolo con la realidad que representa, la forma con la vida. Es un error del que se pueden observar continuos ejemplos, a menudo cómicos. Ello se manifiesta en todas las formas de coleccionismo devenido un fin en sí mismo, un ejemplo del cual es el bibliómano que llega a preferir ediciones casi ininteligibles, porque son antiguas y raras, a excelentes ediciones modernas. Pero en el caso del dinero no se trata de una inofensiva y más o menos ridícula manía, sino de sórdidas manifestaciones de avaricia que ‘pierden el alma’, simbólicamente hablando; se trata de una violenta codicia que no se detiene ante la culpa o el crimen, desde el sanguinario homicidio por rapiña hasta los más refinados, dañinos e innobles: aquellos que cometen los fabricantes o vendedores de armas que fomentan los conflictos entre los pueblos; aquellos que ilegalmente fabrican o trafican con estupefacientes; aquellos que dirigen redes de prostitución o que explotan el sexo publicando y difundiendo ‘sugestivas’ imágenes y escritos pornográficos bajo el manto de la ‘literatura’ y del ‘arte’.

Por ello el primer acto espiritual que debemos cumplir es el de librarnos de sobrevalorar el medio o el instrumento por el cual se otorgan e intercambian los bienes terrenos, o sea: el dinero. Rechacemos resueltamente ofrecer un sacrificio más sobre el altar de este falso numen, librémonos de la fascinación que ejerce este ídolo y reduzcámoslo con visión clara y sosegada frialdad a lo que es en realidad: un simple instrumento, un cómodo artificio, una útil convención.

Eliminado así este primer obstáculo, podemos pasar a resolver el problema sustancial: el que se refiere a nuestras relaciones con los propios bienes materiales, de los cuales el dinero no es más que un símbolo y un sustituto temporal. Hemos visto cómo los bienes materiales –ya sean alimentos, ropa, viviendas, instrumentos de trabajo u objetos de arte– se componen sustancialmente de materiales extraídos de los tres reinos de la naturaleza que se utilizan ya sea en su estado natural, ya sea después de haber sido transformados y adaptados al hombre. En ellos no puede haber, por tanto, ningún mal intrínseco. Desde un punto de vista naturalístico son cosas; desde el punto de vista religioso, son dones de Dios.

De ahí que lo que significan para nosotros, así como su efecto benéfico o maléfico, dependen de nuestra actitud interna hacia ellos y de la utilización que, con libertad de elección, podemos y queremos hacer de ellos. Este reconocimiento fundamental nos conduce a toda una serie de aclaraciones de gran importancia espiritual y práctica. En primer lugar, resulta evidente que la falta de posesiones externas no resuelve de ningún modo el problema. Aparte de todas las limitaciones y de la esclavitud que conlleva la pobreza en la vida moderna, si un ‘pobre’ desea apasionadamente los bienes materiales, si no piensa en otra cosa más que en procurárselos, si se halla resentido y enfurecido contra aquellos que los poseen, se encuentra psicológicamente esclavizado por ellos. Esto no significa que no sea lícito buscar mejorar la propia condición; más bien es casi un deber intentarlo. Pero ello puede hacerse sin dejarse absorber u obsesionar por completo, manteniendo la propia libertad interior y la propia dignidad.

A su vez, un rico moralmente desapegado de sus posesiones y que se sienta libre interiormente no se encuentra en absoluto disminuido espiritualmente por sus riquezas; psicológicamente es un ‘pobre’ de espíritu, en el sentido evangélico. Para llegar a dominar así los bienes materiales, para resistir las continuas tentaciones a las que dan ocasión– tentaciones sexuales, pereza y egoísmo de toda suerte –es preciso poseer un temple de ánimo ciertamente particular, es preciso saber vivir en un clima espiritual que constituye la verdadera prueba de fuego de la libertad interna, del desapego, del ‘espíritu de pobreza’.

Pero tampoco esta ‘pobreza interna’ resuelve completamente el problema. Cuando el hombre tiene su consciencia tranquila y, por consiguiente, hasta cierto punto está a bien con Dios, también debe ponerse a bien con sus semejantes, con los cuales se encuentra entretejido en una trama de relaciones íntimas e indisolubles de índole moral y práctica. Por ello, la liberación interior debe ir acompañada por una correcta utilización de los bienes que se poseen. Ello también conlleva, a su vez, dos problemas:

1) El de su recto uso individual;

2) el de su recto uso colectivo.

La base para una correcta utilización individual subyace en la renuncia a la idea de que lo poseído es un derecho personal. La propiedad jurídica es algo puramente humano, que se justifica psicológica y prácticamente debido al nivel medio del desarrollo moral de la humanidad. El deseo de poseer es una fuerza primordial que merece ser tenida en la debida cuenta; no puede eliminarse o reprimirse violentamente. Pero contemplada espiritualmente, la propiedad asume un aspecto y un significado bien distintos. Ya no se trata de un derecho personal, sino de una responsabilidad tanto hacia Dios como hacia los demás hombres.

Si nos acogemos a una concepción religiosa de la vida, debemos reconocer que todo procede de Dios, que todo nos viene dado por Él y que, por tanto, en realidad es suyo. Él es el único y universal ‘propietario’. Si además nos adherimos a la concepción más metafísica de que la vida es inextricablemente una, que sólo el Supremo, lo Absoluto, tiene una existencia Real y que todas las manifestaciones individuales no son más que efímeras apariencias, menos todavía podemos admitir que la propiedad personal pueda tener una base espiritual. Desde el punto de vista espiritual, por lo tanto, un hombre tan sólo puede considerarse depositario o administrador de los bienes materiales que, de una u otra forma, posea jurídicamente. Tales bienes constituyen para él una auténtica y verdadera prueba a la cual es sometido, así como una responsabilidad espiritual, moral y social muy difícil de mantener dignamente.

Este lenguaje resulta algo insólito en estos tiempos y puede parecer la expresión de un idealismo poco práctico. Sin embargo estoy convencido de poder demostrar que posee un valor inmediato y superior a lo que pueda parecer a primera vista. En primer lugar, aquellos que poseen una sensibilidad moral algo refinada llegan espontáneamente a la conclusión arriba citada. Recordemos, por ejemplo, los nobles escrúpulos que perturbaron el ánimo de Antonio Fogazzaro cuando entró en posesión de los bienes heredados. Recordemos también las duras luchas que atormentaron a Tolstoi durante la mayor parte de su vida.

Pero el concepto de ser unos ‘servidores sociales’, de ser meros depositarios de las riquezas –ya sea adquiriéndolas mediante la producción, ya sea distribuyéndolas después a ésta mediante donaciones para obras humanitarias– no sólo ha sido adoptado sino llevado a cabo por algunos de los hombres más prácticos, realistas y realizadores del mundo contemporáneo. Harto conocidos son los casos de desinterés, de austeridad en la vida personal y de una asidua labor inspirada por un ideal de servicio a la sociedad de Edison o de Ford, por ejemplo. Pero también entre aquellos hombres que dedicaron la primera parte de su vida a negociar preocupados por acumular riquezas, luchando incluso ásperamente contra sus competidores, existen algunos que en un determinado momento se sintieron impulsados (por motivos probablemente diversos) a utilizar o a destinar gran parte de sus riquezas a obras humanitarias y culturales. El ejemplo más típico de este tipo es el de J. Rockefeller, el cual, tras haberse convertido en el ‘Rey del Petróleo’, fundó, dotándola de gran capital, la Rockefeller Foundation. Esta institución fomenta los estudios y las investigaciones científicas, sobre todo en el ámbito de la medicina, llevando su aplicación a la práctica en amplia escala. Entre otras obras, esta Fundación eliminó la fiebre amarilla que había causado millares de víctimas entre los obreros de la zona del canal de Panamá, y financió una campaña mundial contra la malaria. Pero también hay otros conocidos ejemplos.

Hay una importante razón por la cual estas iniciativas no deberían ser excepcionales ni escasas, sino multiplicarse amplia y rápidamente. Una poderosa agitación impulsa a las masas humanas y las hace intolerantes y rebeldes contra la concepción individualista que hace de la propiedad un derecho incondicional, sin ninguna responsabilidad hacia la colectividad, así como contra el estado que permite y protege este derecho. Por consiguiente, el pueblo ya no se conforma con las ayudas o medidas que asumen un aspecto de ‘caridad’ o de beneficencia paternalista que llevan implícita una superioridad y magnanimidad en quienes las otorgan y una obligación de reconocimiento y gratitud por parte de aquellos que las reciben.

Ahora bien, hasta que no se cumplan estos cambios sociales, o mientras se están cumpliendo, es necesario, para frenar la impaciencia de las masas, que aquellos que posean bienes materiales no los consideren como un derecho incondicional, sino que demuestren que saben y que quieren utilizarlos dignamente y para el bien de todos. Esto debería hacerse de dos formas: La primera de ellas consiste en limitar, o mejor aún eliminar, los despilfarros egoístas, la vida lujuriosa y la ostentación de objetos costosos que irritan y también exasperan a los que carecen de lo más necesario o de todo aquello que, poco a poco, va siendo considerado como necesario para mantener una vida más acorde con la dignidad de un ser humano.

Acaso no resulte superfluo intentar desenmascarar aquí un sofisma en el que muchos creen, aunque quizás de buena fe, para justificar su lujo. “De este modo –pretextan– hacemos circular el dinero y proporcionamos ganancias a muchos trabajadores”. A ello se puede y se debe objetar en primer lugar que una circulación demasiado rápida del dinero obstaculiza las inversiones productivas a largo plazo, que es lo que precisa el bienestar colectivo, porque con el dinero gastado en un objeto de lujo se podría más humanamente subsanar las necesidades urgentes de aquellos que carecen de lo necesario.

La segunda forma de hacer buen uso de las propias riquezas es la de invertirlas en empresas que produzcan y que multipliquen los bienes útiles a los demás hombres, para después dedicar la mayor parte posible de las ganancias así adquiridas a obras humanitarias. A este respecto, y aunque valoramos debidamente la labor de aquellos que han contribuido o contribuyen a elevar el nivel de vida de la humanidad y a mejorar su salud, debemos afirmar que el empleo más benéfico de las riquezas es el que se orienta hacia la elevación moral y espiritual de los hombres. De hecho, esta utilización posee un doble valor. El primero, que es de carácter preventivo, consiste en combatir las causas profundas de todos los tipos de males que asolan a la humanidad. Todo hombre moralmente regenerado constituye un peligro menos y un elemento activo más del bien en la sociedad. El otro valor, más directo e inmediato, consiste en el hecho de que de esta forma se otorgan a los hombres las más nobles y duraderas riquezas, aquellas que proporcionan el más elevado y sustancial consuelo, la más pura y viva alegría.

Fáciles y numerosas son las formas en las que un rico, animado por la buena voluntad, puede utilizar sus medios para el bien moral y espiritual de los hombres. He aquí algunas de estas formas: La publicación y difusión de buenos libros. Estos son una verdadera reserva de energías espirituales: poseen el poder, que bien podríamos llamar ‘mágico’, de permitirnos entrar en comunión con los espíritus más elevados de la humanidad a pesar de la distancias del espacio o el tiempo, y de recibir su mensaje de vida. Hay libros que han influido eficazmente en el curso de la historia. Recientemente, el efecto benéfico de los buenos libros ha sido reconocido y valorado, e incluso utilizado como un método de psicoterapia, la biblioterapia, mediante la cual el médico debe proponerse ‘dar el libro adecuado a la persona adecuada y en el momento adecuado’.

Pero a menudo los mejores libros, los más beneficiosos, resultan muy difíciles de encontrar. A veces las ediciones están agotadas y no vuelven a reeditarse, o bien no son traducidas a todos los idiomas. En este aspecto los ricos ‘iluminados’ podrían realizar un incalculable bien, incluso sin grandes sumas de dinero. Con el valor de una torre, un coche o alguna costosa antigüedad se puede publicar un libro que añada luz, consuelo y estímulo a millares de personas. Además, con mucho menos se podrían regalar a bibliotecas o a particulares decenas de ejemplares de un libro que nos haya hecho bien a nosotros o a otros.

Lo mismo puede decirse de la publicación de periódicos o de revistas. Además de la prensa, se pueden producir y difundir mensajes de gran valor moral y espiritual con diversos medios: cine, radio, televisión, etc. Se han producido películas muy beneficiosas, aparte de las de carácter específicamente educativo, que aportan mensajes espirituales de los que tan necesitada está la humanidad y de los que, aunque sea inconscientemente, está sedienta.

Además, convendría crear y potenciar toda una serie de instituciones que actuasen como Centros de ayuda psicológica y espiritual: Consultorios educativos para padres; consultorios pre y postmatrimoniales; Centros de profilaxis psicológica y de psicoterapia; iniciativas para la prevención de suicidios; Institutos para jóvenes precoces y especialmente dotados, etc. Algunos de estos centros ya existen y llevan a cabo una labor realmente útil, pero su número y su campo de acción son insuficientes en relación a las inmensas y urgentes necesidades actuales.

Finalmente, está el tema de la preparación y utilización de los trabajadores o ‘servidores’ espirituales. Estos deben poseer una vocación especial y unas características muy particulares que no siempre resultan fáciles de encontrar. Por ello deberíamos ponernos a la búsqueda de las personas que las posean y considerarlas como valiosos instrumentos del bien, poniendo a su disposición todos los medios necesarios para que puedan dar el máximo rendimiento posible y desarrollar de forma rápida y eficaz su misión. Se trataría de hacer con los ‘expertos humanitarios y espirituales’ en ese ámbito lo que se hace en los distintos campos de la técnica.

Ahora conviene examinar brevemente los aspectos colectivos – nacionales, sociales y mundiales – de la utilización del dinero y de los bienes materiales en general. Aún cuando los ricos tomaran la decisión de hacer todo cuanto acabamos de exponer y se consideraran a sí mismos como ‘gerentes’ y administradores responsables de los bienes concedidos por Dios –y nadie es tan ingenuo como para creerse una cosa así– el problema no estaría todavía totalmente resuelto. Para la compleja vida moderna la acción individual no es suficiente. Existen grandes problemas de producción y de distribución, de trabajo y de organización, de economía y de finanzas, que sólo pueden resolverse a gran escala mediante organismos nacionales, internacionales y mundiales.

Los principios básicos de una utilización espiritual del dinero y de los bienes que éste puede generar son los de una justicia social auténtica y una repartición ecuánime de los recursos naturales entre todos los pueblos de la Tierra. Actualmente se están reconociendo y afirmando rápidamente estos principios y se está desarrollando por todas partes y de distintas formas, una dura y dramática lucha entre aquellos que exigen su puesta en práctica y los que la obstaculizan, abierta o encubiertamente, debido a su estrechez de ideas, a su apego hacia las posesiones y privilegios que detentan o a su carencia de sentido humanitario. Sería injusto olvidar aquí las ayudas proporcionadas por las naciones más ricas a los países más pobres; no es preciso hacer un psicoanálisis de los móviles, sino que conviene apreciar positivamente el beneficio recibido.

Pero el deber, la importancia y la urgencia de esta gran tarea en el ámbito material no debería desplazar a un segundo plano la otra labor igualmente necesaria y urgente a desarrollar en el ámbito ético-espiritual. Aquellos que dominados por la ideología del materialismo tan sólo consideran al ‘hombre económico’, están dejando de lado la profunda verdad, más psicológica que moral y religiosa, contenida en el dicho “No sólo de pan vive el hombre”. El ser humano también precisa de bienes culturales y espirituales, y por consiguiente tiene todo el derecho de poseerlos. Pero aún hay más: el bienestar económico, no sólo no es suficiente, sino que además puede presentar inconvenientes y peligros al producir efectos perniciosos en aquellas personas que carecen del temple moral necesario para hacer buen uso de dicho bienestar. Numerosos y conocidos son los ejemplos de esta índole, pero como la inmensa mayoría de los hombres no los tiene en cuenta o los olvida en su ciega avidez y en su frenética carrera por la conquista de las riquezas, conviene llamar la atención sobre ellos.

Recordemos que los hijos de los millonarios que no trabajan en las empresas de sus padres ofrecen a menudo un espectáculo público de vida disoluta, y recordemos también los escándalos que suelen producirse en el seno de la denominada ‘alta sociedad’. Incluso entre las personas muy ricas cuya conducta es irreprochable existen casos de suicidio. Además, una serie de encuestas llevadas a cabo en distintos países han demostrado que generalmente los millones ganados en la lotería o en las carreras no aportan la felicidad a sus afortunados ganadores, sino que por el contrario estas ganancias suelen ser dilapidadas rápidamente y de mala manera, llegando a provocar a veces incluso graves crisis familiares.

Un hecho menos conocido y menos espectacular, aunque quizás más significativo, es que incluso un moderado y justificado bienestar, la seguridad material o la desaparición del miedo con respecto a los apuros económicos pueden presentar inconvenientes. Un claro ejemplo de ello son los países escandinavos, donde las extendidas previsiones sociales aseguran a todos los ciudadanos subsidios y asistencias en caso de necesidad. Pues bien, la falta de incentivos y de riesgos ha generado un sentimiento de monotonía y de aburrimiento en estos países que se muestran en elevados índices de suicidio. Naturalmente que han influido aquí causas diversas; pero ello nos demuestra que el bienestar económico no resuelve los problemas, y no es sólo que no aporte la felicidad, sino ni siquiera serenidad. Ciertamente que el remedio no consiste en acabar con estas ayudas sociales que eliminan una gran cantidad de desgracias y de sufrimientos. El remedio consiste en adecuadas ayudas de carácter psicológico y espiritual.

Tales ayudas son también actualmente necesarias y urgentes por otra razón. El rápido desarrollo técnico, la revolución industrial que se está llevando a cabo debido a la ‘automatización’ y a la utilización de la energía nuclear producirán, una vez superadas las inevitables crisis de ajuste, una considerable disminución del trabajo y de las horas laborales y, en consecuencia, mayor bienestar económico. De esta forma las personas podrán disponer de más tiempo, de más energías y también de más dinero. Pero si no han sido educadas para utilizar todo esto de forma constructiva, para refinarse y elevarse, dicha ‘disponibilidad’ se convertirá en una amenaza y en un peligro.

Finalmente, para evitar cualquier sentimiento de inferioridad o quizás de noble amargura en aquellos que no tienen posibilidades de contribuir económicamente a una causa, es bueno recordarles que esta forma de beneficiar a los demás no es la única ni tampoco la más elevada; existen muchas y distintas maneras de servir a la humanidad. Incluso las más sencillas y humildes, como mecanografiar un texto, escribir unas direcciones, etc., tienen un gran valor y dignidad espiritual cuando se realizan con fines humanitarios y al servicio de una obra espiritual. En realidad, los diversos modos y medios de servicio se entrelazan e integran recíprocamente. Las obras de quienes dedican su propio tiempo y sus energías requieren para su desarrollo de las aportaciones económicas y de los medios materiales necesarios. Y a la inversa: cuanto más numerosos y generosos sean los donantes, más numerosos deberán ser aquellos que sepan hacer uso fecundo y elevado de dichos medios. Por ello, y bajo este prisma, la tarea esencial e impelente es formar nuevas élites, esos equipos de pioneros de la Nueva Era constructores de una civilización nueva y mejor y de una cultura nueva y superior.

De todo lo expuesto creo que es fácil deducir que el problema del dinero y de los bienes materiales es un problema esencialmente espiritual que sólo puede resolverse a la luz del espíritu. En verdad que espíritu y materia, esos aparentes y relativamente ‘enemigos’, pueden y deben unirse de manera armoniosa en una síntesis dinámica en la unidad de la vida.

“La totalidad del organismo heredado es trastornada y se descompone; el alma se entreabre de forma natural y se produce una refusión general que tan sólo aguarda el advenimiento de la impronta espiritual que le dotará de una nueva forma. Es precisamente esta inmensa posibilidad, vislumbrada y presentida por millones de hombres, lo que en definitiva alimenta el entusiasmo, el fervor y el espíritu de sacrificio que se evidencia en las revoluciones de cualquier nación. Y ello se debe a que el hombre, aunque conscientemente crea sólo en los datos y en los valores terrenales, es en el fondo Espíritu…De ahora en adelante todo depende de la iniciativa espiritual, y por lo tanto personal, de los hombres.”
Hermann Keyserling

De todo lo expuesto creo que es fácil deducir que el problema del dinero y de los bienes materiales es un problema esencialmente espiritual que sólo puede resolverse a la luz del espíritu. En verdad que espíritu y materia, esos aparentes y relativamente ‘enemigos’, pueden y deben unirse de manera armoniosa en una síntesis dinámica en la unidad de la vida.

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Dinero y Vida espiritual

Fuente: The Psychosynthesis and Education Trust, London

 

Editada por la Fundación «La Piedra Angular» (en curso)
30 Mayo 2009

 

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