Dr. Roberto Assagioli

[edición en curso]

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El Desarrollo Transpersonal

5. Supercosciente y creación artística

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Ya hemos visto que existen diversas manifestaciones del inconsciente que tienen un valor cualitativamente superior al de la conciencia normal, y que ésta, incluso queriendo, no es capaz de producir. Tales manifestaciones provienen de un nivel psíquico superior al ordinario que, por ello, es llamado superconsciente o sobreconsciente.

Entre los músicos, encontramos algunos casos de sorprendente precocidad: Mendelsohn empezó a componer a los cinco años, Haydn a los cuatro y Mozart nada menos que a los tres años. A estas edades la personalidad consciente todavía no está formada, y por lo tanto no puede ser ella la que produzca estas composiciones. En los adultos la creatividad sucede generalmente de manera espontánea, imprevista e imperativa, lo cual es prueba de la autonomía de las facultades creativas. Provienen de lo que llamamos inspiración, que puede ser definida como la transmisión de elementos psíquicos desde el superconsciente al consciente.

George Sand escribió sobre Chopin que para él «la creación era espontánea, milagrosa; la encontraba sin buscarla, sin preverla, y le llegaba completa, improvisada, sublime». El gran naturalista Buffon atestigua: «Sientes como una pequeña sacudida eléctrica que te golpea en la cabeza y el estómago y, al mismo tiempo, inflama tu corazón. Este es el momento de la genialidad». Según De Musset: «No se trabaja, se escucha. Es como si un desconocido nos hablase al oído». Lamartine decía: «No soy yo quien piensa; son las ideas las que piensan en mí». A William Hamilton el concepto de los números hipercomplejos que denominó cuaterniones le relampagueó en la mente mientras paseaba con su esposa. Un inventor concibió de golpe la forma de construir cierto prisma particular (problema sobre el cual había meditado durante mucho tiempo, pero sin éxito), mientras leía una novela. El químico Kekule cuenta que vio danzar los átomos en el aire mientras viajaba sobre la plataforma de una autobús en Londres, lo cual le permitió formular su teoría sobre los grupos atómicos.

Aunque no seamos grandes artistas o científicos, a muchos de nosotros nos ha sucedido que nos brotaban nuevas ideas mientras escribíamos, de forma tal que nuestros escritos han tomado desarrollos del todo imprevistos. Pero todavía hay más: en algunos casos, la inspiración surge durante el sueño al punto que incluso desvela al durmiente.

Tratemos de darnos cuenta de cómo funciona esta facultad y cuáles son sus relaciones con el yo consciente y con el resto de la psique. Ante todo, no debemos confundir la inspiración con la creación. Una analogía podrá ayudarnos a diferenciar los diversos estadios de la producción artística o intelectual y a comprender su mecanismo o, mejor dicho, el íntimo proceso orgánico creativo.

Existe un estrecho paralelismo entre la creación psicológica y la generación física. Ante todo, entre ambas está el momento de la fecundación, de la concepción. En la creación psicológica el elemento fecundador lo produce a veces un estímulo externo que impresiona vivamente la imaginación y suscita profundas emociones, intensos sentimientos y pone así en movimiento la actividad creadora del superconsciente.

Un ejemplo muy conocido y también bastante notable, puesto que concierne a un escritor que normalmente trabajaba de forma lenta y reflexiva y con una máxima cooperación de la conciencia, es el del poema «Cinco de Mayo» de Alejandro Manzoni.

El anuncio inesperado de la muerte de Napoleón le impresionó profundamente y le inspiró rápidamente el himno. En él, el poeta describió claramente cómo fue su génesis; es decir, cómo la conmoción impulsó a su «genio» (nosotros diríamos que fue a su superconsciente) a escribir.

 

En fulgurante trono

vi a mi genio oculto.

Constante entonces, una y otra vez,

cae, resurge y permanece,

de entre las mil voces del sonido

la suya sin mezclar.

 

Fecundado de servil encomio,

y ante el cobarde ultraje,

surge de pronto enternecido

irradiado por tal resplandor

que escoge de la urna un cántico

que acaso no morirá.

 

A veces se trata de múltiples estímulos, aunque menos intensos, que actúan directamente sobre el superconsciente del artista de modo que pasan inadvertidos a su conciencia. En muchos otros casos, en cambio, el estímulo determinante no es externo sino interno. En estos casos se halla constituido por las tendencias, los impulsos, los sentimientos y los problemas que se agitan en el ánimo del artista, el cual, al no poder encontrar ningún desahogo, satisfacción o solución en la vida, los manifiesta en una fantasía creativa a través de la cual transmite su fuerza impulsora. Se trata de la transformación y sublimación artística de los sentimientos personales. Heine lo expresó de forma muy simple y eficaz: «De mi gran dolor saco mis pequeños cantos». Se pueden encontrar ejemplos del análisis de esta fuente de inspiración en diversas obras psicológicas, pero hay que tomárselas con muchas reservas dada la tendencia de muchos psicólogos a exagerar. Los análisis más razonables se hallan contenidos en el libro Psychanalyse de l´art, de Charles Baudoin.

En parte, también la Divina Comedia puede considerarse como la expresión transfigurada del amor de Dante por Beatriz, que no pudo hallar satisfacción terrenal. Así también el Tristán e Isolda de Wagner fue descrito por él mismo como «un monumento al amor que no pude satisfacer».

El estímulo puede también poseer una naturaleza más elevada, consistiendo en una vivida intuición de la Realidad superior, en un relámpago de iluminación espiritual. Esto sucedía a menudo en épocas más espirituales, en las que el arte poseía un carácter religioso y el poeta era además profeta y vidente. Es el caso de Dante, el cual expresa admirablemente en el «Paraíso» sus intuiciones e iluminaciones místicas.

En los casos en los que el estímulo iniciador de la aportación superconsciente es interno, se puede hablar de una autofecundación, es decir, de una relación creativa entre las distintas partes o elementos de una misma psique.

Pero existe una tercera posibilidad: aquella en que los estímulos proceden de influencias psíquicas que actúan telepáticamente sobre las almas sensibles y receptivas. Esta hipótesis podría ser avalada por algunos casos de intervenciones sincrónicas o de manifestaciones simultáneas, sin comunicación externa. Las podríamos calificar de manifestaciones del inconsciente colectivo, pero ésta es una expresión que no explica nada.

A continuación viene el período de «gestación», de elaboración interna, la cual, al igual que la física, puede desarrollarse fácilmente y sin producir trastornos, pero lo más corriente es que resulte fatigosa, complicada y penosa. Su duración puede ser muy diversa: quizás se produzca rapidísimamente, de forma casi inmediata, pero otras veces puede extenderse mucho. En algunos casos, el artista se siente preso de una sensación de desánimo e inquietud, con momentáneos florecimientos; en otros lo vive como algo negativo, con una árida sensación de desgana y de incapacidad para producir. Es frecuente que el artista interprete erróneamente este estado como una parálisis de sus facultades productivas y se atormente intentando forzar la inspiración mediante diversos estímulos —el alcohol, por ejemplo— lo cual es a menudo dañino y en vano. En los períodos de florecimiento, es posible dar ocasión a la colaboración responsable y voluntaria del artista con su inconsciente, colaboración que se puede desarrollar de múltiples formas según sea el tipo psicológico y la estructura de la personalidad.

Finalmente, llega el momento del nacimiento, de la irrupción en la conciencia, o sea, de la inspiración propiamente dicha y su expresión externa. Al igual que en el parto, tal expresión puede resultar fácil y espontánea, o bien difícil y dolorosa; tal vez precise de ayuda artificial y entonces el resultado no sea tan vital. En algunas ocasiones se produce exaltación y un gran gozo (recordemos el Eureka de Arquímedes); en otros se trata de algo tormentoso, como fue el caso de Alfred de Musset que intentaba substraerse de tal estado mediante excesos de diversa índole.

El producto artístico puede nacer con diferente grado de desarrollo: puede ser un poco como aquellos animales que son capaces de valerse por sí mismos nada más nacer, o bien puede ser como el niño recién nacido que necesita de cuidados ulteriores, ser alimentado y desarrollarse. De esta misma forma, la obra de arte puede llegar ya casi perfecta al primer toque y tan sólo precisar de una leve revisión o retoque, o bien llegar sólo su diseño y será necesario desarrollar después su trama conscientemente.

La relación mutua entre la creación espontánea y la actividad consciente, y su respectiva proporción, puede ser muy variada y compleja.

Existe a veces un desdoblamiento consciente y casi alucinatorio. Considerando las alusiones que Dickens hacía en sus cartas respecto a la personalidad independiente —por así decir— de sus personajes, y comparando estas alusiones con otros hechos que conocemos, deberemos considerarlas como genuinas. El mismo afirmaba que Mrs. Camp, una de sus mejores creaciones, le «hablaba» —generalmente en la iglesia— con una voz que era como una advertencia interna.

El dramaturgo francés De Curel hizo un agudo análisis de su método —o, mejor dicho, de sus experiencias— durante el trabajo: describe que comienza tratando el tema de la forma habitual y quizás con más dificultad y temor que otros escritores, pero enseguida siente que algunos de los personajes brotan en él y le hablan del mismo modo que Mrs. Camp hablaba a Dickens. Estos personajes no le eran netamente visibles, pero sentía que se movían en torno suyo dentro de una escena, ya fuera cuando estaba en su casa o en el jardín, de modo que casi podía verlos vagamente, como en un sueño. A partir de entonces ya no componía más, ni creaba; tan sólo hacía una revisión literaria: los personajes hablaban y actuaban por sí solos al punto de que incluso cuando el escritor era interrumpido o estaba durmiendo, el drama seguía desarrollándose espontáneamente en su mente; y cuando se distraía y no pensaba en su trabajo, escuchaba a veces fragmentos de frases que formaban parte de escenas de las cuales él todavía no se había ocupado. Esto significa que la elaboración subliminal —es decir, subconsciente— del drama ha traspasado y precedido el punto en el cual se ha detenido el trabajo consciente. De Curel veía en este pequeño desdoblamiento de la personalidad una especie de brote o excrecencia de la personalidad primitiva, que es de nuevo reabsorbida gradualmente, aunque no sin una penosa lucha, apenas concluido el drama.

Esta es una manifestación específica de las subpersonalidades que existen en todos nosotros.

Análogamente, Luigi Pirandello, ingenioso y atormentado anatomizador de la disociación y de la complejidad psicológica, hizo declaraciones similares y llevó este problema a escena en su original comedia Seis personajes en busca de autor.

La génesis de las creaciones artísticas y de las invenciones que hemos delineado, así como la existencia de diversos niveles psíquicos semi-independientes, explican ciertos hechos curiosos y paradójicos concernientes a las relaciones entre un autor y su obra. A veces el estado de ánimo consciente del artista es netamente distinto del que expresa en lo que está creando, e incluso puede ser totalmente opuesto.

Rossini, por ejemplo, compuso alguno de los fragmentos más alegres de El barbero de Sevilla mientras estaba encolerizado. El era muy perezoso y por ello nunca era puntual a la hora de entregar sus composiciones. Había sido ya anunciada la fecha del estreno de El barbero de Sevilla, y aunque ésta se iba acercando cada vez más, él no había comenzado a componer casi nada. Entonces el empresario, sabiendo que él era muy perezoso pero también muy glotón, lo encerró con llave en su habitación y no le hacía llegar la comida hasta que no hubiese terminado de escribir un cierto número de páginas. Y es por ello que Rossini escribía completamente encolerizado en su lecho (que era donde normalmente solía componer) y arrojaba las hojas poco a poco a través de la ventana, ávidamente recogidas por los escribanos que aguardaban en el patio para copiarlas.

Sucede con frecuencia que en otros casos el autor experimente un extraño sentimiento de desinterés, incluso de alejamiento hacia aquello que ha producido. Por ello, cuando pasado un tiempo relee de nuevo sus escritos, siente una impresión de novedad y casi de maravilla ante lo que ha brotado de su pena. Pero hay más: también puede suceder que el autor no comprenda bien su propia obra ni reconozca su significado más profundo, mientras que otra persona, quizás algún crítico experto, sabe comprenderla y la saca a la luz. Hace muchos años pude presenciar un caso típico de este tipo: un médico intuitivo y espiritualmente elevado leyó públicamente varias poesías en presencia de su autor, haciendo comentarios de gran ingenio que ponían de relieve el significado espiritual y simbólico que contenían. Después de la lectura, el poeta dijo: «Jamás hubiese imaginado que mis poesías ludiesen encerrar todos estos significados, pero ahora ¡tengo que admitirlo!». Debo señalar que ese poeta era más bien un vividor sin grandes aspiraciones espirituales, con una vida personal bastante mediocre.

Ilustraré todo cuanto he dicho mediante ejemplos muy distintos entre sí, pero que ayudarán a comprender en lo posible el admirable proceso de la inspiración y de la creación. Empezaré por citar el claro y candido testimonio de un genial escritor: Hermann Keyserling.

 

«Me convertí en escritor, aunque originalmente no tenía ninguna tendencia a escribir, debido sólo a que para poder materializar mi ser —y, debido a mis capacidades existentes y, sobre todo, a mi incapacidad— no veía ningún otro camino ante mí más que el de la expresión escrita. Al escribir, nunca me he sentido demasiado distinto a un médium: jamás he sabido lo que iba a decir. Tan sólo he sentido el impulso de decir en ese momento algo sobre un determinado tema.

Los primeros resultados se producían cada vez más rápidos y constituían para mí una verdadera sorpresa, aunque sólo fuese la sorpresa de reconocer con alegría aquello que, en un principio, tan sólo había presentido.

Cuando en Darmstadt tuve que desarrollar una actividad externa (la fundación y dirección de la «Escuela de la Sabiduría») en la que nunca había pensado y que, por mi carácter, no me resultaba apropiada en absoluto, se me precisó el hecho sorprendente de que mi producción debía de llevar un determinado título y entregarse en un plazo determinado. Por aquel entonces jamás tuve necesidad de pensar en lo que iba a escribir, ya que conforme se iba aproximando la fecha fijada, todo aquello que había presentido tomaba forma por sí mismo» (Mis relaciones con lo suprasensible).

 

El segundo ejemplo es el de un escultor, Ernesto Masuelli. Se trata de un joven que quedó ciego a los diecinueve años por una herida de guerra. Jamás se había dedicado al arte y tampoco lo hizo inmediatamente después de haber perdido la vista, sino que pasado un cierto tiempo y casualmente, como si de un juego se tratase, intentó modelar un poco de plastilina: sus resultados fueron tan interesantes que le impulsaron a dedicarse a modelar de forma asidua. De este modo se desarrolló en él un talento con la característica de ser completamente espontáneo y que es sorprendente debido a su ceguera. Al preguntarle sobre su forma de crear, Masuelli me respondió literalmente: «No vigilo mi mano mientras trabajo; yo me siento aquello que hago. En esos momentos, soy aquello que estoy labrando y dejo que la mano actúe sola. Modelé El soldado (una de sus más bellas esculturas) en tres cuartos de hora, en un estado como de ensueño, casi de inconsciencia. Siempre trabajo serenamente, lleno de gozo.» Resulta sumamente interesante su alusión al proceso de identificación, de personificación.

El tercer ejemplo, aún más significativo en algunos aspectos, es el de la poetisa y dibujante María Gallotti. Me extenderé más sobre este caso ya que logré recopilar directamente sus datos biográficos: Me remitiré a una parte de mi discurso inaugural para la exposición de dibujo realizada en el «Circolo della Stampa» de Roma.

Ya desde su más tierna infancia, María Gallotti fue muy distinta de las demás niñas y jovencitas. Solía alejarse del ambiente que la rodeaba y encerrarse en su mundo: un mundo rebosante de hermosas visiones, de bondad y de perfección. Esta intensa introversión y la disociación psíquica que producía se vio agravada por un doloroso hecho que ella misma explicaba así:

 

«Pasé mi infancia y mi juventud sumida en una pesadilla de la cual jamás creí poder llegar a despertar. Para mi desgracia, y creo que estas desgracias suceden a menudo y resultan sumamente perniciosas para mucha gente joven, tuve un maestro, Dios le perdone, que en lugar de desarrollar en mí el amor por el estudio con cariño o estimular mis conocimientos, no cesaba de repetirme continuamente que yo era una persona deficiente, incapaz de desear y, menos aún, de hacer nada bueno y que estaba destinada a convertirme en el peor fracaso de todo el colegio. Esta labor de sugestión quizás halló en mi una debilidad de carácter, porque no sólo no supe rebelarme y reaccionar, sino que terminé por considerarme una desgraciada, incapaz de ver algo de lo que las otras comprendían y de trazarme en la vida mi propio camino».

 

Esta maléfica sugestión hizo que la parte mejor y más verdadera de la personalidad de María Gallotti permaneciese paralizada y durante muchos años su vida transcurrió en un estado casi de sonambulismo. Esa parte llegó después a manifestarse, pero en otras personalidades más débiles, menos sanas o con menos vida interior, esas deprimentes e insanas sugestiones acaban brutalmente con cualquier germen de vida espiritual, provocando desequilibrios y auténticas enfermedades nerviosas y psíquicas. Se trata de mutilaciones morales que en ciertos aspectos suelen ser mucho más graves que las físicas, y constituyen una gran responsabilidad para quienes las llevan a cabo. Su única excusa es que a menudo no tienen ninguna consciencia del daño que hacen, pero ha llegado el momento de que estos delitos psicológicos cesen, ha llegado el momento de que todos se den cuenta de que las críticas, la desvalorización, el pesimismo y los pronósticos de fracaso son un verdadero veneno, mientras que la comprensión, el cariño, el ánimo y el sano optimismo son vivificantes, provocan súbitas energías y pueden producir una admirable evolución interior y unas obras realmente maravillosas. Esta inconsciencia caracteriza a algunas madres que aman (aunque a su manera) a sus hijos, y sin embargo arruinan sus vidas con estas imágenes negativas y con estas continuas críticas.

Durante muchos años María Gallotti vivió dignamente sus experiencias como mujer y como madre, pero siempre se sintió presa del sutil e insuprimible tormento de aspirar con nostalgia hacia una vida espiritual que consideraba inalcanzable, ya que se sentía dominada por unas energías interiores a las que no sabía dar rienda suelta y menos aún expresar creativamente. Pero de repente le sucedió algo realmente maravilloso y sorprendente: una noche sintió repentinamente un fuerte impulso a escribir unos versos que afloraban de forma espontánea en su conciencia. Maravillada y algo titubeante, obedeció este impulso y los versos fueron surgiendo rápidamente sin necesidad de realizar ningún tipo de esfuerzo. Desde entonces, esta vena poética brotó viva y fresca como un inagotable manantial. Eran versos fluidos y armoniosos que, sin la más mínima carga retórica ni pretensión «literaria», expresaban con gran sensibilidad los sentimientos, reacciones y aspiraciones de un alma tan dulce y sensible como también fervorosa e intensa.

Pasados algunos meses, tuvo lugar otro acontecimiento aún más sorprendente que el primero: María Gallotti empezó a dibujar espontáneamente, sin haberlo hecho nunca anteriormente y sin haber recibido jamás ni una sola lección de dibujo. No fue un aprendizaje gradual, ni un desarrollo creciente de una facultad artística, sino que se puso súbitamente a dibujar una de las imágenes más difíciles por técnica y expresión: la figura del Cristo. El impulso que, con inconsciente audacia, la empujó a ello fue su enorme deseo de tener una imagen de El, que se correspondiera con su propia visión interior y a la que dedicar sus plegarias. Y lo logró.

Enseguida empezó espontáneamente a dibujar, con una sorprendente facilidad y rapidez de ejecución, numerosos diseños. Entre ellos, poseen particular interés y valor una serie en la que representa al Cristo crucificado evangelizando.

Además de sobre este tema, que era su predilecto, María Gallotti también dibujó sobre otros muchos, entre los que destacan los de San Francisco, Santa Caterina y Santa Clara; una posterior serie de delicadas interpretaciones o «transcripciones figurativas de la música de los grandes compositores: Bach, Beethoven, Haydn o Schubert; además de representar simbólicamente diferentes estados de ánimo: añoranza, amargura, atracción, reflexión, meditación, felicidad, serenidad, etc.. y en fin, también un gran número de retratos.

Todo cuanto he expuesto anteriormente sobre el proceso de inspiración y de creación, lo encontramos netamente en el arte de María Gallotti: hay estímulos externos, pero sobre todo internos y espirituales, elaborados desde un superconsciente sumamente vivo y sensible; se produce el nacimiento fácil y espontáneo del producto artístico ya completo con cada una de sus particularidades y por consiguiente, con una mínima o ninguna participación de la personalidad consciente; todo se elabora y se prepara en una región más elevada, y de ella proviene.

Nos resta el problema de su singular habilidad técnica. Sobre ello me limitaré a formular la hipótesis de que puesto que la imagen y la visión interna del dibujo son en ella tan vivas, tan nítidas y precisas en cada una de sus particularidades, se crea la correspondiente coordinación neuromuscular necesaria para poder plasmar sobre el papel los trazos de lápiz y llegar a objetivar así tal imagen.

La hiperactividad superconsciente de María Galloti se ha manifestado también en muchos otros aspectos: en más de una ocasión sintió claras intuiciones premonitorias de hechos que más tarde sucedieron realmente. A menudo se sintió fuertemente impulsada a actuar de alguna determinada forma que, después, se demostró acertada. Además, siempre se sintió guiada y apoyada por una Fuerza espiritual superior.

Aunque aquí apenas hemos traspasado los umbrales del misterio, no me seguiré extendiendo sobre este punto. Concluiré este capítulo parafraseando lo que Shakespeare puso en boca de uno de sus personajes: «Hay más cosas entre el cielo y la tierra que cuanto la mente humana generalmente admite.»

 

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El Desarrollo Transpersonal

Supercosciente y creación artística


Fuente: Lo sviluppo transpersonale, Astrolabio, Roma 1988.

TRADUCCIÓN: Jorge Viñes Roig

Editada por la Fundación «La Piedra Angular» (en curso)
6 junio 2009

 

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