Dr. Roberto Assagioli

[edición en curso]

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El Desarrollo Transpersonal

3. Alpinismo Psicológico

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Hemos dicho que existen dos modos distintos, y en cierto sentido opuestos, de exploración del superconsciente. El modo más frecuente es el que denominamos descendente, que consiste en la afluencia o irrupción de elementos superiores en el campo de la conciencia. Este modo se podría considerar como una forma de telepatía —telepatía vertical, concretamente— porque entre el Yo consciente y el Sí Mismo hay una considerable distancia. Estas afluencias se manifiestan en forma de intuición, de inspiración, de creaciones geniales o de inclinación hacia las acciones humanitarias y heroicas. También se producen fenómenos específicamente parapsicológicos, algunos de los cuales inducirían a admitir que a través de los tres niveles del inconsciente llegan hasta la conciencia influencias e impulsos de origen extraindividual.

El otro tipo de relaciones y de contactos que podemos establecer con el superconsciente es el ascendente. Este consiste en la elevación del yo consciente —y, por lo tanto, del área de la conciencia— a niveles más altos, hasta penetrar en esa zona que normalmente permanece ignorada porque está por encima del nivel ordinario de nuestro conocimiento. Esto se halla claramente indicado en nuestro esquema (ver pág. 41)

La zona del centro representa el nivel y el área donde normalmente se ubica el conocimiento, con el yo consciente en el centro. Cuando se produce el ascenso interno, todo se trastoca v el yo se abre al nivel del superconsciente. De este modo el área de la conciencia llega a incluir el contenido del superconsciente aproximándose cada vez más al Sí Mismo espiritual.

Vamos a examinar ahora con detenimiento este segundo modo.

He denominado «alpinismo psicológico» a este ascenso. Esta designación no es tan sólo una comparación más o menos sugerente, sino que indica una analogía substancial y una estrecha relación simbólica. Para su descripción me baso, entre otros, en algunos apuntes de un hábil matemático y no menos valiente alpinista: el profesor Ettore Carruccio.

Una primera analogía concierne a los diversos móviles que pueden inducir e incitar al ascenso, tanto a nivel físico como a nivel interno. «A veces —escribe Carruccio— la pasión alpinística asume una forma tal que guarda relación con el concepto del superhombre, en el sentido de Nietzsche. Esta forma nace de una exasperada afirmación del poder individual, mediante la superación de extremas dificultades no exentas de graves peligros». Análogamente, el impulso por abandonar los niveles habituales de la vida psíquica puede consistir en una búsqueda y en una afirmación de superioridad que nacen del deseo de desarrollar unas facultades mediante las cuales dominar a los demás: es la «voluntad de poder» nietzschiana, la codicia por adquirir poderes «mágicos» o superiores a los normales. Se trata de un móvil puramente egoísta, aunque a veces pueda ocultarse bajo apariencias pseudo espirituales.

Otro móvil común a ambos alpinismos es el de evadirse de la vida ordinaria o de la realidad común, considerada y sentida como mezquina, triste, aburrida y, en definitiva, insatisfactoria de un modo u otro. Es una reacción frecuente a las constricciones y a la vulgaridad de la vida moderna, sobre todo en las grandes ciudades.

Un tercer móvil es la fascinación que ejerce directamente lo desconocido o lo extraordinario. Se trata de ese misterio que siempre ha impulsado al hombre a la conquista, a la exploración o al conocimiento de lo nuevo, de aquello que está más allá, en pos de la vivencia de unas experiencias distintas a las habituales. Este móvil —este impulso imperioso y a veces irresistible— lo personificó Hornero en la figura de Ulises, dedicando toda la Odisea a desarrollar este tema. Modernamente se manifiesta en la búsqueda de experiencias extraordinarias, empleándose cualquier medio —ciertas drogas, por ejemplo— para lograrlas. Es preciso tener en cuenta este móvil para comprender muchas de las cosas que suceden actualmente.

Un cuarto móvil es la atracción y fascinación por la aventura, por las dificultades, por el riesgo en sí mismo, independientemente de los resultados y de las compensaciones. Existen algunos casos evidentes, como el del navegante solitario que atraviesa los océanos en una frágil barca. Esto es lo que sucede precisamente en el alpinismo denominado «académico», que consiste en la búsqueda y en las tentativas de recorrer nuevos caminos, los más difíciles, para llegar a la cima de una montaña que se podría alcanzar por vías menos peligrosas.

Este móvil se asocia a veces con el precedente y ello explica que tantos jóvenes hagan caso omiso de las advertencias, sin embargo, disminuyan sus manifestaciones de riesgo cuando disminuyen las constricciones y prohibiciones externas. Es muy importante llegar a reconocer este hecho, porque demuestra que en el trabajo de prevención y tratamiento de toxicómanos es preciso recurrir a otros métodos, a otros modelos psicológicos. No digo que el mero hecho de no indicar el riesgo y el perjuicio de aquello que hacen bastará para disuadir a los toxicómanos, pero no debemos aferramos a ello.

Un quinto móvil, a menudo muy poderoso, es la atracción o la fascinación por lo que es realmente superior, por aquello que posee un valor más alto de naturaleza genuinamente espiritual. No debe ser confundido este móvil con los precedentes, aunque no es de extrañar que en algunos aspectos pueda ser asociado con ellos. «Bajo este aspecto —escribe el profesor Carruccio— el alpinismo puede contemplarse como una rama de la ascética y en relación con el sentimiento religioso en sus distintas manifestaciones desde la antigüedad hasta nuestros tiempos». Evocando una congregación de alpinistas, Guido Rey escribió con espíritu poético: «Las cumbres a nuestro alrededor son los altares donde se van a cumplir los misteriosos ritos, terribles a veces, lejos de la vista de otros hombres, pues así es como se lleva a cabo el rito más terrible y el más santo».

Esta afirmación es muy significativa. Explica el motivo de la intensa atracción y la fascinación que siempre han suscitado las montañas y el carácter sagrado que todas las razas y pueblos les han atribuido, así como el estado de entusiasmo, de euforia y de elevación interna experimentado por los alpinistas.

He aquí algunas expresiones significativas, extraídas de «Ad summum per quadratum», [1] un óptimo estudio de Edouard Monod-Herzen sobre este tema: «El guía Joseph Pession, al entrar en el refugio superior del Cervino, me dijo: «llegando aquí se abandonan todas las miserias terrenas...; ahora entramos en un mundo totalmente nuevo». Y uno de los porteadores, al llegar a la cima, dijo que oía la voz de los ángeles y que ahora ya podía morir contento».

El pintor Alberto Gross, según explicaba su hijo Cario, experimentó durante setenta años un amor apasionado por el Cervino, transformado en una especie de sentimiento místico. «Esto mismo —afirma Monot-Herzen— es idénticamente aplicable a Cario Gross y a Guido Rey, como se aprecia en el libro que conjuntamente escribieron sobre el Cervino, e incluso también a mí mismo, que en cincuenta años he realizado diecinueve ascensiones al Cervino encontrando en cada una de ellas un nuevo significado y un nuevo encanto».

Es sabido que los indios consideraban la cumbre del Himalaya cerno la morada de los Dioses y que los griegos ubicaban a sus divinidades sobre el monte Olimpo. El gran pintor japonés Hokusai pintó más de cien veces el sagrado Fuji, considerado como el templo de la divinidad denominada «La Princesa de la Flor-Florecida», que alude a la rosa y a su floración. En uno de los cuadros de Hokusai se ve la cumbre del Fuji brillando al sol, mientras que en una de sus laderas arrecia el temporal. Otros testimonios son los templos que se encuentran sobre los montes, la revelación de Moisés sobre el monte Sinaí, y la transfiguración de Cristo sobre el monte Tabor y su de la montaña.

Pero examinemos más de cerca y con mayor precisión las analogías entre las diferentes fases de la ascensión externa e interna. Antes de cualquier tipo de ascensión se precisa una adecuada preparación. Para un alpinista consiste en el entrenamiento de sus músculos en un llano, ya sea haciendo gimnasia o utilizando cualquier otro medio que le permita estar en forma es evidente que antes de partir es imprescindible estar lo suficientemente preparado en el llano, ya que sería absurdo intentar una ascensión mientras todavía resulte fatigoso hacer marcha o gimnasia. Esto es obvio, sin embargo no siempre se tiene en cuenta cuando se trata de una ascensión psicoespiritual, la cual se intenta a menudo sin haber llevado a cabo ningún tipo de preparación.

En la Psicosíntesis siempre insistimos en que para que tenga lugar una adecuada psicosíntesis personal, es preciso que se dominen y utilicen las energías y las funciones normales del hombre antes de empezar a desarrollar las superiores, es decir, antes de salir a explorar el superconsciente. Cuando no es así, pueden llegar a producirse graves desequilibrios psíquicos.

Pero la preparación física o psicológica no es suficiente; también es preciso un conocimiento teórico de la zona por la que nos vamos a aventurar. En el caso de las montañas, y con la excepción de aquéllas que se escalan por primera vez, existen mapas topográficos con informaciones y descripciones que aportan los que han estado anteriormente. Esto se corresponde en el ámbito psicológico con los conocimientos ya adquiridos en relación al superconsciente por medio de los escritos de aquellos que han tenido experiencias de los niveles superiores. Pero todavía resultan mucho más útiles las informaciones personales de aquellos que han explorado esas alturas: ellos son los genuinos instructores espirituales; y digo genuinos», porque muchos de los que así se proclaman no lo son.

Con esta doble preparación, podemos enfrentarnos a la ascensión. Es una ascensión, no un «vuelo»; por consiguiente, posee varias fases y etapas. Existen dos descripciones, ambas muy instructivas y aclaratorias, de esta ascensión gradual. Una de ellas es la subida de Dante al monte del Purgatorio, que es el tema del segundo canto de la Divina Comedia. Observado bajo un punto de vista psicosintético y analógico, aún ahora puede seguir proporcionándonos muchas indicaciones útiles y siempre actuales porque, en gran parte, tanto los obstáculos como las dificultades de superación siguen siendo los mismos.

La otra es la subida al monte Carmelo, descrita en un grueso volumen de San Juan de la Cruz. Esta posee un carácter específicamente ascético y místico, pero también en ella hay algunos tesoros del conocimiento psicológico y de las instrucciones que, traducidas al lenguaje moderno y exceptuando algunos rasgos específicos de la época, pueden resultar muy instructivas. Daré solamente un ejemplo: San Juan de la Cruz describe minuciosamente los estados de aridez y de frialdad de la «noche oscura» que aparecen tras las primeras experiencias gozosas, cálidas y plenas de sentimiento. Tales estados se corresponden con el frío y la espesa niebla que, llegado a un cierto punto de la ascensión y antes de alcanzar la soleada cima, ha de afrontar el alpinista.

Este simbolismo de la montaña y del ascenso ha sido utilizado en algunos métodos psicoterapéuticos. Carl Happich, profesor de clínica médica de Darmstadt, al emplear activamente la psicoterapia presentaba tres situaciones simbólicas a las que llamaba Meditación del prado, de la montaña y de la capilla.

Este método de ascensión interna mediante la ascensión imaginaria a una montaña ha sido utilizado, entre otros, por Desoille en su técnica del «réve éveillé», y después ha sido desarrollado y modificado con el nombre de «Imagerie mentale» y «Oneiro-thérapie» por el doctor Virel.

La importancia de los símbolos como espejo y camino de la realidad espiritual se indica en el siguiente esquema:

 

diagrama-huevo
  1. El Yo consciente o Yo personal
  2. Centro unificador externo
  3. El Sí Mismo Superior o Transpersonal: El Centro Espiritual

 

En este esquema vemos que existe un centro externo que puede actuar como espejo del Ser espiritual. A veces, resulta más fácil percibir el Sí Mismo espiritual a través de su reflejo en un centro externo que mediante la ascensión directa. Este centro puede constituirlo el propio terapeuta, como modelo ideal, pero también un símbolo, como el de la montaña. Existen varias categorías de símbolos y entre ellos hay diversos símbolos análogos al de la ascensión que pueden ser utilizados con este objeto.

En la Psicosíntesis, utilizamos ejercicios de este género. Uno de ellos es la anteriormente citada ascensión al monte del Purgatorio. La Divina Comedia puede ser considerada como el poema de la psicosíntesis, porque describe sus tres grandes estadios: primero, la bajada al Infierno, que es la fase psicoanalítica, el descenso al abismo del inconsciente inferior; luego la subida al Purgatorio, que representa la evolución interior; después la ascensión al Paraíso, que indica siempre los más altos estadios de la realización espiritual.

Otro grupo de símbolos se utilizan en el ejercicio basado en la leyenda del Grial, que he descrito en mi libro Psicosínteis: manual de técnicas y principios (págs. 171-173 de la ed. italiana).

Estos símbolos no sólo poseen una eficacia terapéutica, sino que también sirven —incluso más eficazmente todavía— para conquistar las luminosas cumbres del superconsciente, es decir, para descubrir todas sus maravillas y utilizar sus tesoros.

Al igual que existen diferentes vías para escalar una montaña, también hay diversas «vías internas», adaptadas a los diferentes temperamentos y tipos psicológicos, para subir por las laderas del superconsciente y entrar en contacto con el Sí Mismo espiritual. Se puede seguir la vía mística, la vía del amor, la vía estética expresada por Platón en su famosa escala de la belleza, la vía meditativa, etcétera.

Vamos a examinar a continuación la vía meditativa, que es la que está más directamente vinculada al campo de la Psicosíntesis.

La primera fase de esta vía, que se corresponde en cierto sentido con la preparación arriba mencionada, es la del recogimiento, la concentración desde la periferia hasta el centro, la desidentificación, es decir, la liberación de los contenidos ordinarios del campo de la conciencia. Normalmente, nuestra conciencia suele estar bastante dispersa en algunos de sus puntos, mientras que en otros recibe continuos mensajes o «informaciones» sobre los distintos niveles del inconsciente y del mundo exterior. Por consiguiente, antes que nada es necesario «reentrar en uno mismo», es decir, retirar la conciencia al yo consciente, ubicado en el centro del área consciente al nivel normal.

Es preciso que haya silencio; y no precisamente externo, sino interno. A este respecto citaré la ingeniosa respuesta de un Instructor ante la queja de uno de sus discípulos: «Yo cierro los ojos, no pongo atención en el exterior, me tapo los oídos para no escuchar ninguna palabra o ruido, pero a pesar de todo no consigo realización alguna» El instructor le respondió: «Intenta mantener la boca cerrada y busca el silencio no en el exterior, sino en tu interior». De hecho, si observamos atentamente nos daremos cuenta que hay una parte de nosotros mismos que habla continuamente. Son las voces de nuestra sub-personalidad, de nuestro inconsciente, que produce un continuo clamor interno. Por ello no es suficiente con el silencio externo, y sin embargo es posible mantener un recogimiento a pesar de los ruidos externos.

La segunda fase la constituye propiamente la verdadera meditación. Ante todo, la meditación debe ser sobre un tema formulado con una frase o indicado por una palabra. Su primer estadio consiste en la reflexión intelectual, pero ésta debe ir seguida por algo mucho más profundo y vital. Se trata de percibir, de darse cuenta conscientemente de la calidad, el significado, la función y el valor de aquello sobre lo que se está meditando; de sentir cómo vive y cómo actúa en nuestro interior. En vez de palabras también se pueden utilizar imágenes o símbolos, observándolos en el exterior y visualizándolos en nuestro interior.

Más elevado todavía es el estadio de contemplación, pero resulta muy difícil —por no decir imposible— explicar con palabras en qué consiste. Sólo puedo decir que se trata de un estado de tal profunda identificación con aquello que se está contemplando que incluso se llega a perder la conciencia de toda dualidad: es una fusión entre el sujeto y el objeto en una unidad viviente. Más adelante, cuando ya no resulta necesaria la meditación sobre algún objeto, la contemplación se convierte en un estado de absoluta tranquilidad y silencio interior, en un «permanecer» en la pura conciencia del ser.

Entonces es cuando con plena conciencia se alcanza la región y la esfera que normalmente constituye el superconsciente. En este estadio se pueden tener experiencias de las diversas cualidades y actividades psicoespirituales que se desarrollan en el superconsciente. Ello no es algo abstracto, vago o borroso, como pudiera pensar quien no las conoce, sino algo vivo, intenso, distinto y dinámico que se percibe como algo mucho más real que las experiencias ordinarias, sean internas o externas. Sus principales características son las siguientes:

 

1. Una percepción de luz, una iluminación, sea en un sentido general, sea en el sentido de poner luz sobre un problema o situación cuyo significado es revelado.

2. Una sensación de paz, de una paz absoluta, independientemente de cualesquiera que fueren las circunstancias externas o el estado interior.

3. Una sensación de armonía y de belleza.

4. Una sensación de alegría, de regocijo: ese regocijo también expresado por Dante.

5. Una sensación de potencia, del poder del espíritu.

6. Una sensación de grandeza, de vastedad, de universalidad y de lo eterno.

 

Todas estas características no están separadas unas de otras sino que se interpenetran, lo cual también describió admirablemente Dante.

Naturalmente, una experiencia contemplativa de tal magnitud no puede ser permanente. Pero incluso después de su conclusión sigue produciendo efectos y frecuentes cambios en la personalidad ordinaria. Entre otras cosas, favorece el ascenso gradual y estable del centro de la conciencia personal y del área de la conciencia normal a niveles cada vez un poco más elevados; o bien tal área puede llegar a encontrarse casi sobre la línea de demarcación (no de división, sino de distinción) entre el inconsciente medio y el superconsciente, de manera que la conciencia de vigilia permanece siempre iluminada en un grado u otro.

De este modo se facilita y se hace más frecuente la aparición de la intuición y de la inspiración; también la culminación, esa llegada a la cumbre que simboliza la unión del centro de conciencia personal con el Sí Mismo espiritual. Obsérvese que, en el esquema, la «estrella» que representa el Sí Mismo espiritual está trazada en parte dentro y en parte fuera del óvalo. Esto indica que el Sí Mismo participa conjuntamente de la individualidad y de la universalidad, estando en contacto con la Realidad trascendente.

Otro efecto de esta experiencia es la acción inspirada, es decir, un potente impulso a obrar. Ante todo expresando, difundiendo, irradiando, haciendo partícipes a los demás del tesoro descubierto y conquistado. Después, colaborando con todos los hombres de buena voluntad y con todos aquellos que han pasado por experiencias parecidas, a disipar las tinieblas de la ignorancia que envuelven a la humanidad y a eliminar los conflictos que la destruyen, para preparar el nacimiento de una nueva civilización en la que los hombres, alegres y en concordia, llegarán a desarrollar las maravillosas capacidades latentes con las cuales están dotados.

 

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Referencias

[1] Publicado en la revista Action et pensée, en diciembre de 1956. Por cuadrado se entiende la base de una pirámide, que es un símbolo geométrico ascendente. [regresar]

 

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El Desarrollo Transpersonal

Alpinismo Psicológico


Fuente: Lo sviluppo transpersonale, Astrolabio, Roma 1988.

TRADUCCIÓN: Jorge Viñes Roig

Editada por la Fundación «La Piedra Angular» (en curso)
6 junio 2009

 

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