Dr. Roberto Assagioli

[edición en curso]

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El Desarrollo Transpersonal

26. Elementos espirituales
de la personalidad: poder-voluntad

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Todavía nos falta mencionar un último rayo individual que se manifiesta en nuestra personalidad, una última característica y atributo espiritual para el cual resulta especialmente apropiada la frase inglesa: last but not least, (por último, pero no menos importante): el poder. Aunque es el último atributo que comentaremos ciertamente no sólo no es menos importante que los otros, sino que en ciertos aspectos puede ser considerado como el primero y el más esencial de todos ellos.
Si nos ponemos a la búsqueda de la primera y original manifestación de la divinidad en el alma del hombre primitivo, encontraremos que consiste en la sensación de un oscuro poder sobrenatural, pavoroso e incomprensible, frente al cual el hombre se siente débil, dependiente, esclavo e incluso anonadado.

Este aspecto del divino ha sido ilustrado por Rudolf Otto en su libro Lo sagrado. En él nos habla del tremendo misterio que representaba la divinidad para el hombre primitivo y el estremecimiento de temor que le provocaban su potencia y majestuosidad.

También recoge una cita de un místico cristiano: «El hombre naufraga y se deshace en su nada y en su pequeñez. Cuanto más desnuda resplandece ante él la grandeza de Dios, más se le revela su propia miseria.»

Así pues, en esta primordial experiencia de lo divino se da un absoluto dualismo y una extrema trascendencia. El Poder y la Divinidad son concebidos como algo externo y contrapuesto al hombre.

Pero el hombre debe superar ese estadio y alcanzar un segundo, en el que despierta a sentir su propio poder. A medida que se va desarrollando, el hombre adquiere una conciencia gradualmente mayor de los poderes que posee. Empujado y también constreñido por las necesidades primordiales de la vida (alimentación, refugio y defensa ante los ataques de los animales o de otros hombres, etcétera), el hombre ha ido desarrollando poco a poco sus poderes: la fuerza y la destreza física, primero; el ingenio y la inteligencia, después. Aprendió así a utilizar los minerales —las piedras, el bronce, el hierro— y a servirse del fuego, aumentado cada vez más sus habilidades técnicas y desarrollando un creciente dominio sobre la naturaleza que ha ido afianzándose e intensificándose de una forma rapidísima.

Paralelamente, el hombre ha ido desarrollando poderes sobre los demás hombres. Aparecen así, y a tenor de los distintos tipos de civilizaciones: el jefe de la tribu, los reyes primitivos, los soberanos y después los jefes de las comunidades, de los partidos y de las masas. El tipo de poder psicológico que desarrollan estos últimos es muy interesante y está compuesto por diversos elementos: atractivo personal, fe en uno mismo, resolución, valor, audacia y facilidad de palabra.
De este modo en el hombre se desarrollan cada vez más el ansia de dominar, la ambición, la tendencia a la autoafirmación y a utilizar el propio poder, llegando en algunos casos al grado de convertirse en una pasión arrolladora que le hace afrontar incomodidades y riesgos hasta incluso poner en peligro su propia vida.
¿Cuál es el origen de esta pasión? Un oscuro, pero intenso sentimiento de que existen poderes aún mayores latentes en el hombre, que debe y puede desarrollar ('divina insatisfacción').

Al principio esta tendencia a la afirmación de los poderes interiores se manifiesta de forma errónea; y el error fundamental es el de dirigirse exclusivamente hacia el exterior, hacia el dominio de la naturaleza y de los hombres. Pero después el hombre descubre que para poder dominar a los demás necesita de un cierto dominio sobre sí mismo: ante todo sobre su propio cuerpo y sus sentidos (y de aquí, la existencia de una especie de ascetismo en el hombre ambicioso) y después sobre las pasiones, emociones, sentimientos y la propia mente.

De este modo puede llegar a alcanzar un notable grado de autodominio. Sin embargo, existe el peligro de que se desarrolle en él el yo personal separado y, por consiguiente, el orgullo, etcétera. En este estadio, el hombre se contrapone al mundo y a los demás y surge así el 'superhombre' nietzschiano. Posteriormente, el hombre va perdiendo interés por el mundo exterior, mientras que el interés por el autodominio tiende a mantenerse. Esta es la fase estoica, en la que el hombre valora el autodominio y se retira a 'una roca interior' inaccesible donde halla la propia satisfacción en sí mismo, pero aún está poseído por sentimientos de orgullo y de separatividad.

Otra fase, igualmente interesante y peligrosa, es la del descubrimiento en uno mismo de poderes mágicos o sobrenaturales. Es este un punto que a mi juicio requiere de un comentario más detenido.

Ante todo, la realidad de estos poderes es indudable. No sólo se habla de ellos en todas las tradiciones religiosas, sino que en el mundo moderno su existencia ha sido constatada incluso científicamente. A este respecto, el Doctor Osty ha afirmado que si los diferentes poderes psíquicos manifestados por algunas personas se reunieran en una sola, tendríamos un ser sobrehumano, un gran Ser, un Iniciado, como los fundadores de las religiones.

Por consiguiente, resulta explicable el interés por estos poderes; no obstante, es éste un terreno insidioso por el que debemos caminar despacio.

Ante todo es preciso distinguir entre facultades mediúmnicas y poderes espirituales. Normalmente el que posee estas facultades no tiene maestría sobre ellas, sino que, por el contrario, a menudo está poseído con grave peligro para su salud y su equilibrio psíquico. Por demás, esto es lo natural: cuando es un hecho que el hombre común ni siquiera sabe dominar las fuerzas normales que permean su personalidad, es fácil pensar que más difícil le resultará dominar estas otras fuerzas, a menudo más amplias y arrolladuras. En otros términos: la mediumnidad es algo pasivo e incontrolado, mientras que los poderes espirituales están bajo control y se pueden usar a voluntad. Esta es la diferencia esencial.

Así pues, el primer paso para una conquista sana y sin peligros de los poderes supranormales es lograr el dominio de las fuerzas normales que existen en cada uno de nosotros.

Es también preciso hacer otra distinción, en función de la finalidad con que se usan estos poderes; es decir, distinguir entre 'magia blanca' y 'magia negra'; la primera se realiza para hacer el bien, mientras que la segunda se utiliza para fines personales y a menudo para hacer daño a otras personas. No hay duda alguna de que la 'magia negra' no puede más que acarrear consecuencias destructivas —es decir, males para todos y ante todo a quien la practica— puesto que es una violación de la ley del equilibrio que no puede quedar impune.

Queda claro, por tanto, que debemos mostrarnos sumamente cautelosos en este aspecto y que no resulta aconsejable que desarrolle poderes supranormales quien no posea la suficiente preparación ético-espiritual.

Como excepción, es lícito utilizar estos poderes —o hacer que quien está dotado de ellos los utilice— solamente con fines de experimentación científica y por el bien de la humanidad; esta razón puede contrapesar los daños que podrían recaer sobre el sujeto. Pero, repito, es necesaria una gran cautela a este respecto.

En cambio, los poderes sobrenaturales se desarrollan espontáneamente y sin haberlos buscado en quien se eleva espiritualmente y descubre el Centro del propio ser. En este caso los poderes son concedidos naturalmente y en cantidad, y el hecho de que la persona haya adquirido el dominio sobre su naturaleza inferior garantiza que hará un buen uso de ellos.

Lo que caracteriza el verdadero desarrollo espiritual sano y puro es el sentido de la unidad de la vida, cuando el espíritu individual y el Espíritu universal se encuentran íntimamente relacionados; es la superación de lo que ha sido denominado 'la herejía de la separatividad'. El Espíritu es unidad y universalidad.
Cuando se alcanza este estado surge con lo Divino una nueva actitud de dependencia y de obediencia muy distinta a la del hombre primitivo. No se trata ya de una dependencia u obediencia externa, nacida de la separatividad, sino interna, que nace de la obediencia al Dios interior, al Espíritu que anida en nosotros; es una llamada de la personalidad al Espíritu profundo que ésta reconoce como propio, como su verdadero ser.

Esta actitud espiritual se halla perfectamente reflejada en la expresión cristiana: «Hágase Tu Voluntad».

Tal actitud debe ser, sin embargo, correctamente comprendida: no es dualista, no es una resignación pasiva y triste, sino que es unitiva y expresa una alegre adhesión e identificación de la voluntad personal con la Voluntad Universal. Esta unificación comporta una gran sensación de seguridad, de regocijo, de beatitud y de paz.

Incidentalmente, recordaré a este respecto que en América se hizo un referéndum sobre cuál habría sido el verso preferido de Dante. Como resultado se obtuvo el verso: «En Su voluntad está nuestra Paz».

En esta unificación se renuevan y acrecientan los diferentes poderes del alma. Se trata de poderes reales sobre el mundo y sobre los demás, pero son poderes benéficos que no someten, sino que suscitan, atraen y revelan energías encaminada a hacer el bien. El hombre empieza a comprender la belleza y bondad del maravilloso plan divino, se identifica con la Voluntad de Dios y, por consiguiente, voluntariamente colabora conscientemente con él. Así, el hombre conserva una elevada dignidad personal, pero ausente de ningún tipo de orgullo o ambición y en perfecta unión con el resto de los demás espíritus en un solo Espíritu.

¿Cómo se alcanza este estadio? ¿Cómo se suscita este poder espiritual? Los métodos para ello son los mismos que requiere cualquier realización espiritual: silencio, recogimiento, sosegamiento y obediencia de la personalidad; después, aspiración y comunión interior; finalmente, la afirmación —una continua y renovada afirmación— que nos ayuda a liberarnos de la personalidad y del mundo exterior.
Cuando se ha conseguido esto, cuando se ha suscitado el poder espiritual, se. puede decir que ya se ha hecho todo, porque después el poder actúa por sí mismo.
Esto nos demuestra cuan errado es el fatigoso, agotador e inarmónico activismo moderno, que origina tantas reacciones contrarias. En cambio, el otro método actúa desde el interior. A este respecto, podemos poner el ejemplo de la lámpara y de la luz: únicamente es preciso preparar y encender la lámpara; después ya no hay que hacer nada más, la luz irradia por sí misma.

Después de haber estado esclavizados sobre todo por nosotros mismos, démonos cuenta de una vez por todas de que existe un poder .real que podemos ejercer; un poder que es impersonal o, mejor aún, suprapersonal, para el cual nada es imposible. Se trata de provocar la 'atmósfera' de este poder y de permanecer siempre en ella, manteniendo su 'campo magnético'. A partir de entonces ya no será preciso realizar ningún esfuerzo personal. Basta con suscitar el poder, a fin de que éste actúe espontánea, fácil e irresistiblemente en nosotros. Porque el poder del espíritu es una irradiación espontánea cuya sola presencia basta para abrir las puertas y dominar las circunstancias. No precisa hacer: es; y siendo, lo transforma todo.

Y ahora, una última observación

Hemos hablado de los diferentes aspectos y características del espíritu. Pero debemos darnos cuenta de que al ser el espíritu una síntesis, una unidad indivisible, ninguno de estos elementos puede ser desarrollado de forma perfecta y armónica sin los restantes. La relación entre ellos es evidente: el sentido moral implica consciencia y amor, y es una fuente de alegría, de poder, etcétera. Así, cualquiera de estos elementos implica a todos los demás. En conclusión: el espíritu es la síntesis de todas estas 'características', que en él se hallan reunidas en maravillosa armonía.

Al igual que los rayos del sol, las distintas cualidades del espíritu van brillando sucesivamente, adoptando coloraciones diversos, en ocasiones tornándose opacas y así limitadas parecen estar en oposición entre ellas (así, el poder puede parecer hallarse en contradicción con el amor, la justicia con la bondad, etcétera). Sin embargo, en su origen, en el espíritu, las distintas cualidades no están en contraposición, sino que se complementan y se armonizan las unas con las otras.
El espíritu es todo esto y todavía más, porque nosotros aún no conocemos toda su gloria. En el mundo del espíritu todavía somos como niños; no conocemos sus maravillas. Pero presentirlo ya es mucho, puesto que nos empuja poderosamente a seguir ascendiendo de 'luz en luz' y de 'gloria en gloria'.

 

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El Desarrollo Transpersonal

Elementos espirituales
de la personalidad: poder-voluntad


Fuente: Lo sviluppo transpersonale, Astrolabio, Roma 1988.

TRADUCCIÓN: Jorge Viñes Roig

Editada por la Fundación «La Piedra Angular» (en curso)
6 junio 2009

 

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