Dr. Roberto Assagioli

[edición en curso]

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El Desarrollo Transpersonal

20. Transmutación y sublimación
de las energías afectivas y sexuales

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Es oportuno —incluso necesario— afrontar los difíciles problemas relacionados con el amor, para ver cómo podemos intentar resolver las numerosas y graves dificultades que suelen presentarse en este campo, y arreglar las discordias que generalmente provoca en el alma humana y que dan lugar a tantos dramas íntimos.

Los conflictos que tienen lugar en la esfera amorosa son muy numerosos. Se producen conflictos entre los impulsos instintivos y las mil y una circunstancias o razones que impiden el vínculo; divergencias entre la atracción de los sentidos y las aspiraciones de los sentimientos; antinomias entre los deseos suscitados por la pasión o las emociones y el sentido del deber, de la responsabilidad y de la dignidad; desarmonías entre los apegos afectivos a una determinada persona y las llamadas y requerimientos de otro amor más elevado y pleno.

A menudo, todos estos conflictos suelen ser causa de profundas preocupaciones y agudos sufrimientos, de nobles luchas y de magníficas victorias, de purificación y de elevación: son ellos los que en realidad marcan las etapas más importantes de la ascensión del alma.

Tales luchas internas forman por ello parte de la experiencia humana más vital, y resulta inútil intentar rehuirlas. Aquel que por falso pudor, miedo o ignorancia, evita tomar una clara posición frente a estos problemas, comete un gran error y se expone a caer con más facilidad en manos de los demás. Pero aquel que, por el contrario, tiene el valor de afrontar resueltamente las cuestiones y las situaciones internas y externas que le depara la vida, y las examina serenamente a la luz del espíritu, puede disipar muchas confusiones e ilusiones, evitar errores y culpas, y ahorrarse, tanto a sí mismo como a los demás, toda una serie de sufrimientos inútiles. También encontrará que existen un gran número de formas insospechadas e incluso inesperadas de armonizar las energías disonantes que le permitirán resolver digna y felizmente todos sus problemas vitales.

Veamos cuáles son las diferentes actitudes que se pueden adoptar frente a los mencionados conflictos.

1. La represión de los elementos inferiores

Aquellos que poseen un concepto rígidamente dualista y separatista, que consideran los instintos y las pasiones como algo fundamentalmente negativo e impuro, tienden naturalmente a considerarlos con horror y disgusto y a hacer cualquier tipo de esfuerzo para reprimirlos y suprimirlos.

Pero esta actitud da lugar a graves inconvenientes. Los estudios psicológicos demuestran que estas fuerzas vivas y existentes en nosotros no se pueden suprimir o eliminar. Con la represión tan sólo se consigue impedir la manifestación externa y paralizarla, lo cual requiere de una fuerza contraria de igual intensidad que la contrarresta. Pero esta inhibición forzada no es la solución adecuada y satisfactoria, porque requiere un considerable gasto de energías que agota y deprime las demás actividades, provocando además una fuerte tensión interna de la cual pueden derivarse crisis o trastornos nerviosos y psíquicos.

De esta explicación derivan mayormente las opiniones de los que afirman que la continencia sexual es perjudicial para la salud. Pero, en realidad, no es la castidad en sí misma la culpable de todos estos tratarnos, sino el método equivocado que se emplea.


2. Permitir el libre desahogo de las pasiones y de los instintos

Esta actitud se ha ido extendiendo cada vez más en los tiempos modernos, ya sea como reacción frente a un previo exceso de represión, ya sea como consecuencia del debilitamiento del sentimiento religioso y moral y de la acentuación de los derechos del individuo frente a sus deberes y obligaciones.

El regreso a la naturaleza propugnado por Rousseau y por sus seguidores, la recuperación de los ideales griegos hedonísticos y estéticos, el materialismo y el positivismo filosófico y práctico, el rígido individualismo nórdico representado por Ibsen y, en resumen, todos los movimientos intelectuales más importantes del pasado siglo, contribuyeron en diverso grado a crear el culto del Yo personal, a justificar el libre desahogo de los instintos y de los impulsos, y el abandono a cualquier pasión y a cualquier capricho.

Como ya es sabido, los resultados de estas corrientes fueron desastrosos tanto a nivel individual como colectivo.

La satisfacción y la felicidad soñadas por aquellos que habían abandonado su propia primogenitura espiritual jamás llegaron a manifestarse. Normalmente, tras los excesos, suele aparecer el disgusto, el agotamiento y la desazón. A menudo, las pasiones pueden no verse satisfechas debido a una falta de correspondencia por parte de los demás, así como por el choque con otras pasiones opuestas. La ausencia de un apoyo interior hace que el hombre se vuelva intranquilo, incapaz de bastarse a sí mismo, esclavo de cualquier cambio interior o de cualquier vivencia externa. El sometimiento a la naturaleza inferior suscita después —incluso en aquellos que se consideran con menos prejuicios— un sordo descontento, una protesta continua de ese ultrajado elemento espiritual que se halla presente en toda persona. La voz de la conciencia no proporciona ni un minuto de paz y es inútil intentar cerrar los oídos a ella aturdiéndose en una continua agitación, o sofocarla cayendo en excesos cada vez mayores.

En resumen: el método del desahogo y del abandono a los instintos y a las pasiones, no sólo contrasta con los principios superiores morales sino que, además, tampoco proporciona ninguna satisfacción duradera.

Afortunadamente, existe una tercera postura que no presenta los inconvenientes de las otras dos y que puede conducir a la liberación, a la satisfacción y a la paz:

3. La transformación y sublimación de las energías instintivas, pasionales y sentimentales

Este método no sólo se conoce desde hace mucho tiempo sino que además, al tratarse de un método bueno y 'natural' en el sentido más elevado de la palabra —o sea, adecuado a la verdadera naturaleza del hombre y a la vía de elevación que éste debe recorrer— ha sido practicado exitosamente por muchas personas que, por intuición, sin darse cuenta, sin saberlo o sin ni siquiera desearlo conscientemente, han seguido siempre los dictámenes y las indicaciones de ese Guía interior del que nunca carecen aquellos que sinceramente intentan hacer el bien.

Dicho método está en la base de la alquimia —de la verdadera alquimia— de carácter espiritual que utilizaba símbolos materiales para expresar realidades y procesos internos.

El azufre, la sal y el mercurio de los que hablan los alquimistas representan los distintos elementos de la psique humana. El recipiente en el que se mezclaban, el Athanor, simboliza al propio hombre. Al fuego sobre el cual se deposita tiene el significativo nombre de Incendium amoris, y simboliza esa fuerza transformadora que es el calor del amor espiritual. Las sustancias sometidas a este procedimiento pasan por tres transformaciones: en una primera fase en la cual se vuelven negras, llamada de putrefacción, corresponde al estadio de la purgación o purificación de la que hablan los místicos; en la segunda fase se vuelven blancas y se transforman en plata, y ello corresponde a la iluminación del alma; finalmente, en la tercera y más elevada fase, se vuelven rojas y se transforman en oro, ese oro espiritual que es la conclusión de la Magnum Opus y que corresponde al glorioso estado unitivo de los místicos.

También algunos de los mayores y más equilibrados místicos cristianos intuyeron y señalaron más o menos explícitamente el método de la sublimación. Por ejemplo San Juan de la Cruz, que afirma: «Sólo el amor superior puede vencer al inferior», y añade: «De las pasiones y de los apetitos nacen las virtudes, cuando estas pasiones son reguladas y equilibradas...». Pero para situarnos en nuestros tiempos y ante unas exposiciones más precisas y concretas, citaré ante todo un insospechado testimonio, el de un científico positivista: Sigmund Freud. Al estudiar la vida sexual y emocional de sus enfermos, seguramente tuvo ocasión de constatar la existencia de esta sorprendente posibilidad de transformación y de sublimación. He aquí lo que afirma basándose en sus propias observaciones:

 

«Los elementos del instinto sexual se caracterizan precisamente por ser altamente susceptibles de ser sublimados, pudiendo cambiarse su finalidad sexual por otra más remota y socialmente más apreciable. Toda esa cantidad de energía así preservadas puede canalizarse hacia las producciones psíquicas, y a ello debemos seguramente los mayores logros culturales.»

 

Y el escritor inglés Edward Carpenter, que también había estudiado ampliamente los hechos y las leyes de la vida sexual, afirmó todavía más explícitamente:

«¿No podríamos decir acaso que probablemente existe una especie de transformación continuamente actuada y actuable en el ser humano? La sensualidad y el amor —la Afrodita Pandemos y la Afrodita Ouranios— pueden sutilmente permutarse. Es un hecho de la experiencia ordinaria que el desahogo incontrastado del deseo puramente físico deja la naturaleza humana privada de sus más elevadas energías de amor; mientras que si la satisfacción física es negada, el cuerpo se sobrecarga de ondas emocionales, a veces hasta un grado excesivo y peligroso. Sin embargo, es posible transformar el amor emocional —frenando o impidiendo su expresión— en ese influjo sutil y omnipenetrante que es el amor espiritual.»

Finalmente, reflejaré el importante testimonio del gran filósofo alemán Schopenhauer:

«En esos días y horas en que la tendencia a la voluptuosidad es cada vez más fuerte... es precisamente cuando también son más elevadas las energías espirituales... y están más disponibles para ser activadas al máximo, mientras que —por el contrario— permanecen latentes cuando la conciencia se somete a la avidez. Con apenas un válido esfuerzo se puede cambiar de dirección y entonces la conciencia, en lugar de abrigar estas ansias tormentosas, miserables y desesperadas, puede dedicarse a actividades más elevadas imbuida de esas elevadas energías espirituales.»


A partir de éstas y de otras muchas observaciones, podemos precisar de la siguiente forma el modo en que se desarrolla este proceso:

1. Transformación de las distintas manifestaciones del amor la una en la otra.

O dicho de otra manera: I. Transformación de las energías sexuales instintivas en emociones y sentimientos.

Así, un amor noble y elevado ayuda eficazmente a regular, a disciplinar y a calmar los impulsos instintivos.

2. Sublimación de las emociones y de los sentimientos personales en amor espiritual hacia las almas y hacia Dios.

Esta sublimación del amor humano en amor religioso se encuentra reflejada en la vida de muchos místicos y santos.

Aquí, sin embargo, es necesario ponerse en guardia contra las pseudosublimaciones, que no son más que máscaras y sustituciones del amor humano. Aunque también se dan casos intermedios, en los que se empieza por la sustitución y se llega a una sublimación más o menos completa.

Hay una serie de características que permiten distinguir las verdaderas sublimaciones de las meras pseudosublimaciones. En las primeras, el amor asume un carácter cada vez más impersonal, universal y desinteresado, cada vez más generoso y menos posesivo, irradiante y no sentimental. Este tipo de sublimación podría expresarse también de la siguiente forma:

II. Transformación y sublimación de las energías emocionales y sexuales en obras creativas y benéficas.

Este es el caso evidente de muchos artistas y escritores. Por ejemplo, podemos pensar en Dante, en Wagner y más modernamente, en Fogazzaro.

También puede decirse lo mismo de muchos filántropos, educadores y trabajadores sociales. En éstos, a menudo se produce una sublimación del amor materno y paterno, lo cual constituye una verdadera maternidad y paternidad espiritual que se expresa en su capacidad para curar los cuerpos y las almas (médicos, monjas, enfermeras, educadores, asistentes sociales, directores espirituales, etcétera).

No hay que creer que sólo un genio o una persona excepcional puede realizar tales sublimaciones. Cualquiera de nosotros puede hacerlo en alguna medida. Ante todo es necesario aspirar a ello, proponérselo seriamente, decidirse y desearlo firmemente. Ello constituye un benéfico impulso y una orden que las energías psíquicas obedecen.

Así pues, será necesario pasar a la acción externa con resolución y lanzarse a estas nuevas actividades hasta atraer hacia sí las energías a transformar, y sumergirse en esa actividad con interés vital, con fervor y con arrojo. De este modo todas nuestras energías empezarán a fluir. Lo importante es no reprimirlas, no intentar suprimir o alejar con hostilidad las energías inferiores, sino dominarlas con apacible firmeza, encauzando mientras tanto las energías superiores hacia cualquier forma de expresión. No se trata de amar menos, sino de amar mejor.

El hombre moderno a menudo comete el error de endurecer sus propios sentimientos mediante el intelectualismo, la actividad estéril, la ambición y el egoísmo. De esta forma lo único que consigue es cortar los vínculos entre los distintos aspectos del amor.

En lugar de ello, sería necesario amar sin miedo: amar a personas, a ideales, a nobles causas sociales, nacionales y humanas; amar lo bello, amar lo supremo. La fuerza irradiante y ascendente de un amor así atraerá hacia sí y absorberá las energías sexuales, pasionales y emotivas.

Cuando se ama de este modo, dar es crear. Dar es crear de muchas formas, según los casos y la propia capacidad de cada uno, pero es siempre un difundirse, entregarse e irradiarse gastando las propias energías.

Esta forma de tratar el problema del amor es algo distinta de la habitual, pero espero haber demostrado que se basa en hechos y en leyes de la vida plenamente demostrados, que es la más amplia y la más completa, la más elevada y, en su conjunto, también la más práctica, y que es la única que nos ofrece realmente la solución apropiada para poder ajustar las discordias internas en una síntesis armónica y creativa.

 

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El Desarrollo Transpersonal

Transmutación y sublimación
de las energías afectivas y sexuales


Fuente: Lo sviluppo transpersonale, Astrolabio, Roma 1988.

TRADUCCIÓN: Jorge Viñes Roig

Editada por la Fundación «La Piedra Angular» (en curso)
6 junio 2009

 

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