Dr. Roberto Assagioli

[edición en curso]

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El Desarrollo Transpersonal

2. El Superconsciente

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Dentro del estudio de la constitución psíquica del ser humano, ha llegado el momento de examinar la parte superior del inconsciente: el superconsciente y el Sí Mismo espiritual. Ante todo es necesario afirmar la realidad del superconsciente, porque ésta todavía no suele ser reconocida –sobre todo en el campo de la ciencia y de la psicología– y para muchos sigue siendo una tierra desconocida (más adelante veremos porqué). Pero la realidad del superconsciente no tiene necesidad de ser demostrada; es una experiencia, y cuando tomamos conciencia de ello constituye lo que Bergson ha denominado con gran acierto «datos de la conciencia», los cuales son en sí mismos la propia evidencia y la propia prueba. Es una experiencia directa, corno lo es un color, un sueño o un sentimiento. Nadie puede ni tiene necesidad de «demostrar» la sensación del rojo o del verde, de la alegría o del dolor; para quien los experimenta, son una realidad psicológica.

A este respecto procede evitar un posible malentendido y aclarar una duda: ¿cómo se puede hablar de experiencia o de conocimiento de algo que está más allá o por encima de la conciencia? La respuesta es fácil y es la misma que se puede aplicar a cualquier otro aspecto o nivel del inconsciente: podemos experimentar conscientemente elementos, actividades o contenidos psíquicos que existen habitualmente fuera de nuestra conciencia cuando éstos, en ciertos momentos o condiciones, entran en el campo de la conciencia.

Existe un continuo intercambio, una «ósmosis» entre la conciencia y el inconsciente. En un momento dado lo que era superconsciente se vuelve consciente, permanece así durante un espacio de tiempo más o menos largo y después vuelve a ser superconsciente. Me gustaría recordar a este respecto que «superconsciente», «inconsciente» y «consciente» son adjetivos, es decir, condiciones temporales del hecho psíquico.

La entrada del superconsciente en la conciencia puede tener lugar de dos formas: la primera y más usual se puede llamar «descendente», y consiste en la irrupción de elementos superconscientes dentro del campo de la conciencia en forma de intuiciones, iluminaciones repentinas o inspiraciones. Con frecuencia suelen ser espontáneas e inesperadas, pero a veces también pueden responder a una llamada o invocación, tanto consciente como inconsciente. La segunda forma se podría llamar «ascendente», y sucede cuando nuestro centro de conciencia se eleva desde el yo auto consciente a niveles superiores a los ordinarios, hasta alcanzar la esfera del superconsciente.

Los testimonios sobre las experiencias del superconsciente son innumerables y proceden de todos los tiempos y lugares; son experiencias antiguas y modernas, orientales y occidentales. Pueden ser de varios tipos, pero ante todo están las que corresponden al campo religioso y en particular las experiencias místicas, aunque también debemos tener en cuenta que éstas no son las únicas puesto que hay otras experiencias superconscientes que poseen características no religiosas. Si las experiencias superconscientes son un hecho, naturalmente deben ser susceptibles de investigación científica, como cualquier otro tipo de hechos. Y, ciertamente, esta investigación ya se ha iniciado, aunque tiene poco desarrollo en comparación con la enorme importancia y valor humano y espiritual del superconsciente. Mientras que existen millares y millares de psicólogos en todo el mundo que estudian los restantes aspectos de la naturaleza humana (¡sobre todo los inferiores!), son muy pocos los que se ocupan del superconsciente.

¿Cuáles son las causas de este extraño hecho? En primer lugar el materialismo fundamental del ser humano. Especialmente el hombre occidental, con su materialismo teórico y práctico, se encuentra como hipnotizado tanto por las sensaciones procedentes del mundo exterior como por las de su propio cuerpo. Es fundamentalmente extrovertido, tiende a actuar hacia el exterior, y el mundo interior, en todos sus aspectos, le da miedo y no se encuentra a gusto en él. Por ello, tiende a evadirse, a huir de todo aquello que le conduce hacia el interior o a enfrentarse consigo mismo. Otro de los motivos es el miedo a ser anormal O a ser considerado como tal. Quienes viven algunas de estas experiencias superconscientes temen perder la cabe –sobre todo cuando se trata de irrupciones repentinas, inesperadas o distintas a las de la vulgar y restringida normalidad cotidiana– o tienen miedo de que puedan ser morbosas O anormales; cuando lo cierto es que, por el contrario, son supernormales. Finalmente, en el campo científico el mayor obstáculo es el obstinado prejuicio de que estas experiencias no son objeto de la ciencia. Siendo la psicología una ciencia joven, se ha apoyado –o mejor dicho, ha permanecido-ligada a la metodología de las ciencias naturales, lo cual no le conviene en absoluto porque ello la sumerge en un «mar de confusiones». Para evitarlo, la psicología tiene, en cambio, el derecho y el deber de utilizar métodos igualmente serios y científicos, pero adecuados a su naturaleza.

Sin embargo, ha existido un grupo de valientes pioneros que osaron aventurarse en el campo del superconsciente y que intentaron estudiarlo científicamente. El primero de ellos fue el gran psicólogo americano William James, que en una serie de conferencias –reunidas posteriormente en la obra Varieties of Religious Experience llevó a cabo un agudo examen de las experiencias religiosas; con simpatía y aprecio, pero de forma imparcial y objetiva. Esto todavía resulta mucho más valioso, dado que [ames reconoce no haber tenido él mismo estas experiencias, por lo que debió de realizar un enorme esfuerzo científico para poder estudiarlas a través de otros.

Las conferencias de James tuvieron lugar hacia finales del siglo pasado. Poco después, un médico americano, el doctor Bucke, tras haber tenido una experiencia imprevista y repentina de iluminación espiritual que le impresionó profundamente, comenzó a estudiar los testimonios de lo que él denominaba «Conciencia Cósmica» –que es, por otra parte, un término muy discutible. Bucke recopiló y comentó muchas experiencias de todos los tiempos, y dio una interpretación en el libro Cosmic Consciousness, publicado en 1901.

Otro médico, Winslow Hall, también recopiló testimonios de iluminaciones cuyo valor residía en el hecho de que se trataba de un hombre de la calle, es decir, de «personas cualquiera» que no poseían ninguna otra característica superior, pero que sin embargo habían tenido experiencias de carácter superconsciente muy notables.

Entre los psicólogos modernos podemos citar a Jung, según el cual existen elementos que poseen un carácter superior, superpersonal, en lo que él denomina «inconsciente colectivo». Al sociólogo Sorokin, que dedicó un capítulo de su libro The Powers and the Ways of Altruistic Love al superconsciente. A Frankl, neurólogo de Viena, que admite plenamente la existencia de experiencias superconscientes. Al psiquiatra Urban de Innsbruck, que habla de la «psicología de lo alto». Finalmente, una amplia investigación sobre el superconsciente fue llevada a cabo por un psicólogo americano, A. Maslow, profesor de la Universidad de Brandeis, que expuso los resultados en su libro «Towards a Psichology of Being» (Hacia una psicología del ser). [1] El llama «ser» al conjunto de experiencias que nosotros llamamos superconscientes, porque una de sus características es la de dar un sentido de «ser plenamente», de intensidad de existir y de vivir. Maslow recopiló una serie de datos importantes a través de entrevistas personales en las que usaba un cuestionario.

Esto nos lleva a hablar del método de investigación científica del superconsciente. En primer lugar, es preciso recopilar la documentación ya existente –biografías, autobiografías, epistolarios, etc.- de todas las épocas, y reunir datos actuales mediante entrevistas personales con cuestionarios.' La segunda fase de la investigación la constituye el examen, clasificación, interpretación y valoración de los datos recopilados. La tercera fase, que es la más interesante, es la «experimental», y consiste en la utilización de los métodos psicológicos adecuados para facilitar el descenso de los elementos superconscientes al campo de la conciencia, o bien para promover el ascenso del centro de conciencia a las luminosas regiones superiores.

A través de los datos adquiridos hasta ahora en la investigación del superconsciente, nosotros hemos catalogado y descrito trece características que poseen ya sea los niveles superiores, ya sea los estados de conciencia que se producen cuando aquéllos entran en el campo de la conciencia.

La primera es un sentido de profundidad: en varios testimonios se habla de llegar hasta la raíz, hasta la base del propio ser; de dejar la superficie ordinaria de la conciencia o llegar hasta el fondo de uno mismo. Otra, es un sentido de interiorización, un proceder de lo externo hacia lo interno, de la perifena al centro de nuestro ser. La tercera es de elevación, de ascenso; de «subir» a un nivel más alto.

El simbolismo de escalar una montaña, de llegar hasta su cima, se halla a menudo presente en los testimonios, y está relacionado con el sendero, con la vía a recorrer, que es la cuarta característica. La quinta es la expansión, la ampliación –a veces vertiginosa– de la conciencia; los límites restringidos del yo separado son trascendidos, anulados momentáneamente, y se tiene la sensación de participar de una conciencia más vasta. La sexta es el desarrollo, la activación, la sensación de eliminar lo velado, lo «arrollado», y por consiguiente, de «florecer» o «emerger». La séptima es la potenciación, como si una energía más fuerte y más dinámica operara en nosotros, y se experimenta esa plenitud e intensidad de ser y de existir ya señalada.

Otra característica frecuente es la sensación de despertar. En muchos testimonios se pueden encontrar expresiones como las siguientes: «He despertado a una realidad superior», «He salido de las tinieblas de los sentidos», «He pasado del estado de sueño de la vida ordinaria a un estado de vigilia superior». Al respecto, recordemos que a Siddharta Gautama, fundador del Budismo, se le conoce por el calificativo de Buddha, que significa «Despierto» o «Perfecto Iluminado».

También suele ser muy frecuente la sensación de iluminación, en la que una nueva luz no terrena transfigura el mundo externo dotándole de una nueva belleza, e ilumina el mundo interno, «arrojando luz» sobre los problemas y disipando las dudas: es la luz intuitiva de una conciencia superior. Por regla general, esta sensación se ve acompañada de un sentimiento de gozo, de alegría, que llega incluso a estados de beatitud. y junto con ello –o independientemente– tiene lugar un sentimiento de renovación o regeneración, como si tuviera lugar el «nacimiento» de un nuevo ser dentro de nosotros.

Después aparece la duodécima característica, que es una sensación como de resurrección, de regresar a un estado anterior perdido y olvidado. Y finalmente, una sensación de liberación, de libertad interna.

Este conjunto de características se corresponde en gran parte con los testimonios recopilados e investigados por Maslow, el cual señala catorce características –o «valores de la conciencia del ser», usando su terminología- que son: sentimiento de plenitud, de integración, de totalidad; sentimiento de perfección, de estar completo, de vitalidad, de intensidad, de vida; sentimiento de riqueza pero al mismo tiempo de sencillez; sentido de la belleza, conciencia de la bondad, ausencia de esfuerzo, espontaneidad, alegría, jocosidad, «humor»; sentimiento de verdad, de realidad de la experiencia, en el sentido de que la experiencia revela algo verdadero, más verdadero aún que lo que puede llegar a conocer la conciencia ordinaria. Finalmente, un sentimiento de independencia, de libertad interior, es decir, de no tener necesidad de apoyarse en los demás: autosuficiencia, en un sentido superior y espiritual.

Maslow afirma con propiedad que todas estas manifestaciones se interpenetran y se relacionan entre sí: «Más que formar parte del ser, son aspectos de éste».

Todo esto hace surgir el deseo de pasar por este tipo de experiencias, tan hermosas y fascinantes, y de buscar la forma de favorecerlas o provocarlas. Sin embargo, debo dar ahora una pincelada más oscura y decir que estas experiencias también pueden resultar inconvenientes y peligrosas. Estos inconvenientes pueden aparecer debido a una errónea comprensión y valoración de la experiencia o bien a causa de su propia intensidad. La valoración errónea consiste, tal como ya se ha señalado anteriormente, en considerarla corno algo extraño, anormal; como un signo de desequilibrio mental. Pero aparte de esta falsa interpretación, la irrupción de elementos superconscientes –sobre todo, si es repentina y muy intensa– disturbia el equilibrio preexistente (más o menos real) de la personalidad ordinaria y puede producir reacciones de desorientación o de excitación excesiva. También pueden tener lugar incidentes y disturbios cuando se produce su desarrollo, es decir, en el ascenso hacia los niveles superiores. No es este momento para extenderme más sobre ello, pero he tratado ampliamente este terna en el ensayo «El desarrollo espiritual y los disturbios neuro-psíquicos». [2]

Por otro lado, las ventajas y el valor de estas experiencias son muy superiores a los disturbios que en un principio pudieran llegar a causar, pues ayudan de forma eficaz a resolver o a solucionar todos los problemas humanos, individuales y sociales. Lo hacen encuadrándolos en una realidad más amplia, reduciéndolos a su justa proporción, permitiendo valorarlos de forma distinta y mucho más justa.
De tal modo que los problemas, o ya no nos preocupan más y se evaporan, o bien aparecen bajo una luz superior de manera que la solución se nos presenta clara y concisa.

Veamos algunos ejemplos:

Una de las mayores causas del sufrimiento y de los errores en la conducta es el miedo, ya sea en forma de angustia individual o de ese miedo colectivo que empuja a un pueblo a la guerra. Ahora bien, la experiencia de la realidad superconsciente anula el miedo, ya que la consciencia de la plenitud y permanencia de la vida es incompatible con cualquier sentimiento de temor. Otra de las causas de los errores y de los males es la combatividad, que se basa en la separatividad, en la agresividad y en los sentimientos de hostilidad y de odio. Pero en la serena atmósfera del superconsciente estos impulsos y sentimientos no pueden existir. Quien ha vivido tal ampliación de la conciencia, tal participación, tal sentimiento de unidad con todos los seres, no tiene deseos de seguir combatiendo con los demás. Algo así sería totalmente absurdo, ya que sería como luchar ¡contra uno mismo! De esta forma, los problemas más graves y angustiosos son resueltos, eliminados, con el desarrollo, la ampliación o el ascenso de la consciencia al nivel de una Realidad superior.

 

diagrama-huevo
Fig. A. «Constitución psíquica del ser humano»
  1. Inconsciente inferior o Inconsciente personal
  2. Inconsciente medio o Subconsciente
  3. Inconsciente superior o Superconsciente
  4. Campo de la conciencia o Consciente
  5. El Yo consciente o Yo personal
  6. El Sí Mismo Superior o Transpersonal
  7. Inconsciente colectivo

 

Antes de dar por finalizado este examen o sumario, es necesario aclarar la diferencia entre el superconsciente y el Sí Mismo espiritual (ver el gráfico adjunto, donde se esquematiza la constitución psicológica del ser humano). Si esta distinción no es muy evidente es debido a que los contenidos del superconsciente –sobre todo en su nivel más elevado– se hallan muy próximos al Sí Mismo Superior y, por consiguiente, participan en alguna medida de su cualidad. Pero existe una diferencia fundamental: en el superconsciente hay elementos o «contenidos» de diverso género –activos, dinámicos, variables– que participan de la corriente de la vida psíquica en su conjunto. Por el contrario, el Sí Mismo es inmóvil, estable, inmutable; por consiguiente, distinto de aquél.

Es oportuno tener presente tal diferencia; y también que este sentido de permanencia y de estabilidad es transmitido –aunque de forma atenuada y velada– por el Sí Mismo espiritual a su reflejo, el Yo consciente y personal. Esto es lo que nos dota de sentido de permanencia y de identidad personal a pesar de todos los cambios, de la sucesión de los estados de ánimo y de los diferentes contenidos de la conciencia. Pues si bien nos identificamos con distintos «personajes», diversas subpersonalidades y diferentes emociones que sucesivamente van ocupando el campo de la conciencia, en el fondo cada cual sabe que es siempre él mismo. Cuando alguien dice: «Ya no me reconozco», al experimentar un importante cambio en su vida, en realidad está diciendo: «Aquello con lo que antes me identificaba ha desaparecido y ahora me identifico con otra cosa». Propiamente, el decir: «ya no me reconozco» implica, paradójicamente, la existencia de un oscuro y latente sentido de continuidad sostenida. De no ser así, tampoco podría existir la sensación de no reconocemos, que es el resultado de comparar, de enfrentar el estado de conciencia anterior con el actual. Por ello, el carácter esencial de la autoconciencia es la continuidad, la permanencia. No obstante, la continuidad del Yo consciente es solamente un pálido reflejo de la perenne e inmortal esencia del Yo espiritual: el Sí Mismo.

En el diagrama, el Sí Mismo está situado en el extremo superior de la periferia de la personalidad, participando de su interior –en relación de continuidad con el superconsciente– y del exterior. Con ello se indica su doble naturaleza: individual y universal al mismo tiempo. Esto puede parecer paradójico, incluso incomprensible para la mente o la conciencia personal, pero es un estado de conciencia que puede ser –y de hecho lo es– experimentado y vivido en ciertos momentos de elevación en los que uno «sale» de los límites del conocimiento ordinario. En ellos se experimenta una sensación de ampliación y expansión sin límites junto con una alegría y felicidad inmensas, algo que es esencialmente inefable e imposible de expresar con palabras.

Aquí se inicia el contacto con el Misterio, con la Realidad Suprema. De ello no puedo hablar; está más allá de los confines de la psicología y de la ciencia en general. Pero la psicosíntesis puede ayudar a aproximamos a este umbral, lo cual ya es mucho.

 

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Referencias

[1] Publicado en castellano con el título El Hombre Autorrealizado, Ed. Kairós. (N. de/ T.) [regresar]

[12] Este ensayo forma parte del capítulo 10 del presente volumen. (N. del E.) [regresar

 

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El Desarrollo Transpersonal

El Superconsciente


Fuente: Lo sviluppo transpersonale, Astrolabio, Roma 1988.

TRADUCCIÓN: Jorge Viñes Roig

Editada por la Fundación «La Piedra Angular» (en curso)
6 junio 2009

 

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