Las siete palabras (segunda parte)

por Grupo de Servicio el 6 de abril de 2012

[AAB-DK] No necesito entrar en detalles simbólicos respecto a esta iniciación. Todo el tema está adecuadamente tratado en el libro de A.A.B. De Belén al Calvario -que he aprobado y endosado, porque presenta el tema de las cinco iniciaciones en forma apropiada para el cristiano occidental. –Maestro Tibetano, RI 562

 

 

Las Siete Palabras

por Alice A. Bailey
[extaído del Capítulo 4 del libro De Belén al Calvario]

  1. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.79
  2. “De cierto os digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso”.80
  3. “Mujer, he ahí a tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí a tu madre”.81
  4. “Dios, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”82 [i214]
  5.  “Tengo Sed”.83
  6. “Consumado es”.84
  7. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.85

El pensamiento del reino matizó todo Lo que dijo en la Cruz. La Palabra de Poder que emanó de la Cruz fue pronunciada por Jesucristo Mismo y no esta vez por el Padre. Cristo emitió una séptuple palabra y en ella resumió la Palabra que inauguraba el reino de Dios. Cada una de Sus enunciaciones se relacionaron con ese reino y carecen del significado mezquino, individual o egoísta, que con harta frecuencia le adjudicamos. ¿Cuáles son esas siete palabras? Considerémoslas, y al hacerlo, comprenderemos que las causas que le dieron origen, produjeron la manifestación del reino de Dios en la tierra.

En todos los casos las siete palabras han sido interpretadas como que tenían aplicación individual con relación a la persona a quien supuestamente se dirigían, o una significación personal pa­ra Cristo Mismo. Siempre se ha leído La Biblia de esta manera, con la significación personal en la mente. Pero las palabras de Cristo son demasiado importantes para ser interpretadas así. Tienen un significado mucho más amplio del que se les atribuye [e220] generalmente. Lo asombroso de lo que dijo Cristo (lo más mara­villoso de todas las escrituras del mundo), es que esas palabras tienen diferentes significados. Ha llegado el momento en que el significado que Cristo les diera, debe ser mejor comprendido por nosotros a la luz del reino de Dios y no con un más amplio signi­ficado que el individual. Fueron Palabras de Poder, evocadoras e invocadoras, potentes y dinámicas, y debemos recordar que:

“…como todas las palabras que Cristo pronunciara, estaban inspiradas por un amor que abarcaba a todo el género humano; ese amor debe acelerar el nacimiento del niño en la matriz de la humanidad e imbuirlo de un espíritu más grande que el hasta ahora experimentado en la tierra, para que nazca a una nueva vida. Pero al mismo tiempo ese amor debe poseer el poder de separar por completo a los hombres del propio yo. Así como el más grande amor, conocido por nosotros, los humanos, ex­cluye todo lo demás de la mente del que ama, de igual modo el amor por todo el género humano nunca alcanzará el poder de ‘acelerar’ el nuevo nacimiento, si el yo no se fusiona en el bienamado y cesan todas las con­diciones y consideraciones terrenas. ‘Y será la vida eterna para los que reconozcan en Ti al único Dios verdadero’…; ‘porque Dios es Amor y aquel que mora en el amor mora en Dios y Dios en él’.” 86

Una de las primeras cosas que surgen en nuestra conciencia, cuando estudiamos la primera palabra de la Cruz, es que Jesús pidió a Su Padre que perdonara a quienes Lo crucificaron. Evi­dentemente, en ese momento, no consideró Su muerte en la Cruz como adecuada a esa necesidad. No había [i215] expiación de los pecados por el derramamiento de sangre, pero había necesidad de pedir perdón a Dios por el pecado cometido. Los dos hechos que se destacan en esta palabra son: la paternidad de Dios y el hecho de que la ignorancia, si es productora del mal, no hace culpable al hom­bre y por lo tanto no es pasible de castigo. Pecado e ignorancia son frecuentemente términos sinónimos, pero el pecado es reco­nocido como tal por quienes saben y por quienes no son ignorantes. Donde hay ignorancia, no existe pecado. Con esta palabra Cristo desde la Cruz, nos dice dos cosas:

  1. Que Dios es nuestro Padre, y que llegamos a Él por Su intermedio. Es el hombre oculto en lo profundo del corazón, el Cristo aún no conocido, que puede acercarse al Padre. Cristo ha­bía logrado este derecho por la divinidad que demostró y por haber recibido la tercera iniciación, la Transfiguración. Cuando nos hayamos transfigurado (porque sólo el Cristo transfigurado pue­de ser crucificado), entonces podremos invocar al Padre y pedir al espíritu, que es Dios, la vida de todas las formas, para reajustar las relaciones y otorgar ese perdón, que es la propia esencia de la vida misma.[e221]
  2. Que el perdón es la consecuencia de la vida. Ésta es una verdad difícil de ser aceptada por el creyente occidental. Estamos muy habituados a respaldamos en la actividad que Cristo desple­gara en el pasado distante. El perdón es el resultado de los pro­cesos vivientes que equilibran, restituyen y provocan esa actitud donde el hombre ya no es ignorante, y en consecuencia no nece­sita el perdón. La vida y la experiencia lo hacen por nosotros y nada puede detener el proceso. No es una creencia teológica la que nos reconcilia con Dios, sino una actitud hacia la vida y hacia el Cristo que mora en el corazón humano. Aprendemos por el dolor y el sufrimiento (es decir, por la experiencia) a no pecar. Pa­gamos el precio de nuestros pecados y errores, y cesamos de co­meterlos. Eventualmente llegamos a un punto en que ya no come­temos más errores y pecados primitivos. Porque sufrimos y agonizamos, aprendemos que el pecado trae retribución y causa sufrimiento. Pero el sufrimiento [i216] tiene su valor y Cristo lo sabía. Su Persona no fue sólo el Jesús histórico, que conocemos y a; amamos, sino también el símbolo del Cristo cósmico, el Dios, sufriendo por los sufrimientos de Sus seres creados.

“El dolor de la creación inferior es parte del gran sacrificio cósmico por el cual Dios eterno da Su vida para poder tomarla nuevamente. En el altar del universo material se ha ofrendado esa vida sagrada desde el comienzo de los tiempos y aunque ahora sólo podemos vislumbrar aquello por lo que se hace ese sacrificio, justifica la creencia de que ninguna vida que alcanzó la dignidad de poder sufrir, está ausente de la gran consumación.” 87

La justicia puede constituir el perdón cuando se comprenden equitativamente los pormenores del caso, y en esta demanda del Salvador crucificado, reconocemos la Ley de la Justicia y no la de la Retribución, en un acto al que todo el mundo contempla es­tupefacto. Esta obra del perdón es la obra eterna del alma en la materia o forma. El creyente oriental lo denomina karma. El creyente occidental habla de la Ley de Causa y Efecto. Sin em­bargo, ambos se refieren a la tarea del hombre por la salvación de su alma y por el pago constante del precio que el ignorante debe pagar por los errores y los así llamados pecados cometidos. Un hombre que peca deliberadamente contra la luz y el conoci­miento, es raro. La mayoría de los “pecadores” son simplemente ignorantes. “No saben lo que hacen”.

Cristo se dirigió a un pecador, un hombre que había sido con­denado, según el mundo, por haber obrado mal, y él reconoció la validez del juicio y el castigo. También aceptó haber recibido [e222] la debida condena por sus pecados, pero en lo que a Jesús respecta, había cierta cualidad que Le llamó la atención y Le hizo admitir que este tercer malhechor “ningún mal había hecho”. El factor que le permitió el acceso al paraíso era doble. El pecador reco­noció la divinidad de Cristo. “Señor”, dijo el malhechor, compren­diendo al mismo tiempo la misión de Cristo —fundar un reino—, “acuérdate de mí cuando entres en Tu reino”. La significación de tales palabras es eterna y universal, porque el hombre que reconoce la divinidad y al mismo tiempo es sensible al reino, está dis­puesto a beneficiarse por las palabras: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

En la primera palabra de la Cruz, Jesús tuvo en cuenta la ignorancia y debilidad del hombre. Se hallaba tan desvalido como un niño, y en Sus palabras testimonió la realidad de la primera iniciación y la época en que Él era “un niño en [i217] Cristo”. La simi­litud entre ambos episodios es significativa. La ignorancia, el desamparo y la consiguiente desarmonía de los seres humanos, evocó en Jesús el perdón. Pero cuando la experiencia de la vida ha desempeñado su parte, tenemos otra vez el “niño en Cristo”, que ignora las leyes del reino espiritual, aunque se ha liberado de la tiniebla y la ignorancia del reino humano.

En la segunda palabra de la Cruz encontramos el reconoci­miento del episodio del Bautismo, que significó la pureza y libe­ración por la purificación de las aguas de la vida. Las aguas del Bautismo de Juan liberaban de la esclavitud de la vida de la personalidad. Pero el Bautismo a que Cristo fue sometido, por el poder de Su propia vida y al que estamos sujetos por la vida de Cristo que mora en nosotros, fue el Bautismo del fuego y el sufrimiento, que llega a culminar con el dolor en la Cruz. Esa culmi­nación del sufrimiento, para quien pudiera resistir hasta el fin, sería la entrada en el “paraíso” —que significa bienaventuranza. Tres palabras se emplean para expresar este poder: felicidad, goce y bienaventuranza. Felicidad tiene un sentido puramente fí­sico y se relaciona con nuestra vida física y sus relaciones; el goce es de la naturaleza del alma y se refleja en la felicidad. Pero la bienaventuranza, que es de la naturaleza de Dios Mismo, es una expresión de la divinidad y del espíritu. La felicidad puede ser considerada como la recompensa del nuevo nacimiento, pues tiene una significación física y estamos seguros de que Cristo conoció la felicidad, aunque fue “varón de dolores”. El goce, que corresponde más especialmente al alma, alcanza su consumación en la Transfiguración. Aunque Cristo estuvo “en contacto con el dolor”, conoció el goce en su esencia, porque el “gozo del Señor [e223] es nuestra fortaleza”, y el alma, el Cristo en todo ser humano, es nuestra fortaleza, goce y amor. Cristo conoció también la biena­venturanza porque la obtuvo en la Crucifixión, la recompensa del triunfo del alma.

Por lo tanto, en esas dos frases de poder: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” y “Hoy estarás conmigo en el pa­raíso”, tenemos sintetizadas las significaciones de las dos prime­ras iniciaciones. En un libro ya citado, encontramos el siguiente párrafo que tiene relación con la bienaventuranza del paraíso que Cristo ofreció al ladrón que tenía conciencia de la divinidad y del llamado del reino:

“Este ideal de la ‘bienaventuranza’ personal del yo, puede unirse con el ideal complementario de la compasión (compatior): esa espontánea y expiatoria participación del sufrimiento de los demás, mediante la sutil simpatía, en su desarrollo hacia la perfección. En esto se recalca la verdad de que la realización del yo sólo es posible gracias a la virtud complementaria del sacrificio del yo (el yo, hecho sagrado), para bienaventuranza de los demás, acto que constituye la más elevada característica de la fe cristiana y también, cuando está totalmente iluminada por su propia y profunda sabiduría, es la del budismo y el culto a Orfeo.”88

[i218] Llegamos ahora al extraordinario episodio, tan debatido, que tuvo lugar entre Cristo y Su madre, resumido en la frase: “Mu­jer, he ahí tu hijo”, y a continuación lo dicho al apóstol bienamado: “He ahí tu madre”. ¿Qué significan esas palabras? De pie ante Cristo, en un nivel más bajo, estaban las dos personas que eran todo para Él, y desde la agonía de la Cruz, Les dirigió un mensaje especial, relacionándolas entre sí. Si consideramos las anteriores iniciaciones, quizá lo aclare. Juan representa la perso­nalidad que está alcanzando la perfección, cuya naturaleza co­mienza a ser impregnada por el amor divino, la característica primordial de la segunda Persona de la Divina triplicidad: el alma, el hijo de Dios, cuya naturaleza es amor. Como vimos, María re­presenta la tercera Persona de la Trinidad, el aspecto material de la naturaleza, que ama y nutre al hijo y lo da a luz en Belén. En esas palabras, Cristo, empleando el simbolismo de las dos personas, las relaciona entre sí, y dice prácticamente: “Hijo, re­conoce a quien debe darte a luz en Belén, la que cobija y protege la vida crística”. A Su madre Le dice: Reconoce que en la perso­nalidad desarrollada está latente el Cristo niño. La materia o Virgen María, se glorifica por medio de su hijo. En consecuencia, las palabras de Cristo se refieren definidamente a la tercera ini­ciación, la Transfiguración.

[e224] En las tres primeras Palabras pronunciadas en la Cruz, Cristo hace referencia a las tres primeras Iniciaciones y nos recuerda la síntesis que Él revela y las etapas que debemos alcanzar si que­remos seguir Sus pasos. Posiblemente, el Salvador crucificado creyera también que la materia misma, por ser divina, era capaz de sufrir infinitamente, y esas palabras fueron la expresión de Su reconocimiento de que aunque Dios sufre en la Persona de Su Hijo, Él también sufre con análoga y aguda agonía en la persona de la madre de ese Hijo —la forma material que le dio nacimiento. “Todo problema, como Cristo Lo vio, es individual y toda la agonía del mundo puede estar contenida en una sola alma”.89 Cristo está entre los dos: la madre y el Padre. Ahí reside Su problema, [i219] problema de todo ser humano. Cristo une a los dos: el aspecto materia y el aspecto espíritu, y la unión de los dos produce al hijo. Éste es el problema de la humanidad y también su oportunidad.

La cuarta Palabra pronunciada en la Cruz nos introduce en uno de los momentos más íntimos de la vida de Cristo —el que tiene una relación definida con el reino, como la tuvieron las Tres Palabras anteriores. Siempre hay vacilación al inmiscuirse en este episodio de Su vida, porque es una de Sus fases más profundas, secretas y quizá sagradas en la tierra. Leemos que hubo “tinieblas en la faz de la tierra”, durante tres horas. Este inter­valo es muy significativo. Cristo solo en la Cruz y en las tinieblas, simbolizó todo lo que estaba personificado en esta Palabra trágica y agonizante. El tres es lógicamente el más importante y sagrado de los números. Representa a la divinidad y también a la huma­nidad perfeccionada. Cristo, el hombre perfecto, pendió de la Cruz durante “tres horas” y en ese tiempo, cada uno de los tres aspectos de Su naturaleza fue ascendido al punto más elevado de Su capacidad de realización, con el consiguiente sufrimiento. Al final, esta triple personalidad dio origen a la exclamación: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

Cristo había pasado por todos los episodios culminantes de reajuste. Recién acababa de tener lugar la experiencia de la Transfiguración. No lo olvidemos. En esa experiencia, Dios Se había acercado y el Cristo, transfigurado, había vinculado, al parecer, a Dios y al hombre. Acababa de pronunciar la Palabra que testimonió la relación de la naturaleza corporal, el aspecto María, con la personalidad, en la persona de Juan, símbolo de una persona­lidad llevada a un altísimo grado de perfección y realización. Luego, durante tres largas horas, luchó en las tinieblas con el [e225] problema de la relación de Dios y el alma. El espíritu y el alma tenían que fusionarse en una gran unidad, como Él ya había fusionado el alma y el cuerpo, testimoniando esa consumación en la Transfiguración. Descubrió, repentinamente, [i220] que todo lo que había logrado y hecho en el pasado, sólo era el preludio de otra expiación que debía realizar como ser humano; allí, en la Cruz, a la vista de toda la muchedumbre, tuvo que renunciar a Su alma, lo que hasta entonces había retenido, percibiendo, en un instante, que en esta renunciación todo estaba en juego. Hasta la conciencia de ser el Hijo de Dios, el alma encarnada en la carne (por la cual había luchado y sacrificado), tenía que desaparecer, y debía permanecer despojado de todo contacto. Toda sensación y toda reacción posibles no pudieron llenar el vacío sentido. Parecía aban­donado, no solamente por la humanidad, sino por Dios. Descubrió que aquello en lo que Él había confiado, la divinidad, de la cual estaba seguro, se relacionaba con el sentimiento. Ese sentimiento debía también trascenderlo y, por lo tanto, abandonarlo todo.

Por medio de esta experiencia, Cristo abrió la senda hasta el propio corazón de Dios. Únicamente cuando el alma ha aprendido a estar sola, segura de su divinidad, sin ningún reconocimiento externo de esa divinidad, puede reconocerse el centro de la vida espiritual como estable y eterno. Con esta experiencia Cristo Se adaptó para la iniciación de la Resurrección, y de esta manera comprobó para Sí Mismo y para nosotros, que Dios existe y que la inmortalidad de la divinidad es un hecho establecido e inalte­rable. La experiencia de la soledad, de sentirnos despojados de todo lo que nos protege, de todo lo que hasta el momento ha sido considerado esencial para nuestra existencia, es el sello de la realización. Los discípulos tienden a olvidarlo, y al escuchar a Cristo velando así Su agonía, nos preguntamos si no fue nueva­mente “tentado en toda manera como nosotros”, y si en este momento no descendió a lo más recóndito del valle y experimentó esa total soledad que es la recompensa de quienes ascienden a la Cruz del Gólgota.

“Hasta que el hombre no haya sentido su total soledad en el mundo, una soledad que lo aparte, no sólo de sus amigos sino de su familia, de las posesiones, del orgullo y de todas las minucias de la existencia, no habrá llegado realmente hasta su propio yo. Sólo así puede sentir el significado interno y espiritual del universo que lo rodea, y diferen­ciarlo de las simples menudencias externas. Sólo así puede concebirse a sí mismo como perteneciendo al mundo más profundo de significacio­nes, en la relación de extremos. Sólo así puede sentir, paradójicamente, su parentesco con sus semejantes, de los cuales se ha apartado externa­mente, y, sin embargo, ha encarnado en cada uno de ellos, profunda, [e226] aunque inconscientemente, el mismo impulso interno hacia alguna es­pecie de unión con la unicidad de todas las cosas.

“El individuo maduro sabe que debe aferrarse a este mundo interno de significado. Sólo aquí puede encontrar su verdadero yo. Sólo aquí se halla esa inmortalidad que no es una simple continuación ‘ad infinitum’ de una especie de conciencia efímera, sino, más bien, el establecimiento imperecedero de una significación esencialmente eterna.”90

Aunque todo hijo de Dios en las distintas etapas de su camino a la iniciación se prepara para esta soledad final, mediante fases de total negación, cuando llega la crisis postrera debe experimen­tar [i221] momentos de soledad, que no puede concebir previamente. El hombre sigue los pasos de su Maestro, es crucificado ante los hombres y abandonado por sus semejantes y por la presencia reconfortante del Yo divino, en quien ha aprendido a confiar. Sin embargo, porque Cristo penetró en el lugar de la tiniebla externa, sintiéndose enteramente abandonado por todos los que hasta ese momento habían significado mucho para Él, desde el ángulo hu­mano y del divino, nos es posible apreciar el valor de la expe­riencia, mostrándonos que solamente penetrando en el lugar de la tiniebla externa, que los místicos con toda razón denominan “la noche oscura del alma”, podemos entrar realmente en el bendito compañerismo del reino. Se han escrito muchos libros acerca de esta experiencia, pero es muy rara, mucho más de lo que la lite­ratura de los místicos quiera hacer creer. Se hará más frecuente a medida que un mayor número de seres entren en el reino por los portales del sufrimiento y de la muerte. Cristo estuvo pen­diendo entre el cielo y la tierra y aunque estaba rodeado por una multitud y a Sus plantas permanecían aquellos que Él amaba, Se hallaba completamente solo. La soledad, cuando se está acompa­ñado, el sentirnos absolutamente abandonados mientras nos ro­dean quienes tratan de comprender y ayudarnos, constituye la tiniebla. La luz de la Transfiguración se apaga súbitamente, y por la misma intensidad de esa luz, la noche parece más tenebrosa. Un místico, refiriéndose a esta experiencia, dice:

“Después de este despliegue de luz vuelve otra vez la oscuridad. Fuimos peregrinos, fuimos pastores. Algo más debemos mostrar al rebaño: ‘El que pierde su vida por mí, la encontrará’. El Calvario.

“Hemos recorrido nuestro tramo y nos estamos acercando al fin de nuestro ciclo. Hemos de ascender a la cruz y someternos a la dolorosa muerte del yo; hemos de entrar en la tiniebla para que pueda nacer la sabiduría mayor. ‘Tonto de ti, lo que siembras no fructifica, excepto que muera’.”91

[e227] En las tinieblas conocemos a Dios. El autor anteriormente citado, agrega: “Ahora conozco el significado de algunas palabras que una vez leí: ‘Cuando San Pablo no vio nada, vio a Dios’. Creo que esta oscuridad es una ilusión. Quizá sea verdaderamente la luz”. Otro escritor al tratar el mismo tema, dice:

“Nadie puede convertirse en Salvador de hombres, ni simpatizar perfectamente con todo el sufrimiento humano, excepto por la ayuda que puede obtenerse del Dios que mora en su interior si no ha enfrentado y vencido por sí solo al dolor, al temor y a la misma muerte. Resulta fácil sufrir cuando existe una conciencia ininterrumpida entre lo superior y lo Inferior; más aún, no existe sufrimiento mientras esa conciencia no se interrumpa, porque la luz de lo superior imposibilita la oscuridad de lo inferior, y el dolor no es tal cuando se soporta bajo el aliciente de Dios. Existe un sufrimiento que los hombres deben enfrentar, que todo Salvador de hombres debe encarar, cuando la oscuridad se hace en la conciencia humana, sin que ni un resquicio de luz la atraviese; el hombre debe conocer la congoja de la desesperación que siente el alma humana, cuando la oscuridad la rodea y la conciencia no encuentra una sola ma­no donde asirse. Todo Hijo del Hombre debe sumirse en esas tinieblas antes de remontarse triunfante; esa experiencia amarguísima debe ser realizada por todo Cristo, antes de poder ‘salvar hasta el último’ de quienes buscan lo Divino, por su mediación.”92

Cuatro Palabras de Poder había pronunciado Cristo. Había pronunciado la Palabra para el plano de la vida cotidiana, la Pa­labra del perdón, indicando en ella el principio sobre el que Dios actúa en relación con el mal que hacen los hombres. Donde hay ignorancia y no existe desafío o intención errónea, el perdón está asegurado, porque el pecado es una acción definida ante la adver­tencia de la voz de la conciencia. Cristo había enunciado la Pa­labra que llevó la paz al ladrón moribundo, diciéndole que tenía asegurado no sólo el perdón, sino también la paz y la felicidad. Había pronunciado la Palabra que reunía los dos aspectos que estaban siendo crucificados simbólicamente [i222] en la Cruz —materia y alma, la materia de la forma y la perfeccionada naturaleza in­ferior. Son las tres Palabras de los planos físico, emocional y mental, en los que el hombre mora habitualmente. Se había com­pletado el sacrificio de la naturaleza inferior en su totalidad y hubo silencio y oscuridad durante tres horas. Entonces fue pro­nunciada una maravillosa Palabra que indicó la llegada de Cristo a la etapa del sacrificio final, y que hasta la conciencia de la divi­nidad, la del alma misma, con su fortaleza y poder, su luz y com­prensión, también debía ofrendarse en el altar. Cristo tenía que pasar la experiencia de la total renunciación a todo lo que había [e228] constituido Su propio ser. Esto fue lo que arrancó ese grito de protesta y de duda: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has des­amparado?”

Luego le siguieron otras tres Palabras de una cualidad total­mente distinta. En las palabras: “Tengo sed”, expresó el poder motivador de todo Salvador. Esto fue mal interpretado por los espectadores que dieron a esas palabras, lógicamente, un sentido físico; sin lugar a dudas, tenía un significado mucho más pro­fundo y debieron referirse a la divina sed que se manifiesta en la conciencia de todo hijo de Dios que ha alcanzado la divinidad, indicando su determinación de emprender la tarea del Salvador. Constituye la característica de todos los que alcanzaron esa etapa, que no pueden quedar satisfechos con lo que realizaron y le pro­porcionaron liberación y libertad, reorientándose inmediatamente hacia el mundo de los hombres y permaneciendo con la humanidad, trabajando por la salvación de los seres humanos, hasta que todos los hijos de Dios hayan encontrado su camino de regreso al hogar del Padre. Esta sed por las almas de los hombres, obligó a Cristo a abrir la puerta del reino, manteniéndola abierta Él Mismo, de modo que Su mano y Su ayuda nos hiciera trasponer el umbral. Ésta es la redención, de la cual todos compartimos, no desde el punto de vista egoísta de nuestra salvación individual, sino desde el ángulo de la conciencia, pues a medida que redimamos, seremos redimidos, a medida que salvemos, seremos salvados, y a medida que ayudemos a otros a realizarse, seremos también [i223] admitidos como ciudadanos del reino. Éste es el camino de la Crucifixión. Solamente cuando seamos capaces de pronunciar las cinco Pala­bras de Poder, comprenderemos verdaderamente el significado de Dios y de Su amor. El camino del Salvador se convierte entonces en nuestro camino. La vida y el propósito de Dios quedan revelados.

“De modo que la muerte ‘estoy crucificado con Cristo, sin embargo, vivo’, por lo tanto, la muerte —es decir el sacrificio del yo— equivale a la vida. Esto se apoya en una profunda verdad. La muerte de Cristo representó la vida de Dios. Para mí, una de las más profundas de todas las verdades, es que toda la vida de Dios constituye el sacrificio del yo. Dios es Amor. El amor es sacrificio —dar, más bien que recibir—, la bendición de darse a sí mismo. Si así no fuera la vida de Dios, sería falso decir que Dios es amor; porque hasta en nuestra humana natura­leza, lo que busca disfrutarlo todo, en vez de darlo, es conocido por un nombre distinto del vocablo amor. Toda la vida de Dios es el fluir de esta divina caridad que se prodiga a sí misma. La propia creación es sacrificio —impartir uno mismo el Ser divino. También es sacrificio la redención, de lo contrario no sería amor. Por eso no debemos ceder [e229] ni un punto de la verdad de que la muerte de Cristo ¡ fue el sacrificio de Dios!”.93

Esta sed que compartimos con el Salvador y las necesidades del mundo (del cual lo nuestro es una parte relativamente inci­dental) es lo que nos une a Él. Nos exhorta a alcanzar la “frater­nidad de Sus sufrimientos”, y es la demanda que oímos conjun­tamente con Él. Este aspecto de la Cruz y esta lección, han sido resumidos en el párrafo siguiente, lo que justifica nuestra más cuidadosa consideración y consiguiente consagración al servicio de la Cruz, que es el servicio a la humanidad:

“Cuando… me aparté de ese espectáculo que enternece al mundo entero, Cristo crucificado por nosotros, y contemplé las penosas y anonadantes contradicciones de la vida, no enfrenté, en el intercambio con mis semejantes, las frías trivialidades que dejan oír con tanta ligereza los labios de aquellos cuyos corazones jamás conocieron la verdadera congoja, ni cuyas vidas sufrieron un golpe aplastante. No se me dijo que todas las cosas fueron ordenadas para bien, ni se me aseguró que las abrumadoras disparidades de la vida eran sólo aparentes, ni fue re­velado por los ojos y el ceño de Aquel que realmente conocía el dolor, ni por una mirada de solemne reconocimiento, como la que se cruza entre amigos que, tolerando un extraño y secreto dolor, les une un lazo indi­soluble.”94

De pronto irrumpió en la conciencia de Cristo la maravilla de la realización. Había triunfado, de modo que con la total com­prensión de la significación de lo enunciado, pudo decir: “Con­sumado es”. Hizo Lo que había venido a hacer en Su encarnación. El portal del reino estaba abierto. El límite entre el mundo y el reino estaba claramente definido. Nos dio ejemplo de servicio, sin paralelo en la historia. Nos mostró el camino que debíamos re­correr. Nos demostró la naturaleza de la perfección. Ya [i224] no pudo hacer más, por eso escuchamos el grito triunfante: “Consu­mado es”.

Otra Palabra de Poder surgió de la tiniebla que amortajaba al Cristo moribundo. El momento de Su muerte estuvo precedido por las palabras: “Padre, en Tus manos encomiendo mi espíritu”. Su primera y Su última palabra comenzaron con Su llamado: “Padre” —porque siempre somos los hijos de Dios, y “si hijos, también herederos de Dios y coherederos de Cristo, si es que padecemos conjuntamente con Él, para que juntamente con Él sea­mos glorificados”.95 Coherederos de la gloria, pero también cohe­rederos del sufrimiento que debe ser nuestro, si el mundo debe ser salvo y la humanidad en conjunto puede entrar en el reino.

[e230] El reino existe. Por obra de Cristo y Su Presencia viviente en todos nosotros, existe hoy ese reino, todavía subjetivo, pero que espera la expresión inmediata y tangible…

“Un cuerpo y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación. Un señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todas las cosas, y por todos y en todos”.96

Por otra parte, con palabras de Cristo, dice el salmista: “En tu mano encomiendo mi espíritu, porque Tú me has redimi­do… “.97 Resulta aquí muy clara la implicancia. Es el espíritu de vida en Cristo y en nosotros, lo que nos hace hijos de Dios, y es esta filiación (con su carácter divino) la que garantiza nuestra realización final y entrada en el reino del espíritu. El signo dado está expresado en las palabras de San Mateo: “Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba ahajo”.98 Quedó establecido el acceso a Dios y las fuerzas internas espirituales pudieron exte­riorizarse sin obstáculos en la manifestación. Éste fue un acto de Dios, el estupendo reconocimiento del Padre de lo que [i225] había hecho Su Hijo. Espíritu y materia eran ahora uno solo. Todas las barre­ras separatistas fueron abolidas, y Dios y el hombre pudieron en­contrarse y sostener un intercambio.

En una antiquísima escritura hindú, encontramos palabras dichas hace miles de años, pero que pueden aplicarse en forma muy significativa a este acto realizado por Cristo, que no Lo vinculó sólo con nosotros y los creyentes anteriores a Su adveni­miento, sino también con el Cristo Cósmico, al cual se hace referencia, en forma inconfundible, en el párrafo siguiente:

“Brahma, el resplandeciente, pensaba… Permítanme sacrificarme en las cosas vivientes y en todas las cosas que viven en Mí Mismo… Así adquirió la grandeza, el fulgor, el señorío y la maestría”.

Al terminar este capítulo acerca de la Crucifixión, considere­mos cuál fue realmente el propósito del sacrificio de Cristo. ¿Por qué murió? Está dicho con toda claridad en el evangelio de San Juan y, sin embargo, se ha hecho muy poco hincapié en esa decla­ración. Recién hoy empezamos a comprender el significado de lo que hizo Cristo. Recién ahora la maravilla de Su sacrificio empieza a alborear en la mente de quienes despertaron la intuición. Cristo vino principalmente a hacer dos cosas, a las cuales nos hemos re­ferido: ante todo, vino a fundar o a materializar en la Tierra el reino de Dios. También vino a mostrarnos lo que significaba el [e231] amor de Dios y cómo se expresaba en el servicio y en el eterno sacrificio de la divinidad sobre la cruz de la materia. Cristo fue un símbolo y también un ejemplo. Nos reveló la Mente de Dios y nos mostró el canon sobre el que deberíamos moldear nuestras vidas.

“El cristianismo, respaldándose en la doble base del valor infinito del alma individual y en el organismo del cuerpo místico de Cristo, re­presenta una síntesis de individualismo y socialismo. Pero en el orden político y social, esa síntesis resulta un ideal que aún debe alcanzarse, ya que la Iglesia está condicionada en parte por las imperfectas con­diciones sociales de su medio ambiente. Ciertamente esta síntesis no ha encontrado un encaje perfecto ni aún en la esfera religiosa. Debemos siempre tener esto en cuenta y no dejarnos tentar por la atracción de la eficiencia, para ceder a un socialismo que reduce al individuo a una mera herramienta de la sociedad o del estado, o por el cebo de la liber­tad, al consentir un individualismo vacío y meramente formal, sin un contenido de propósitos comunes o sin una masa social orgánica. Si en la práctica tuviéramos que elegir entre ambos extremos, debe preferirse la libertad a toda costa. De tal modo valorizó Dios el libre servicio del hombre, que ha preferido una humanidad pecadora pero libre, a una humanidad de obligada rectitud. Sin lugar a dudas, la ‘bendita libertad de no pecar’, es mejor que la libertad de hacer el mal o abstenerse de hacerlo. Pero mejor aún para las criaturas es centrar la voluntad en el bien, como recompensa y coronación por haber elegido el bien, cuando era posible elegir el mal.”99

¡El reino y el servicio! Éstas son las notas claves que llevan en sí ese poder atractivo que demandan los creyentes del mundo. Cristo compartió con nosotros, como ser humano, el sendero de la experiencia mundana. Ascendió a la Cruz y nos mostró, con Su sacrificio y ejemplo, lo que debíamos hacer. Compartió con nosotros el camino de la vida porque no podía hacer otra cosa, pues era como cualquier ser [i226] humano. Pero arrojó sobre esta expe­riencia de la vida la luz radiante de la divinidad misma, pidién­donos también que “dejásemos brillar nuestra luz”.100 Se pro­clamó Hombre y nos dijo que éramos hijos de Dios. Estuvo en­tonces con nosotros como lo está ahora, porque se halla siempre en nosotros, aunque con suma frecuencia no Lo reconozcamos ni nos acerquemos a. Él.

“La característica de la enseñanza personificada en la tradición cris­tiana, es que Dios no constituye un ser apartado del mundo común de nuestra experiencia, sino que está presente en todas partes de ese mundo, con su maldad, ignorancia y dolor. En lenguaje simbólico, Dios ha tomado sobre Sí los pecados y dolores del mundo y sufre con nosotros, de modo que no estamos separados de Él por nuestros fracasos e imperfecciones [e232] o por la muerte. Su reino está dentro nuestro, mientras nos esforzamos por lograr lo que internamente reconocemos como divino.

“Dicho en lenguaje más directo, la manifestación de Dios no es al­canzar la realización de un bien imaginario, ahora o en el futuro, sino en el esfuerzo por lograr lo mejor. Dios vive y actúa en este esfuerzo consciente. Al experimentar este esfuerzo en nosotros y percibirlo en los demás y en la naturaleza, de la cual somos parte, sentimos la pre­sencia y el amor de Dios.”101

La relevante lección que nos espera es la realidad de que “… la naturaleza humana tal como la conocemos, no puede pro­porcionarnos felicidad sin sufrimiento, ni perfección sin el sacri­ficio de sí misma”.102 Para nosotros el reino constituye la visión, pero para Cristo fue una realidad. El servicio al reino es nuestro deber y también es el método para liberarnos de la esclavitud de la experiencia humana. Esto es lo que debemos captar, llegar al convencimiento de que sólo hallaremos la liberación sirviendo al reino. Estuvimos demasiado tiempo sujetos por los dogmas del pasado, y vemos hoy una natural rebelión contra la idea de la salvación individual por el sacrificio de la sangre de Cristo, que constituye la enseñanza externa y más evidente, pero lo que real­mente nos concierne es el significado interno, que sólo podemos experimentar cuando enfrentamos lo que mora en nuestro inte­rior. A medida que las formas externas pierden su poder, con frecuencia surge el verdadero significado. Prestemos atención a esas palabras que nos dicen:

“… que los dogmas cristianos tienen dos aspectos, el exotérico y el esotérico, y la decadencia de los dogmas, pretendidos o reales, es el acercamiento gradual a su significado más espiritual… Que los hechos, tal como los conocimos una vez, están perdiendo terreno como las palabras, y desde que Dios es Todo en el Todo, la lucha entre la interpretación espiritual y material del universo, se debilitará a medida que la unidad de ambos elementos se perciba y compruebe.

Cada uno debe comprobar eso por sí mismo. A menudo el te­mor nos impide ser veraces y enfrentar las realidades. Hoy es fundamental que encaremos el problema de la relación de Cristo con el mundo moderno y nos atrevamos a ver la verdad sin ningún prejuicio teológico. Nuestra experiencia personal en Cristo no su­frirá en este proceso. Ningún argumento moderno ni teología, podrán arrancar a Cristo del alma, una vez que ésta Lo ha reco­nocido, pues está fuera de toda posibilidad. Pero también es muy posible que encontremos errónea la interpretación teológica orto­doxa y que Cristo sea más incluyente de lo que se nos ha hecho [e233] creer, y que el corazón de Dios Padre sea más compasivo [i227] que el de quienes trataron de interpretarlo. Hemos predicado sobre un Dios de amor y defendido una doctrina de odio. Hemos enseñado que Cristo murió para salvar al mundo, tratando de demostrar que solamente los creyentes pueden ser salvos, y hay millones de seres que viven y mueren sin haber oído jamás hablar de Cristo. Vivimos en un mundo caótico, tratando de construir un reino de Dios, divorciado de la actual vida cotidiana y de la situación eco­nómica general, y al mismo tiempo, postulamos un cielo lejano que podremos alcanzar algún día. Pero Cristo fundó un reino en la Tierra, en el que todos los hijos de Dios tendrán igual oportu­nidad de expresarse como hijos del Padre. Muchos cristianos en­cuentran imposible aceptarlo y algunos de los mejores pensadores de la época repudiaron la idea. Las siguientes palabras constituyen un ejemplo:

“Soy incapaz de aceptar el concepto teológico de Dios como un ser perfecto, separado de todo mal, sufrimiento y desorden de nuestro uni­verso. Esta concepción me parece idólatra, semejante al reconocimiento de algo definido e independiente de Dios. En el actual universo de nues­tra experiencia y no en ninguna otra parte, hallaremos a Dios. El Dios que hallamos, vive y está activo, creando constantemente o poniendo orden en el caos indefinido, presente en nosotros, en nuestra lucha por la verdad, la justicia y la belleza, así como también cuando abandonamos esa lucha, incurriendo en la desarmonía interna que experimentamos en­tonces. Si no fuera por el caos no podríamos concebir un Dios activa­mente creador y viviente. Debemos considerar el caos como el trasfondo indefinido de la historia definida, la manifestación progresiva de Dios. Si consideramos la concepción de un Dios fuera de todo sufrimiento e imperfección, hallaremos que carece de sentido real en el mundo de nuestra experiencia. Sólo en la lucha, el Dios de la religión se nos revela como un Dios de Amor, Verdad y Belleza.”104

La salvación individual es, sin duda, egoísta en su interés y en su origen. Debemos servir para ser salvos, y sólo podemos servir inteligentemente si creemos en la divinidad de todos los hombres y en el incomparable servicio de Cristo a la raza. El reino es un reino de servidores, porque cada alma salvada debe, sin compromiso alguno, plegarse a las filas de los que sirven incesantemente a sus semejantes. El Dr. Albert Schweitzer,105 cuya visión del reino de Dios es tan extraordinaria y real, señala esta verdad y sus grados de reconocimiento, en los siguientes términos:

“Las etapas descendentes del servicio corresponden a las etapas ascendentes de la regla:

  1. El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor. Mr., 10:43 [e234]
  2. El que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos (los demás). Mr., 10:44.
  3. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y dar su vida en rescate por muchos. Mr., 10:45.

“La culminación es doble. El servicio de los Discípulos se extendía solamente a su círculo; el servicio de Jesús a un número ilimitado, es decir, a todos los que pudieran beneficiarse con Su muerte y sufrimiento. En el caso de los discípulos, fue simplemente una cuestión de [i228] someti­miento altruista; en el caso de Jesús significó el amargo sufrimiento de la muerte. Ambos casos se cuentan como servicio, porque establecen un derecho a una posición de mando en el Reino.”105

El amor es el principio y el fin, y en el amor servimos y traba­jamos. La larga jornada termina en la gloria de la renunciación del deseo personal y en la dedicación al servicio viviente.

 

Notas:

79. Lc. 23:34.

80. Lc. 23:43.

81. Jn. 19:26.

82. Mt. 27:46.

83. Jn. 19:28.

84. Jn. 19:30.

85. Lc. 23:46.

86. The World Breath, de L. C. Beckett, pág. 252.

87. Extraído del sermón The Divine Justice, de R. J. Campbell.

88. Eros and Psyche, de Benchara Branford, pág. 87.

89. The Fool Hath Said, de Beverley Nichols, pág. 253.

90. Reality and Illusion, de Richard Rothschild, pág. 221.

91. Splendour in the Night, de A. Pilgrim, págs. 61, 62.

92. Cristianismo Esotérico, de Annie Besant, págs. 119, 120.

93. Sermons, 3ª serie, de F. W. Robertson, pág. 100.

94. Colloquia Crucis, de Dora Greenwell, pág. 14 f.

95. Ro. 8:17.

96. Ef. 4:4, 5, 6.

97. Sal. 31:5.

98. Mt. 27:51.

99. A Philosophy of Form, de E. I. Witkins, págs. 178, 179.

100. Mt. 5:16.

101. Materialism, de J. S. Haldane, pág. 152.

102. Mirage and Truth, de M. B. D’Arcy, S. J., pág. 179.

103. Think for Youself, de T. Sharper Knowlson, pág. 186.

104. Materialism, de J. S. Haldane, págs. 174, 175.

105. The Mystery of the Kingdom of God, pág. 75.

 

El Centro de Estudios VBA es una Comunidad espiritual dedicada a honrar la vida y obra de Vicente Beltrán Anglada a través de la meditación, el estudio y el servicio relacionados a: i) la praxis del Agni Yoga, conducente a Shamballa; ii) la colaboración Humano-Dévica; y iii) la Magia Organizada planetaria.

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y el Poder indescriptible del Avatar de Síntesis

restablezcan el Plan en la Tierra.