Los dedos de la mano

por Kathy Newburn el 9 de Abril de 2010

Me gustaría compartir hoy con ustedes unos pensamientos acerca del trabajo grupal.

El Tibetano escribe, ampliamente, acerca de los retos que se presentan cuando se sigue el sendero espiritual y el servicio del discipulado pero, también, nos recuerda que las alegrías y compensaciones de este camino son muchas y que merece la pena el esfuerzo.

Al no poder dormir la noche pasada, me puse a pensar en esas compensaciones y para mí, al menos, se hizo presente el poder estar con ustedes aquí, porque en el sentido más real de la palabra, todos somos hermanos y hermanas.

Estas relaciones con nuestros compañeros de trabajo son las grandes compensaciones del sendero, la oportunidad de conocer tantas personas maravillosas y aprender muchas cosas como resultado de ello.

Algunas veces, en el transcurso de nuestras vidas, conocemos personas en el plano físico que forman parte de nuestro grupo ashrámico y tales ocurrencias constituyen un verdadero gozo, porque es como conocer a un miembro de nuestra verdadera familia espiritual.

Esos vínculos a menudo son más estrechos que los que formamos con nuestras relaciones “cotidianas” en la vida, porque son más duraderos, al haberse forjado en el curso de muchos años y vidas de gozo y sufrimiento.

La estrechez de estos vínculos también surge por el hecho de que hemos comenzado un proceso de destilación y purificación interna y, como consecuencia, hemos quemado algunas escorias de nuestra personalidad y los velos de separación que generalmente nos separan. Comenzamos a penetrar a través de estos velos separadores y nos podemos acercar de maneras que no son posibles en otro tipo de relaciones en la vida.

Es posible forjar relaciones y esto constituye un poder y una fortaleza real, una belleza que podemos ejercer y presentar colectivamente como una ofrenda ante el ashrama porque, a fin de cuentas, de eso es de lo que trata el trabajo, presentar un vehículo para el uso del ashrama, de modo que la colectiva energía del ashrama y la fuerza del Cristo, cabeza de la Jerarquía, pueda afluir a través nuestro.

Esto no es de lo que quería hablar, pero pasó por mi cabeza en medio de la noche.

Todos estamos pasando por un tremendo momento de estímulo en este período de transición. Se dice que este es el período más importante en toda la historia de la vida de nuestro planeta y que todas las formas de vida y reinos de la naturaleza están embarcados en el estímulo de la iniciación cósmica por la cual está pasando nuestro Logos Planetario.

Todas las formas de vida participan de la gran cadena de la Jerarquía que vincula, como dice el Tibetano, sol con sol, estrella con estrella, sistema solar con sistema solar, planeta con planeta y todas las vidas planetarias entre sí. Pero los presentes problemas de la humanidad surgen de la humanidad. Se podría decir que la humanidad es el reino de la naturaleza que está fuera de alineamiento, debido a nuestro egoísmo, a nuestra separatividad y materialismo. Hemos elegido ubicarnos fuera de la divina corriente circulatoria de energía y por eso hemos roto el vínculo dentro de la gran cadena de la Jerarquía. Pero lo importante en este momento, y lo que nos hace tener esperanza en el futuro, es que muchas personas en el planeta han elegido conscientemente regresar a esa divina corriente circulatoria.

El título que elegí para esta conferencia fue tomado de una frase utilizada por Helena Blavatsky en un ensayo titulado “Ocultismo Práctico”, en el cual ella comparaba un grupo de discipulado con “los dedos de la mano”. Esta frase no fue original de Blavatsky, ella la tomó de un libro oriental de reglas, empleado para entrenar instructores y por eso puede ser útil que reflexionemos, porque muchas personas en este recinto intentan dar a conocer la Sabiduría Eterna a un público más amplio.

Otra frase de este libro dice que “los compañeros en el discipulado deben ser afinados por el gurú como las cuerdas de un laúd, todos diferentes a los demás, pero emitiendo sonidos en armonía con los otros”. Esta es una bella imagen y los músicos de esta sala deben apreciar bien lo que significa estar afinado con el gurú como las cuerdas del laúd. Creo que si introducimos estas dos imágenes de los dedos de la mano y las cuerdas del laúd en nuestras mentes, nos pueden ayudar a tener mayor éxito en el trabajo que realizamos juntos.

En este mismo artículo, Blavatsky acentuó la diferencia entre la teoría y la práctica en la búsqueda del sendero espiritual. Ella señaló que es fácil convertirse en teósofo, como afiliación externa eso exige poco esfuerzo; otra cosa es, sin embargo, aprender el fino arte de trabajar unidos como grupo. Blavatsky se preguntaba cómo podrían los estudiantes occidentales, educados desde el nacimiento para competir entre sí, llegar a sentir la camaradería por sus compañeros, un compañerismo que los capacite para trabajar como “los dedos de la mano”.

Cómo podríamos, se preguntaba, superar las dificultades para establecer y seguir estas reglas en occidente, donde desde el nacimiento crecemos dentro de un culto por la personalidad.

Y cuando miramos el estado de los grupos esotéricos, 130 años más tarde, podemos ver cuán profética era la preocupación de Blavatsky. ¿Que pensaría ella de las dificultades y luchas que existen en el presente, sufriendo como estamos bajo el peso del elevado sentido de la personalidad? Debemos ser compasivos con nosotros mismos y con los demás, con nuestras faltas e imperfecciones, porque estamos trabajando en un tiempo de gran espejismo, donde es difícil apreciar claramente las personas y las situaciones.

Todos estamos aún muy condicionados por nuestra individualidad, por el sentido del yo separado otorgado por Leo, y aún no estamos funcionando plenamente dentro de la corriente de Acuario. Pero sabemos que estos dos signos son opuestos polares y que los fuegos de Leo, una vez sean transmutados por el llamado superior, pueden encenderse, por el aire de Acuario, en toda una fogata. Los dos signos se necesitan, forman dos partes de una totalidad y se pueden fortalecer por medio de su fusión y unión, como rige para todos los opuestos zodiacales.

Nadie en esta sala necesita que se le recuerden las dificultades a las que se enfrentan los grupos, porque están dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Todavía conservamos ciertas formas mentales que impiden que nos integremos al grupo y dejemos nuestra personalidad “de la puerta para afuera”. Todos sabemos lo que debemos hacer. La cuestión es si queremos hacerlo o no. Pero la situación actual es temporal, una etapa transitoria por la cual estamos pasando.

No viviremos para ver el fruto de las semillas que se están plantando, pero trabajamos para el futuro, para nuestros aspectos reencarnados y para todos los que transitarán el camino en las décadas venideras cuando las condiciones mundiales empiecen a reajustarse y el peso de los retos actuales haya sido elevado.

Lo que está ocurriendo es que el trabajo grupal se está desplazando del peso de su actual enfoque en la personalidad de tercer rayo y las formas que han perdido su utilidad, hacia la influencia espiritualizada del segundo rayo. Este cambio de rayos nos presenta nuevos modos de trabajar, al apartarnos del enfoque material en los nombres, la posición, las insignias, las normas y los líderes hacia una forma más orgánica y holística de trabajar.

Los nuevos grupos estarán compuestos de individuos libres que no reconocen otra autoridad que la de sus propias almas y que están dispuestos a sumergir sus propios intereses individuales a favor del propósito mayor del grupo del cual forman parte.

Esto no significa que no habrá líderes en los grupos emergentes (una mal interpretación común) sino que el peso de la responsabilidad que se colocará en los líderes será cambiar y trabajar de manera nueva y creativa. Y esto está sucediendo.

La Regla Once en los “Rayos y las Iniciaciones” nos habla de las dos actitudes más comunes que ocurren en los grupos y que ocasionan problemas: mucha preferencia por un lado y la tendencia al “desaire” por el otro.

El Tibetano advierte contra ambas actitudes y nos aconseja buscar el camino medio en nuestras relaciones grupales. Es fácil entender porqué el desaire no es una actitud saludable, porque a todos nos gusta que nos prefieran, especialmente quienes pertenecemos al segundo rayo, pero ¿porqué mucha preferencia es un problema? Pues bien, por muchas razones. Mucha preferencia enceguece y estrecha nuestros apegos a los individuos y esto nos puede conducir a perder el enfoque y el alineamiento con el trabajo. D.K. nos da esa importante enseñanza, que siempre debemos tener presente, sobre donde debemos aplicar nuestra lealtad. Él nos suministra la secuencia correcta. ¿Debería nuestra lealtad dirigirse al gurú o al maestro?

Por cierto, no es así. La lealtad particular de devoción al gurú es la última en una lista de tres. Es importante, puesto que está en la lista, pero es la última de la serie. Y yo también quiero incluir en esta lealtad particular, no solo la lealtad al gurú sino extenderla a quienes reconocemos delante de nosotros en el sendero de evolución.

A menudo tenemos la tendencia a dedicarnos a ellos porque reconocemos y respetamos su conocimiento, sabiduría, fortaleza y amor. Pero este tipo de lealtad pertenece a la dispensación de Piscis que está pasando y no debería ser exigida por ningún instructor verdadero.

La lealtad personal nubla los reconocimientos que debemos intentar encarnar a medida que avanzamos en Acuario. Los verdaderos líderes no necesitan fidelidad, ellos avanzan y tienen sus prioridades establecidas.

La secuencia de fidelidades como las da el Tibetano son: primero al Plan, luego a quienes el Plan sirve y finalmente a Quienes sirven al Plan. Si recordamos esta secuencia y hablo para mí misma, mantenemos nuestras fidelidades definidas y quedamos libres para servir al Plan. Ahora, ¿qué significa eso? Suena muy abstracto y a nosotros nos gustan las abstracciones, entonces puede ser bueno.

Quizás podamos dedicarnos, fácilmente, a una abstracción y así no tenemos que lidiar con la gente y sus problemas. Pero no creo que sea realmente lo que se nos pide hacer. D.K. nos dice también que no podemos comprender el Plan, entonces ¿cómo nos podemos dedicar a algo que no entendemos? Bueno, tenemos que intentarlo y mi comprensión del Plan significa establecer aquellas condiciones que nos permitan ubicarnos dentro de la divina corriente circulatoria de energía.

Pienso, hablando en un sentido amplio, que colocar nuestra fidelidad en el Plan significa vivir la enseñanza, personificar la enseñanza. Esto no es abstracto ni fácil. D.K. no suministra muchas definiciones del Plan, pero la que da es clara. Él escribió, “el Plan es la producción de una síntesis subjetiva en la humanidad y de un intercambio telepático que finalmente aniquilará al tiempo” Eso es todo lo que tenemos que hacer, dedicarnos a la creación de la síntesis subjetiva y al intercambio telepático que finalmente aniquilará el tiempo.

A los físicos y a los astrólogos seguramente les gustará eso.

Nuestra segunda lealtad debe ser hacia los que nos siguen en el sendero, “a quienes el Plan sirve”. En ese grupo debemos incluir a más de la mitad de personas en el planeta que viven con menos de dos dólares al día. Ese grupo es inmenso y algunas veces los olvidamos.

Al trabajar para restaurar la ruptura dentro de la cadena de la Jerarquía, suministramos un gran servicio si usamos nuestra energía espiritual para curar y elevar a los que sufren en este momento.

Y de eso se trata, porque a medida que el Plan sea implementado en el planeta y se libere la divina corriente circulatoria, hallaremos que hay más que suficiente alimento para alimentar a todas las personas en el planeta, lo sabemos.

Pero el desequilibrio actual dentro del reino humano es el que ha creado la presente situación que niega una vida decente y hasta la vida misma a muchas personas en el mundo.

De hecho, se nos ha dicho que el Cristo no puede reaparecer hasta que los desequilibrios actuales sean reajustados y el medio más importante para que esto pueda suceder es por medio de la instauración del principio del compartir.

Volviendo a la discusión sobre las correctas actitudes grupales, encontré de mucha ayuda el siguiente párrafo atribuido al Maestro Morya. Él escribió: “una de las primeras muestras de autodominio es mostrar bondad, paciencia y comprensión con los caracteres y temperamentos más disímiles. Una de las mayores muestras de retroceso es esperar que a los demás les guste lo que a uno le gusta y que actúen como uno actúa”.

Esto me recuerda algo que escuché recientemente sobre Abraham Lincoln, el gran presidente americano. Como saben, el Tibetano lo llamó un avatar racial, alguien que llega en la fundación de una nación para establecer la nota para el futuro, encarnando las cualidades más elevadas de las personas.

La forma en que Lincoln gobernó fue muy acuariana y de hecho, nació en el signo de Acuario. Fue un pionero y podemos aprender de él. Llamó para su gabinete a personas de un amplio espectro político, de todas las denominaciones políticas y muchos de sus oponentes trataron arduamente de evitar que fuera elegido cuando estaba como candidato.

Lincoln vio la sabiduría de reunir personas que estuvieran en desacuerdo con él porque captó que su energía colectiva podría producir un grupo creativo.

Quiero compartir algunos pensamientos sobre las manos, debido a su importancia simbólica en relación con el trabajo grupal. A medida que intentamos desplazar nuestra conciencia del peso de nuestra individualidad hacia una orientación grupal, puede ser útil reflexionar sobre los dedos de las manos, porque nos pueden enseñar mucho.

Las manos, verdaderamente, están relacionadas con el trabajo grupal.

La palabra “mano” proviene de la palabra latina que expresa manifestación y eso es lo que los grupos y las manos hacen, son los agentes de la creatividad, ellos trabajan en la curación, bendición, enseñanza, en la purificación, invocación y plegaria.

Aristóteles llamó a las manos “el órgano de los órganos, el instrumento de los instrumentos”. Kant las llamó “la parte visible del cerebro”.

Las manos son los agentes activos del sistema cerebral y, por extensión, del alma, así como los grupos son los agentes externos de los ashrams, graduando y liberando la energía en una forma adecuada para la humanidad en un momento dado. Las manos y el grupo nos enseñan sobre las relaciones, sobre el tomar y soltar, sobre la adquisición en su forma superior e inferior y sobre la conexión que se establece con otras “manos”, con otros grupos.

Pero en el modo verdaderamente acuariano, las manos trabajan sin necesidad de control externo o del refuerzo de las responsabilidades del liderazgo, sino que trabajan sin esfuerzo de manera grupal, donde cada dedo conoce su lugar y dispuestamente acepta su dharma y contribución al gran servicio.

Los dedos responden a las directivas superiores, intuitiva y graciosamente, y más allá del reino de las palabras y dentro del reino del conocimiento directo, con suavidad y acción conjunta. Y como los dedos son todos diferentes, tienen distintas responsabilidades dentro del trabajo que se debe realizar, su trabajo unido produce una contribución exponencialmente mayor que la que sería posible por la suma de sus partes individuales.

Es interesante apreciar las “variadas manos de Dios” representadas en las pinturas y tonkas orientales, sosteniendo ofrendas, flores, joyas y espadas. Actualmente miro estas manos como grupos ashrámicos, haciendo sus ofrendas al Iniciador Único. Y en muchas de las pinturas en las civilizaciones antiguas, las palmas de las manos contenían el símbolo del tercer ojo, indicando el poder que fluye a través de ellas, el cual puede ser empleado en el trabajo de curación.

Las manos son las portadoras de la espada, de la energía de primer rayo, y quienes han aprendido a trabajar de esta forma son denominados “los violentos”, los que toman el reino de los cielos por la violencia y manejan las corrientes planetarias y, eventualmente, cósmicas en servicio del Plan.

La iniciación grupal significa que cada vez que avanzamos en el sendero o penetramos más profundamente en los misterios de la vida, lo hacemos juntos. Eso es reconfortante. Cada miembro del grupo maneja sus propios asuntos, asume su propia disciplina, porque siempre rige que ante todo aprendemos por nosotros mismos y solucionamos nuestros propios problemas. Esta disciplina capacita a los miembros del grupo a someterse dispuestamente a la vida de sacrificio, “buscando nada, pidiendo nada, esperando nada para el yo separado”. Aún no estamos allá, pero esa es la meta.

Los maestros internos dependen de la humanidad para que les ayudemos en el trabajo que se debe hacer. Los maestros no conocen, tanto como nosotros, las necesidades específicas de los hombres y mujeres del mundo actual, porque allí no es donde reside su foco de atención. En este momento están trabajando en la preparación de sus vehículos para los retos que exige la exteriorización, así como con los puntos mayores de la realización del Plan.

Los maestros, por lo tanto, buscan que nosotros asumamos el trabajo que debe ser realizado en el mundo actual “modificando, cualificando y adaptando” el Plan.

He omitido mucho material aquí y pensé en que se podría volver a colocar algo de naturaleza diferente. Pensé en Wesak, sé que todos están pensando en Wesak porque está cerca y es el momento más poderoso del año. He leído un libro que ya algunos deben haber leído: Buddha de Karen Armstrong. [Armstrong, Karen. Buddha. New York, N. Y.: Penguin Group, 2001. 92-95]

Es un libro muy bello sobre la vida y la época de Buddha y como el tema de esta conferencia es la Iniciación, pensé que podría leer algunos párrafos de este libro, sobre la iniciación de Buddha. No es frecuente contar con la oportunidad de leer mucho sobre la verdadera iniciación de los grandes maestros, pero este libro contiene alguna información sobre ello.

La valentía y la determinación fueron las cualidades principales que el Buddha debió cultivar para pasar por su experiencia iniciática. Se nos ha dicho que a medida que nos acercamos a la iniciación suceden las siguientes cosas y que las podemos tomar como simbólicas, pero que también pueden ser manifestaciones reales.

“La amplia tierra se elevó y se hundió, como si fuese una inmensa rueda de carreta descansando sobre su eje y alguien estuviese marchando sobre su superficie”.

Finalmente, Gautama se acercó al lado oriental del árbol y cuando estaba allí, el piso permaneció inmóvil. Gautama decidió que este debía ser el “punto inamovible” donde los previos Buddhas se habían sentado. Entonces se sentó en la posición de asana, de frente al oriente, la región del amanecer, con la firme expectativa de que iba a comenzar una nueva era en la historia de la humanidad.

“¡Que mi piel y mis fibras y mis huesos se sequen, junto con la carne y la sangre de mi cuerpo! ¡Lo aceptaré!” Juró Gautama. “Pero no me moveré de este punto hasta haber obtenido la visión interna final y suprema”…

Es el Eje del Mundo, el sereno punto de calma en donde los seres humanos, en muchos mitos mundiales, contactan lo Real e Incondicionado; es el lugar donde se reúnen las cosas que parecen diametralmente opuestas en el mundo profano… en una experiencia de lo sagrado.

La vida y la muerte, el vacío y la plenitud, lo físico y lo espiritual se unen y se encuentran como los radios de una rueda en su centro, de una manera que es inimaginable para la conciencia normal. Cuando Gautama hubo alcanzado el estado de perfecto equilibrio que había percibido cuando era un niño bajo un árbol de pomarrosa, cuando concentró sus facultades y su egoísmo quedó bajo control, él creyó estar listo para sentarse en el “punto inmóvil”. Él estaba por fin en una posición para recibir la visión suprema.

Entonces sigue un largo pasaje que explica cómo el Buddha tuvo que enfrentar al poderoso morador, en una experiencia similar a la de Cristo en el desierto. Buddha venció al morador y “entró en el primer jhana y penetró el mundo interno de su psique; cuando finalmente alcanzó la paz de Nibbana todos los mundos del cosmos budista se convulsionaron y los cielos y la tierra temblaron, y el árbol de bodhi hizo llover flores rojas sobre el iluminado.

En todos los mundos los árboles florecieron, los frutales se doblaban por el peso de la carga de tantos frutos, los lotos florecieron en los troncos de los árboles… el sistema de los diez mil mundos era como un ramillete de flores que giraba por el aire. El océano perdió su sabor salado, los ciegos y los sordos pudieron ver y escuchar; los lisiados caminar y las cadenas de las prisiones se desmoronaron. Todo brilló con repentina libertad y potencia. Por unos momentos, cada forma de vida se tornó más plena”.

Esa es la descripción de la iluminación de Buddha. Es interesante observar la reacción de Buddha después de su iluminación. Estaba tan conmovido por la experiencia que pensó que todo lo que podía hacer era guardar silencio.

“Su Dhamma era demasiado difícil de explicar, se dijo a sí mismo; la gente no estaría preparada para asumir las arduas disciplinas y la moral yoghis que se requieren. Lejos de desear renunciar a sus deseos, la mayoría de personas se deleitan en sus apegos y no querrán escuchar el mensaje de renunciación”.

Él no veía cómo podría describir lo que había experimentado de una manera efectiva para que llegara a la humanidad, por lo que inicialmente decidió, según dicen los textos Pali, quedarse en silencio… el Buddha silencioso.

Pero hubo una intervención del gran Señor Brama, la divinidad hindú, que descendió y le dijo a Buddha que él podría querer permanecer en silencio, pero que no se le permitía hacerlo.

Se le ordenó encontrar las palabras para expresar estas cosas. Él suplicó: “Señor, por favor predica el Dharma… hay personas que tienen muy poco deseo y están prisioneras por la falta de este método; algunos lo entenderán”.

Le pidió a Buddha “compadecerse de la raza humana sumida en el dolor y viajar a lo largo y a lo ancho para salvar al mundo”. Y eso fue lo que el Buddha hizo y pasó los siguientes cuarenta años viajando a través de la India, predicando el dharma.

Esto nos da una visión, quizás, de lo que ocurrirá en el planeta a medida que más y más personas pasen por algunas de las altas iniciaciones, y nos advierte de no guardar silencio como muchos quisiéramos estar y hacer cuanto esté a nuestro alcance para llevar la enseñanza necesaria a la sufriente humanidad de nuestros días. Todos sabemos que tenemos la responsabilidad de compartir lo poco que sepamos.

Y a medida que el Buddha reflexionó sobre el sufrimiento de las personas, su corazón cambió. “Sólo cuando aprendemos a vivir desde el corazón y a sentir el sufrimiento de los demás como si fuera propio, llegamos a ser verdaderamente humanos”.

Esa fue la gran lección del Señor Buddha para nosotros en este momento.

[Disertación ofrecida en la Conferencia de la Universidad de los Siete Rayos del año 2007, Mesa, Arizona.]