El sentimiento religioso y su expresión

por Francisco Brualla el 6 de febrero de 2010

EL sentimiento religioso, innato en todos nosotros, es ese algo   de muy difícil definición que nos impele a buscar siempre   algo más elevado, más perfecto, mejor, en todo, incluso en   nosotros mismos. Es, a mi modo de ver, la manifestación  de los esfuerzos que nuestro ser interno hace para expresarse y  reflejarse en toda nuestra vida. Siendo esto así, su desarrollo y expresión  ha de ser una cuestión puramente individual y las formas  religiosas sólo pueden servirle de vehículo muy imperfecto.

Tal como hoy se practica la religión, sus fórmulas son meras  manifestaciones externas de dicho sentimiento, manifestaciones  que el individuo exterioriza sin comprender, en la mayoría de los  casos, su objeto, su razón, ni sus efectos. Son algo que practica  por puro convencionalismo y por tanto sin sinceridad.

Se ha dicho que las fórmulas y ceremonias religiosas no solamente  no ayudan a quien las practica, sino que por el contrario  tienden a desviarlo de su verdadero camino. Esto es únicamente  cierto, cuando tales fórmulas y ceremonias se toman como un fin  en sí mismas; pero no lo es, si se las considera por lo que verdaderamente  son; a saber: medios para un fin.

La finalidad de toda verdadera religión y de sus fórmulas respectivas  es ayudar al individuo a establecer la unión con la divinidad  de la que procede. Las ceremonias religiosas tienen por objeto  elevar la conciencia del individuo a fin de que tal unión sea  posible. El mismo objeto y finalidad tiene la práctica de la meditación.

Como sabe todo teósofo, el hombre es un ser compuesto de tres  elementos principales, a saber: Una personalidad formada por su  parte física, sus emociones, sentimientos y pasiones y su mente,  como elemento que llamaremos inferior; un Ego o alma, que llamaremos  elemento intermedio, y un Espíritu, Mónada o chispa divina,  el Dios latente en todos nosotros, que llamaremos ele mento Superior. Dichos tres elementos, según leemos en los libros  teosóficos, se descomponen en siete principios; pero este es un  punto que no podemos elucidar aquí. Para la inteligencia de mi  exposición nos basta recordar los tres elementos mencionados o  sea: Personalidad, Ego o Alma y Espíritu o Mónada.

Ahora bien, la infinita mayoría de los mortales estamos normalmente identificados y vivimos como personalidades. Nuestras  vidas diarias se desenvuelven alrededor de esta personalidad y  nuestras actividades tienden a satisfacer sus exigencias. La religión,  al despertar el sentimiento de que hemos hablado, nos hace  dar el primer paso para desviar nuestra atención de nuestros intereses  personales y la dirijamos a algo más elevado, que es nuestro Ego o Alma, y esta es la primera expresión del sentimiento  religioso. Poco a poco, guiados por la religión, ese sentimiento va  avivándose, hasta que la misma rigidez de las fórmulas y las  erróneas interpretaciones de los encargados de difundir sus enseñanzas nos obliguen a buscar en otros campos fórmulas de expresión  más satisfactorias. Pero la búsqueda es, por así decirlo,  hacia afuera, y a causa de esto nos encontramos durante algún  tiempo en un estado de conciencia en que no hay religión ni fórmula  religiosa que nos satisfaga. Hemos tenido un vislumbre de  nuestra Alma, pero no encontramos fórmula religiosa que nos la  descubra. Es que toda fórmula religiosa que no nos conduzca, si  se me permite la frase, a dentro de nosotros mismos, no tiene valor  alguno. Porque el sentimiento religioso es algo interno, es la  palpitación del alma que pugna por expresarse en nuestras vidas  cotidianas, no es adoración ante un altar o ante una imagen.

Así el verdadero sentimiento religioso no puede expresarse en  fórmulas religiosas en el sentido de dirigirse a una divinidad intangible. En el mejor de los casos, la fórmula religiosa no puede  hacer más que avivarlo; pero su expresión, es decir, sus efectos  deben ponerse de manifiesto en los actos de nuestra vida. El artista  lo expresará en su arte, el cientista en su laboratorio, el filósofo  en sus escritos, el educador en sus enseñanzas, etc. Y aunque  ninguno de ellos quiera admitir el carácter religioso de su actividad  peculiar, cuando tal actividad esté ejercida desinteresadamente  por puro amor al prójimo, es más religiosa y más aceptable  a la Divinidad que una vida entera de oración y contemplación.

De todas las manifestaciones del sentimiento religioso las que  mejor lo expresan son las que implican el sacrificio personal en  bien de nuestros semejantes. Aquellas en que, olvidándonos de  nosotros mismos, tratamos de auxiliar a otros. Ningún placer es  comparable al derivado del bien que hacemos a otros. Es el único  en el fondo de cuya copa no encontramos el poso amargo que dejan  todos los otros placeres del mundo. Es posible que antes de  realizar un sacrificio personal tengamos que reñir una fiera batalla  contra nuestro egoísmo y nuestra inercia; pero una vez realizada, sentimos una satisfacción íntima, una sensación placentera, libre de amargores, cuyo recuerdo, sobre todo si sabemos mantenerla  en el secreto de nuestro corazón, nos acompaña por mucho  tiempo. Y es que el sacrificio es una de las leyes fundamentales  del universo. Desde el mineral al Lagos, todo responde a esta Ley;  el mineral cediendo sus elementos a la planta. El Lagos limitándose  a sí mismo para que el universo pueda subsistir. De ahí que  el servicio de la humanidad y el sacrificio de un individuo en bien  de la ‘colectividad hayan sido siempre las expresiones más elevadas  del sentimiento religioso. El más glorioso ejemplo, que de  ello tenemos, nos lo dio aproximadamente hace dos mil años el  gran Maestro de Nazaret, el Cristo, el inspirador de la Gran Religión  cristiana a la que, nominalmente al menos, todos nosotros  pertenecemos.

El sacrificio a que me refiero no es el sacrificio cruento de su  cuerpo físico en la Cruz, sino el otro sacrificio más sublime y más  completo, realizado unas horas antes en Su última cena con los  Apóstoles; el acto en que instituyó la sagrada Eucaristía y que  la cristiandad reproduce diariamente en miles de altares. Aquel  sacrificio voluntario, gozoso y absoluto, ofrecido y realizado sin  reservas, es el que está redimiendo al mundo. Es el ejemplo perenne  que el Gran Maestro de la Sabiduría, Señor de Amor y de  Compasión, quiso dejarnos a fin de que el hombre, siguiendo Sus  pasos, pudiera llegar un día a reconocerse a sí mismo por quien  es: un Hijo de Dios, un Alma, una chispa divina desprendida del  Padre, al que volverá algún día.

Remontémonos, si podemos, a dos mil años hace, y tratemos de  imaginarnos la escena de la última cena, tal como debió desarrollarse.  El Maestro, desde hacía algún tiempo, venía haciendo  a sus discípulos indicaciones acerca de su próxima separación.  Podemos imaginarnos a los doce, reunidos en el Cenáculo, al dar Él la noticia definitiva de la calamidad que les amenazaba.  Cuán profundo debió ser el dolor de aquellos pobres pescadores,  cuán grande su ansiedad, cuán inmenso el sentimiento de abandono,  ante la terrible idea de su desamparo! No nos ha de ser  difícil imaginarnos la tierna compasión del Maestro hacia aquellos  humildes pescadores, que Él había elevado hasta Él y a quiénes  había designado para propagar sus enseñanzas. ¡Con qué amor,  con qué ternura trataría de animarlos y fortalecerlos a fin de que  pudiesen realizar la grandiosa obra a que Él los había destinado!  Porque el discípulo nunca ha de pensar en sí mismo, sino que ha  de tener constantemente ante sí las necesidades del mundo. Les  hablaría del amor y de la preocupación que sentía hacia ellos; de  Su poder que les había de sostener y fortalecer en sus dificultades. Finalmente debió explicarles el significado del Acto que iba   a realizar, el Plan que Él ha ideado, el rito por el cual Su propio   propio Ser, Su Presencia Viviente quedada permanentemente en   sus corazones y los mantendría unidos unos a otros en su común   devoción a Él.

La solemnidad de aquellos momentos no es para descrita; pero  uno se imagina que debió producirse un gran silencio en todo el  universo, una quietud, una paz que transciende a toda comprensión;  y en aquel silencio, en aquella paz y quietud, debieron resonar  en toda su sublime dulzura las palabras del Maestro al bendecir  el pan y el vino ofreciéndolos y repartiéndolos a sus fieles discípulos,  como Su propio Cuerpo y Sangre.

Este acto de sacrificio, que las iglesias reproducen diariamente  en miles de altares es una de las fuerzas espirituales que sostienen  a la humanidad en el largo peregrinaje que llamamos evolución.  Esta misma institución de la Sagrada Eucaristía explica quizás la  razón de que haya podido subsistir la gran religión cristiana, a  pesar de los desmanes, crímenes, atropellos de todo género que  en nombre de ella se han cometido durante los veinte siglos de su  existencia. El sacrificio de amor realizado por el Maestro subsiste  y subsistirá hasta que el hombre, siguiendo el noble ejemplo  que le fue dado y comprendiendo que no podrá ser completamente  feliz mientras exista un solo ser desgraciado en los ámbitos de la  tierra, reconozca que todos somos hermanos y esté dispuesto a  sacrificar su interés personal al bienestar común, dando de esta  manera la expresión más perfecta del sentimiento religioso.

Si consideramos la religión como un proceso por medio del  cual nuestra personalidad trata de someterse a los dictados del  Guía Interno, l1egaremos a la conclusión de que la expresión del  sentimiento religioso no es cuestión de determinadas fórmulas o  actitudes, ni ha de limitarse a ciertas horas o días de la semana,  sino que ha de manifestarse en todos los actos de nuestra vida.  Todo aquél que aspira a orientar su vida en sentido espiritual  tropieza con la dificultad de que la educación que ha recibido en  el hogar, en la escuela y en la iglesia no le ayuda a traducir o  aplicar las verdades religiosas a la vida practica. Estamos acostumbrados  a considerar el aspecto religioso de nuestra vida como  distinto del de la vida del mundo, cuando en realidad no debiera  ser así. Nuestra actitud con respecto a nuestra vida, sea en el terreno  que sea, debería ser verdaderamente religiosa en el sentido  de que deberíamos considerar como un deber verdaderamente sagrado  el vivirla de manera que sea realmente útil para nuestros  semejantes.

Ahora algunas palabras acerca de las ceremonias religiosas,  Su finalidad y sus efectos.

El concepto que generalmente se tiene ele las ceremonias y de  su finalidad es erróneo, y el error nace del prejuicio predominante  acerca ele ellas, aun de parte de aquellos que deberían estar mejor  enterados. Como este concepto erróneo es muy corriente entre los  teósofos; creo que no estarán de más algunas consideraciones al  respecto. Por otra parte, los estudiantes ele teosofía que aceptan  la existencia de los Devas o Ángeles, una clase ele seres cuya evolución  se desarrolla paralelamente a la humana, y que en un futuro  no muy lejano ambas evoluciones, la angélica y la humana,  han de cooperar mutuamente para acelerar el plan general de  evolución del universo, deben tener muy en cuenta que las ceremonias,  tanto religiosa como masónica, tal como la entendemos  los que hemos estudiado un poco el asunto, son en sí mismas actos  en el que esa colaboración está ya realizada.

¿Qué es una ceremonia? Es un acto en que ciertos pensamientos,  palabras y acciones se combinan y coordinan para producir  un efecto determinado, efecto que ordinariamente se produce en  el plano de las fuerzas ya su tiempo en el plano objetivo. Si analizamos  esta definición veremos que es aplicable a todas las actividades  de la vida; por cuanto la esencia de la ceremonia es el  orden y coordinación entre elementos disimilares. De manera,  pues, que definiendo la ceremonia en términos corrientes diremos  que es un proceso de creación, desarrollado de acuerdo con un  plan determinado de antemano, es decir, de acuerdo con un cierto  ritual. Si equiparamos «ritual» a «plan» y «ceremonia» al «desarrollo  del plan» obtendremos una comprensión más exacta y práctica  de lo que es una ceremonia.

Toda obra ele creación, sea en el plano que sea, para llegar a  realizarse exige un plan y el desarrollo de este plan. Ya se trate  de un edificio, de una estatua, de un cuadro, de un producto manufacturado,  de una explotación industrial, agrícola o comercial,  su perfección depende enteramente de la fidelidad con que el plan  de ejecución se haya seguido y de lo bien combinados y coordinados  que estén los elementos (materiales, mano de obra, concepción  artística, administración, etc.) que entran en su ejecución.

El principio es el mismo tanto si la ceremonia es religiosa,  como militar, cívica o de cualquier otra naturaleza. Su efecto y  resultados dependen de la precisión y coordinación de sus diversos elementos.

La ceremonia religiosa tiene por objeto principal el crear un centro de energía espiritual destinado a ayudar al mundo en su  evolución. Como objeto secundario tiene el de inducir, como la  meditación, elevados estados de conciencia en quienes toman  parte en ellos. Pocos de los estudiantes de teosofía necesitarán  que se les demuestre la potencia del pensamiento inteligentemente  dirigido. Si aceptamos esta potencia para el pensamiento individual,  podemos imaginarnos cuánto más potente será el pensamiento  colectivo proyectado en una sola dirección. De esta acción  mental depende el mayor o menor efecto de una ceremonia. Los  pensamientos, las palabras y las acciones de un grupo de personas  combinados y coordinados han de ser necesariamente más  potentes que los de un sólo individuo. Si admitimos que en ello  cooperan los miembros de la evolución angélica, podremos imaginarnos  el extraordinario poder para el bien de una ceremonia  bien realizada.

Quienes hayan asistido a una ceremonia militar, la jura de la  bandera, por ejemplo, cualquiera que sea la opinión que tengan  sobre estas cosas, no habrán podido dejar de sentir un cierto algo  interno difícil de definir al presenciarla. La formación de la tropa  en el patio del cuartel, las voces de mando y la presentación de  armas al aparecer la bandera, mientras la banda entona el himno  nacional Todo esto nos impresiona a pesar nuestro y nos indica  que algo indefinible e invisible ocurre; que alguna fuerza no medida  todavía por la ciencia está actuando en nosotros.

Algo por el estilo, aunque de orden más elevado, ocurre a quien,  sin prejuicio ni en pro ni en contra, asiste a la celebración de la  Misa, la ceremonia más importante de la iglesia cristiana.

En resumen, las ceremonias religiosas, más que dar expresión  al sentimiento religioso, tienen por objeto inducir en el individuo  elevados estados de conciencia que vigoricen este sentimiento  para que el individuo le dé expresión en los actos de su vida, que  es de la única manera en que se puede expresar cumplidamente.

El egoísmo es una mala yerba que el hombre no ha  podido nunca desarraigar del jardín de la civilización.  Si el botánico ha conquistado las puas del cactus, ¿por  qué la humanidad no ha de poder conquistar al Egoísmo,  con un poco más de experiencia?

Publicado originalmente en la revista Teosofía, vol. II, Junio de 1933, N.° 6.