Castidad, matrimonio y celibato

por Francisco Brualla el 6 de febrero de 2010

Existen, en relación con el sexo, dos conceptos muy generalizados, que, en nuestra opinión, son fundamentalmente erróneos. Su aparente verdad proviene de que están basados en lo que podríamos llamar verdades a medias. El primero de dichos conceptos, que vamos a considerar, es la idea muy corriente de que hay algo malo y vergonzoso en el cuerpo físico y en algunas de sus funciones, como la sexual, por ejemplo. Este concepto ha sido apoyado, fomentado y difundido por las iglesias, especialmente la cristiana; pero como veremos, se trata de una verdad sólo relativa.

Si consideramos el cuerpo desde el punto de vista puramente físico, en sus funciones nada hay puro o impuro; sino que son procesos naturales que tienen por objeto su nutrición, conservación y reproducción; es decir que están dentro de la naturaleza de las cosas y, por lo tanto, no cabe clasificarlos desde el punto de
vista moral. El hecho de que la naturaleza haya dotado al hombre de órganos de generación es, a prima face, una prueba de que tales órganos tienen un objeto bien determinado en la economía fisiológica.

No hemos de olvidar que la Ley de Economía es una de las leyes fundamentales del Universo. Según esta ley la naturaleza no malgasta sus fuerzas, ni hace nada inútil. Como todas las leyes del universo la de Economía es aplicable a todos los reinos: mineral, vegetal, animal y humano.

Así pues, la función sexual, desde el punto de vista físico, no es pura ni impura, es sencillamente una función fisiológica. El concepto de pureza o impureza entra cuando la relacionamos con la esfera de las emociones y del pensamiento. Si el pensamiento y la emoción son elevados y puros, desde el punto de vista del Alma, es decir, que el acto físico se realiza como la concreción, o manifestación, en el plano físico de un propósito o idea que es en sí pura y elevada, es un acto de creación coordinado en los tres mundos de manifestación, mental, emocional y físico y como tal es santo.

La función sexual tiene un papel importante en la economía del universo. En el estado actual de la evolución de la humanidad, la unión sexual tiene por objeto proveer cuerpos físicos para los egos que buscan reencarnación. Tales cuerpos físicos serán tanto más refinados cuanto más evolucionados o desarrollados sean los progenitores; así los cuerpos procreados por progenitores de alta espiritualidad podrán ser utilizados por egos también más evolucionados, con lo cual se acelerará grandemente el proceso de la evolución humana.

Las personas espiritualmente inclinadas que, por un falso concepto sobre estas cosas, se mantienen célibes, pierden de vista que al hacerlo obran egoísticamente, pues el móvil de la abstención no es otro que la creencia de que con ello su propio progreso espiritual será más rápido, lo cual es discutible; mientras tanto no tienen en cuenta el interés de la raza, que debe estar muy por encima del interés y del progreso personales. No olvidemos la Ley de Sacrificio que es otra de las leyes fundamentales del universo.

Por otra parte, la actitud de dichas personas no está justificada, puesto que como hemos dicho está basada en un concepto parcial mente falso. Vamos a suponer dos seres, un hombre y una mujer, de gustos refinados, de elevada espiritualidad; dos personas de cuerpo sano, de sentimientos altruistas, emociones equilibradas y alta mentalidad. Dos almas, en una palabra, armonizadas en lo físico, en lo moral yen 10 mental y que atraídos uno al otro llegan a la consumación de la unión sexual. Tal unión realizada sin falsos escrúpulos y con la idea de llenar la función natural indispensable para proveer de un cuerpo a un ego reencarnante, será una unión pura, casta, que puede considerarse como un acto de sacrificio en el más elevado significado del concepto. Su pureza no puede ser empañada por el acto físico; porque tal acto es absolutamente indispensable para la consumación del propósito que se persigue dentro de la economía del universo. Esto nos da la clave del misterio de la Encarnación, misterio que si aceptáramos el concepto vulgar no tendría explicación lógica.

Un cuerpo como el del Maestro Jesús, destinado a albergar una tan elevada Entidad como el Instructor del Mundo, debió ser concebido por seres de la más avanzada espiritualidad; por iniciados que debieron prestarse sabiendo por 10 menos intuitivamente la alta misión que tenían el privilegio de llenar. Y la encarnación fue inmaculada y pura porque el pensamiento y la emoción que la acompañaron fueron altamente puros. Toda concepción será más o menos pura e inmaculada en relación con la pureza del pensamiento y de la emoción bajo cuyo impulso se efectúe. La Iglesia explica el misterio de la Encarnación diciendo que fue por «obra y gracia del Espíritu Santo». El ocultista sabe que todas las fuer zas creadoras de la naturaleza en cualquiera de sus reinos son manifestaciones del tercer aspecto del Logos, el aspecto «actividad Inteligente», Dios Espíritu Santo. Nada hay pues intrínsecamente malo, vergonzoso o inmoral en el cuerpo ni en ninguna de sus funciones. El concepto de lujuria se refiere únicamente a la degradación de la mente, cuando ésta, abdicando de su prerrogativa, consiente en la realización del acto sexual con el sólo objeto de satisfacer una pasión de los sentidos. por esto la Iglesia lo clasifica como pecado mortal, contra el Espíritu Santo el aspecto «actividad inteligente del Logos»; por cuanto es un. desperdicio de fuerza sin provecho alguno y causante de la desvitalización del vehículo que el Alma ha de utilizar.

Hemos considerado la cuestión sexual en su aspecto moral y religioso. Vamos ahora a considerarla desde el punto de vista psicológico y ocultista. El segundo concepto muy generalizado es que la función sexual es una función fisiológica indispensable para la conservación del cuerpo físico en las debidas condiciones de salud. Los numerosos libros pseudo científicos que pretenden vulgarizar las cuestiones relacionadas con la fuerza sexual son los responsables de la gran difusión que han alcanzado éste y otros parecidos conceptos. Algunos intérpretes de una de las ramas de la psicología moderna, la escuela psicoanalítica, fundada por el sabio médico austriaco Dr. Sigmund Freud, han hecho mucho para reforzar este concepto en la masa de personas de mediana cultura, a causa de la importancia exagerada que dan al sexo en la vida del individuo y a las consecuencias que atribuyen a.lo que llaman la «represión sexual». No es este el momento de discutir las teorías ele Freud; sólo nos permitiremos decir que consideramos un error el considerar como sexual toda la fuerza vital del cuerpo físico, según afirman algunos que pretenden aplicar las teorías de Freud. La energía tal como nuestro cuerpo la recibe del Sol, es neutra y sólo es sexual la porción que después de pasar por el plexo solar se dirige a los órganos de generación.

Pero, como veremos luego, el individuo puede controlar y regular esta energía. Volviendo al concepto expuesto diremos que es también una verdad a medias, y fundamentalmente erróneo. La energía solar al recibirse en el cuerpo humano por el bazo es neutra, según dijimos. De ahí pasa al plexo solar, de donde se distribuye a los diversos centros vitales del cuerpo, que los teósofos conocen con el nombre de chakras, o centros etéreos.

No podemos negar que en la gran mayoría de los humanos los centros etéreos, situados bajo el diafragma, los órganos de generación, son los más potentes y los más activos; pero este no es el caso con los que han alcanzado un grado de evolución más elevado, sea intelectual o espiritualmente. En el caso de la masa, la fuerza vital sigue la tendencia natural de nutrir los centros relacionados con la generación y crecimiento del cuerpo físico; tendencia que se le imprimió en edades pasadas cuando el principal objeto de la vida era construir cuerpos físicos vigorosos; cuando la mente estaba todavía en estado embrionario y recibía una porción insignificante de la energía vital. Esto era en la época lemuriana. Los métodos más avanzados que nuestros antepasados de aquella época practicaron fueron por el estilo de los que ahora conocemos como «hatha yoga».

La humanidad actual está más avanzada; posee un cuerpo físico que es una maravilla de refinamiento, y la fuerza vital ha de emplearse ahora en su mayor parte en nutrir el cerebro, el órgano de la mente, que puede controlar y decidir cómo va a utilizar la energía vital que recibe, gran parte de la cual se malgasta todavía en los centros situados bajo el diafragma.

Es bien sabido que cuando una porción excesiva de la fuerza vital se dirige hacia abajo y se desperdicia en los órganos de generación, sin otra finalidad que la satisfacción del instinto animal, el resultado es un debilitamiento de las facultades mentales; el cerebro se paraliza, produciendo varios grados de idiotez, los desarreglos mentales y nerviosos, etc. En cambio en un individuo de alta espiritualidad o de gran actividad mental creadora el im pulso sexual es casi nulo. El hombre que ha subyugado su naturaleza inferior es capaz de transmutar la fuerza creadora y decidir qué destino ha de darle y utilizarla para otros fines que no sean la procreación. Esto implica la reorientación de la fuerza vital, (no la «supresión» ni la «represión» de la misma) de manera que cese de dirigirse a los centros situados bajo el diafragma y vaya a activar los centros superiores, especialmente el corazón y el cerebro, a fin de desarrollar las actividades características de estos órganos. De esta manera nuestras energías creadoras se emplearán en la esfera del pensamiento, del arte, de la ciencia, o simplemente en bien de nuestros semejantes.

Sentado que nada hay intrínsecamente malo ni vergonzoso en el cuerpo físico ni en sus funciones; que nuestras energías creadoras pueden emplearse en otros fines que no sean la procreación y que el hombre puede dirigirlas a voluntad, podemos considerar la cuestión del matrimonio y del celibato y determinar, si podemos, cual es mejor.

Es claro que en esta discusión hemos de considerar los dos términos opuestos, matrimonio y celibato, desde un punto de vista lo más elevado posible, como cuadra a estudiantes de teosofía y ocultismo, y prescindiendo en absoluto de sus aspectos incidentales, tales como el legal y religioso.

El matrimonio desde nuestro punto de vista es el acuerdo de dos almas que deciden unirse para convivir, ayudarse mutuamente en su evolución y desenvolvimiento espiritual (que es la finalidad de toda nuestra existencia) y para cumplir el mandato bíblico de «creced y multiplicaos». Los principales factores que influyen en una unión de esta naturaleza están todos relacionados con el Alma. Es una unión de almas, en que la unión de los cuerpos es circunstancial y complementaria. No podemos ahora entrar a enumerar las cualidades y condiciones que debe reunir un matrimonio ideal; baste decir que cuando un mayor número de los humanos consideren la cuestión del matrimonio, o la unión de los sexos si se prefiere, desde el punto de vista del alma, la solución de los problemas inherentes a la institución del matrimonio tendrán rápida solución. Alguien podrá argüir que tales condiciones rara vez concurren; lo cual debemos admitir; pero esto no dice nada contra el matrimonio como institución, sino que pone de manifiesto la imperfección de los elementos que la integran. No hay, pues, que suprimir la institución sino perfeccionar sus elementos.

Aparte de las razones económicas, físicas o de orden social que impidan a uno contraer matrimonio, la razón que decide a muchas personas de tendencia espiritual a mantenerse célibes es la repugnancia que sienten por la función sexual, basados principalmente en el concepto acerca de la maldad de la carne, a que nos hemos referido antes, porque consideran que de esta manera su desenvolvimiento espiritual será más rápido y por lo tanto su utilidad para la obra del Maestro será mucho mayor. No tenemos derecho a dudar de la sinceridad de los que así piensan; pero si analizaran a fondo el móvil que los impulsa a pensar así, quizás descubrirían que hay en ello un egoísmo muy sutil y el temor a las responsabilidades inherentes al estado matrimonial y quizás también el temor a la tentación demasiada cercana. Sabido es que muchos de los que se dedicaron a la vida monástica lo hicieron más que por inclinación a ella para alejarse de las tentaciones del mundo, pues creian que así salvaban el alma. Es bien sabido también que no todos consiguieron el fin buscado y que sus mentes se encargaron de hacerles ver el error en que habían caído. Por otra parte, la moderna psicología ha puesto de manifiesto que la «represión» no es el mejor medio para librarnos de los instintos carnales, pues podrán ser acallados por un tiempo, pero resurgirán con más fuerza cuando uno menos lo piense. El único remedio es su transmutación. Son fuerzas creadoras que no se pueden suprimir y que no conviene reprimir sino que hay que darles otra dirección y otro destino; pero esto es un proceso lento y no muy fácil. Los que aspiran a la vida espiritual deben tener sumo cuidado en esto, pues puede ocurrir que consigan desarrollar poderes del alma sin haber antes subyugado a su naturaleza inferior, y en tal caso corren el riesgo de que la energía espiritual vaya a reforzar los mismos centros que se trata de debilitar.

Ahora cabe preguntar qué es más recomendable para el ocultista, el matrimonio o el celibato. Es imposible contestar en términos absolutos. Es un problema altamente individual. Podemos decir, sin embargo, que el verdadero celibato sólo es posible ‘cuando el individuo ha aVélllzado tanto en la evolución, que ha conseguido dominar su naturaleza inferior y es capaz de dirigir a voluntad y con entera seguridad sus energías creadoras de manera que se empleen en otras actividades, en la esfera del pensamiento, por ejemplo.

Admitamos con toda modestia que son muy contados los que han alcanzado tal grado de progreso; por tanto, salvando algún impedimento físico, el estado más natural del hombre es el del matrimonio, donde además de cumplir su parte en la economía del universo, tiene oportunidad de efectuar la transmutación de fuerzas a que nos hemos referido sin forzar a la naturaleza. Además, no debemos perder de vista que el hecho de haber alcanzado una comprensión intelectual de algunas leyes ocultas, no nos pone fuera ni por encima de tales leyes ni tampoco nos exime de cumplir las leyes de la ética y reglas sociales de moralidad y decencia. Por el contrario, nuestros más amplios conocimientos nos imponen el doble deber de cumplir las leyes que rigen para el común de los mortales, con más las leyes superiores de la vida del Espíritu a que aspiramos.

Publicado originalmente en la revista Teosofía, vol. II, Julio de 1933, N.° 7.