Resumen del Trabajo del Tibetano (1919-1943)

por Djwhal Khul el 13 de enero de 2010

En el mes de noviembre de 1919 me puse en contacto con Alice A. Bailey, y le pedí que escribiera y publicara algunos libros que debían aparecer, con el fin de impartir la verdad en forma correlativa. Rehusó de inmediato, argumentando que no simpatizaba con la denominada literatura ocultista, difundida entre el público por los diversos grupos de esa índole; que nunca había escrito para el público, y además que le desagradaba profundamente toda clase de trabajos y escritos psíquicos. Cambió de parecer al explicarle que la relación telepática era algo ya comprobado y un asunto de interés científico, que ella no era clarividente ni clariaudiente, y que nunca lo sería y, sobre todo, que la prueba de la verdad es la verdad misma. Le dije que si aceptaba escribir durante un mes, el material transcrito le demostraría contener la verdad, pues enfocaba reconocimiento y comprensión intuitiva y abarcaba cuanto fuera de valor para la nueva e inminente era espiritual. Esto contribuyó a superar su aversión a tal tipo de trabajo, como también a las diversas e imperantes presentaciones ocultistas de la verdad; entonces estipulé que los escritos fueran publicados sin pretensiones de ninguna especie, y que las enseñanzas demostrarían o no su valor, de acuerdo a sus propios méritos.

Los Libros

El primer libro publicado fue Iniciación Humana y Solar, resultado de su primer esfuerzo en este tipo de trabajo, base de los demás libros. Escribió para mí durante casi veinticinco años. Los libros se publicaron de acuerdo a un propósito profundo y subyacente que quizás deseen conocer, y han tenido amplia aceptación mundial.

En Iniciación Humana y Solar se trató de dar a conocer la realidad de la existencia de la Jerarquía, que H. P. B. ya había difundido mediante insinuaciones y enunciados, pero no en forma ordenada. La Sociedad Teosófica había enseñado la existencia de los Maestros, a pesar de que H. P. B. manifestara a la sección esotérica que lamentaba profundamente haberlo hecho. Estas enseñanzas fueron erróneamente interpretadas por los posteriores dirigentes teosóficos, quienes cometieron varios errores fundamentales.

La descripción que daban de los Maestros se caracterizaba por una imposible infalibilidad, olvidando que Ellos también evolucionan. La enseñanza impartida fomentó un creciente interés por el autodesarrollo y un intenso enfoque sobre la liberación y el desenvolvimiento personales, pues las personas consideradas como iniciados y discípulos avanzados, eran mediocres y sin mayor influencia fuera de la Sociedad Teosófica, exigiendo total devoción a los Maestros y a Sus personalidades. Decían que estos Maestros interferían en la organización de esos grupos esotéricos que afirmaban trabajar bajo Su dirección. Se Les hacia responsables de los errores cometidos por los dirigentes, de los grupos, los cuales se escudaban detrás de las siguientes declaraciones: “el Maestro me dio instrucciones para que dijera…”, “el Maestro desea que se haga el siguiente trabajo” o “el Maestro quiere que los miembros hagan esto o aquello”. Quienes obedecían, eran considerados buenos, y a los que no se interesaban ni obedecían, se los consideraba como renegados. Se infringía constantemente la libertad individual y se justificaban las debilidades y ambiciones de los dirigentes. A. A. B., en conocimiento de esto, rehusó tomar parte en tales actividades, pues ésta es la historia de la generalidad de todos los grupos esotéricos que atraen al público. Aunque yo hubiera querido trabajar en esas condiciones —algo que ningún miembro de la Jerarquía hace— ella no habría colaborado conmigo.

Luego escribió Cartas sobre Meditación Ocultista. Estas cartas proporcionaron, en cierta medida, un nuevo acercamiento a la meditación, basada en el reconocimiento del alma en cada persona y no en la devoción a los Maestros. A éste siguió Tratado sobre Fuego Cósmico. Este libro constituye una ampliación (ampliación esperada) de las enseñanzas difundidas en el libro La Doctrina Secreta sobre los tres fuegos —fuego eléctrico, fuego solar y fuego por fricción; también presenta la clave psicológica de La Doctrina Secreta y deberá ser estudiado por los discípulos e iniciados al finalizar este siglo y comenzar el próximo, hasta el año 2025.

Después A. A. B. pensó que sería de valor para mí y el trabajo, escribir libros útiles para los estudiantes, además de la transcripción de mis escritos y apuntes, en el idioma original inglés, e ideamos hacerlo juntos, lo cual me incitó a pensar y trasmitir ideas, que constituyó mi deber hacer públicas. El promedio general de los psíquicos y médium no poseen mayormente un alto grado de inteligencia; A. A. B. deseaba demostrar (para ayudar al trabajo del futuro) que puede hacerse un trabajo netamente psíquico e inteligente al mismo tiempo. Por esta razón escribió cuatro libros que son el producto de su propio esfuerzo:

  • La Conciencia del Átomo,
  • El Alma y su Mecanismo,
  • Del Intelecto a la Intuición,
  • De Belén al Calvario.

También escribió, con mi colaboración, un libro titulado La Luz del Alma, donde doy una paráfrasis en inglés, de los Aforismos sánscritos de la Yoga de Patanjali, colaborando ella en los comentarios y consultándome ocasionalmente para estar segura del significado.

A éste siguió Tratado sobre Magia Blanca, escrito hace unos años, que en forma de capítulos enviaba a los estudiantes avanzados de la Escuela Arcana, únicamente como material de lectura. Es el primer libro publicado que trata del entrenamiento y control del cuerpo astral o emocional. Se han escrito muchos libros ocultistas sobre el tema del cuerpo físico y su purificación; también sobre el vehículo etérico o vital, y la mayoría es recopilación de otros libros, antiguos y modernos. En este libro se intenta entrenar, al aspirante moderno, en el control de su cuerpo astral, con ayuda de la mente, a medida que es iluminada por el alma.

El siguiente fue Tratado sobre los Siete Rayos; es un libro muy extenso y aún no ha sido terminado. Consta hasta ahora de cuatro tomos, dos de los cuales ya fueron publicados; el tercero está por publicarse y el último está en preparación.(N.E. En la actualidad ya está completa la serie de cinco tomos de este tratado.) Los tomos I y II tratan sobre los siete rayos y sus siete tipos psicológicos, poniendo los cimientos para la nueva psicología, pues la psicología moderna, por más que sea materialista, ha establecido bases sólidas. El tomo III está íntegramente dedicado al tema de la astrología esotérica y constituye en sí una unidad completa. Está destinado a difundir la nueva astrología, basada en el alma, no en la personalidad. El horóscopo confeccionado por la astrología ortodoxa predice la suerte y el destino de la personalidad, y cuando dicha personalidad está poco evolucionada o medianamente desarrollada, puede ser y con frecuencia es asombrosamente correcto. Sin embargo, en los casos de personas muy evolucionadas, aspirantes, discípulos e iniciados, que comienzan a controlar sus estrellas y por consiguiente sus acciones, no resulta tan exacto. Los sucesos y acontecimientos de sus vidas son impredecibles. La nueva y futura astrología se esfuerza por dar la clave del horóscopo del alma, condicionado por el rayo del alma y no por el rayo de la personalidad. He impartido bastante como para capacitar a los astrólogos, que tengan interés y posean una nueva inclinación, a predecir el futuro desde el ángulo de este nuevo acercamiento. La astrología es una ciencia fundamental y necesaria. A. A. B. no es versada en ello ni sabe confeccionar un horóscopo, tampoco conoce los nombres de los planetas ni las casas que rigen. Por lo tanto, soy absolutamente responsable de lo que aparece en él y en todos mis libros, excepto, como ya he explicado, el libro La Luz del Alma.

El tomo IV versa sobre el tema de la curación y la construcción del puente, el antakarana, que elimina la separatividad existente entre la mónada y la personalidad. También se dan las Catorce Reglas [1] que deben dominar quienes se preparan para la iniciación. (Posteriormente, El Tibetano y A. A. B. decidieron publicar estas reglas en un tomo aparte. Por lo tanto, dentro de breve tiempo aparecerá el tomo V de Tratado sobre los Siete Rayos). Quisiera llamar la atención acerca de este último tema, recordándoles que A. A. B. nunca hizo la menor alusión, pública o privada, de que es un iniciado. Sabe que ello es contrario a la Ley, y oyó a muchas personas de escasa luz espiritual o capacidad intelectual, hacer tal afirmación, produciendo el consiguiente daño, menoscabando la idea de la Jerarquía y la naturaleza del adepto, ante los ojos del público observador. Soy absolutamente responsable de las Catorce Reglas y de su elucidación y aplicación. A. A. B. nunca pretendió ser más que un discípulo activo ocupado en el trabajo mundial (lo cual no se puede negar), y ha reiterado constantemente que la legítima palabra “discípulo” no admite controversia, así como también es la más exacta para ser aplicada a las distintas categorías de trabajadores de la Jerarquía, desde el discípulo probacionista, apenas afiliado a algunos discípulos de la Jerarquía, hasta la influencia misma de Cristo, el Maestro de Maestros e Instructor de ángeles y hombres. Constantemente se opone, con mi total aprobación a la malsana curiosidad respecto de títulos y categorías, lo cual constituye una plaga en muchos grupos esotéricos, y conduce a la competencia desmedida, envidia, críticas y pretensiones, que caracterizan a la generalidad de esos grupos ocultistas, inutilizando la mayoría de sus publicaciones e impidiendo al público recibir las enseñanzas en toda su pureza y sencillez. Estado y título, categoría y posición, nada significan. Lo que vale es la enseñanza, es decir, su verdad y su llamado intuitivo. Esto debe tenerse constantemente presente. Los discípulos aceptados, reconocen al Maestro internamente —lo cual puede ser corroborado por sus discípulos y utilizado por el Maestro como condición real—, lo conocen, aceptan Sus enseñanzas y es considerado por ellos como su Maestro, pero no lo hacen con el mundo externo.

Mis libros han sido publicados constantemente durante años. Cuando haya terminado el Tratado sobre los Siete Rayos y editado un pequeño libro titulado Espejismo (Glamour) y también El Discipulado en la Nueva Era, A. A. B. habrá terminado su trabajo en colaboración conmigo, entonces podrá reasumir su tarea como discípulo en el Ashrama de su propio Maestro.

La Escuela

La siguiente fase del trabajo que procuraré ver realizado, funciona ordenadamente. Mi deseo (como también el de muchos que están asociados con la Jerarquía) fue establecer una escuela esotérica cuyos miembros tuvieran libertad, no se vieran obligados a hacer juramentos ni a contraer compromisos; se les proporcionara meditación, estudios y enseñanza esotérica, dándoles libertad para hacer sus propios ajustes e interpretar la verdad de acuerdo a su capacidad; presentándoles diversos puntos de vista y al mismo tiempo trasmitirles esas verdades esotéricas más profundas que podrían reconocer, si en ellos despertara la idea de los misterios y, aunque leyeran u oyeran algo acerca de los mismos, no los perjudicara aunque carecieran de percepción para reconocer la verdad tal como es. Dicha escuela fue establecida en 1923 por Alice A. Bailey, con ayuda de Foster Bailey y de algunos estudiantes con comprensión y visión espirituales. A. A. B. estableció como condición, que yo no interviniera en la Escuela Arcana ni controlara sus planes y programas de estudio. En esto A. A. B. actuó en forma inteligente y correcta y apruebo plenamente su actitud Tampoco fueron usados mis libros como texto. Sólo, durante los últimos años, uno de ellos, Tratado sobre Magia Blanca, fue adoptado como texto de estudio, ante los continuos requerimientos de muchos estudiantes. También fue utilizada durante dos años, en una sección del cuarto grado, la enseñanza sobre el antakarana (que aparecerá en el tomo V del Tratado sobre los Siete Rayos). Además se dio en otra sección, como material de lectura, enseñanza sobre el Espejismo (Glamour).

En la Escuela Arcana no se exige obediencia a nadie, ni tampoco “obediencia al Maestro”, pues ningún Maestro dirige la Escuela. En cambio se recalca la existencia del Maestro en el corazón, el alma, que es el verdadero hombre espiritual dentro de cada ser humano; tampoco se enseña teología ni se obliga al estudiante aceptar determinada interpretación o presentación de la verdad; un miembro de la Escuela puede aceptar o rechazar la existencia de los Maestros, de la Jerarquía, de la reencarnación o del alma, y continuar siendo miembro de la misma. No se exige ni se pide lealtad a la Escuela ni a A. A. B. Los estudiantes pueden trabajar en cualquier grupo ortodoxo, ocultista, esotérico, metafísico o iglesia, y ser no obstante miembro de la Escuela Arcana. Sólo se les pide considerar dichas actividades como campo de servicio, donde puedan proporcionar ayuda espiritual, obtenida a través de los estudios de la Escuela. Los dirigentes y colaboradores avanzados de muchos grupos esotéricos, también trabajan en la Escuela Arcana y, sin embargo son totalmente libres para poder dedicar su tiempo, lealtad y servicio a sus propios grupos.

Después de veinte años, la Escuela Arcana [1] [2] entra ahora en un nuevo ciclo de crecimiento y utilidad —conjuntamente con toda la humanidad—, para lo cual se están haciendo los debidos preparativos. El principio fundamental es servicio basado en el amor a la humanidad. El trabajo de meditación está equilibrado y va paralelo al estudio y al esfuerzo de enseñar a los estudiantes a prestar servicio.

El Nuevo Grupo de Servidores del Mundo

Otro aspecto de mi trabajo se concretó hace más de diez años, cuando comencé a escribir ciertos folletos para el público, en los cuales llamaba la atención sobre la situación mundial y el nuevo grupo de servidores del mundo. Traté de introducir en la Tierra —si puedo utilizar tal expresión— una exteriorización o símbolo del trabajo de la Jerarquía. Esto constituyó un esfuerzo para unir, hasta donde fuera posible subjetiva y objetivamente, a todas las personas de propósitos espirituales y de profundo amor a la humanidad, o a quienes trabajaban activamente en muchas naciones, ya sea en organizaciones o individualmente. Éstos son legión. Unos pocos son conocidos por los trabajadores de la Escuela, por A. A. B. y F. B. Conozco a miles de éstos, pero ellos no los conocen. Todos trabajan bajo la inspiración de la Jerarquía y, consciente o inconscientemente, cumplen con sus funciones como agentes de los Maestros. Forman un grupo íntimamente unido en el aspecto interno, por la intención y el amor espirituales. Algunos son ocultistas que trabajan en diferentes grupos esotéricos; otros, místicos que trabajan con visión y amor; muchos pertenecen a religiones ortodoxas, y aún otros no reconocen en absoluto a ninguno de los llamados grupos espiritualistas. Sin embargo, a todos los anima el sentido de responsabilidad por el bienestar humano y se han comprometido internamente a ayudar a sus semejantes. Este grupo es actualmente el Salvador del mundo, y salvará al mundo e inaugurará la nueva era después de la guerra. Los folletos que he escrito (el primero de los cuales se titula «Los Próximos Tres años», editado en 1932 con el título de «El Nuevo Grupo de Servidores del Mundo»), explican sus planes y propósitos y sugieren los modos y métodos para colaborar con dicho grupo, ya existente y activo en muchos campos.

Quienes son influidos por el nuevo grupo de servidores del mundo, y tratan de trabajar con él como agentes del mismo, se denominan hombres y mujeres de buena voluntad. En 1936 hice un gran esfuerzo para ponerme en contacto con tales personas, cuando aún había una pequeña posibilidad de evitar la guerra. Muchos recordaron esta campaña y su relativo éxito. La palabra escrita y hablada, a través de la radio, llegó a millones de personas, pero no hubo un número suficiente que se interesara espiritualmente por dar los pasos necesarios y detener el odio, el mal y la agresión, que amenazaban envolver el mundo. La guerra estalló en 1939, a pesar de todos los esfuerzos de la Jerarquía y Sus trabajadores, paralizando el trabajo de buena voluntad. Esa parte del trabajo, en la que habían tratado de servir los miembros de la Escuela Arcana, y que trajo como resultado la formación de diecinueve centros de servicio, en diversas naciones, fue temporalmente abandonada —pero sólo temporalmente, hermanos míos, porque la buena voluntad y la expresión de la voluntad al bien es la “fuerza salvadora” que anima al nuevo grupo de servidores del mundo.

Quisiera puntualizar el hecho de que la tarea de introducir al nuevo grupo de servidores del mundo y organizar el trabajo de buena voluntad, no tiene en absoluto nada que ver con la Escuela Arcana, excepto en lo que se refiere a la oportunidad que se les dio a los miembros de la Escuela para ayudar en ese movimiento. Se les otorgó plena libertad de hacerlo o no. Un sinnúmero de ellos no hizo esfuerzo alguno, demostrando así que se valieron de la libertad que se les otorgó y enseñó.

Cuando estalló la guerra y el mundo estuvo envuelto en el consiguiente caos, horror, desastre, muerte y agonía, numerosas personas, espiritualmente orientadas, optaron por permanecer alejadas de la lucha. No era la mayoría, pero sí una poderosa y ruidosa minoría. Consideraban cualquier actitud partidaria como una violación a la ley de fraternidad, y estaban dispuestas a sacrificar el bien de toda la humanidad por el sentimental anhelo de amar a la humanidad, en forma tal que no implicaba acción ni decisión de su parte. En vez de decir “defenderé a mi patria, tenga razón o no”, decían “defenderé a la humanidad, tenga o no razón”.

Cuando escribí el folleto titulado «La Actual Crisis Mundial» y sucesivamente artículos sobre la situación del mundo, expresé que la Jerarquía apoyaba la actitud y los objetivos de las naciones aliadas, que luchaban por la liberación de toda la humanidad y por el alivio de los pueblos sufrientes. Esto, lógicamente, obligó a la Jerarquía a no apoyar en forma alguna al Eje. Muchos de los colaboradores, en el trabajo de buena voluntad, y algunos miembros de la Escuela, interpretaron tal declaración como de carácter político y creyeron que la absoluta neutralidad, en lo que concierne al bien y al mal, era la actitud que debían mantener las personas con inclinaciones espirituales. No pensaron con claridad, y confundieron el amor fraternal con el hecho de abstenerse de tomar partido a favor de uno de los bandos, olvidando las palabras de Cristo: “El que no está conmigo, está contra mí”. Repetiré lo que he dicho con frecuencia: La Jerarquía y Sus miembros, incluyéndome, aman a la humanidad pero no desean apoyar el mal, la agresión, la crueldad y el aprisionamiento del alma humana. Con el fin de que todos avancen en el camino hacia la luz, defienden la libertad, la oportunidad, el bienestar del género humano y, sin discriminación, la bondad y el derecho de pensar, hablar y trabajar libremente, que cada hombre posee. Por lo tanto, no pueden apoyar a las naciones o a los habitantes de cualquier nación que vaya en contra de la libertad y la felicidad humanas. Saben que en su amor y comprensión de las circunstancias, en una vida o en vidas posteriores, la mayoría de quienes ahora son enemigos de la libertad humana, serán a su vez libres y hollarán el Camino Iluminado. Mientras tanto, toda la fuerza de la Jerarquía está de parte de las naciones que luchan por liberar a la humanidad y de aquellos que en cualquier nación trabajan en ese sentido. Si fuera en detrimento de los valores espirituales el estar a favor del bien y de la libertad, entonces la Jerarquía trabajaría para cambiar la actitud de los pueblos, respecto a lo que es espiritual.

Por ser responsable Alice A. Bailey de trascribir los folletos, y F. B. de su publicación y distribución, se ha encontrado ante la difícil posición de ser el blanco de la crítica y ataques. Sin embargo, ella sabe que el tiempo reajusta todas las cosas, y que el trabajo realizado, si está correctamente motivado, oportunamente probará su propio valor.

Por consiguiente, me he interesado en tres aspectos del trabajo: los libros, la Escuela Arcana y el nuevo grupo de servidores del mundo. Los impactos mundiales hechos por estos tres aspectos del trabajo, fueron efectivos y útiles. La parte útil del trabajo realizado es lo que interesa, no la crítica e incomprensión de quienes pertenecen al viejo orden y a la era pisceana, pues son incapaces de ver el surgimiento de las nuevas formas de vida y los nuevos acercamientos a la verdad.

Todo este tiempo he permanecido detrás de la escena. Soy responsable de los libros y folletos, que llevan la autoridad de la verdad —si la verdad existe en ellos—, pero no la autoridad de mi nombre, ni la categoría que puedan adjudicarme o que me otorgan los curiosos, los investigadores y los devotos. No he dictado ninguno de los programas de la Escuela Arcana ni he interferido en sus planes de estudio, y de ellos es responsable A. A. B. Mis libros y folletos fueron puestos a disposición de los estudiantes de la Escuela y del público.

He tratado de ayudar en el trabajo de buena voluntad, del cual es responsable Foster Bailey, sugiriendo e indicando cuál es la tarea que el nuevo grupo de servidores del mundo está tratando de realizar, pero no lo he hecho en forma autoritaria, ni jamás lo haré. Los resultados de estas actividades fueron buenos; ha habido poca incomprensión pues ella es inherente a las facultades y actitudes personales de quienes critican. La crítica es sana mientras no se torne destructiva.

El Entrenamiento Personal

Paralelamente a estas principales actividades, desde el año 1931 he estado entrenando a un grupo de hombres y mujeres, dispersos por todo el mundo, en la técnica del discipulado aceptado, entendido académicamente. De entre un grupo de muchos y posibles neófitos, señalé aproximadamente a 45 personas —algunas conocidas personalmente por A. A. B., y otras totalmente desconocidas— que habían demostrado disposición para el entrenamiento, y podía ser probada su aptitud para el trabajo grupal del nuevo discipulado. Estas personas recibieron directamente mis instrucciones personales y ciertas enseñanzas generales, aunque basadas lógicamente en las antiguas reglas, que involucraban el nuevo acercamiento a la Jerarquía y a la vida espiritual. Estas instrucciones estarán en breve a disposición del público, pero no se darán indicaciones acerca de las personas así entrenadas, ni se impartirá información al respecto; nombres, fechas y lugares serán cambiados, aunque las instrucciones permanecerán tal como fueron dadas. [Las instrucciones están disponibles en los Tomos I y II de El Discipulado en la Nueva Era.]

Estas personas comprobarán mi identidad, por haber mantenido contacto directo conmigo. Saben quien soy desde hace años, pero han conservado mi anonimato con gran cuidado y verdaderas dificultades, debido a que centenares de personas en el mundo han hecho conjeturas respecto a mi identidad y algunas han acertado quien soy. Actualmente, y a pesar de todo lo que A. A. B. y mis discípulos hicieron, se admite generalmente que soy un Maestro, y a tal efecto se me ha dado un nombre. Lo afirmé a mi grupo de aspirantes especialmente elegidos, cuando lo descubrieron internamente por sí mismos. Hubiera sido torpe e inútil no hacerlo, y al comunicarme con ellos y escribir instrucciones sobre el nuevo discipulado, ocupé lógicamente el lugar que me correspondía. Algunas de estas instrucciones fueron consideradas, por mí y A. A. B., como apropiadas y útiles para un uso más general, y luego incorporadas en una serie de escritos intitulados: «Etapas del Discipulado», editados bajo mi nombre en la revista «The Beacon». Fueron cuidadosamente revisados antes de su publicación, excepto uno, en el que A. A. B., bajo la presión del excesivo trabajo, omitió la supresión de un párrafo en el cual se refería a mí como Maestro. Este párrafo apareció en «The Beacon» en julio de 1943 y le produjo un gran disgusto. Cometió este descuido después de tantos años de ocultar mi identidad como Maestro, quedando así públicamente reconocida.

En relación con esto, hay tres puntos sobre los cuales deseo llamar la atención.

Hace años, manifesté en Tratado sobre Magia Blanca que era un iniciado de cierta categoría, pero que se debía mantener mi anonimato. Años más tarde, debido a aquel error de A. A. B., aparentemente me vi en la posición de contradecirme, y por lo tanto cambiar mi actitud, pero en realidad no hice tal cosa. La difusión de las enseñanzas alteran las circunstancias, y las necesidades de la demanda humana exigen a veces un cambio en el acercamiento. No hay nada estático en la evolución de la verdad. Desde hace tiempo intento hacer lo necesario para presentar al público, en forma más definida y atrayente, la existencia de la Jerarquía y Sus miembros.

Manifesté claramente a A. A. B., hace unos años (como lo hizo su propio Maestro), que su deber principal como discípulo era familiarizar al público con la verdadera naturaleza de los Maestros de Sabiduría, para contrarrestar la impresión errónea que el público había recibido. Lo logró hasta cierto grado, pero no en la amplitud esperada. A. A. B. se sintió cohibida ante esta tarea por el desprestigio en que había caído el tema debido a las falsas presentaciones de los diferentes introductores y grupos ocultistas, además de las ridículas explicaciones que daban los ignorantes acerca de nuestra identidad. H. P. B., su predecesora, manifestó en ciertas instrucciones enviadas a la sección esotérica de la Sociedad Teosófica, que lamentaba amargamente haber mencionado a los Maestros, dando Sus nombres y Sus funciones. La misma opinión sostuvo A. A. B. Los Maestros, tal como son presentados por la Sociedad Teosófica, tienen una vaga semejanza con la realidad. Ha traído mucho bien este testimonio de Su existencia, pero hicieron gran daño los torpes detalles a veces impartidos. Ellos no son como se Los describe: no dan órdenes a Sus seguidores (o mejor dicho devotos) para hacer esto o aquello o para formar ésta u otra organización; tampoco señalan a nadie como la encarnación de un personaje de suprema importancia, pues saben muy bien que los discípulos, iniciados y Maestros, son conocidos por su trabajo, sus obras y actos y no por sus palabras, y tienen que demostrar su categoría por el trabajo realizado.

Los Maestros trabajan en muchas organizaciones por medio de Sus discípulos; pero no exigen, por su intermedio, la total obediencia de los miembros de determinada organización, ni excluyen de las enseñanzas a quienes están en desacuerdo con las actividades de la organización o las interpretaciones de sus dirigentes. No son separatistas ni antagonizan con los grupos que trabajan bajo la dirección de distintos discípulos o Maestros. Cualquier organización por la que Ellos se interesen será incluyente y no excluyente. Tampoco promueven cuestiones respecto a las personalidades, apoyando a una y rechazando a otra, simplemente porque las opiniones de un líder sean o no apoyadas. No son personas extravagantes ni mal educadas, tal como las describen los dirigentes mediocres de muchos grupos; tampoco eligen, como discípulos consagrados y trabajadores prominentes, a hombres y mujeres de evidente inferioridad, desde el punto de vista mundano, ocupados en reivindicaciones y en el arte de atraer la atención sobre sí mismos. El discípulo en probación podrá ser un devoto, pero debe poner el énfasis sobre la purificación y la adquisición de una comprensión inteligente, respecto a la fraternidad y necesidad humana. Para ser un discípulo aceptado, que actúe directamente bajo la dirección de un Maestro y esté activo en el trabajo mundial, ejerciendo una creciente influencia, se requiere polarización mental, desarrollo del corazón y sentido de los verdaderos valores.

Los Maestros presentados al público por algunos movimientos como el “Yo soy”, constituyen una tergiversación de la realidad. Los distintos movimientos teosóficos (desde la época de H. P. B.) no han demostrado inteligencia ni buen criterio en la elección de quienes la organización proclama como iniciados o importantes miembros de la Jerarquía.

Habiendo conocido todo lo dicho y observado los malos efectos causados por la enseñanza impartida acerca de los Maestros, A. A. B. extremó sus esfuerzos a fin de presentar la verdadera naturaleza de la Jerarquía, Sus metas y Sus miembros; procuró poner el énfasis —como lo hace la Jerarquía— sobre la humanidad y el servicio prestado al mundo, y no sobre un grupo de instructores, que aunque trascendieron los habituales problemas y experiencias de la personalidad en los tres mundos, están aún en proceso de entrenamiento, preparándose (bajo la dirección de Cristo) para hollar “el Sendero de la Evolución Superior” tal como se lo denomina. El nombre con que nos conocen algunos discípulos en el Tíbet, da un indicio de nuestra etapa de realización. Denominan a la Jerarquía la “Sociedad de Mentes Iluminadas y Organizadas” —iluminadas por el amor y la comprensión, por una profunda compasión e inclusividad, por el conocimiento del plan, a fin de captar el propósito, sacrificando su propio progreso inmediato para ayudar a la humanidad. Eso es un Maestro.

El segundo punto a tratar, lo expondré en forma interrogativa: ¿Qué daño puede ocasionar el hecho de señalar con el dedo a un Maestro y reconocerlo como tal, siempre y cuando su comportamiento corrobore esta declaración y su influencia sea mundial?

¿Ha producido algún daño este inadvertido descuido de A.A.B., evidenciándome como Maestro? Mis libros, portadores de mi influencia, han llegado a los más lejanos lugares de la tierra y estimulan y ayudan. El trabajo de buena voluntad que he sugerido, y que F.B. está llevando a cabo voluntariamente, ha llegado literalmente a millares de personas por medio de folletos, la radio, el uso de la Invocación, los Triángulos, y mediante la palabra y el ejemplo de los hombres y mujeres de buena voluntad.

Durante los veinticinco años que A.A.B. trabajó conmigo en el campo esotérico, nunca trató de beneficiarse por el hecho de que yo soy uno de los numerosos Maestros, reconocido hoy por millares de personas. No se ha respaldado en mí, ni en su propio Maestro; no nos ha hecho responsables por lo que ella ha realizado; tampoco inició ni emprendió su trabajo sobre la base de que el Maestro “lo ordenó”. Sabe que la tarea del Maestro consiste en poner al discípulo en contacto con el Plan, y que por propia iniciativa y cierta medida de sabiduría y de amor, el discípulo se esfuerza inteligentemente para hacerse cargo de la parte que le corresponde en la materialización del Plan. Comete errores, y aunque no presenta quejas al Maestro, paga el precio, aprendiendo la lección. Cuando tiene éxito no acude al Maestro para que lo alabe, pues sabe que no lo hará. Lucha contra la mala salud, la envidia y el antagonismo de quienes tienen menos éxito o temen la competencia, y no acude al Maestro para recibir fuerza a fin de mantenerse firme. Trata de caminar a la luz de su propia alma y permanecer fuerte en su propio Ser espiritual, y así aprende a ser Maestro, aprendiendo.

El tercer punto sobre el que quisiera llamar la atención es, que el nuevo ciclo que vendrá al finalizar la guerra —la realidad de la existencia de la Jerarquía y el trabajo de los Maestros por intermedio de Sus discípulos—, debe ser llevado a conocimiento del público. Los discípulos de todas partes presentarán al mundo, acrecentadamente, el plan jerárquico para lograr la fraternidad, la vida y la inclusividad espirituales. Esto no lo realizarán apoyándose en las frases (tan prevalecientes entre los tontos), “el Maestro me ha elegido a mí”, o “el Maestro apoya mis esfuerzos”, o “soy el representante de la Jerarquía” sino mediante una vida de servicio, recalcando que los Maestros existen y que son conocidos por muchas personas; que el Plan consiste en el desarrollo evolutivo y el progreso educativo hacia una meta espiritual inteligente; que la humanidad no está sola y que la Jerarquía existe; que Cristo está con Su pueblo; que el mundo está lleno de discípulos ignorados, debido a que trabajan silenciosamente; que existe el nuevo grupo de servidores del mundo; que los hombres y mujeres de buena voluntad se hallan en todas partes; que a los Maestros no les interesa absolutamente las personalidades, sino que utilizan a hombres y mujeres pertenecientes a todas las tendencias, creencias y nacionalidades, siempre que los aliente el amor, sean inteligentes, tengan mentes entrenadas y posean además influencia magnética y radiante, lo cual atraerá a las personas hacia la verdad y la bondad, pero no hacia el individuo, ya sea Maestro o discípulo. Los Maestros no se preocupan, en absoluto, por la lealtad personal; están exclusivamente dedicados a aliviar el sufrimiento, a promover la evolución de la humanidad y a indicar los objetivos espirituales. Ellos no esperan el reconocimiento de Su trabajo ni la alabanza de Sus contemporáneos, sino sólo el acrecentamiento de la luz en el mundo y el desenvolvimiento de la conciencia humana.

El Tibetano

[AAB.Discipulado en la Nueva Era I. pp. 711-720.]

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