Preservar la identidad en la unidad

por Grupo de Servicio el 9 de marzo de 2010

Sarah McKechnie
Presidente de la Escuela Arcana

Septiembre-Octubre 1999

La globalización, una palabra que escuchamos muy a menudo en estos días, no existía siquiera en los diccionarios hasta hace unos pocos años; tuvo que ser creada en un intento de describir los tremendos cambios que estamos experimentando al acercarse el final de siglo. En los mercados bancarios y financieros, en la cultura, las comunicaciones y el medio ambiente, observamos una creciente tendencia hacia el amalgamamiento y la fusión. El notable experimento llamado Unión Europea está demandando la mancomunidad de intereses nacionales en una Europa más unificada. Comprensiblemente, mucha gente se interroga hacia dónde nos está conduciendo la globalización, y cuáles serán sus consecuencias. Algunos temen el crecimiento de un tipo de homogeneización que erosionará muchas de las diferencias y matices de diversidad que han provisto de una textura tan rica a la vida humana.

La globalización concierne esencialmente a los acontecimientos mundiales de los niveles externos. No obstante, si la humanidad responde sabiamente a dicho fenómeno, despertará a la percepción de la unidad que subyace en toda vida. La raza humana debe desarrollar el sentido de universalidad.

De algún modo, parece que la globalización está ocurriendo antes de que este sentido de universalidad esté suficientemente anclado en la conciencia humana. Hace 35 años, el presidente americano Lyndon Johnson nos advirtió acerca de ello, diciendo: “Deseamos que el mundo no se contraiga a una vecindad antes de haberse expandido a una hermandad.” El sentido de universalidad depende de la respuesta despierta del ser humano individual, un reconocimiento expresado a lo largo de toda la literatura de Alice Bailey, la fundadora de Lucis Trust y de la Escuela Arcana. Sus escritos son una continuación de la presentación de la Antigua Sabiduría, una enseñanza espiritual que ha estado al alcance de la humanidad a través de las edades. En uno de sus más tempranos libros, Un Tratado sobre Fuego Cósmico, Alice Bailey alude al impacto que ejerce el sentido de totalidad sobre la conciencia, el cual resulta alarmante, a la vez que profundamente reconfortante. Casi prediciendo el inminente fenómeno de la globalización, escribe: “. . . aunque estemos sumergidos en el todo, no perdemos nuestra identidad, sino que permanecemos siempre como unidades separadas de conciencia, aunque somos uno con todo lo que vive o es.” Esta promesa es el tema de nuestra disertación de hoy.

La Antigua Sabiduría enseña que existe un Plan – que la evolución no se desenvuelve meramente por accidente o azar, sino bajo los lineamientos de un Plan concebido por la mente de Dios, y reconocido por las mentes humanas que son receptivas a la impresión. Se dice que el Plan para este ciclo particular de la historia humana tiene tres objetivos: elevar el nivel de la conciencia humana, clarificar la situación internacional por medio del establecimiento de rectas relaciones entre las naciones del mundo, y promover el crecimiento de la idea de grupo.

Ya podemos contemplar el desenvolvimiento de este Plan en la expansión de conciencia que resulta de la creciente disponibilidad de la educación masiva, y del reconocimiento, cada día más amplio, de culturas y experiencias de individuos cuyas vidas son muy diferentes a las nuestras. Podemos apreciar el esclarecimiento de la situación internacional en la naciente receptividad colectiva de las naciones a la resolución de problemas a través de la mediación de agencias multinacionales, tales como las Naciones Unidas y diversas afiliaciones regionales. Y podemos ver el crecimiento de la idea de grupo en formas tanto positivas como negativas: en la creciente influencia que ejercen las organizaciones no-gubernamentales en muchos aspectos de los asuntos humanos, y en la notoria tendencia de los seres humanos en esta era de globalización a circunscribir su afiliación grupal a un circulo cada vez más estrecho. De alguna manera, a veces parece que la reacción de la humanidad ante la globalización es el desarrollo de una conciencia tribal – una visión cada vez más estrecha de lo que constituye el propio grupo, y la propia identidad y afiliación.

La exigencia de libertad, un elemento tan definitorio del pensamiento y aspiración humanos, es un paso necesario en su evolución. Sin embargo, cuando está erróneamente orientado, la búsqueda de la libertad puede manifestarse en un deseo de independizarse del todo, y en un énfasis sobre la diferencia – sobre la propia distinción, y la de los propios deseos y necesidades, de las de los demás. Ello conduce a un potencial para lo que es, según se dice, el único verdadero mal: la separatividad. “El mal es, después de todo, sólo un impelente sentido de diferencia, que conduce inevitablemente a la acción separatista “, se dice en los escritos de Alice Bailey.

Este siglo ha sido testigo del gran mal perpetrado a causa de la separatividad. Muchos años atrás, en la semana de fiesta del nuevo grupo de servidores del mundo, en 1977, Robert Muller, el ahora retirado Asistente del Secretario General de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas, fue nuestro orador invitado. Hablando del impacto de la guerra sobre su familia en Alsace Lorraine, él hizo un comentario que nunca he olvidado: “En cuanto a mí, habiendo vivido una horrible guerra e incierta paz, después de haber visto a mi propia familia dividida entre dos naciones, he decidido largo tiempo atrás que las únicas realidades que realmente me importan son el planeta Tierra, la humanidad, mi familia y mi propia vida. Todos los demás grupos se encuentran en constante cambio. Y son éstas las realidades permanentes.”

Y una visión aún más destilada del lugar del ser humano sobre nuestro planeta se ofrece en los escritos de Alice Bailey. Hablando de las necesidades de la niñez, afirma que son dos las cosas que se deben inculcar a los niños de cada nación: “El valor del individuo y la realidad de la Humanidad Una.” Es la yuxtaposición de la integridad inherente de cada vida humana, y el hecho de que cada vida es un fragmento de la única familia humana, lo que puede elevar al niño por encima de la conciencia colectiva o inconsciencia del rebaño, conduciéndolo hacia el reconocimiento de que él es una parcela – vital y muy necesaria – de la entera humanidad. La mayor parte de la gente no recibe esta instrucción en su niñez; se convierten en adultos con la creencia de que su identidad radica en afiliaciones ajenas a la integridad de la propia alma y al hecho mismo de pertenecer a la Humanidad Una. Su sentido de afiliación e identidad asienta sus fundamentos sobre una base aún más endeble y estrecha: la nacionalidad o religión, la raza o cultura.

Vaclav Havel, el presidente de la República Checa, ha dicho que tales patrones de identidad reflejan una tendencia particular de los seres humanos, quienes bajo un estado de incertidumbre, “buscan un falso sentido de certeza sumergiéndose en una multitud, una comunidad, y definiéndose a sí mismos por contraste con otras comunidades “. Es éste un atributo de la naturaleza humana que resulta curioso: la necesidad de definirse a sí mismo, a la propia identidad, por la separación de un grupo mayor. He pensado larga y arduamente sobre ello – quizás ustedes lo han hecho también – pero no pude arribar a ninguna explicación, excepto la que parece indicar la tendencia humana a separarse y permanecer apartado de la totalidad con el objeto de sentirse vivo y significante. Se trata de una predisposición que encontramos no sólo en individuos, sino también en grupos y aún en naciones. El conflicto en la ex Yugoslavia es un ejemplo excelente de la necesidad de afirmar la identidad mediante la separación, y su inevitable fomento de la superioridad e inferioridad de acuerdo a la propia afiliación grupal, y a la relación del propio grupo con los demás. El racismo y el nacionalismo son los resultados de esta tendencia, cuando se dirige hacia grupos más extensos.

El periodo en que vivimos es un tiempo de incertidumbre. Curiosamente, el fenómeno de la globalización parece ser la causa de la tendencia manifiesta a la formación de lealtades casi tribales. Un número de observadores iluminados, incluyendo la Comisión para el Gobierno Global, encabezada por Ingmar Carlsson y Shridath Ramphal, están señalando los aspectos tanto positivos como negativos de la globalización. Los cambiantes modelos económicos, los medios de comunicación, y especialmente la red mundial y los desarrollos tecnológicos, están redefiniendo las antiguas relaciones que una vez delimitaron y organizaron al mundo. Las fronteras nacionales son más permeables en términos de tráfico de drogas, contaminación ambiental y lavado de dinero. Como indica un reciente informe del Programa para el Desarrollo de la ONU, “la globalización no implica convergencia. La oleada de globalización de las últimas décadas es sólo el comienzo. El mundo globalmente integrado requerirá de un gobierno más firme, si es que ha de preservar las ventajas de la competencia mercantil mundial, y redirigir sus fuerzas en apoyo al progreso humano.

Sin el control necesario, la globalización puede crear, y creará, desequilibrios en la distribución, no sólo de dinero y recursos, sino de información y cultura. Ello redundará en una mayor vulnerabilidad de algunas personas, algunas sociedades, particularmente las más pobres, a una marejada de cambio en la que no tendrán voz ni voto. Mahatma Gandhi, citado en dicho informe, lo expuso muy bien: “No quiero mi casa amurallada, ni mis ventanas ocluidas. Quiero que las culturas de todas las tierras circulen por mi morada lo más libremente posible. Pero me resisto ante cualquiera que intente echarme atrás”.

Creo que mucha gente, no sólo en las sociedades más vulnerables sino también en las naciones desarrolladas, al observar los cambios que acontecen en el mundo, presienten dicho peligro. No sabemos realmente hacia dónde nos conducen, pero es claro que la humanidad determinará colectivamente su destino. Cada uno de nosotros puede tener su parte en la determinación del tipo de mundo que deseamos que hereden nuestros hijos. Pero hacerlo requiere de lo que Vaclav Havel denominó “una sociedad civil”. El crecimiento de la democracia en la pasada década ha significado un poderoso cambio, pero como alguien dijo una vez, la democracia es sólo la mejor de una mala serie de elecciones. La democracia otorga a cada ciudadano voz y voto, pero a menos que la ciudadanía esté verdaderamente informada y educada en las cuestiones en juego, sólo expresará un tipo de conciencia de rebaño. La sociedad civil a la que el Sr. Havel se refería es aquella en la que toda persona se vea estimulada a actuar como ciudadano en el mejor sentido de la palabra. Tras este reconocimiento de ciudadanía yace algo profundamente espiritual, creo. Es el reconocimiento de la responsabilidad hacia y por el todo mayor. Para algunos, ello significa su grupo, tal como lo entienden. Para otros involucra responsabilidad hacia su comunidad y nación. Y para quienes son verdaderamente inclusivos en su visión, significa una responsabilidad planetaria hacia la totalidad, en la manera en que uno vive la propia vida y desarrolla su labor, en la expresión de la elección y gusto personales, y en la cualidad del propio pensamiento y aspiración. Por todos estos medios, cada uno de nosotros contribuye al todo, o se aparta de él.

Quienes son más conscientes de ello tienen la mayor responsabilidad. Para vastos números de habitantes de la tierra, la vida es demasiado difícil, circunscribiéndose nada más que a la mera supervivencia. No obstante, quienes tienen el tiempo para pensar y creen en la fraternidad mundial, la libertad del alma humana, los derechos del individuo, y las rectas relaciones humanas, ellos sí tienen la responsabilidad de actuar en concordancia con lo que saben. Vemos aquí uno de los más grandes beneficios de los medios de comunicación: ya no podemos decir que no se nos ha informado de ello. No podemos decir, ante el dilema mundial, que “no sabíamos”. De algún modo, los medios están simple y definitivamente actuando como lo hace un gato al arrojar una presa muerta a nuestros pies. Sólo lleva a cabo su tarea, tal como él la entiende. Nosotros, en cambio, debemos decidir cómo responder – no emocionalmente, sino con compasión y sentido de responsabilidad personal hacia nuestro pequeño rincón del mundo. Los ciudadanos de una sociedad civil deben responder, no enterrar sus cabezas.

La razón por la que el Plan de Dios, el cual promueve la evolución de toda vida sobre la Tierra, demanda responsabilidad individual, no pudiendo ser forzado su cumplimiento, está en estrecha relación con el tema de esta jornada: Preservar la identidad en la unidad. La unidad humana sin la conciencia del individuo sería sólo la expresión de un rebaño. De alguna manera, el Plan depende del consentimiento deliberado del individuo autoconsciente, a comprometerse libremente y a sumergir su identidad en el todo, no perdiendo sin embargo aquella identidad. Este es un estado que no tiene nada de la separatividad de la personalidad, sólo un prevaleciente reconocimiento consciente de la divinidad interna en cada estrato de manifestación, hasta los niveles celulares. El Plan de Evolución progresa mediante la expansión de la conciencia, hasta incorporar más amplias e inclusivas esferas del ser; aún así, nunca se renuncia a la identidad.

Esto nos trae de regreso a la afirmación en el Tratado sobre Fuego Cósmico, anteriormente citada. Permítanme repetirla con más detalle: “Cada uno de nosotros, durante el proceso de evolución, forma parte de uno de los Hombres Celestiales, quienes a su vez forman los siete centros en ese Hombre Celestial mayor, el Logos. Sin embargo, aunque estemos sumergidos en el todo, no perdemos nuestra identidad, sino que permanecemos siempre como unidades separadas de conciencia, aunque somos uno con todo lo que vive o es.” La separación, la diferencia, la cualidad de ser únicos, son abandonadas a medida que procede la evolución, pero la identidad siempre permanece, “aunque una con todo lo que vive y es”.

Al reflexionar sobre este concepto tan profundo, me parece, encontramos los medios – quizás sólo los medios- de adentramos en el futuro y en el crecientemente interrelacionado “mundo globalizante” sin vernos “desplazados” de nuestros propios cimientos espirituales. Aún así, al mirar a nuestro alrededor, parece claro que mucha gente no comparte esta visión de las cosas. Ellos ven su lugar en el mundo como algo que debe ser protegido, preservado y defendido del, ataque de fuerzas foráneas.

Probablemente por ello se diga que “el mal es sólo un impelente sentido de diferencia, que conduce inevitablemente a la acción separatista.” La única manera de contrarrestar el mal de la separatividad es trabajar por la unidad – una unidad basada en la identificación con el todo y en el amor por la Humanidad Una. Éste, según parece, es el objetivo que las personas de buena voluntad deben mantener firme ante los ojos de la raza humana, como una meta alcanzable, razonable e indispensable.

¿Cómo trabajar para tal unión en un mundo de increíble diversidad y conflicto en los niveles externos? Quizás el comienzo pueda residir en una comprensión de la diversidad como algo no sólo inevitable, Sino como parte del Plan de Dios. En ninguna instancia de la Sabiduría Antigua se aboga por la abolición de las diferencias en cultura o tradiciones. Se nos dice, si, que tales diferencias deben estar subordinadas al bien mayor de la totalidad. En realidad, la diferenciación externa, propiamente expresada, no hace más que afirmar la síntesis subjetiva: éste es un reconocimiento que hoy emerge en la humanidad, y que conducirá a un cambio muy vasto en la manera en que vemos las diferencias en cultura, historia, lenguaje, tradición, y otras, percibiéndolas como enriquecimientos del todo más que como declaraciones de separación y aislamiento.

Por encima de tal apreciación sobre diferencias externas, necesitamos identificar lo que constituye nuestro terreno común. Hace no demasiado tiempo, en mi camino a tomar el subterráneo, pasaron a mi lado dos obreros que se encontraban trabajando en el túnel. Eran de diferentes razas, y uno de ellos hizo un comentario sobre la gran diversidad de gente que diariamente circula por ese lugar: “Blancos, negros, amarillos, blancos, negros, amarillos”, dijo, evidenciando cierta agudeza en su humor, como si sólo pudiese ver diferencias en la gente, las cuales le producían cierta incomodidad. Pero el otro trabajador se limitó a reír, diciendo: “sí, y todos ellos necesitan amor”. He aquí un aspecto básico de nuestra humanidad común: todos necesitamos amar y ser amados.

¿Qué más? Escribió A. Bailey: “dos cualidades matizan el ideal de la venidera civilización.., la libertad y la seguridad espiritual”. La libertad expresada como derechos humanos es hoy un poderoso incentivo para muchos habitantes del mundo, y representa un profundo reconocimiento espiritual: que el ser humano posee derechos inherentes simplemente por virtud de su humanidad. Lo que es interesante es el debate, hoy en proceso, sobre lo que constituyen los derechos humanos, y tal discusión aún no se ha dado por terminada.

La seguridad espiritual, pienso, radica en la toma de conciencia de la síntesis o sentido de totalidad subyacentes en la estructura de nuestro planeta. Todas las parcelas, todos los reinos, están interrelacionados, y nos estamos dando cuenta de lo delicado del equilibrio de la vida, así como de lo fácil que resulta malograr dicho equilibrio con la creciente homogeneidad del mercado y el medio ambiente. No obstante, la unidad subyacente afirma un orden que puede, y será, restituido, con la ayuda humana. Por qué la raza humana desempeña un rol tan crucial en la evolución de nuestro planeta, parece tener que ver con el factor de la mente. Es en la mente, en su estrato más inferior y analítico, donde se localiza el principio de la separatividad. Y es en la mente, en su más elevada aplicación, que la unificación – la unidad- es posible. Cuando nos enfocamos sobre la forma – la apariencia – empleamos la mente para discriminar, analizar, separar, distinguir, elegir o rechazar. Y dicha capacidad puede alimentar “la gran herejía de la separatividad”. Pero la mente también puede ser un puente hacia la intuición – hacia la toma de conciencia de la universalidad, en la que desaparece todo separatismo. La intuición “es aquel Amor Universal cuya naturaleza es la de identificación con todos los seres”, escribió Alice Bailey. La intuición revela el centro de luz inherente a toda forma, pero sin ningún sentido de separatividad – sólo el engrandecimiento del todo.

¿Podemos imaginar a estos conceptos influenciando la conciencia de la humanidad en general? Creo que es nuestra obligación, ya que los tiempos lo requieren, y pienso –ojalá todos concuerden en esto conmigo- que la humanidad está lista para ello. Este ha sido el siglo más sangriento de toda la historia humana, nos dicen los historiadores. Hemos sido testigos de horrores perpetrados por seres humanos contra otros, aún abundando en esta era las oportunidades de educación en rauda expansión, los viajes y comunicaciones globales, y el establecimiento de las Naciones Unidas para promover un foro en el que las naciones del mundo traten colectivamente con sus problemas y necesidades. ¿Por qué no es esto suficiente?

Otro factor relevante es el nacionalismo. Estamos todos impregnados de él; probablemente fuimos educados en él desde nuestros años más tempranos, siendo ahora difícil pensar más allá o libres de las formas mentales de nuestras particulares herencia y cultura nacionales, pero debemos hacer el esfuerzo. Las naciones pueden ser separatistas en su enfoque e ideales, pero en lo que concierne a los seres humanos, las naciones tienen una naturaleza dual: una personalidad o apariencia que presentan y representan ante el mundo, y un alma. Se dice que “en el corazón de cada nación reside latente el alma mística”. Y como en el caso de los individuos, las naciones también pueden ser antisociales, orientarse egoístamente hacia sus propios fines materialistas, o pueden contribuir a la unidad internacional. Mucho depende de la calidad de sus líderes, pero si es verdad, como se afirma, que tenemos generalmente el gobierno que merecemos, la responsabilidad se traslada entonces a la calidad de los ciudadanos. El creciente impulso hacia la democratización está creando una gran obligación para la humanidad, ya que implica que los individuos deben informarse y reflexionar detenidamente sobre cada cuestión con claridad, altruismo, y preocupación por el bienestar común. La mayoría de la gente lo concibe como un desafío, aún dentro de la esfera de su propia sociedad; pensemos entonces lo que significará cuando la humanidad y las naciones puedan pensar en términos de nuestra propia vecindad global.

Otro obstáculo prominente es la tremenda descompensación económica en el mundo y el sufrimiento que ésta causa. Cuando comenzaba a organizar mis pensamientos para esta charla, el Programa para el Desarrollo de la ONU dio a conocer su “Informe del Desarrollo Humano” para 1999. Durante los pasados diez años, este Programa ha llevado a cabo un análisis de la condición de los habitantes del mundo, país por país, basando su evaluación en la expectativa de vida de cada nación, las tasas de alfabetismo en adultos, y el producto bruto interno. Es éste un informe impresionante, ya que da testimonio de que el cerebro global es capaz de rastrear y amonestar las condiciones mundiales, agudizando la percepción acerca del estado de los habitantes del mundo. Lo que evidencia dicho informe, sin embargo, resulta alarmante. En sólo los diez años que transcurrieron desde que comenzó esta pesquisa, la brecha entre los ingresos de la quinta parte más rica y los de la quinta parte más pobre de los habitantes del globo, creció de 60 – 1 a 74 – 1. Comparando con años anteriores, en 1960 esta brecha de división entre ricos y pobres era de 30 – 1, y en 1820, de 3 – 1. En los cuatro años que culminaron en 1998, las 200 personas más adineradas del mundo duplicaron en exceso su valor neto. Y los beneficios de las tres personas más acaudaladas sobre la Tierra excedieron la suma del producto bruto nacional de todas las naciones menos desarrolladas en conjunto, las cuales tienen una población total de 600 millones de personas.

Cifras como éstas nos son útiles, creo, ya que nos ayudan a enfocar nuestra atención sobre la magnitud del problema mundial. Pero los hechos por sí mismos no son suficientes. El superlativo desequilibrio en la distribución material del mundo es sólo un síntoma de un problema que es, en su raíz, espiritual. ¿Cómo nutrir la capacidad de interesarnos, interesarnos profundamente por las personas cuyas vidas resultan inmensamente diferentes – en los niveles externos- de las nuestras, pero cuya humanidad esencial es exactamente la misma? Una manera de hacerlo es desarrollando la apreciación por la diversidad de culturas y civilizaciones nacionales en tanto éstas contribuyan al bien de la totalidad. Si podemos sustituir el bien de una nación o grupo de naciones por el bien de la entera familia de naciones, encontraríamos que no hay pérdida alguna de identidad nacional o de cultura individual. Ello debe permanecer y ser desarrollado de acuerdo a su más elevado potencial espiritual, para el enriquecimiento del bien colectivo de todos.

Al tiempo en que crece el desequilibrio entre los ricos y los pobres, un hambre espiritual cada vez más profundo despierta entre muchos miembros de las sociedades más pudientes, surgiendo de la sensación de que “algo está faltando” en una vida de abundancia material sin cimientos espirituales. ¿Mas dónde encontraremos tales fundamentos? Para muchos, las instituciones religiosas ya carecen de la autoridad suficiente como para reclamar nuestra lealtad. Lo mismo se aplica a muchas otras instituciones. A medida que el siglo XX llega a su fin, casi todos los viejos y aceptados valores están siendo cuestionados, y en última instancia ello es bueno, aún cuando resulte algo incómodo en el presente. Necesitamos reconsiderar, reflexionar y meditar sobre lo que hemos ganado hasta ahora, y hacia dónde se dirige la humanidad. La intensa importancia otorgada al milenio generará sin duda un cierto exceso de entusiasmo y esperanza mal encauzada, pero también servirá como un punto de balance y evaluación colectiva, en el que la humanidad podrá reexaminar su dirección y propósito en este hermoso planeta.

La Antigua Sabiduría profetiza que el año 2000 marcará otra excepcional liberación de potente energía espiritual desde los más elevados niveles de nuestra vida planetaria. Sólo dos veces anteriormente, en los tiempos modernos, ha sido librada esta energía llamada “fuerza de Shamballa” directamente a la humanidad: una vez durante la Guerra Mundial, y nuevamente en 1975. El próximo año será testigo de otra gran liberación de una energía cuyas cualidades son voluntad divina y síntesis. Menciono esto por la sugerencia que lleva implícita: la humanidad se encuentra frente a una profunda oportunidad de dar un paso adelante en su evolución – hacia un sentido de totalidad, hacia la síntesis, manifestándose en una unidad más grande y sabia de la que hasta ahora ha sido posible. Pero le corresponde a la humanidad misma aprovechar dicha oportunidad.

No es casualidad que el prominente experimento denominado Unión Europea se encuentre en marcha en estos momentos. “Europa “, dijo Alice Bailey, “es el campo para educar al mundo en las ideas de una verdadera unidad mundial, y para la sabia presentación del Plan “. La Sabiduría de las Edades enseña que existen cinco entradas o canales planetarios para el ingreso de potentes energías espirituales que se vierten en el mundo, las que son distribuidas por todo el planeta a través de estos cinco centros. En cada uno de ellos se ha manifestado una ciudad, y el centro para Europa, incluyendo a Rusia, es Ginebra. El “lema” esotérico de Ginebra es “Busco fusionar, mezclar, y servir” ¿No es esto acaso lo que tiene lugar en Europa en el presente? La fusión y la mezcla están teniendo lugar entre las almas de las naciones europeas, aunque sin pérdida – se nos asegura – de identidad, o de la belleza y valor de sus variadas culturas. Sin embargo, más allá de la diversidad externa y la belleza de la forma, se está manifestando una síntesis interna que – si todo progresa satisfactoriamente – establecerá un modelo para el mundo de la edad venidera.

Aquellos grandes Seres conocidos como los Maestros de Sabiduría, Quienes observan y guían a la humanidad, están trabajando para la síntesis en los asuntos mundanos, que preservará la libertad en la unidad. Es una síntesis subjetiva para lo que trabajamos, se nos dice, una síntesis que eventualmente inaugurará la paz y la comprensión sobre la tierra – una paz que preservará las culturas nacionales e individuales, pero que las subordinará al bien de la totalidad de la raza humana. Al acercarse este final de siglo, la paz todavía no es una realidad. A lo largo de éste, el más sangriento de los siglos, la humanidad ha pasado a través del fuego de la guerra, y ha experimentado un sufrimiento inconmensurable. La esperanza de la humanidad radica ahora en que el fuego sea aplicado para reducir a cenizas las barreras en la conciencia, las que se yerguen en forma de prejuicio, odio religioso y étnico, y desigualdad económica. Hay un fuego benéfico llamado “sentido de universalidad”, el cual puede transformar la globalización en una elevación inclusiva de toda la humanidad. Reflexionemos ahora, en nuestro intercambio grupal, sobre cómo podemos desempeñar nuestra parte para suscitar tal transformación.

Colaborador: Marius Forment Arnaud