Catolicismo y Masonería

por Francisco Brualla el 6 de febrero de 2010

Difícilmente entre las instituciones humanas dos que se combatan con más saña y encono que las dos grandes instituciones que conocemos con los nombres de Catolicismo y Masonería. En esta lucha legendaria sin cuartel se consideran buenas todas las armas. La historia nos dice que los combatientes no se detienen a considerar los medios que utilizan para combatir a su adversario; para ellos todos son buenos: la calumnia, la mentira, la delación, la intriga, el asesinato, han sido empleados por uno y otro bando, aunque casi siempre la Masonería ha sido más castigada y perseguida. No me haré eco, ni hay para qué, de todo lo que se ha dicho y dice en desprestigio de cada una de estas dos instituciones; sólo diré que uno se maravilla a veces de la ingenuidad de algunas gentes; de que personas medianamente inteligentes, digan, propaguen o crean ciertas cosas, que el más ligero análisis les haría ver que son un insulto a la inteligencia humana. No otra cosa son ciertas patrañas que algunos católicos hacen circular en contra de la Masonería y lo que algunos Masones dicen del catolicismo.

Ante este estado de cosas, creo que ha de interesar el análisis, necesariamente incompleto y breve, que voy a intentar hacer del objeto y finalidad esencial de estas dos instituciones; de los fundamentos que pueda tener el antagonismo, al parecer irreductible, que las caracteriza; y finalmente trataremos de ver si es que no existe alguna relación íntima entre ellas, que a la vez que nos dé una posible explicación de tal antagonismo, nos permita vislumbrar un porvenir, más o menos lejano, en que la humanidad presencie el hecho, para las actuales generaciones insólito e inexplicable, de que estas dos grandes instituciones actúen en su propia esfera, pero dentro de la más perfecta armonía, por el progreso de la humanidad.

Antes de entrar de lleno a explicar en qué fundo la posibilidad de la armonía de estas dos instituciones es conveniente hacer resaltar el hecho muy significativo de que el antagonismo existe exclusivamente entre la iglesia católica de Roma y la Masonería, y que las demás iglesias de la religión cristiana, (de la cual la iglesia romana no es más que una rama) no sólo no participan de tal antagonismo, sino que por el contrario existe una cooperación bastante íntima, al punto de que muchos sacerdotes ele las diferentes denominaciones cristianas son a la vez miembros activos y distinguidos de la fraternidad de la escuadra y el compás.

Es interesante notar asimismo que la feroz lucha entre la iglesia romana y la orden masónica en ninguna parte ha llegado al carácter enconado y destructivo que ha alcanzado entre nosotros y en otros países de la raza latina, donde la iglesia católica ha tenido y tiene todavía el monopolio de las conciencias. En los países sajones donde la libertad de conciencia es legendaria, no sólo no existe este antagonismo, ni siquiera de parte de la iglesia romana, sino que el ser masón es un título que abre muchas puertas porque es idea general que el hecho de ser masón abona el buen carácter de quien tal título ostenta.

Nadie puede ser masón si no es libre, tolerante, leal y honrado. Podrían mencionarse por centenares los hechos que demuestran el alto prestigio que la Masonería ha alcanzado en países en que la iglesia. romana no tiene las prerrogativas de que disfruta en algunos paIses de nuestra raza y que tuvo !lasta hace poco en España. En todos aquellos está considerada como constitución de bien público y no es raro ver cómo los esfuerzos de masones, cristianos, judíos, budistas y de otras religiones, sin excluir representantes de la católica, se aúnen para fines de beneficencia social u otros de bien común. En Nueva York puede presenciar quienquiera en determinada fecha del año una solemne ceremonia religiosa que se celebra en la Catedral de San Juan el Teólogo, a la que asisten en corporación las organizaciones masónicas con todas sus insignias. Lo cual pone de manifiesto que la Masonería no sólo no es una institución antireligiosa sino que en su esencia es tan religiosa como el cristianismo más depurado y más sublime.

Quien se tome la molestia de analizar desapasionadamente la institución masónica, lo mismo que la institución católica, irá descubriendo que a pesar de los mutuos enconos y antagonismos que ponen de manifiesto en sus prédicas y en sus actos, su finalidad esencial, el propósito que persiguen es idéntico. Su antagonismo no está, no puede estar, en sus doctrinas respectivas, ni siquiera en su forma de exponerlas, ni mucho menos en los medios de inculcarlas en sus miembros. Su antagonismo surge cuando olvidando su verdadera misión se salen de la esfera que les corresponde e invaden un campo que no es el suyo y en el que jamás debían haber entrado.

La finalidad de toda religión y, por lo tanto, de la cristiana es desarrollar el ser espiritual que cada individuo lleva dentro de sí o sea elevar el hombre a Dios; la finalidad de la Masonería es exactamente la misma aunque para ello empleen diferentes expresiones; pues sea que llamemos a Dios Gran Arquitecto del Universo o con otro nombre El es uno y el mismo. La iglesia ha establecido un cierto camino para conducir al hombre a la meta de sus aspiraciones; camino que no difiere sino en detalles sin importancia real del camino que la Masonería señala a su miembros. Quizás la mejor manera de expresar la respectiva posición de las instituciones de que tratamos, es decir que sus caminos hacia la divinidad son paralelos; pero en manera alguna opuestos o antagónicos. Pero cuando una de ellas trata de sobreponerse a la otra, o se mezcla en cuestiones políticas o busca poderes temporales con la idea de imponer sus doctrinas, dogmas o principios, se sale de su esfera y despierta necesariamente el sentimiento antagónico de la otra. No es otra la causa de la batalla que ambas instituciones vienen librando desde tiempo inmemorial.

Recorramos la historia y veremos que las fraternidades de constructores, herederas de las instituciones esotéricas de la más remota antigüedad y de las cuales la Masonería moderna es la continuación, se unieron en gran número al cristianismo en los primeros siglos de nuestra era. Ellas transformaron las catacumbas en iglesias; ellas fueron las que construyeron los grandes templos de que tanto se enorgullece el cristianismo. La historia nos dice también que tales fraternidades fueron en un tiempo dirigidas y presididas por dignidades de la iglesia y sólo cuando Roma, celosa y temerosa del prestigio e influencia de las hermanda· des, empezó a perseguirlas, se inició esta guerra sin cuartel que todavía perdura. Es en realidad una guerra entre hermanos, y quizás por eso mismo es tan fiera y tan enconada.

Dije que la Masonería y el Catolicismo en su esencia no son ni pueden ser antagónicos y que en realidad son dos caminos paralelos que buscan conducir al hombre a Dios. Yo me atrevo a afirmar además que lejos de ser antagónicas y mutuamente excluyentes son complementarias, en el sentido de que cada una de ellas tiene la misión de servir a una parte de la humanidad en su evolución. Veamos en qué fundo esta afirmación. Del análisis de los medios de que cada una de ellas se vale para ayudar a sus afiliados en su evolución, se infiere que cada una atrae a una clase diferente de temperamentos. En líneas generales podemos decir que la Iglesia atrae al temperamento místico, a aquellos que evolucionan por el sendero del corazón, como se dice en ocultismo. La Masonería, por otra parte, atrae con preferencia al intelectual, al que busca la espiritualidad apoyándose en la mente. El religioso se esfuerza en alcanzar el estado de unión con Dios, sublimizando sus emociones; mientras que el masón trata  de desarrollar su espiritualidad por el estudio del significado abstracto de símbolos concretos; el uno es sentimiento; el otro mente. Esto no quiere decir que el masón no cultive sus emociones, ni el religioso su inteligencia; sino que cada uno tiene una línea diferente de acercamiento y de desarrollo. Día llegará, sin embargo, en que las líneas paralelas se unan y refundan en una y entonces tendremos una religión científica en colaboración con una ciencia religiosa. Las últimas clasificaciones que la moderna psicología ha hecho de los principales temperamentos humanos arroja bastante luz sobre el tema que estamos tratando, puesto que de tal clasificación se desprende claramente la necesidad de diferentes sistemas religiosos lo mismo que educativos. Pone de manifiesto la sabiduría que ha presidido la fundación de las diversas religiones, las que teniendo un origen común en la Verdad Única e inmutable, se han diversificado a fin de que sirvieran a la humanidad en sus diversos grados de desarrollo y en las diferentes etapas de la evolución.

La clasificación más reciente y la que mejor se adapta a las enseñanzas ocultistas es la que divide a la humanidad en tres grandes grupos; a saber: introversos, extraversos y ambiversos y cada uno de estos grandes grupos en cuatro clases de temperamentos: el sensual, el sentimental, el mental y el intuitivo. El temperamento sensual es aquel cuya conciencia está centrada en lo físico; el sentimental tiene centrada su conciencia en lo emocional, el mental en la mente y el intuicional en lo espiritual.

El grupo de introversos comprende a todos los individuos con tendencia al retraimento, los concentrados en si mismos, en general, los que buscan el conocimiento estudiándose a sí mismos y a sus reacciones. El extra verso es el temperamento opuesto, es expansivo y estudia con preferencia el mundo que le rodea. El ambiverso es una mezcla equilibrada de los dos anteriores.

La humanidad en su actual estado de evolución, podemos decir, que tiene centrada la conciencia una parteen lo emocional y la otra parte en lo mental; pasando por alto el temperamento sensual a quien seguramente no interesa ni la Iglesia ni la Masonería, llegamos al temperamento sentimental y por poco que lo analicemos llegaremos a la conclusión de que el método de desarrollo que mejor le cuadra es el que le proporciona la religión, especialmente la iglesia católica. De manera similar. un temperamento centrado en lo mental, que trata de desarrollar su espiritualidad, encontrará un método adecuado en el profundo simbolismo, del cual la institución masónica es el custodio desde tiempo inmemorial. El tiempo y el carácter de este artículo no permiten desarrollar esta tesis como merecería; pero el objeto que se busca quedará bien servido si los que lo lean obtienen algo que les induzca a seguir esta línea de estudio e investigación, pues pueden estar seguros de que sus esfuerzos en este sentido quedarán más que recompensados.

Grande será el día en que el Catolicismo y la Masonería, estas dos grandes instituciones guías de la humanidad, tan grandes que a pesar de sus errores, de sus luchas y odio recíproco no se han podido destruir ni se podrán destruir jamás, reconozcan la unidad de su origen y de su misión y procuren cultivar como es debido la porción de campo que se les ha señalado. Para llegar a esto ambas tendrán que modificar grandemente sus procedimientos; tendrán que arrojar gran parte del bagaje e impedimenta que han acumulado en el transcurso de los siglos y bajo cuya mole se encuentran enterradas las sencillas y sublimes enseñanzas que son la luz que ellas están llamadas a hacer brillar en todo su esplendor.

El proceso de transformación se está operando lenta pero seguramente. Quizás no podamos notarlo los que residimos en países como el nuestro en que la intransigencia parece tener carta de naturaleza. Pero sí se ve claramente tal transformación en otros países de temperamento menos pasional que el nuestro. El catolicismo de Inglaterra y de Norte América no es ni con mucho el catolicismo español, ni tampoco la institución masónica de allá trabaja en las mismas líneas que la de acá.

Diversos son los movimientos que tienden a esta transformación. Me limitaré a reseñar dos bien conocidos entre los teósofos y los cuales muchos creemos que están llamados a devolver al Catolicismo y a la Masonería el prestigio y fuerza espiritual que han perdido en buena parte. Es claro que el proceso será lento y probablemente tardará bastantes años en dar fruto. Pero, ¿que son algunos años y aun siglos en el proceso de evolución?

Los dos movimientos a que me refiero son: la Co-masonería o Masonería mixta y la llamada Iglesia Católica Liberal. Las diferencias principales que existen entre la Co-masonería y la Masonería oficial son: que la primera admite a las mujeres con las mismas prerrogativas y deberes que a los hombres, cosa que la oficial no hace; pues excluye a las mujeres. Pero la distinción más importante es que la labor de las Logias co-masónicas es estrictamente espiritual y oculta, sin excluir naturalmente las ciencias ni las artes; pero su tónica en todas las ramas del saber es la espiritualidad. La Co-masonería fue fundada en 1893 en París y desde  entonces se ha extendido por todo el mundo. Todos los co-masones del mundo pertenecen a una sola obediencia cuyo Supremo Consejo está en París.

En cuanto a la I. C. L. es una iglesia católica independiente de la Sede de Roma y de toda otra sede. Administra los siete sacramentos, 10 mismo que las otras iglesias católicas; pero no impone otros dogmas ni doctrinas ni obligaciones, que el de acercarse a sus altares con la reverencia y el respeto que se debe exigir de toda persona bien educada. Deja a sus fieles en libertad de creer las doctrinas que juzguen conveniente, pues considera que la fe ha de ser el resultado de su raciocinio y no el antecedente. No impone restricciones en la administración de los sacramentos, porque cree que éstos fueron instituidos por Cristo como medios de gracia para auxiliar a la humanidad sin otras restricciones que el deseo de participar de ellos con fe en su gracia. Así la I. C. L. administra la comunión sin exigir la confesión oral; aunque sí recomienda el acto de contrición y la absolución, que se imparte siempre antes de administrar la comunión. La I. C. L. fue fundada en 1916 a base de un grupo que se separó de la Iglesia Católica arcaica de Inglaterra. Cuenta con varios obispos en di versos países y tiene iglesias en casi todos los de Europa, América y Asia, y el número de congregaciones crece constantemente.

Estos dos movimientos, si es verdad que han adoptado las formas externas de las instituciones originales, el espíritu que las anima es otro, más en armonía con el primitivo y seguramente están llamadas a ejercer una influencia decisiva en la transformación de las instituciones de que proceden.

El dogma y la autoridad han sido siempre
la maldición humana y lo que más ha apagado la luz y la verdad.

[Henry Durville]

Publicado originalmente en la revista Teosofía, vol. II, Agosto de 1933, N.° 8.