Arte y Ocultismo

por Francisco Brualla el 6 de febrero de 2010

El arte en todas sus formas tiene por principal misión hacernos sentir uno de los tres atributos del Logos, o sea la belleza, la armonía; la que, aunque seamos muchas veces incapaces de discernirla, existe manifiesta o latente en todo el universo. Por tanto, toda obra de arte debería ser una expresión de este aspecto, con lo cual tendería a elevar la conciencia del individuo a un plano más elevado ya desarrollar su intuición. En otras palabras, la obra de arte debe contribuir a expandir la conciencia de quien la crea y de quien las contempla, si se trata de la pintura, la escultura y la arquitectura, o la escuche si es composición musical.

Toda obra que se limite a reproducir la naturaleza o los objetos tal cual son, sin una sugerencia de algo más elevado o más perfecto es una obra incompleta y por lo tanto imperfecta. Es simplemente una imitación fría y sin alma, por muy perfecta que sea en factura o trazado. Es cómo una música sin expresión, aunque de técnica maravillosa. Así mismo, toda obra de arte que se limite a presentarnos el aspecto sórdido y triste de la vida material, o los vicios de la sociedad, sin contener nada que eleve el espíritu es una aberración y demuestra un espíritu decadente, que se goza en esos aspectos de la vida o que se siente incapaz de percibir una vida mejor. El verismo en el arte está muy bien cuando es meramente un punto de apoyo para algo elevado; pero en sí mismo lo considero pernicioso además de imperfecto; puesto que si es la reproducción de la vida tal como se desenvuelve en la tierra tiene que ser imperfecto, porque reproduce lo que es de por si imperfecto. La vida es evolución y el individuo tiende siempre a algo mejor; de consiguiente el arte debe ayudarle a alcanzar ese mundo mejor, en vez de deprimirlo con visiones de lo que ya conoce de sobra.

Lo mismo podríamos decir con respecto a la literatura, que también es un arte. Toda obra literaria debería tender a guiar al lector a un mundo mejor que aquel en el que vive. El autor de novelas que se limita a pintarnos la vida en sus aspectos sórdidos e indeseables, es decir, el llamado verismo de la vida y que finalmente permite en que su protagonista salga vencido en la lucha con la vida, falsea su verdadera misión. Se dirá que ellos simplemente pintan la vida tal cual es; es posible que así sea en gran número de casos; pero basta que se haya dado un sólo caso en que el hombre haya salido triunfante en esta lucha de todos los días, para que esté justificada la sugerencia de que todos podamos triunfar. El escritor tiene que darnos una solución que puede ser; aunque en la infinita mayoría de los casos no sea. El efecto psicológico de esta posibilidad, bastará en muchos casos para dar al que lucha nuevos bríos y nuevas esperanzas. De ahí la necesidad y la gran utilidad de la literatura optimista.

En música tenemos igualmente composiciones que deprimen y otras que elevan. En este arte, sin embargo, el ejecutante y el oyente tienen más margen para dar la propia interpretación.

Estamos entrando en una época en cada vez va a ser más difícil destacarse en el arte, debido a que las nuevas generaciones son cada vez más intuitivas y ya no responden a las viejas formas. Esto es cierto tanto en el arte como en la literatura, en religión como en filosofía. Por lo tanto habrá que buscar nuevas formas de expresión y el artista tendrá él mismo que desarrollar la intuición en alto grado. Quizás algunos ejemplos harán más clara la idea que tratamos de expresar. Tenemos, por ejemplo, la Mona Lisa de Leonardo da Vinci.
En mi concepto, la nota dominante de esta famosa obra de arte es la expresión de serenidad. Uno al contemplarla no puede menos de imaginarse y hasta sentir tal cual es esa paz interna, esa seguridad que es patrimonio de los justos y de los que saben. En nuestro concepto es obra altamente sugestiva y elevadora. Al contemplarla uno sabe lo que significa paz y serenidad.

Un pintor altamente sugestivo, en el mismo sentido, es Nicolás Roerich, el pintor ocultista por excelencia. Los cuadros de este pintor se distinguen por su elevado simbolismo y sugieren elevados estados de conciencia. Una de las características de este pintor es la luminosidad de los colores. Más que colores parecen luz adherida al lienzo.

En el arte que podríamos llamar popular, en esas holografías que encontramos en las casas de modesta condición se encuentran cuadros finamente sugestivos. Entre ellos recordamos uno que podréis ver en cualquier tienda de cuadros baratos. Aparece un niño en su cunita y sobre él inclinado un ángel con las alas ligeramente extendidas como en volviendo al niño y a su cunita. Según dicen los clarividentes, los ángeles no tienen alas. Posiblemente las alas con que los representa quieren sugerir al aura del ángel con la cual ellos protegen. Esta clase de pinturas despiertan siempre un sentimiento dulce y elevador.

En escultura recordamos dos obras de arte, que nos puede servir de ejemplo. Una el pensador de Rodín y la otra el monumento de la colonia española ofreciendo a la Argentina en conmemoración del Centenario de 1910.

El pensador del famoso escultor Rodín expresa todo lo contrario de la Mona Lisa de da Vinci. Expresa un estado de tensión que ha de ser agotador. Es un pensador que piensa hasta con las uñas de los pies; las cejas fruncidas, los nervios contraídos; todo él piensa; que es precisamente la manera en que no se debe pensar. El pensador ha de parecerse más a la Mona Lisa, que a la escultura de Rodín. Ahora bien, en nuestro concepto la estatua de Rodín es una obra maestra de anatomía de técnica escultural.

Como estatua es todo lo que se puede pedir; pero desde el punto de vista psicológico sugiere algo negativo, de consiguiente no eleva.

El notro ejemplo, o sea el monumento de los españoles a la Argentina obra de Querol, o de Blay, no recordamos bien, tiene por lema un párrafo del preámbulo de la constitución argentina que dice más o menos así: «Esta constitución es para asegurar la libertad para nosotros, para nuestros descendientes y para todos los hombres de buena voluntad que vengan a habitar nuestro suelo.» El momento consiste en una columna coronada con una figura de mujer con los brazos extendidos hacia adelante y las manos abiertas y varios grupos escultóricos en la columna y al pie del monumento, representando multitudes acudiendo a la invitación desde los cuatro puntos cardinales. El monumento sugiere la promesa de una vida mejor y más completa.

En arquitectura cabe también las mismas observaciones y si os fijáis encontrareis edificios que elevan y otros que deprimen el ánimo.

En música tenemos también arte elevador y arte deprimente.

No hay que decir que las marchas fúnebres tienden a deprimir, aunque algunas de ellas son susceptibles de convertirse en himnos de triunfo. Ejemplo de estas últimas es La Muerte de As de Peer Gint, obra de Grieg. Hemos oído esta composición con ambas interpretaciones y nuestra impresión es que el compositor quiso darle más el aspecto triunfal que el fúnebre. Describe la liberación de un espíritu altamente avanzado de la envoltura carnal después de una vida llena de sufrimientos y de miserias. El espíritu va desprendiéndose y remontándose gradualmente hasta que finalmente se libera. La música describe admirablemente el tránsito y al oírla el corazón del oyente parece como si quisiera desprenderse y remontarse también.

Composición completa en todo sentido es, por ejemplo, la quinta sinfonía de Beethoven. Es además altamente sugestiva desde el punto de vista oculto. Beethoven nos describe sus luchas con el destino, desde los tres primeros acordes que representan los golpes de llamada del destino, que se repiten con variaciones en el transcurso de la obra, hasta las notas finales que representan el triunfo del alma sobre ese mismo destino. En el primer movimiento, el alma se siente agobiada por los infortunios que el destino acumula sobre ella; solo se dejan vislumbrar fugaces destellos de esperanza; destellos de los cuales el compositor extrae las memorias de sus tiempos felices, de sus alegrías, que tan dulce y magistralmente, nos describe en el segundo movimiento. Este recuerdo fortalece el alma y cuando la tempestad retorna en el tercer movimiento, el alma fortalecida es capaz de luchar con ventaja y por fin vencer en toda la línea: ¿No es esto alentador para aquellos de nosotros que tenemos un ideal y que tropezamos con las asperezas del camino que algunas veces nos hacen desfallecer?

Otro ejemplo digno de análisis es la marcha fúnebre de Sigfrido. Wagner ha descrito de manera magistral la desesperación de una madre que se niega a ser consolada. Los sollozos y los gritos de desesperación se suceden y se alternan oprimiendo el alma, hasta que casi al final, se deja oír en la lejanía la melodía simbólica del alma de Sigfrido y la madre va poco a poco moderando su dolor, al comprender que su hijo es inmortal. La marcha termina suavemente sugeriendo la paz y tranquilidad de un mundo mejor.

La moraleja que deseamos desprender de todo lo dicho es que, para que el arte, en cualquiera de sus formas, llene cumplida y debidamente su misión, ha de procurar contribuir al progreso del mundo, despertando en la humanidad la aspiración a un estado mejor. Se nos ha dicho que la meta, que la humanidad ha de alcanzar en el actual ciclo de manifestación es el desarrollo del sexto sentido, la intuición; lo cual equivale a transferir nuestra conciencia al plano del alma, donde la fraternidad de todo lo viviente deja de ser un concepto intelectual, más o menos sentido, para convertirse en un hecho real y efectivo en la naturaleza.

El arte tiene un gran papel y puede hacer mucho para acelerar este ascenso.

Ahora contestando directamente la pregunta diré que el arte en su expresión ha de sugerirnos un progreso constante; nos ha de decir que las imperfecciones presentes no son más que etapas hacia una perfección cada vez más gloriosa. El artista por su parte debe ser capaz de elevarse sobre todas las miserias de la vida y desde este plano superior ha de mostrar el camino, aunque sea tomando como punto de partida las mismas miserias; pero cuidando de no dar la idea de que son lo único que el hombre puede esperar. En una palabra, parafraseando a nuestro inolvidable amigo Don Attilio Bruschetti hemos de recordar, artistas y no artistas, que somos Dioses que tratamos de perfeccionar y refinar nuestros vehículos; o sea, las herramientas que tenemos para poder expresar mejor la Vida divina que nos anima a todos.

Este pensamiento debería ser el inspirador de todo arte.

Tomado de “Teosofía”, revista española de Abril 1933, pág. 154.