Nacimiento, desarrollo y disolución del espejismo del ego

por Robert Linssen el 4 de Octubre de 2007

«Cuando cesa la fragmentación de la red de memorias acumuladas que forman el ego, una claridad nueva se realiza repentinamente. Desaparece la agitación mental y el estado de intervalo entre los pensamientos se extiende por sí mismo bajo la acción de una bendición interna de felicidad y de amor.» El Yoga Tibetano y las Doctrinas Secretas—W.Y. Evans-Wentz

La expresión «espejismo» es utilizada aquí intencionalmente a fin de provocar un choque capaz de sacudir las certidumbres de la casi unanimidad de los seres humanos concerniente a la realidad absoluta del mundo material y de su propia conciencia egocéntrica.

La palabra «espejismo» aquí, no designa una ilusión absoluta. El mundo material no es una ilusión absoluta; pero tal como lo enseñaban los antiguos Maestros de «la Vista Justa» [. . .] este mundo material con sus formas, sus variadas propiedades, interviene a título secundario y derivado respecto a una realidad fundamental, única y atemporal.

«El maya de las cosas nace en la mente humana», en otros términos: el mundo material no es una ilusión absoluta [No es que no exista en sí msmo.-LAHR], pero la ignorancia humana tiende a dar de este mundo material, nociones ilusorias [Al identificarse con él y considerarse ello.-LAHR]. Estas nociones ilusorias constituyen el espejismo.

La relación existente entre el «espejismo» del ego —formado por las memorias acumuladas— y la Realidad-Una, fundamental de las cosas y de los seres, puede ser explicada con ayuda de ejemplos concretos:

Un poco como la relación que existe entre el cuerpo y las vestiduras del ser humano. La Realidad-Una, fundamental, es el «cuerpo», y el conjunto de memorias acumuladas, en el seno de las cuales nace la prisión del ego, son los vestidos.

El drama, para el ser humano, es que el vestido externo se ha tomado a sí mismo por el «cuerpo».

Donde el «espejismo» es absoluto es cuando el vestido, es decir el conjunto de memorias acumuladas se toma por un ego, una entidad, y se considera como realidad fundamental a priori.

El ser humano teje desde el interior su «vestidura», el espeso carapacho de memorias de autoprotección.

Cuando el espejismo del ego se proclama con certeza y orgullo «yo» como único sujeto, en realidad comete una usurpación y una impostura.

Existe un «espejismo» absoluto no en los hechos sino en la interpretación errónea de los hechos, forjada por el pensamiento humano ignorante y condicionado.

Este error de interpretación tiene, sin embargo, consecuencias incalculables. En él se encuentra el origen de todos los sufrimientos humanos.

Esta constelación de millones de memorias confiere al ser humano la impresión de ser una entidad estable, dotada de una especie de solidez psicológica y de duración uniforme.

Así se elabora la conciencia del ego y el sentido de continuidad de dicha conciencia.

[. . .] Este sentimiento de entidad fija, esta continuidad, esta impresión de deslizamiento uniforme en la duración, experimentada por la conciencia del ego, son a la vez una ilusión y una prisión.
Tal como lo declara frecuentemente Krishnamurti: «lo que es continuo aprisiona».

La unanimidad de los seres humanos llamados normales, está enteramente prisionera del torniquete del tiempo, de la duración continua.

El ego se ha encerrado en una cáscara de protección de espesor considerable. En ella se han acumulado y concentrado millares de memorias con todo el devenir evolutivo, con sus fracasos, sus logros y sufrimientos.

Por este hecho, todos los seres humanos a pesar suyo, están aprisionados en una verdadera capa autoprotectora. No es exagerado comparar ésta con una especie de fortaleza protegida por espesas murallas de acero psíquico formada por el depósito de millares de memorias.

Y éstas, lejos de ser inertes e inactivas, son el origen de todas las iniciativas, a veces negativas del ego: deseo de poder, búsqueda de sensaciones, avidez, violencia, instinto de dominación, ambiciones varias.

Tales son los procesos que han llevado lenta pero seguramente a la condición de exilio psicológico del ser humano. En ello reside su carácter de individualidad única, aparentemente autónoma, libre, aislada.

Pero es también en esto donde se sitúa el origen de todas sus angustias, de sus temores, de sus servidumbres, de sus violencias y de todas sus desdichas.

La fase de estabilidad del ego puede ser dividida en tres etapas:

a) Nacimiento del «yo». Se trata de una fase pre-individual. El hombre no es todavía un individuo realmente humano en el sentido psicológico del término. Está enteramente identificado a la materia, a su cuerpo, a sus impulsos animales. Es un imitador que se encuentra a menudo en una situación de estricta dependencia con relación a los demás. [. . .] En los albores de la fase del sobrepasar al «yo», el ser humano toma conciencia de sus condicionamientos y de sus servidumbres. Percibe primero confusamente y luego con nitidez el sentido estrecho de sus límites.

b) Madurez del «yo». El hombre tiende a cierta autonomía, de imitador que era se vuelve creador; alcanza a traspasar el nivel de los impulsos animales y sensoriales, comienzan a integrarse las manifestaciones culturales y artísticas. [. . .] La «madurez del yo» es ilustrada a menudo por una afirmación violenta y agresiva del ego. Es una fase crítica, revolucionaria, que [. . .] precede y prepara una fase ulterior: la «disolución del yo» y de sus tensiones conflictivas.

c) Trascendencia del «yo» y disolución del ego. Esta fase es raramente evocada [. . .] por el hecho de que todos los valores [. . .] están basados en la realidad absoluta del «yo» y sobre la deificación del pensamiento.

Después de la acumulación de las memorias, cierta sobresaturación de éstas prepara la indispensable mutación, «el salto» y la toma de conciencia que desmorona las murallas de la fortaleza del ego.

Éste se vuelve consciente del carácter ilusorio de sus falsas identificaciones y discierne las comedias que desempeñaba inconscientemente consigo mismo por sus tensiones, por su fragmentación en diversas partes.

«Cuando comprendemos la completa estructura del dolor [la Personalidad.-LAHR] y por ese hecho le ponemos fin al mismo, existe la posibilidad de encontrar aquella cosa extraña que está en el origen de toda vida [la Presencia Monádica.-LAHR]. Cuando toda nuestra energía se ha inmovilizado completamente, se produce un movimiento original que es, por tanto, explosivo». – Krishnamurti.

La inmovilidad completa de «nuestra energía» evoca, evidentemente, la cesación de la empresa de la red de memorias acumuladas. El silencio interno que resulta de ello, nos permite escuchar las ultérrimas profundidades de nuestro ser y de todas las cosas. [Práctica de la Presencia: Definido y sostenido esfuerzo para percibir la Presencia (Monádica) en todas las formas del Universo. Esto podría expresarse en las palabras “el esfuerzo para aislar el germen o simiente de la divinidad, que han traído a la existencia todas las formas”.- DK]

«Cuando la mente y el cerebro están completamente silenciosos sin movimiento alguno, toda forma de ilusión, de influencia y de visión (por lo tanto de memorias), se han eliminado en absoluto y por lo mismo, en esa inmovilidad la totalidad de la mente irá más allá en el viaje para recibir lo que no es medible por medio del tiempo, lo que no tiene nombre, lo eterno, lo inmortal». – Krishnamurti

Para Krishnamurti, la meditación no tiene otra meta que la de tomar conciencia del funcionamiento de los propios pensamientos y de descubrir a qué grado el pensamiento no es más que memoria, así como la manera en que estas memorias acumuladas crean el sentimiento de continuidad que encierra a la unanimidad de los seres humanos en el torniquete del tiempo y de la duración continua.

¿Qué entendemos por continuidad? El instante es nuevo, pero es absorbido por lo viejo y es así como se forma la cadena de la continuidad. [. . .] ¿Puede lo nuevo realmente existir como tal? Si lo nuevo es reconocido por lo viejo (las memorias), ¿sigue siendo nuevo?

Lo viejo, las memorias, sólo puede reconocer su propia proyección y pretender que es nuevo, pero esto es falso. Lo nuevo no es reconocible: es un estado de no-reconocimiento, de no-asociación, en el cual toda identificación es imposible. – Krishnamurti

Krishnamurti evoca el estado de no asociación, de no recognición. Se trata del fin del proceso del «ego», en expansión, de la ruptura de sus acumulaciones memoriales en el plano psicológico, y por consiguiente, del fin de los procesos de selección.

El «soltar presa» y la cesación de las avideces del «yo» sugeridas por el instinto de conservación del «hombre viejo» o de las memorias acumuladas [a través de la Práctica de la Atención.-LAHR], permite a la Realidad Fundamental [al permanecer en Serena Expectación.-LAHR] expresarse libremente en el ser humano, psicológicamente transparente [perfectamente adaptable.- LAHR] y disponible.

[. . .] El Hombre Despierto —teniendo a su disposición las memorias naturales indispensables a la prosecusión de su vida concreta, se ha liberado completamente de la sujeción de sus memorias. La liberación de dicha sujeción se realiza al estar disponible para las formas de energías espirituales, así como a dimensiones más profundas y fundamentales que las del espejismo del ego.

El «Pecado Original» evoca la equivocación del pensamiento en la red de memorias acumuladas, las que, en vez de desempeñar el papel de simple función y de instrumento, se consideran como una entidad. La «vestidura se toma por el cuerpo.»

El Bautismo que libera del «Pecado Original» evoca la inmersión en el Océano de la Luz Clara Primordial o «Esencia Pura».

Liberado de la ilusión del ego y de la constelación de las memorias que forman el «Hombre Viejo», el ser humano «nace de nuevo en espíritu» y «muere a sí mismo», no física, sino psicológicamente. La habitual identificación al «espejismo» del ego desaparece y cede su lugar a la única Realidad Fundamental.

A este nivel y solamente este nivel, es donde reside la más esencial «práctica»:

Si hemos comprendido esto profundamente, ¿existe aún una razón por la cual deberíamos de vivir en la sugestión de una identificación con un yo psico-somático, que vemos claramente que no es lo que somos?

¿Acaso no hemos realizado que un «yo» es sólo un objeto, perceptivo y conceptual y que no podría ser lo que somos?

¿No podríamos vivir libres, simplemente, sin abandonar nuestras asociaciones de toda la vida, aunque ahora sin apego afectivo? ¿No podríamos ir desempeñando nuestro papel en el juego de la vida diaria como el actor lo hace con la suya, viviendo su «propio sueño viviente » cotidiano, simple y dignamente, pero sin identificamos con él o sin tomarlo en serio? Ya no existirán la envidia, el odio y la malicia ni la venganza nos parecerá deseable; seremos invulnerables y sabremos por qué . . . «El amor y el odio serán reemplazados por una bendición universal manifestada como bondad y compasión hacia el mundo a nuestro alrededor al que reconoceremos como siendo nosotros mismos».

Podemos considerar esto simplemente como el hecho de vivir noumenalmente en vez de vivir fenomenalmente.

Sólo nos queda el vivir noumenalmente, y esto implica una lucidez que no sea consciente de sí misma y que no tiene lugar para el concepto.

Hagamos esto. ¡ Vivamos gozosamente! Ciertamente que somos libres para hacerlo.

«Vivir libre» es ser como uno realmente es. Esta es la única verdadera «práctica». – Wei Wu Wei

En realidad, no hay «pensador». Seguramente todos los seres humanos tienen el sentimiento de ser una entidad estática y continua. De hecho, sólo existe una sucesión extraordinariamente rápida y compleja de pensamientos que no son más que memorias. El desarrollo rápido de estos pensamientos da a los seres humanos la impresión de una conciencia que se desliza uniformemente en la duración. Pero esta impresión de continuidad es ilusoria.

Según el Budismo Tibetano, la meditación no consiste en ahuyentar los pensamientos por un acto de voluntad, sino a verlos simplemente, sin la intevención de juicios de valores, los que no son más que memoria. La divisa [. . .] no es el huir, sino resolver con un enfrentamiento supremamente atento.

Cuando cesa la fragmentación de la red de memorias acumuladas que forman el ego, una claridad nueva se realiza repentinamente. Desaparece la agitación mental y el estado de intervalo entre los pensamientos se extiende por sí mismo bajo la acción de una bendición interna de felicidad y de amor.

«Este arte de alcanzar la Liberación por el simple reconocimiento de los pensamientos, gracias al cual se adquiere la comprensión de la naturaleza inseparable de aquél que abandona la mente y de la cosa abandonada (el pensamiento) se llama “Esencia de la Práctica del Sendero Sublime”».- El Yoga Tibetano.

«La Prática del Sendero Sublime» [. . .] se completa con la «Doctrina de la Luz Clara»:

El obstáculo para la realización experimental de esta Luz Clara [la Luz de Buddhi como vehículo de Atma.-LAHR], está formado por la pantalla opaca constituida por las memorias acumuladas. Estas han construido una verdadera concha psíquica impenetrable.

La experiencia de la Luz Clara espiritual no puede realizarse sin un silencio mental que permite a los estados de intervalo que existen entre los pensamientos el revelarnos las riquezas de luz, inteligencia pura y de amor que se encuentran más allá del pensamiento.La realización de la Luz Clara puede efectuarse [. . .] por medio del silencio mental auténtico resultante de la toma de conciencia de la unidad del sujeto y sus pensamientos o por la toma de conciencia de la unidad del sujeto-observador y lo «objetos-observados». ¿Por qué? — Porque esta toma de conciencia, si se vive verdaderamente, permite la irrupción de una cualidad superior de atención supra-mental y de una felicidad que liberan Ser humano de la agitación mental formada por la pantalla de la continuidad de conciencia.

[. . .] La mente debe ir libre de todo pensamiento. Esta oportunidad sólo puede presentarse a los seres humanos que hayan realizado un mínimo de toma de conciencia y de serenidad «en lo profundo».

Libro completo: Nacimiento, desarrollo y disolución del espejismo del ego