El hombre común espiritualmente orientado

por Djwhal Khul el 27 de febrero de 2001

El hombre común espiritualmente orientado, el hombre de buena voluntad y el discípulo, siempre son conscientes del desafío de la época y de la oportunidad que pueden ofrecer los acontecimientos espirituales. El deseo de hacer el bien y de llevar a cabo fines espirituales se agita incesantemente en sus conciencias. Quien ama a sus semejantes y sueña con la materialización del Reino de Dios en la tierra, o es consciente del despertar –por lento que sea– de las masas a los valores espirituales superiores, se siente totalmente insatisfecho. Se da cuenta que ha contribuido muy poco para lograr esos objetivos deseables. Sabe que su vida espiritual es secundaria y la guarda cuidadosamente para sí, temiendo frecuentemente hablar de ello a sus seres queridos y allegados; trata de ensamblar sus esfuerzos espirituales con su vida común y externa, de hallar tiempo y oportunidad para ello, en forma apacible, fútil e inocua. Se siente inerme ante la tarea de organizar y reajustar sus asuntos, para que predomine el modo espiritual de vivir; busca excusas y oportunamente razona con tanto éxito que llega a la conclusión de que, dadas las circunstancias hace todo cuanto puede. La verdad es que lo que hace es tan poco, probablemente una hora, quizás dos, de las veinticuatro del día, abarque el tiempo que le dedica al trabajo del Maestro; se escuda detrás del argumento de que las obligaciones del hogar le impiden hacer más, y no se da cuenta que, con tacto y comprensión amorosa, el ambiente hogareño puede y debe ser el campo donde él triunfe; olvida que no hay circunstancias en las que el espíritu del hombre pueda ser vencido, o en que el aspirante no pueda meditar, pensar, hablar y preparar el camino para la venida del Cristo, siempre que tenga suficiente interés y conozca el significado del sacrificio y el silencio Las circunstancias y el medio ambiente no constituyen un verdadero Obstáculo para la vida espiritual excuse tras el pretexto de tener poca salud y con frecuencia ciertas enfermedades imaginarias. Dedica tanto tiempo al cuidado de sí mismo, que el que podría dedicar al trabajo del Maestro es muy reducido; está tan preocupado con su cansancio, su resfrío y sus imaginarias dificultades cardíacas, que su “conciencia del cuerpo” se desarrolla constantemente hasta que con el tiempo domina su vida; entonces es demasiado tarde para hacer algo.

Esto ocurre especialmente con las personas que han llegado a los cincuenta años o más. Difícilmente dejarán de dar esta excusa, porque se sienten cansados y doloridos, y en el transcurso de los años esto tiende a empeorarse.

El único remedio para esta inercia progresiva es ignorar el cuerpo y sentir alegría en la vivencia del servicio. No me refiero a enfermedades definidas o a serios impedimentos físicos; a éstos se les ha de dedicar el cuidado y la atención debidos; me refiero a los miles de hombres y mujeres que se quejan y preocupan de cuidarse a sí mismos, desperdiciando horas que podrían dedicarlas a servir a la humanidad. Aquellos que tratan de hollar el Sendero del Discipulado deberían dedicar las incontables horas malgastadas en un inútil cuidado de sí mismos, a servir a la Jerarquía.

Otra excusa que conduce a la inercia es el temor que tiene la gente de hablar acerca de las cosas del Reino de Dios; teme ser desairada o considerada anormal e intrusa. Por lo tanto, guarda silencio, deja pasar la oportunidad y nunca se da cuenta de cuán dispuesta está la gente para tratar las realidades, debido al consuelo y la esperanza que proporciona la idea de la reaparición del Cristo o de compartir la luz espiritual. Esta es esencialmente una especie de cobardía espiritual, y está tan difundida que es responsable de la pérdida de millones de horas de servicio mundial.

Hay otra excusas, pero las mencionadas son las más frecuentes; liberar a la mayoría de las personas de tales condiciones obstaculizadoras aportaría al servicio de Cristo tantas horas y esfuerzo complementario, que la tarea de los que no presentan excusas se vería muy aliviada y Su venida sería mucho más inmediata. No nos concierne la dilucidación del ritmo de vida bajo el cual actúan el Cristo y la Jerarquía espiritual, ritmo que vibra en armonía con la necesidad humana y la respuesta espiritual. Lo que nos concierne es demostrar la cualidad de la actividad espiritual, sin amparamos detrás de la excusa. Es de principal importancia que toda persona espiritual sepa que puede y debe trabajar en el lugar en que se encuentra, entre las personas con las que está asociada y con el bagaje psicológico y físico que posee. No hay coerción ni presión alguna en el servicio que se presta a la Jerarquía. La situación es clara y simple.

El Destino de las Naciones: pp. 144-146

Psicología Esotérica I: pp. 510-512