Vicente Beltrán Anglada en Karma-7

por Vicente Beltrán Anglada el 2 de Septiembre de 2001

Introducción

Nuevamente se me ofrece la oportunidad de establecer contacto con Uds., amigos lectores de KARMA-7, a través de estas páginas en las que trataremos conjuntamente de profundizar en el conoci­miento de ciertos niveles en nuestra vida psicológica, habitualmente veladas o desconocidas por su propia y particular trascendencia.

Mi primer escrito en KARMA-7, bajo el título «El Viaje Astral», en «páginas del Lector», motivó una serie de consultas por escrito y alguna que otra visita de carácter personal, dado que el tema era realmente interesante y sugestivo desde muchos puntos de vista, y permitía entrever aspectos superiores e inéditos de nuestra vida espiritual. Debo confesar, sin embargo, que tal artículo y por causas ajenas por completo a mi voluntad, apareció fragmentado quedando en la penumbra muchas ideas que hubiesen permitido una mejor aclaración y profundidad del tema referido. Estoy persuadido que son muchos los lectores de KARMA-7 realmente interesados en todos aquellos temas cuya cualidad específica contiene una cierta medida de misterio y parece velar algunas regiones habitualmente ocultas al investigador sincero de los niveles ultrafísicos del ser humano.

Nuestra vida, esta vida tan exquisitamente maravillosa, oculta realmente un mundo de misterios, de los cuales algunos de los más inmediatos y asequibles son aquellos actualmente en estudio por parte de la Ciencia Parapsicología. Pero, hay que advertir que esta Ciencia, como todas las Ciencias, incluido el Esoterismo, no consti­tuyen Metas en sí sino el permanente punto de partida para toda serie de investigaciones acerca del ser humano y de su íntima vincu­lación con el Cosmos.

Con respecto a la Ciencia Esotérica podríamos decir que pretende aclarar todo posible Misterio en relación con esta vinculación cósmi­ca y tratando de relacionar a la Entidad humana con todo cuanto vive y alienta en nuestro planeta, en nuestro Sistema Solar y en el conjunto de Universos del cual nuestro Universo es una pequeña parte. Con respecto a este estudio o a esta serie de investigaciones, que una vez emprendidas ya no pueden culminar jamás, quizás será útil advertir que no se trata de conquistar algo o de pretender un crecimiento superior al normal, sino simplificar la mente del peso del conocimiento meramente intelectual que tanto ha frenado en el curso del tiempo el vuelo audaz del pensamiento metafísico. Esto no significa naturalmente que la mente deba dejar de ser científica, sino que el interés científico de la investigación habrá abierto dentro de la mente más elevadas y suntuosas perspectivas.

Algo que debemos tener en cuenta también en lo que se refiere a nuestra investigación esotérica es el significado del oculto axioma hermético de que… «el que ve y sabe no discute». Quiere significar concretamente que si una persona llega a vivir plenamente una experiencia de carácter espiritual no la considera «materia de especulación o de discusión intelectiva». De ahí el carácter hermético del INICIADO que vive sumergido en un profundo, expectante y religio­so silencio extraído del más remoto y desconocido nivel de su esplendorosa vida psicológica.

Hay que decir, finalmente, que los frutos del conocimiento esoté­rico y de su consecuente experiencia en el devenir cotidiano han de convertir al investigador en un agente realmente social en el dilatado mundo de las relaciones humanas. Pretender otra cosa seria caer en los oscuros laberintos del interés personal y de las apetencias egoístas del ser.

Bien, creo que estos pequeños razonamientos emitidos a modo de introducción indicarán a Uds. la actividad esotérica que podría ser emprendida conjuntamente y a través de KARMA-7 y las líneas de intimidad espiritual y de compenetración mental que podrían ser establecidas surgiendo de unas bases comunes de amor al Misterio y de culto científico a los hechos corrientemente no comprendidos de aquello que ocurre dentro y fuera de nuestra compleja vida psi­cológica. Estas líneas de actividad, atentamente seguidas dentro de un espíritu realmente investigador deberían rebasar ampliamente el campo concreto de lo inmediato y profundizar audazmente en el estudio de las Metas más lejanas hundiendo la mente en el destino de lo Cósmico de cuyo glorioso contenido formamos parte. Este es, no lo duden, mi sincero anhelo, la expresión de mi más ferviente voluntad de ser y de compartir.

Tabla de contenido

Conversaciones Esotéricas

La sensibilidad humana

==> CE: La sensibilidad humana

Las Grandes Líneas de Acercamiento Humano. Sensibilidad Social

La Sensibilidad a las Cosas

El Acercamiento Divino o Sensibilidad al Yo espiritual

Barcelona, 23 de enero de 1975

Sobre los Mensajes Psíquicos

==> DSD: La utilización de los poderes mágicos

Recta ciudadanía

Acerca de la intuición

Creatividad

La atención el mejor de los Yogas

La conquista de la propia singularidad

¿Hay atención en el verdadero amor?

Razones humanas y móviles universales

Páginas Esotéricas

Acerca de los poderes psíquicos

Krishnamurti y su Mensaje

Acerca del fenómeno del sueño

Un viaje al futuro

==> MEE: Un viaje al futuro

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Conversaciones Esotéricas

La sensibilidad humana

==> CE: La sensibilidad humana

Nuestra conversación de hoy se centrará en el aspecto psicológico de la sensibilidad humana, teniendo en cuenta que siendo esta con­ciencia psicológica el resultado de las energías provenientes de los tres planos de vida y existencia conocidos, es decir, el mental, el emocional y el físico, deberá tener también tres zonas bien delimi­tadas en la vida del ser humano. Habrá pues una sensibilidad de tipo mental al pensamiento, una emocional en orden al sentimiento y una sensibilidad puramente física que depender del correcto funciona­miento de los órganos que constituyen su estructura más o menos densa.

Tenemos así en el ser humano tres amplias zonas de sensibilidad con tres grandes corrientes de energías circulando entre ellas y produciendo en sus diversas interacciones los distintos tipos psico­lógicos, así como construyendo las bases del destino humano en sus infinitas modificaciones kármicas. Hay, sin embargo, una cuarta co­rriente de energía, o una nueva zona de sensibilidad abierta para toda la Raza, pero que sólo utilizan las personas de mente muy desa­rrollada y de corazón abierto a las necesidades colectivas o sociales. Esta corriente de energía y la zona donde converge y se expansiona constituye aquello que corrientemente denominamos «vida espiri­tual». Constituye el máximo centro de atención de las personas recta­mente orientadas y es la Meta de las aspiraciones más elevadas de la Humanidad. Hay, así, cuatro grandes zonas de sensibilidad huma­na que deben ser progresivamente conquistadas a fin de consumar aquello que en lenguaje esotérico se define como «un ciclo de evolu­ción mundial», y cada uno de los seres humanos deberá ser respon­sable de la parcela, o parcelas particulares de cumplimiento que le corresponden dentro de las ilimitadas zonas de sensibilidad humana que forman parte de la gran conciencia planetaria. Así, por grados de sensibilidad avanza la humanidad por el Sendero del Cumplimiento, único camino, en verdad, que le capacita para ultimar el proceso kármico de su vida aquí en la Tierra.

Hay un «Centro de Sensibilidad Cósmica» definida esotéricamen­te EL CORAZÓN DE DIOS, hacia el cual aparentemente gravitan las humanidades de todos los planetas dentro de este Sistema solar «donde vivimos nos movemos y tenemos el ser» y desde donde se proyectan las energías del Amor, sustancia creadora de nuestro Uni­verso. El motivo esencial de la vida de todo ser humano es este Centro cósmico de Amor y la energía que del mismo dimana pro­duce la SENSIBILIDAD, el estimulo supremo de la evolución; pu­diendo ser catalogadas todos las conciencias, o almas, dentro del planeta o dentro del ámbito solar por su grado de acercamiento a la Vida cósmica, o sea, por su sensibilidad a lo más elevado, En lo que al ser humano concretamente se refiere, la expansión de esta sensi­bilidad innata del corazón que se propaga y extiende a todo su equi­po psicológico y a todos los niveles de percepción y de contacto, se la define como fraternidad, la unión de todos los motivos esenciales del amor en un solo corazón. El magnetismo que surge de la aplica­ción de la sensibilidad innata en todo corazón que late y que vive, produce el misterio de la Creación. La Creación — tal como corrien­temente la conocemos —- no es esencialmente mental en lo que res­pecta a nuestro Universo, aun cuando sea la Mente la que prepara y confecciona sus ocultos diseños y arquetipos, sino que es la vida del corazón en un potentísimo e indescriptible impulso de Amor la que introducida en la Mente la capacita para crear. La Imaginación creadora, sobre la cual se hace tanto énfasis no es una cualidad de la mente sino una función viva del Corazón. De la misma manera, SHAMBALLA, que a la percepción esotérica aparece como el máxi­mo centro de actividad creadora en nuestro planeta y donde son manipuladas las energías ígneas del primer Rayo no es sino la cen­tralización del más elevado aspecto del Amor, expresándose como Voluntad y como Poder, es decir, el resultado de la recepción y proyección de la Sensibilidad cósmica, o del Amor universal. Igual ana­logía puede ser aplicada a todos los planetas del Universo, sea cual sea la corriente de energía de Rayo que caracteriza a su Logos re­gente y que condiciona su evolución; el Amor del Corazón que surge de aquel infinito Centro de proyección magnética está en la base de todas sus creaciones, siendo cada uno de los Siete Rayos, o corrien­tes vitales de energía cósmica, sólo simples modificaciones o cuali­dades magnéticas que surgen de aquel indescriptible Centro univer­sal de segundo Rayo, el del Amor y de la Sensibilidad, que vivifica todo el Sistema solar y sensibiliza cualquier tipo de vida y de con­ciencia dentro de sus dilatados confines.

La sensibilidad evoluciona, a igual que la conciencia, a la bús­queda de los Bienes inmortales. Su grado de acercamiento a los mismos indica siempre la calidad de un Misterio, siendo éste alguna posible Meta iniciática para el ser humano, un objetivo inmediato cumplido y la apertura de un ilimitado campo de observación al final del cual, allá en el lejano horizonte, se intuye, más bien que se percibe, una Meta todavía más lejana y más sublime. Por el cumpli­miento de la Ley, entendiendo por Ley la observancia del principio causal de Servicio y Sacrificio, se avanza hacia aquella lejana Meta y se van conquistando todos los poderes imaginables en el orden psí­quico y en el espiritual y el grado de sensibilidad a los mismos deter­minará una condición psicológica de polarización o gravitación hacia alguno de aquellos centros de enfoque, creando zonas de interés vital, espiritual o psíquico.

La humanidad corriente se mueve inducida mayormente por im­pulsos espontáneos dictados por las necesidades inherentes a su vida psicológica. El límite de sus observaciones y las fronteras que limitan su sensibilidad a la vida espiritual crean las necesidades de carácter inmediato. La lucha se centraliza en el campo emocional, en aquellas zonas de actividad en donde el deseo y la mente tratan de resolver el proceso kármico y hallar adecuadas soluciones a los múltiples problemas que surgen del cotidiano vivir. Esotéricamente podríamos decir que se trata de actividades kama-manásicas, es decir, condu­cidas por la doble actividad de la mente intelectual o concreta y la fuerza incentiva del apremiante deseo de lo inmediato. Un clamor de aspiración superior se eleva, no obstante, del centro oculto de esta humanidad corriente originando unos remolinos de luz que son observados atentamente por los Responsables planetarios del Reino humano ya que les indican, sin lugar a dudas, que un grupo de seres humanos empieza a ser sensible a la vida interior y a extender su visión a metas más lejanas dentro de los confines de su vida psico­lógica.

Tales remolinos de luz dentro de la gran masa de actividad kama-­manásica indican también ciertos puntos de crisis dentro de la hu­manidad orientados a aspectos superiores de la mente. El individuo que se halla en el centro de alta tensión dentro de estos remolinos de luz y está luchando por emerger a la superficie, está guiado por una intención superior y aspira a otro género de sensibilidad que la que constituye la meta de acción inmediata de la gran mayoría de seres humanos.

Así, cuando en los diferentes tratados esotéricos se nos habla de Iniciación, se nos está informando acerca de esta expansión de con­ciencia en busca de «más luz», lo cual indica también que la sensi­bilidad mental, emocional y aun física se está abriendo progresiva­mente a las corrientes inmortales de la Luz del Cosmos. A partir de esta inevitable «búsqueda de luz y de sensibilidad» se le abren al discípulo en entrenamiento espiritual unas zonas bien delimitadas de cumplimiento universal realmente impresionantes. Es como si avizo­rara desde su lugar o punto kármico en el tiempo, su punto ALFA, podríamos decir, el centro OMEGA de su destino creador, un destino que comparte —salvo las distancias y las proporciones cósmicas— con todos los Dioses que ejercitan su Poder creador sobre mundos y sobre Sistemas solares.

En nuestros estudios esotéricos y refiriéndose concretamente al discípulo en entrenamiento espiritual se insiste frecuentemente en la capacidad que va adquiriendo éste de obtener más luz dentro de su vida y se le va observando, desde el ángulo espiritual, o ashrámi­co, de acuerdo con el tipo de luz que se localiza principalmente en ciertas zonas de la cabeza desde donde al parecer va irradiando o se va expandiendo en forma de ondas concéntricas que se extienden des­de unos pocos centímetros a varios metros. Esta localización de la luz causal, o aquella «Luz en la cabeza», le indica al Maestro el grado de sensibilidad de un discípulo a las zonas causales de donde emana la Luz del Alma. Esta sensibilidad, de carácter iniciático es, a su vez, el centro mágico de atracción de un sinnúmero de elementos dévi­cos o angélicos coexistentes con la luz del éter a quienes la tradición esotérica denomina «los ángeles del silencio» y también «los ángeles de la Luz». Tales devas son luz y viven en la luz, y absolutamente conocedores de sus múltiples expresiones, son los colaboradores del discípulo, sin que éste se dé generalmente cuenta, en su trabajo espiritual de crear el «ANTAKARANA», o «Puente de Arco Iris», que se extiende desde el centro del entrecejo o chacra Ajna al centro de la cúspide de la cabeza o chacra Sahasrara, hasta culminar en deter­minados estadios de su vida iniciática en ciertos núcleos de luz cós­mica que deben ser liberados dentro del Loto de Mil Pétalos, expre­sión mística que define el centro superior de la cabeza. Antakarana es también expresión de fusión o de contacto de los deseos humanos con los móviles divinos, o Voluntad del Creador, es el enlace magné­tico que unifica el mundo material con el Reino espiritual. Siempre hubo este enlace magnético; de no ser así no hubiera existido posi­bilidad alguna de evolución ni existencia, pero al llegar a un deter­minado punto en la vida de cualquier discípulo espiritual, tal enlace toma un carácter objetivo y los tramos de luz que van surgiendo pro­gresivamente dentro de la cabeza por el esfuerzo combinado de la voluntad del discípulo y de la colaboración dévica, hasta que la fu­sión de las energías de la personalidad y del Alma sea completa, to­man el nombre místico de Sendero.

Sendero indica pues, en todos momentos y en todas las situacio­nes, «grados de sensibilidad a la Luz» y la culminación del mismo se pierde en los insondables abismos del Cosmos Absoluto, ya que exis­te un engarce magnético entre todas las almas que pueblan los dis­tintos e incontables Universos, de la misma manera que existe una unión indestructible a través del éter, de todos los elementos vitales y sustanciales cuyas expresiones naturales son la creación de todas las formas objetivas de no importa qué planeta, qué estrella o grupo de estrellas o constelaciones siderales.

Hablar esotéricamente de sensibilidad es investigar aquella esen­cia de relación que marca el destino de la Gran Fraternidad Cósmi­ca, es hablar del ÉTER como substancia íntima de vinculación, al igual que un organismo humano subsiste por efecto de las grandes corrientes de vida etérica, las cuales impulsan la respiración y la circulación de la sangre, llevando la Vida divina a todos y cada uno de los órganos, células y moléculas que en su interdependencia cons­tituyen tal organismo.

En alguno de los antiquísimos tratados esotéricos acerca de la vida espiritual se nos dice que «EL ÉTER ES LA SANGRE DE LOS DIOSES» y que sus Voluntades, o sus Egos, utilizan dicho vehículo para llenar de Vida sus particulares Universos, así como para esta­blecer contacto social —si puedo expresarme así— con las demás Entidades psicológicas creadoras de mundos y de Sistemas de Mun­dos. Es investigando esta relación misteriosa de todos los Dioses creadores a través del ÉTER substancial, fluido magnético del Cos­mos, que podemos llegar a tener una razonable idea de lo que es FRATERNIDAD, por Leyes de relación o por Hermandad cósmica. Siempre habrá unos centros de expansión o de irradiación en cual­quiera de los puntos vitales del Cosmos y centros de recepción a los mismos, estableciéndose así grandes corrientes de afinidad o de sen­sibilidad que nuestra mente es incapaz todavía de percibir ni de comprender. La investigación esotérica de tales corrientes, además de darle un sentido positivo y alentador a nuestros estudios, nos demostraría quizás que la conocida sentencia esotérica, o axioma her­mético, «…LOS MUNDOS SON SOLIDARIOS», tiene una base fun­damental de unidad y de fraternidad. A partir de ahí, cualquier gran motivación cósmica puede ser localizada en nuestro corazón y dar­nos la exacta medida de nuestro Ser, o del Yo espiritual, causa pro­motora en su esencia inmortal de tales motivaciones, que unifican y fusionan la pequeña vida humana con la Vida infinita del Cosmos absoluto.

De idéntica manera, este mágico sentido de solidaridad y frater­nidad se demuestra en la Ley de evolución de los Reinos de la Natu­raleza los cuales, según el mismo dictado hermético, vienen a ser como perlas engarzadas las unas con las otras por medio de un hilo sutilísimo de luz creado y vivificado por la propia Mónada, o Espíritu del Logos planetario quien, a su vez, vivifica todo su Esque­ma evolutivo en virtud del enlace magnético de Su vida con la Vida del Logos solar. La Ley de vinculación cósmica cuyo secreto es SENSIBILIDAD se extiende, así, desde el más elemental núcleo atómico a la más esplendente galaxia, y a medida que el espacio se va llenando de mundos y de Sistemas en movimiento se aprecia cada vez más el sentido claro de la ley social de relación que le permite al Ser espiritual existir en las más alejadas dimensiones de su Vida esencial.

Bien, esta idea de sensibilidad que estamos tratando de desarro­llar en nuestra conversación de hoy, pese a que la hayamos situado en las más elevadas zonas de cumplimiento universal, debe quedar concretamente establecida en nosotros de tal manera que inexorable­mente nos induzca a la acción social, entendiendo por acción social aquella aproximación natural y sin recelo al corazón del prójimo.

Las Grandes Líneas de Acercamiento Humano. Sensibilidad Social.

La acción social, desde el ángulo de vista de la sensibilidad, de­berá expresarse naturalmente por grados de acercamiento humano. La civilización y la cultura de los pueblos de la Tierra demuestran los grados o medidas de sensibilidad cósmica que pudo ser intro­ducida en el ambiente o contexto social, por medio de individuali­dades «altamente sensibilizadas». Cuando en nuestros estudios eso­téricos analizamos la vida del DISCÍPULO, del Miembro de un Ash­rama, lo hacemos siempre en términos de sensibilidad y acercamien­to, es decir, de sensibilidad a la luz y de acercamiento humano, siendo ambas virtudes consubstanciales y no pudiendo existir la una sin la otra. Así, el término INICIACION que indica «cumplimiento social» en el más amplio significado del término, es el resultado del esfuerzo combinado de aquellas dos virtudes anteriormente seña­ladas, o la culminación en alguna remota y desconocida área del ser, del contacto supremo y del equilibrio natural entre la razón y el amor, la mente y el corazón, la sensibilidad y el acercamiento huma­no, siendo la expresión de tal equilibrio el servicio creador.

El Servicio, o motivo supremo de actividad espiritual, es, tal como esotéricamente se nos ha explicado, «un instinto natural del Alma», ya que el destino de cualquier Alma al tomar un cuerpo de manifestación, lo hace siempre siguiendo un destino que le es pro­pio, de amor y sacrificio. Todos los seres humanos que a través del tiempo «amaron y se sacrificaron por sus hermanos», en no importa qué nivel, en qué campo, en qué tiempo de historia y en qué tipo de sociedad humana a través de las edades, fueron o son discípulos de los Maestros, pertenecientes a alguno de los Ashramas de la Jerar­quía en sus distintos Rayos demostrando sensibilidad y acercamien­to en sus vidas, o sea, servicio creador. En otro nivel, pero siguiendo las inmutables leyes de acercamiento que rigen la evolución social de la humanidad, todos los seres humanos que en alguna medida se esfuerzan, trabajan y luchan por los demás, olvidados de si mismos en el gozo supremo de la acción social, demuestran sensibilidad al Alma y cumplen con su deber como almas preparando el camino de su Iniciación como discípulos en el corazón del Maestro. De ahí la gran confianza de la Jerarquía en la Humanidad, sus solicitudes y desvelos en favor del gran «discípulo mundial» como un todo el cual, pese a las aparentes contradicciones y fracasos en el orden social, tiene un corazón sensible y trata de ser correcto en sus relaciones con los demás. En el fondo de todo ser humano subyace la gloria de la acción social y del acercamiento humano; su expresión dependerá del desarrollo de su sensibilidad natural por medio de la actividad de su centro cardíaco. La sensibilidad humana es cosa del corazón, de la misma manera que la conciencia es cosa de la mente a medida que evoluciona ésta por medio de la actividad del centro del entre­cejo. Ambos centros, en su mutua interdependencia constituyen los motivos esenciales y espirituales del ser humano en la vida, y a medida que ambos centros se unifican mediante el esfuerzo, el ser­vicio y la renuncia a los bienes materiales, se desarrolla en el indivi­duo el gran centro coronario —llamado ocultamente «Loto de Mil Pétalos»— y el surgimiento progresivo de «la luz en la cabeza» a la cual nos hemos referido anteriormente, cuya expresión mística abre el Sendero de la Iniciación, o acercamiento al Corazón de la Divinidad.

Vean Uds., pues, cómo el acercamiento humano es, en realidad, el acercamiento divino, habida cuenta de que los corazones humanos están misteriosamente conectados entre sí y unidos al Corazón de la Divinidad por una especie particular de fuego o electricidad cuya intensidad aumenta con el creciente ritmo de la evolución planetaria y el esfuerzo combinado de muchos seres humanos rectamente orien­tados por un propósito espiritual y sensibilizados por su permanente deseo del bien.

La Sensibilidad a las Cosas

Como comprenderán, «el acercamiento humano» vino precedido por un acercamiento instintivo —podríamos decir— a las «cosas de la vida». Desde el principio de los tiempos el hombre se sintió impe­lido a la acción social, aunque condicionado siempre por el afán o el deseo de lo inmediato. Esta sensibilidad a las cosas creó el MAYA de su propia vida, las raíces del Karma, el apego a los valores mate­riales, el desarrollo de los sentidos y el surgimiento de la mente. El intelecto —tal como lo conocemos actualmente— es un efecto de la sensibilidad a las cosas que desarrolló el hombre primitivo y que aún perdura en nuestra sociedad moderna. Los motivos del deseo, el incentivo de la conquista y la acumulación de los valores materiales crearon aquella conciencia o sentido del «yo» que propició el surgi­miento de la mente en lo profundo del cerebro embrionario del hom­bre primitivo. Los pequeños puntos de luz o de fuego que se iban encendiendo dentro de aquel cerebro primitivo crearon las bases de un acercamiento natural a la luz del entendimiento que los Ángeles Solares, o los Prometeos del Cosmos, guardaban celosamente en los altos niveles del Sistema solar para concederlos a todos aquellos que realmente estuviesen preparados para contenerla y que hubiesen pronunciado, esotéricamente hablando, determinada nota invocativa.

Cuando en los altos estudios esotéricos se nos habla de la obra mística de los Ángeles Solares, se nos dice que su misión es «iluminar el camino de los hombres» hasta que éstos sean capaces de evocar su propia luz por efecto de un creciente acercamiento causal, y esta realidad viene corroborada por la verdad reconocida de que sensi­bilidad, luz y acercamiento humano son términos sinónimos que deben ser convenientemente interpretados a medida que vayamos introduciéndonos en zonas cada vez más profundas de nuestra natu­raleza psicológica. Iremos observando, mediante este proceso de intravisualización, que todo es luz, conciencia y sensibilidad y que a cada expresión de sensibilidad le corresponde una zona específica de luz y un motivo creador a desarrollar. La estructura de la conciencia humana se levanta pues sobre una base de sensibilidad, pudiendo señalarse así, de acuerdo con la enseñanza esotérica, que la sensibilidad a las cosas produce la luz de la mente y que la sensibilidad a los demás seres humanos determina la luz del corazón, aquel tipo de luz cósmica que es el fundamento del amor tal como se expresa en nuestro Universo. La conciencia humana podría expresarse simbóli­camente como una esfera luminosa con tres tipos de luz: una demostrando la luz de la mente, otra demostrando la sensibilidad del corazón y la tercera que emana del centro más profundamente espi­ritual que todavía no ha sido convenientemente invocada por la gran mayoría de seres humanos y cuya misión es unificar las dos luces, de la mente y del corazón, creando un nuevo tipo o cualidad de luz que sólo está al alcance del verdadero Iniciado. A partir de este punto estamos introduciéndonos ya en una zona de alta sensibilidad espiritual, estamos penetrando en los llamados Misterios del Reino (la Iniciación, con todo cuanto ésta comporta para el entrenado dis­cípulo) y en la comprensión real del destino divino del hombre aquí en la Tierra. Se trata de descubrir entonces esta luz esencial que brota de lo profundo del ser y trata de adueñarse del alto secreto de la vida de Dios dentro del corazón humano. Hablamos definida­mente del Misterio de Unión y Participación, de aquel supremo estado de sensibilización cósmica que bien podríamos definir de Gloria en el Padre.

El Acercamiento Divino o Sensibilidad al Yo espiritual

Se trata del descubrimiento y no de la conquista (tal como erróneamente exponen ciertos tratados pseudoesotéricos) de los la­zos místicos de unión que vinculan a Dios el Creador con esta expre­sión de conciencia en el Universo que llamamos ser humano. Se trata de introducir nuevos valores, quizás, en la Ciencia Psicológica de nuestros días elevando el concepto de sensibilidad humana a las altas Fuentes universales de procedencia y de poner en actividad cier­tos mecanismos dentro del contenido humano que deberán relacionar en un futuro más o menos lejano, la estructura psicofísica de su constitución material con la esencia espiritual de su vida, es decir, establecer una definida línea de vinculación entre aquellos dos ele­mentos dentro de la entidad humana que místicamente denomina­mos «Cáliz y Verbo» y esotéricamente «El Alma y su Mecanismo», abriendo así el camino a los campos fecundos de la Psicología esoté­rica que deberá constituir la meta inmediata de nuestra Psicología moderna.

Este mágico contacto que todo «Yo» espiritual debe establecer con sus vehículos de expresión y la respuesta de éstos a la Vida divi­na que se expresa por medio de este Yo, toma, como Uds. saben, el término místico de Sendero. Todo ser humano capaz de expresar, siquiera en una débil medida, conciencia y sensibilidad se halla ubi­cado en determinado estadio de este místico Sendero que conduce a la Iniciación y que debe crear una nueva conciencia social, con la participación consciente de lo divino en el seno de la Humanidad. Se trata también, tal como anteriormente hemos apuntado, del con­tacto realizado por las energías que se expresan por medio del centro cardíaco con las del centro del entrecejo, con el consecuente resul­tado del desarrollo (a medida que el contacto progresa) de los mil pétalos místicos que constituyen la expresión esotérica del centro coronario.

Verán Uds., también, cómo la Ciencia del Yoga en cada uno de sus aspectos definidos es la expresión de los tramos que se van construyendo para constituir aquel sutilísimo «puente de Luz» llamado Antakarana el cual, si bien lo observan, es otra forma de ex­presar o de definir el significado místico de Sendero. Como siempre, el supremo dictado de la analogía hermética marca la pauta de nues­tra investigación esotérica.

Ya para ultimar nuestra conversación de hoy debería decirles que toda vida poseyendo una conciencia y una forma de expresión, en no importa qué plano, dimensión o Reino de la Naturaleza, es sensible y es precisamente por medio de esta sensibilidad que toma contacto con la Vida de Dios según el grado de desarrollo de la misma. Siempre será esta respuesta sensible al gran Aliento vital de la Naturaleza la que motivará que las formas expresivas sean más o menos sutiles; de ahí que a partir del Reino mineral donde las formas han alcanzado su grado máximo de condensación hasta la forma mística de un Arcángel, creada con éter de la más elevada sublimidad, todo el contenido universal se mueve según el ritmo que señala el principio de sensibilidad, siendo la conciencia resultante la que condicionará la potencia vibratoria, la estructura molecular y la belleza de las formas con que se revestirán durante el curso de sus particulares o especificas evoluciones.

Pregunta:       Según Ud. todo en la vida es sensible y todo tiene una conciencia. ¿Se puede aplicar este principio de sensibilidad a todo cuanto existe, a la suma inmovilidad de una roca, por ejemplo?

Respuesta: Tal como acabo de decir todos los Reinos, aun el mineral, son sensibles a la Vida y poseen una conciencia de acuerdo con esta sensibilidad. En realidad, todo es energía espiritual más o menos condensada. En el Reino mineral esta condensación ha llega­do, por así decirlo, a sus extremos límites. De ahí su expresión pesada y tosca, pero en ciertos estratos o niveles de este Reino existen la belleza y la sensibilidad a la luz de las piedras preciosas. Tenemos también dentro del Reino mineral algunos elementos de carácter radioactivo, tales como el uranio y él plutonio, conteniendo una sen­sibilidad a la luz y al fuego eléctrico de la Naturaleza (Kundalini) realmente impresionante. Vea sino el testimonio vivo de la energía generada por una explosión nuclear a partir de tales elementos.

Pregunta:       Comprendo el principio de sensibilidad, tal como lo ha ido Ud. explicando durante el curso de esta conversación. Enton­ces podríamos decir que la evolución de la humanidad podría ace­lerarse elevando el índice de sensibilidad a la luz y a la belleza, por medio del Arte, por ejemplo. ¿Qué opina Ud.?

Respuesta: Pues que está Ud. en lo cierto y esta verdad la ha­bían intuido perfectamente los griegos anteriores a la Era cristiana. Mediante la evolución de las artes, que expresaban sensibilidad a la belleza de la Forma y de los conceptos filosóficos que trataban de adueñarse del secreto de la Luz. Grecia adquirió un tipo de sensi­bilidad dual realmente insuperable. En realidad pudieron alcanzar en determinado estadio de su historia la visión y la representación ob­jetiva de un Arquetipo, entendiendo por Arquetipo el Modelo que la Mente de Dios ha ideado corno meta de una civilización, de una Raza o de una historia nacional. En definitiva, el ser humano está tratan­do constantemente de conquistar y revelar un Arquetipo o un grupo de arquetipos menores y esta tendencia marca el ritmo de la evolu­ción y crea los campos de la historia de no importa qué país, raza o continente.

Pregunta:       ¿Cómo adquirir pues sensibilidad? ¿Hay algún medio de lograrlo?

Respuesta: Pues sí, habida cuenta que sensibilidad y conciencia vienen engarzadas en la doble cadena de Vida y Forma. Son corno caras de la misma moneda, y en lo que al ser humano se refiere, as­pectos vivos de una misma función psicológica y social. Por lo tanto, si se aviva la conciencia mediante la atención y el discernimiento, aumenta el ritmo de la sensibilidad. De la misma manera, cuando la entidad psicológica se hace sensible a los múltiples aspectos de la Naturaleza, va adquiriendo proporcionalmente las capacidades de conciencia. Como verá, se trata de un fenómeno conexo, realmente consubstancial; no se puede evolucionar en un sentido sin que se evolucione automáticamente en el otro. Esta verdad nos impulsará quizás a un renovado esfuerzo por adquirir más luz y más sensibili­dad en nuestras vidas.

Pregunta:       Entonces es muy importante ser conscientes y ser sensibles a la vida y a sus infinitas expresiones ¿verdad?

Respuesta: Tan necesario le es al individuo desarrollar su capa­cidad de conciencia como sus cualidades sensibles, dado que el equilibrio resultante de ambas potencias en acción le definen como un ser humano completo. Como se dará cuenta, la sensibilidad no se circunscribe únicamente al área de las emociones humanas, sino que abarca la mente en todas sus extensiones, así como el campo diná­mico de la voluntad. Ser sensibles a todas las expresiones de la vida en la Naturaleza y a todos los seres humanos indica siempre capa­cidad de conciencia. Tratar de ser plenamente conscientes de todo cuanto ocurre dentro y fuera de nosotros y de toda la belleza de la Naturaleza en la infinita gama de sus expresiones, es adquirir sensi­bilidad. Repito, se trata de un fenómeno conexo e interdependiente.

Pregunta:       Esta sensibilidad que engendra conciencia y esta con­ciencia que engendra sensibilidad ¿pueden disasociarse en algún sen­tido? Es decir, ¿puede existir la una sin la otra en algún proceso de la evolución o en algún estadio particular de la misma?

Respuesta: Nunca pueden separarse la sensibilidad y la concien­cia. Lo que ocurre es que alguno de ambos aspectos predomine cir­cunstancialmente según las características particulares que deba de­sarrollar alguna Raza humana durante el curso de la evolución pla­netaria. Por ejemplo, la Raza Lemur fue sensible muy especialmente al aspecto material de la vida, con una extensa gama de sensaciones a educir y un aspecto conciencia casi completamente oscurecida, aun cuando por razones de convivencia social educiese algún tipo orga­nizado de orden o conciencia social.

La Raza Atlante fue muy sensible al aspecto psíquico o astral, pero demostró también un gran tecnicismo científico. La Raza Aria, nuestra Raza actual, posee un extraordinario tecnicismo y está tra­tando actualmente de ser sensible a la vida espiritual. En todas las Razas existe un cierto predominio de las capacidades de conciencia o de las cualidades de sensibilidad. Démonos cuenta, sin embargo, que ambos aspectos psicológicos en la vida del ser humano son expre­siones de las cualidades sensibles de la Divinidad con respecto a su Universo y que existen zonas de sensibilidad tan extraordinariamente sutiles que las capacidades humanas de percepción e ideación son incapaces de captar ni registrar. El estado de SAMADHI expresa en alguna medida esta infinita cualidad sensible de Dios, pero quien experimenta tal estado es incapaz por completo de expresarla por medio de la razón o del entendimiento. La conciencia individual rein­tegrada al Cosmos, tal como es la Ley suprema de la evolución, de­muestra en el estado de SAMADHI conciencia cósmica individuali­zada. Tal como puede leerse en algún tratado esotérico de la lejana antigüedad, «. . . la gota de vida individual no puede ser aniquilada ni desaparecer absorbida por el gran Océano de Liberación cósmica, sino que es este Gran Océano el que se vuelca dentro de la gota de vida individual divinizándola y haciéndole partícipe de la Gloria eterna de la Divinidad». Son, como Uds. podrán apreciar, expresio­nes místicas de altas verdades, pero en lo profundo subyace la ver­dad infinita de la sensibilidad como expresión inefable de la Vida en nuestro Universo de Segundo Rayo.

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Barcelona, 23 de enero de 1975

Sobre los Mensajes Psíquicos

Estimados amigos:

Repasando la correspondencia sostenida con Uds., hallo en su carta del 22 de febrero de 1974, unas preguntas que no sé si fueron contestadas, con la amplitud y profundidad que ellas se merecen, en mis primeras comunicaciones. Ahora, al releerlas pienso que una mas profunda consideración sería quizás de utilidad, no sólo para corresponder a su exquisita amabilidad, sino también para los lecto­res de Karma-7.

Estas eran, como Uds. recordarán las preguntas formuladas.

¿Pueden ser diferenciados los Mensajes que provienen:

a)    de un dotado vidente (mensaje telepático),

b)   de un Ser espiritual (mensaje extraterreno).

c) de un Ser físico de otro planeta (mensaje extraterrestre)?

Al hacer mención a estos tres tipos de Mensajes, debo hacer una indicación importante. Esotéricamente no se le concede al Mensaje espiritual otro valor que el de su propia calidad. De ahí que carecen de significado los mensajes que firmados por altas Entidades cono­cidas del mundo espiritual, demuestren a través del tipo y calidad del mensaje que su valor es ínfimo y al alcance de las mentes de cual­quier entidad receptora, es decir, de nuestros médiums más corrien­tes. En este orden de cosas, y ruego no tomen mis palabras en sen­tido peyorativo, el esoterista no tiene en cuenta los mensajes astra­les, o «del espacio» al que se hace comúnmente referencia. Debe aclararse también que el término espacio tiene un carácter muy vago y nebuloso y debe ser reemplazado progresivamente por el tér­mino ÉTER, el cual, tal como se dice en los grandes tratados esoté­ricos y místicos, «es la sangre de los Dioses». Podemos asegurar que todo tipo de conocimiento, ya sea transmitido por no importa qué tipo de Entidad espiritual o astral, o captado directamente, se halla en el éter y está por tanto a la disposición de todos los posibles re­ceptores, desde todos los niveles de evolución y sensibilidad humana. Un gran pensador, por ejemplo, cuando está trabajando con ideas, está moviendo o actualizando energías que se hallan en el éter y con­densadas en ciertas formas definidas de conocimiento. Cuando Pablo, el Iniciado, emplea la frase «nube de cosas cognoscibles», se refiere seguramente a esta propiedad que tiene el éter de contener todas las ideas posibles, desde las más elevadas o arquetípicas hasta las más sencillas y elementales. Cuando se habla, por tanto, de «recepción de mensajes del espacio>, tal como lo hacen la mayoría de los médiums, hay que tener en cuenta la posibilidad de que tales mensajes no pro­vengan de ciertas Entidades espirituales, tal como aseguran sus pom­posas firmas, sino simplemente del éter en donde el conocimiento en todos sus niveles expresivos se halla a la disposición de todos, de acuerdo con sus posibilidades espirituales y capacidad perceptiva.

Analizaremos, pues, el tema de los Mensajes desde este ángulo racional y lógico de que todo CONOCIMIENTO se encuentra inclui­do, inmerso o en suspensión —si me permiten Uds. emplear esta última palabra, tan científica— en e! éter. Lógico es admitir también que aún en el caso de que exista una Entidad espiritual difusora del Mensaje y otra entidad receptora, un médium por ejemplo, el Cono­cimiento transmitido es asimismo una forma o idea en el éter y hay que admitir el hecho de que si desapareciese el Intermediario, o la Entidad que difunde aquélla, el contacto con el conocimiento sería posible en tanto existiese el éter, dentro del cual vive y desde el cual se transmite. «La nube de cosas cognoscibles» está constantemente suspendida en el éter y puede decirse que es la Mente de Dios soste­niendo la doble estructura formal y espiritual del Universo.

Démonos cuenta también de que el éter contiene todas las propie­dades imaginables en el orden cualitativo de vibración. Según nos movamos en un nivel mental, ya sea concreto o abstracto, o en otro puramente emocional, así será la calidad del mensaje que el Cosmos, o la Mente de Dios, nos tiene reservado, sin necesidad de que pro­venga, tal como aseguran algunos, de la Entidad X  que se ha con­vertido en nuestro Guía y que nos envía constantemente sus mensa­jes. Quisiera clarificar este punto en orden a evitar muchas ilusiones y espejismos a las que están sujetas, desgraciadamente, tantas per­sonas de buena fe y reconocida buena voluntad.

¿Quiero significar con estas palabras que no existen las comuni­caciones astrales o las relaciones telepáticas? Absolutamente no. Ellas son evidentes y por lo tanto para mi están libres de ulterior comentario. Solamente quiero indicar, y lo hago muy honestamente, que todos tenemos en potencia la verdad y que el hábito de «salir de nosotros» en busca del intermediario para hallar esta verdad, nos incapacita para la labor auténticamente espiritual.

Hay también los llamados «mensajes extraterrestres», es decir, transmitidos por Entidades provenientes de otros mundos. ¿Qué hay de estos Mensajes y qué debemos entender por los mismos?, ¿que se trata de contactos verbales entre extraterrestres que viven aquí entre nosotros, físicamente, o que ciertas Entidades procedentes de otros planetas, de otros Sistemas o de otras Galaxias, nos envían Mensajes de Conocimiento a través del éter y que pueden ser recibidos y trans­mitidos por determinadas personas altamente sensibles a su influen­cia? Ya me he referido en varias ocasiones a visitas de extraterres­tres, o a «enviados celestes» de las diferentes Logias espirituales, o Jerarquías de otros planetas de nuestro Sistema Solar o de allende el mismo, para sostener «conversaciones» con los elevados Miembros de nuestra Hermandad Blanca. Con ello no he hecho sino expresar una gran verdad que tiene que ver con la Gran Fraternidad Cósmica a la cual pertenecen todas las Jerarquías Universales de no importa qué Sistema Solar, Constelación o Galaxia. Hay, por tanto, una efu­sión de energías extrasolares cada vez que «un enviado celeste», va sea en cuerpo espiritual o utilizando naves espaciales, irrumpe en nuestros éteres planetarios. La comunicación en tal caso es posi­ble, pero no directamente con dicha Potestad espiritual, debido a la extraordinaria evolución de Su radiante Vida, sino con las ondas celestiales que han sido evocadas del seno profundo de los éteres que ha removido al atravesar las fronteras de nuestro planeta. No hay opción aquí para el mensaje astral al que tanto se han familiarizado las personas psíquicas.

Les estoy brindando aquí una nueva Formulación de lo que hay que entender por «mensaje telepático». La impresión es netamente mental y utilizando una especie particular de éter, relacionado con el quinto subplano del plano mental. Más abajo de este nivel existe el peligro de la ilusión con su eterna secuela de dificultades en el orden espiritual debido a la refracción de dichos mensajes al atra­vesar las zonas acuosas del plano astral.

Otro tipo de mensajes contra los cuales hay que vivir muy pre­venidos ya que de los mismos se derivan grandes espejismos, son los que propagan, con más buena fe que ciencia, aquellas personas que aseguran haber viajado a otros planetas y nos hablan con gran lujo de detalles de la evolución, forma y características de sus habitantes. Permítanme decir que tales «viajes» son simplemente sueños, re­cuerdos del mundo astral, en algunos de cuyos niveles existen for­mas realmente muy diferentes a las que vemos corrientemente y que causan la sensación de pertenecer a otro planeta. Me pregunto si las personas que creen haber efectuado estos viajes podrían establecer una inteligente distinción entre las «formas del mundo astral» y las «hipotéticas formas» pertenecientes a otros planetas.

No es fácil viajar a otro planeta. Existen unas leyes inconmovi­bles que controlan el paso por las fronteras de otro mundo. Sólo los grandes Adeptos de nuestra Jerarquía planetaria. Aquellos que con­siguieron el correspondiente pasaporte y «visado», a costa del sacri­ficio de muchas vidas de abnegación y de servicio en favor de los demás y del testimonio vivo de Sus excelsas virtudes espirituales, pueden franquear conscientemente aquellas fronteras que separan los mundos, no los grandes sensitivos y visionarios del mundo astral. Por las especiales características que comportan, muy poco nos ha­blan los altos iniciados de Sus viajes a otros planetas ni de sus rela­ciones con los Miembros de otras Jerarquías Universales. Y, no obs­tante, estamos cansados de leer los relatos de aquellos sempiternos visionarios que con la mayor naturalidad nos hablan de lo que pasa en Venus, Marte o Mercurio. Podría decirles a Uds. siempre desde el ángulo de vista esotérico, que son falsos y extravagantes tales relatos y que habría que considerarlos como el fruto de unas visiones nacidas de sueños o de contactos astrales y que hay que desconfiar de los mismos como una saludable advertencia a vivir extraordina­riamente apercibidos de lo que es realmente la vida espiritual.

No voy a referirme, aquí —debido a la gran profusión de literatura al respecto— a los viajeros de los OVNIS que, según se asegura, visi­tan regular y periódicamente nuestro mundo. En todo caso, no hay que dramatizar y si aceptar tales viajes a través del Cosmos como unos bien definidos sistemas de relación entre unos y otros planetas, lo cual implica para los más evolucionados un dominio de los éteres y el empleo de cierto tipo de electricidad, o energía, con la cual no estamos técnicamente familiarizados. Pero, viendo la manera como los hombres de ciencia actual han logrado enviar unos hombres a la Luna y otras naves todavía no tripuladas a otros astros más lejanos, cabe suponer que la creciente evolución técnica nos llevará un día a efectuar «viajes de cortesía» a otros planetas de nuestro Sistema solar o quizás también de otra Galaxia. En todo caso, la preparación individual de los tripulantes deberá sujetarse a unos requisitos o exigencias no sólo de carácter científico o técnico, sino también mo­ral y espiritual. Sólo esta evolución moral y espiritual, esta exquisita selección, permitirá, como en el caso de un elevado Iniciado de nuestra Tierra, proyectar una nave espacial a otro planeta y adquirir previamente el correspondiente «visado» para que dicha nave espacial llegue a su destino después de atravesar las barreras impuestas por la evolución planetaria del mismo y la aquiescencia de la Entidad creadora que lo utiliza como Cuerpo de expresión.

Como irán Uds. apreciando, el análisis esotérico de estos temas nos lleva a otras más profundas derivaciones. Hay que admitir, por tanto, que las naves espaciales que nos visitan y los Mensajes que pueden proceder de los Viajeros de las mismas, tienen un carácter de legitimidad, por el hecho de que nuestro excelso Ser planetario, SANAT KUMARA, les ha otorgado graciosamente Su visado para que atraviesen las fronteras, o círculo-no-se-pasa de nuestro mundo.

En lo que respecta al intercambio de Mensajes telepáticos entre un MAESTRO y Su discípulo en el plano físico, debemos decir que sólo puede existir si el tal discípulo tiene desarrolladas ciertas célu­las del cerebro, estimuladas por una gran evolución interior, lo cual le permite utilizar la mente como vehículo telepático y recibir sin distorsión alguna las palabras o insinuaciones de su MAESTRO.

No podemos establecer idéntica analogía en lo que esotéricamente llamamos el «contacto entre el alma humana y el ÁNGEL SO­LAR». Tales contactos, cuando existe una verdadera evolución causal y el término discípulo es comprendido en su plena aceptación mística y esotérica, se realizan por vía interior y el fenómeno de telepatía, es decir, el de utilizar el éter como substancia de comunicación, no existe. Se utiliza un hilo sutilísimo de LUZ, llamado técnicamente ANTAKARANA, que se proyecta del corazón del discípulo al corazón de Su Ángel Solar sin necesidad de atravesar los éteres. Es el único caso en que el éter deja de constituir el agente principal, pero hay que darse cuenta también que el alma en encarnación (el discípulo) y el Alma en el Plano causal (el Ángel Solar) son de la misma esencia y vienen indisolublemente vinculadas a través de las edades.

Espero de todo corazón, no haberles cansado con tantos argu­mentos. Además, la amabilidad y cortesía de sus cartas que, como todas las de mis numerosos amigos están siempre sujetas a revisión, les hacían acreedores a una respuesta más extensa que la que les escribí anteriormente y que, por falta de tiempo, tuve que dedicarle sólo unas cuantas ideas.

Con mis mejores deseos y el testimonio inquebrantable de mi cordialidad y simpatía espiritual.

– o O 0 –

Recta ciudadanía

La insistencia en la frase «ser un buen ciudadano» como premisa inexcusable en la existencia del discípulo mundial, arranca precisa­mente de la «correcta ciudadanía», es decir, de las relaciones real­mente humanas, teniendo presente que estas relaciones deben ser establecidas en todos los niveles de expresión del pensamiento, de la sensibilidad emocional y de la conducta personal en el mundo físico de contactos sociales.

A esta triple línea de «correcta relación» se la puede denominar con justicia «vivir esotéricamente» teniendo en cuenta, además, que la vida esotérica debe revelarse también en ciertos contactos, cons­cientemente establecidos, con aquella Entidad psicológica causal que algunos denominan el Yo superior y otros el Ángel Solar.

La culminación de una serie de contactos cada vez más conscien­tes con esta Entidad psicológica que es nuestro verdadero Ser espi­ritual, produce aquel fenómeno que esotéricamente definimos como INICIACIÓN, es decir, iniciación en los Misterios sagrados del Ser, contenidos como semilla precisa de eternidad en el corazón de Aque­lla Entidad que planea, desenvuelve y gula nuestro destino en la Tierra. La conducta de un discípulo espiritual entendiendo por discípulo un ser humano que ha logrado en virtud de muchos esfuerzos y sacrificios establecer contacto con el Ángel solar, ARQUETIPO de su vida, no puede ser medida ni catalogada tal como se hace con un hombre corriente. Para él «la recta ciudadanía» o recta vivencia, no es una simple Meta, sino que es parte inseparable de su vida. En todo momento «vive esotéricamente», al menos trata sinceramente de hacerlo y todo su proceso existencial viene condicionado por razones de orden superior, dentro de una escala inmensa de valores psicoló­gicos y de una implacable tendencia hacia una Síntesis social que presiente y que trata de incorporar constantemente a su equipo de expresión personal.

Se nos ha dicho insistentemente dentro del orden esotérico que el término discípulo tiene un carácter no sólo individual, sino tam­bién universal y cósmico y que incluso los grandes Avatares espiri­tuales, tales como Hermes, Buda y Cristo, presentes en el desen­volvimiento espiritual de la humanidad, son asimismo discípulos aunque en esferas celestiales allende nuestra razón y entendimiento, y que ELLOS también tienen asignados INSTRUCTORES, si pode­mos expresarlo así, de exaltada integración de los Cuales reciben inspiración, guía y poder. Por lo tanto, el término «vida esotérica» es más amplio y trascendente de lo que nuestra mente humana es capaz de captar en la actualidad. Sin embargo, parece ser que los requisitos esenciales son invariablemente los mismos y que «un buen ciudadano» debe serlo en todos los niveles psicológicos del ser (cual­quiera que sea su evolución) y en todos los planos del Universo.

La recta ciudadanía es pues una ley que cada cual aplica según el desarrollo de su conciencia, lo mismo si se mueve en los tres mundos de expresión humana que cuando ha sido alcanzada y aun rebasada la quinta iniciación que convierte al iniciado en un Adepto, es decir, en un Maestro de Compasión y de Sabiduría. Todo ser espiritual se caracteriza por un centro de vida, matizado por ciertas cualidades de conciencia, indicando su estado de evolución espiri­tual, y una esfera de proyección o de contactos.

La extensión, luminosidad y transparencia social de evolución perceptible en esta esfera de contactos, puede indicar, a la vista de un ser espiritualmente integrado, la calidad de vida que expresa aquel tipo de conciencia, así como el grado de irradiación de su centro de vida,

Podríamos definir la recta ciudadanía en el aspecto esotérico, como la expresión de «un centro de vida, rico en cualidades y mati­ces, dentro de un campo expresivo sin reacciones». Y este fenómeno de integración tiende a producirse en el ser humano corriente, a medida que avanza en el proceso de la evolución, así como en el exaltado Ser que da vida, cualidad y forma definida a un Sistema planetario, solar o cósmico.

Pero, por elevadas e interesantes que sean estas referencias uni­versales que surgen al analizar el tema desde el ángulo obligado de la analogía hermética, nuestra atención deberá centralizarse lógica y naturalmente en el ser humano, que vive, piensa, siente y actúa dentro de aquella dilatada esfera de contactos que denominamos vida social.

Nuestra principal misión como «buenos ciudadanos» que tratan de vivir en forma esotérica, es cultivar aspiraciones nobles de vida superior y realizar sinceros esfuerzos de integración con Aquella realidad más alta que presentimos en nuestro interior y que cons­tantemente tratamos de revelar. Esta aspiración superior es el pri­mer paso dentro del proceso de integración de nuestra vida como correctos ciudadanos y, aunque expresado en forma muy simple, contiene el más formidable desafío a nuestra inmensa sed de reden­ción psicológica, y si somos realmente sinceros y observamos desa­pasionadamente nuestras diversas actividades, veremos cómo exis­ten grandes lagunas en nuestra mente y corazón y grandes y pro­fundas divisiones en nuestra conciencia, que nos impiden elevar nuestras miradas y nuestras aspiraciones al noble ideal de redención que ha de constituir el núcleo vital de la recta ciudadanía.

Tenemos también ante nosotros el lento, persistente y fatigoso trabajo de incorporar el ideal, o nuestra elevada aspiración espiri­tual, a la conducta cotidiana lo cual constituye, Uds. habrán vivido quizá esta experiencia, una fuente inagotable de conflictos y amar­gas decepciones, ya que no todas las personas con las que tratamos se hallan a la altura de nuestro ideal y nuestra relación con ellas ha de verificarse en un nivel psicológico del cual por <‘tendencia natural» nos vamos alejando.

Vivir serenamente en el ambiente social donde normalmente se desenvuelven nuestras actividades y en el que debemos demostrar que somos unos buenos ciudadanos, es una tarea muy difícil, ya que los choques psicológicos producidos por la diversidad de elementos humanos que concurre en el mismo son muy fuertes y producen inquietud, conflictos y sufrimientos.

Por otra parte, y como Uds. saben, «son muchos los llamados y muy pocos los elegidos» dentro del trabajo de selección de los discí­pulos que aspiran, que se esfuerzan y que luchan, de entre la ingente masa social y la elección necesaria, que forzosamente ha de produ­cirse, reclama una gran atención por parte de los Responsables de los destinos del mundo. En todo caso lo que decide la elección, es «la luz» alcanzada por cada cual dentro del proceso evolutivo; su inten­sidad y su brillo, y cuando en los tratados esotéricos se nos dice que «cuando el discípulo está preparado, es cuando aparece el Maestro», se está haciendo referencia a esta proyección de luz en la vida del discípulo, singularmente «la luz en la cabeza» que como exponente de su grado de dedicación y evolución espiritual, aparece como un halo luminoso circundando su cabeza, con destellos azulados en el lugar ocupado en la misma por la glándula pineal, cuyo desarrollo indica el punto vital dentro de la línea de extensión de luz, puente. del arco iris o antakarana, que ha sido alcanzado y que actúa como centro de expansión de la conciencia hacia un nuevo estadio de la BÚSQUEDA interior.

La recta ciudadanía, así podíamos denominar al exponente de un grado de integración espiritual en el Sendero tiene, pues, muchas fases, muchos y muy variados estadios en el vuelo hacia el infinito de la vida espiritual y cada ser humano, lo sepa o no, viene caracterizado psicológicamente por un grado determinado de integración; de ahí que hallaremos un sinnúmero de seres humanos por el camino de luz que se extiende desde el hombre salvaje al hombre civilizado y de éste al Superhombre, el hombre realmente espiritual y libre de Karma conflictivo de la humanidad.

Parece ser, pues, que la Nota clave de la evolución en lo que al ser humano se refiere, es la recta ciudadanía y resulta singularmente difícil hallar buenos ciudadanos dentro del orden mundial, capaces de pensar, sentir y comportarse como seres humanos dignos, inteligentes y socialmente equilibrados. Así, el sentido natural de la vida que culmina en la liberación debe iniciarse con las sencillas prácti­cas de la buena voluntad, con el recto comportamiento con respecto a los demás y con el necesario acopio de conocimiento para el desa­rrollo intelectual de nuestra mente concreta. Podríamos decir, sin lugar a dudas, que la «recta ciudadanía» con respecto al hombre civilizado de nuestros días, es la realización psicológica, o camino iluminado que va de la glándula pituitaria, la expresión del centro AJNA, el del entrecejo, en el centro físico del cerebro, a la glándula pineal que lo es asimismo del gran centro sintetizador de la cúspide de la cabeza, o chacra SAHASRÁRA. Las repercusiones del enlace direc­to entre estos dos centros y sus glándulas respectivas, medidas en el aspecto meramente psicológico, son realmente importantes y cuando empleamos el conocido término esotérico de «la luz en la cabeza» nos estamos refiriendo al grado de intensidad de dicho contacto, relacionando internamente la idea de un «buen ciudadano» con la que nos suministra el estudio esotérico de todos los tiempos desde las experiencias filosóficas y místicas de los primeros INICIADOS de la humanidad hasta el gran Patañjali, y de éste a las modernas técni­cas psicológicas de nuestros días de desarrollo de la personalidad trascendente.

Nos hemos introducido así, en el misterio esotérico de la libera­ción humana con sólo analizar el comportamiento social del hombre, realzando con lenguaje más asequible el valor místico de las pala­bras de Cristo: «Por sus frutos los conoceréis», las cuales contienen un inmenso desafío para el aspirante espiritual de nuestros días pro­fundamente marcados por la tecnología y por los tremendos avances científicos. Me preguntarán Uds., ahora cuál será el valor del argu­mento, el «hombre social», o el «comportamiento social del hombre» en relación con los demás, cuando esotéricamente afirmamos que tal comportamiento ha de ser medido en términos de luz. Y aquí po­dríamos señalar que las grandes vertientes de la civilización humana conducen al «Hombre social», siendo el comportamiento social la expresión objetiva de la luz de la comprensión dentro del principio de participación humana y de recta ciudadanía. No son pues única­mente los aspirantes espirituales y los discípulos del mundo en sus distintas gradaciones, quienes están implicados en el desarrollo eso­térico de la vida social, sino que es la humanidad como un todo, desde sus más humildes niveles, la que está siendo impulsada hacia un comportamiento social cada vez más estilizado y correcto, para contribuir conjuntamente al desarrollo de «la gran conciencia social», primer Antakarana de luz que ha de unir el centro planetario de la humanidad con el Centro místico de la Jerarquía y, progresivamente, con el gran Centro de SHAMBALLA, estableciendo así las bases para la indescriptible ERA DE LUZ que ha de convertir la Tierra en un «planeta sagrado».

Podríamos decir, pues, que esta finalidad sagrada con respecto a nuestro planeta e iniciada con la «recta ciudadanía» y el comporta­miento social del «buen ciudadano», tiene cinco definidas vertientes, o puntos de confluencia para las energías espirituales que utiliza el ser humano:

a)         Buena voluntad.

b)         Correcta relación.

c)         Aspiración superior.

d)         Amor al Bien.

e)         Cultivo y ofrenda de los Bienes espirituales.

Estas cinco vertientes convergen, sin embargo en el comporta­miento social que es, por así decirlo, la expresión objetiva del desa­rrollo espiritual alcanzado en el Sendero.

Con respecto a la Buena voluntad y la correcta relación poco hay que decir, por cuanto todos los seres humanos (excepto los ma­gos negros) la poseen en alguna medida dentro del corazón y la van incorporando progresivamente en su conducta o comportamiento social por medio de las «rectas relaciones humanas».

Respecto a la «aspiración superior» ésta nace, progresa y florece por el lento y fatigoso trabajo de pulir las habituales aristas del deseo, de ennoblecer sus fines y de situarlo en cada vez más elevados niveles de expresión y de contacto, pudiendo señalar que todos los seres humanos, en virtud del trabajo, o el Sacrificio, realizado por el Cristo hace dos mil años, pueden hoy día gozar de una más extensa y variada perspectiva de los objetivos superiores del Espíritu y cada ser humano, según el alcance de tal visión, puede dirigir sus deseos por zonas cada vez más sutiles de contacto, unificándolos, integrando sus razones y convirtiendo su tremenda vitalidad material en «aspi­ración» la cual colorea o cualifica la vida de muchos seres humanos y tenemos hoy en día un «tramo muy compacto y luminoso», del gran Antakarana o Puente de Luz que se eleva del Plexo solar planetario y asciende hacia el Centro Cardíaco, de la Jerarquía Espiritual del planeta, produciendo a su paso este Halo de luz que, como manto protector, se cierne por encima de la Humanidad y la protege del Mal cósmico, aminorando también los tremendos efectos de Karma gestado en la primitiva edad de la Humanidad planetaria

Con respecto al Amor al Bien, o a la Voluntad de realizar el Bien, éste se está desarrollando normalmente en el corazón de mu­chos discípulos mundiales cuya Meta reconocida es la Iniciación. Hasta cierto punto han logrado «desconectar su deseo» del ambiente social circundante y penetrar en otras regiones o niveles de expre­sión psicológica.

En ellos empieza a tener algún sentido la conocida locución mís­tica «el Dios trascendente». Manteniendo sin esfuerzo en su corazón «la aspiración hacia lo alto», continúan investigando profundamente dentro de sí mismos y desarrollando las capacidades intuitivas de interpretación de los fenómenos de la vida. Han desarrollado un fino sentido de observación, disciernen con facilidad y pueden com­prender sin esfuerzo el alto sentido de los planes de la evolución, marcados por la Jerarquía, cuyos diseños pueden incorporar paulatinamente a sus vidas a través del comportamiento social y a un elevado sentido de la responsabilidad espiritual que cualifica un defi­nido campo de servicio. Tales discípulos constituyen el punto medio de la humanidad en sus esfuerzos por construir el «gran Antakarana de Luz» o conciencia social. Sobre sus hombros gravita la parte más dura del trabajo ya que se hallan en el Centro de máxima tensión, en donde convergen los dos tramos del Puente de Luz, el que inicia el proceso de búsqueda y el de la resolución final dentro del Gran Antakarana.

La ofrenda de los Bienes espirituales requiere la Fuerza y la Habi­lidad de Aquellos que lograron establecer contacto con las elevadas Fuentes de Procedencia espiritual, transformaron en movimientos espontáneos los grandes esfuerzos de los aspirantes que «miran hacia lo Alto», de los que convirtieron la aspiración espiritual en discerni­miento claro y de todos cuantos se esforzaron en el Centro del puente para poder resistir la tremenda presión de los acontecimientos so­ciales proyectados sobre el planeta y pudieron convertir en Voluntad el discernimiento claro, de la misma manera que éste fue un resulta­do de la iluminación mental producida por la aspiración superior. Cada uno de los elementos humanos trabajando conjuntamente en sus varios niveles de actividad para producir «un hecho social nue­vo», están pues directamente involucrados en el proceso planetario de evolución, aportando cada cual su granito de arena en la OBRA conjunta y contribuyendo a la expresión correcta de recta ciudada­nía del Logos planetario en relación con los demás Astros del Siste­ma Solar.

Tenemos así un «Puente de Luz» creado por la humanidad dentro del indescriptible Ser que llena con su vida y su Amor nuestro plane­ta, por ese esfuerzo combinado de cuatro grandes grupos de seres humanos cumpliendo cada cual una misión definida dentro de la estructuración del Puente de Luz y del Nuevo Orden Social.

1.- Grupo formado por todos los hombres y mujeres de buena voluntad que tratan sinceramente de establecer rectas rela­ciones humanas.

2.- El grupo de los aspirantes espirituales que llenan el aura planetaria con los destellos luminosos de su «aspiración su­perior».

3.- El grupo de los discípulos en sus distintos grados, que vitalizan el gran cuerpo planetario con las energías mentales del «Claro discernimiento».

4.- El grupo de INICIADOS cada cual en su respectivo Ashrama los cuales están tratando de cualificar el ambiente planetario con las energías superiores, de naturaleza ígnea, que proce­den de Shamballa.

Tengo la esperanza de que todos cuantos me leen podrán incluirse cuando menos en uno de los tres primeros grupos anteriormente re­señados y avanzar desde aquí hacia aquella elevada cúspide dentro de nosotros mismos que nos permita establecer contacto con alguno de los elementos del cuarto grupo constituyendo la vanguardia espi­ritual de la Humanidad, y recibir de Ellos la necesaria inspiración, protección y guía para seguir adelante hacia aquel remoto, misterioso y desconocido Lugar en donde podemos situarnos «a los pies del Único Iniciador» y ver brillar Sri radiante Estrella.

Pregunta.       ¿Cómo podría ser relacionada en forma directa y plau­sible la idea de un buen ciudadano y el Misterio Iniciático?

Respuesta. Los Misterios iniciáticos son Sacramentos internos que el ser humano ha de tratar de vivir externamente y dar fe de ellos en el más insignificante devenir del trato social. La acción sacramental debe estar forzosamente ligada pues a la vida del correcto ciudadano ya que es éste, en definitiva, quien guarda en su mente y en su corazón, “Las llaves del Reino”, las que deben abrir la puerta iniciática.

Saber del Reino, de los Sacramentos y del Misterio de Luz, es una cosa; vivir «en forma sacramental», es decir, convertir cada fase de la vida en un sacramento o Misterio reconocido, es otra. Es exac­tamente la diferencia que existe entre el conocer y el vivir. De ahí que el énfasis debe ser depositado constantemente en el plano de la vida y de la conducta y no en el de los sueños y las ilusiones. Dicho de otra manera, Él centro de interés de muchos sinceros aspirantes en el Sendero se halla polarizado en las zonas del conocimiento de los Misterios y pierden su tiempo soñando y recreándose con la idea de los Sacramentos que se les ha permitido entrever, pero raramente pasan al terreno de la acción y viven y se comportan como buenos ciudadanos, como vanguardia del Reino de Dios.

Pregunta.       Ud. ha hablado de «recta ciudadanía» en relación con nuestro Logos planetario. ¿No cree Ud. que es limitar la omnipotencia de este trascendente Ser al equipararlo a nuestros pequeños esfuerzos en pro de una vida social melar?

Respuesta. No, no creo que limite con mis observaciones la gran­diosidad de este infinito Ser planetario. Lo que ocurre es que nues­tros oídos no están habituados a que se les hable de las Entidades creadoras del Cosmos. Hemos ido perdiendo así progresivamente la capacidad de síntesis y nos movemos constantemente en zonas psicológicas de indecisión, paralizando la proyección natural de nues­tra vida hacia los valores absolutos de la humanidad. La relación es una ley cósmica, por ella es posible la interpretación psicológica de los mundos. He dicho interpretación psicológica y en esta frase se halla encerrado el Misterio de la propia eternidad, Nuestro planeta, por ejemplo, vive y es por la capacidad que posee nuestro Logos planetario de relacionarse con las demás Entidades creadoras dentro y fuera de nuestro Sistema solar, creando infinitas y trascendentes Zonas de relación Incomprensibles para nosotros, dentro de las cua­les puede ejercer sus poderes de «recta ciudadanía» que implicará un comportamiento social cósmico», más allá y por encima de nues­tras más elevadas concepciones mentales.

Ocurre frecuentemente, no sólo en las personas de tipo corriente, sino también en las que atesoran grandes conocimientos esotéricos, que la Vida de la Divinidad es considerada dentro de la imaginación a alturas o regiones prácticamente INACCESIBLES y, por lo tanto, fuera del campo normal y natural de la personal observación o investigación.

Así hemos ido estableciendo progresivamente una barrera entre el deseo y la conquista de sus motivos, entre el conocimiento de los misterios y el Misterio, o sacramento principal de nuestra vida. Yo creo, personalmente, que una de las principales conquistas psicológi­cas de la Nueva Era, será la capacidad de mover con naturalidad la imaginación y tras ella el ser entero pon las esferas celestes, es decir, que dentro de la mente y del corazón no deberá existir tal inmenso vacío en relación con lo cósmico como sucede actualmente y consi­derar a Cristo y a Buda, por ejemplo, como a Hermanos mayores dentro de la gran familia humana y no como Dioses inmensamente alejados de nosotros. Tal actitud puede constituir desde ahora parte de nuestra conquista cósmica, de nuestro comportamiento realmente social y humano.

Pregunta:       ¿Hay algún método específico con el orden psicológico para llegar más rápidamente a lo que Ud. denomina «RECTA CIU­DADANÍA»?

Respuesta: El mejor de los métodos es la buena voluntad y la correcta relación. Ambos contienen el incentivo básico de la evolu­ción humana. Es la semilla que brota, se desarrolla y fructifica con el tiempo a la búsqueda de la Liberación y podríamos decir que es la raíz de vida del ser.

Con las prácticas de la meditación o del Yoga se desarrollan cier­tas Facultades psicológicas y ésta es en realidad su verdadera mi­sión, pero hay que tener en cuenta que la recta ciudadanía es de orden genuinamente natural y se va desarrollando espontáneamente en todo individuo rectamente orientado; se halla prácticamente, pues, al alcance inmediato de la persona civilizada de nuestros días. Los pueblos salvajes se rigen también por un orden tremendamente acti­vo de conciencia social aun cuando la centralicen dentro de los límites de un área reducida. La recta ciudadanía y la conciencia so­cial son la misma cosa y existen va en potencia dentro del espíritu humano.

Las facultades mentales desarrolladas por la meditación, el yoga o cualquier entrenamiento de tipo espiritual tienen por objeto pulir la estructura psicológica que segrega de sí mismo la buena voluntad innata del corazón, pero a ésta no pueden crearla. Hay que tener en cuenta esta diferencia. De ahí que sólo sean aconsejables la medita­ción y el yoga a aquellos que puedan realmente practicarla y obtener sus beneficios, es decir, que hayan desarrollado rectos principios de convivencia y de conciencia social, De no ser así los resultados pue­den ser infructuosos y a veces desastrosos.

Pregunta:       Según Ud., la meditación y el yoga no son absoluta­mente necesarios y que podríamos pasar absolutamente sin ello en nuestro intento de crear una «nueva sociedad». ¿No cree Ud. que ésta es una afirmación muy aventurada?

Respuesta: Creo que interpretó mal mis palabras. No dije que la meditación o el yoga fuesen innecesarios, sino que les asigné única­mente una misión definida: «pulir la estructura a través de la cual el yo se «manifiesta», en este caso la mente razonadora o analítica, la sensibilidad emocional y el cuerpo fisco. Repito que ni por la meditación, ni por el yoga ni por ninguna técnica definida de entre­namiento espiritual se puede crear el espíritu de buena voluntad que Nace con el hombre. Las prácticas definidas de entrenamiento espi­ritual tienen por objeto avivar esta conciencia de buena voluntad constantemente orientada hacia una síntesis espiritual de amor, así como ensanchar sus caminos y pulir sus expresiones.

Así, pues, llevada la conciencia social a una Meta de Síntesis te­nemos al Iniciado en sus diferentes niveles o graduaciones, y esta conciencia va polarizándose progresivamente desde las prácticas de buena voluntad más asequibles en el orden social a través de un recto comportamiento, nieta de los individuos corrientes, se expan­siona a través de aspiraciones humanas cada vez más elevadas y culmina finalmente en una conciencia de síntesis cuya expresión es el quinto Reino de la Naturaleza, el de las Almas liberadas.

Cada uno de nosotros tiene el ineludible deber de situarse respon­sablemente en uno u otro de estos niveles definidos de conciencia social y todos los ejercicios de entrenamiento espirituales, desde las pequeñas prácticas de recta convivencia hasta los irás elevados as­pectos del Yoga conducen a la meta social de unidad y fraternidad.

En realidad cada cual es su propio Yoga, su propia Luz, su propio Sendero. Cuando Cristo dijo: «Yo soy la Verdad, el Camino y la Vida», se refería en forma psicológica y dramática al ser humano y nos mostraba las infinitas perspectivas de su misión. Todos podernos decir «Yo soy la verdad, un Dios viviente, yo soy el Camino hacia mi Verdad, y yo soy la Vida que me alienta, vivifica y dignifica en el Camino. Esta afirmación trascendente de la cual participamos todos, cada cual según la medida del propio entendimiento y espíritu de resolución, nos va acercando progresivamente a la Liberación, meta de todos nuestros afanes.»

Para sintetizar en una sola frase mi respuesta a su pregunta po­dría decirle: nosotros utilizamos fuerzas y energías, pero no las creamos. Lo único que se halla a nuestro alcance es el movimiento más o menos correcto que le imprimimos a las energías y las fuerzas que proceden del gran centro espiritual creador de la Naturaleza. Y es en definitiva, al movimiento y dirección de las energías a las que se refieren todas las técnicas de entrenamiento psicológico, mís­tico y esotérico.

– o O 0 –

Acerca de la intuición

Charla a un grupo de jóvenes amigos:

El Tema que vamos a considerar hoy se centrará en la facultad psicológica de la Atención, un tema a primera vista interesante, pero que quizás no ha sido considerado aún desde el ángulo trascendente de las expresiones superiores del Espíritu. Durante el curso de esta pequeña charla, trataré de relacionar la facultad de atención con la cualidad de Síntesis, creadora de la propia conciencia. Mi intención es descubriros —si es que todavía no lo habéis hecho— la tremenda importancia de la ATENCIÓN como el factor dominante de la vida individual ante los sucesivos y repetidos impactos que la vida social promueve, produce y determina sobre nuestra conciencia y demos­traros, hasta donde me sea posible, que la mayor parte de los males sociales arrancan precisamente del escaso desarrollo de la facultad de atención de las gentes ante el creciente desarrollo técnico y al tremendo apremio de los hechos que se producen en nosotros y que suceden a nuestro alrededor. Para ello bastará examinar el fenómeno social tal como puede ser apreciado en los momentos actuales y darse cuenta que, en general, no vivimos atentamente sino que so­mos inducidos a la acción, o actividad social propiamente dicha, por un sinnúmero de distracciones de carácter ambiental. La profusión infinita de tales distracciones y la incontrolada adhesión a las mis­mas ha creado las nuevas necesidades en política, economía, ciencia, educación, religión…, etc., que nos han alejado progresivamente de la cualidad de Síntesis, centro espiritual de nuestra vida.

Existe aparentemente un «vampirismo social», o un contenido ambiental que nos obliga a vivir distraídos, en forma incontrolada, plegados incondicionalmente a las presiones que dicho ambiente está efectuando en nosotros.

Se produce así un fenómeno específico del que participa la gran masa humana, «la distracción» y una técnica nueva de adaptación a la vida que yo denomino de «atención», de observación profunda de todos los hechos y situaciones que la gran máquina social está gene­rando, que sólo contadas individualidades pueden desarrollar y uti­lizar.

Me diréis, quizás, que siempre hubo y que siempre habrá perso­nas capaces de vivir atentamente en el fragor del ambiente social. Yo digo que la capacidad de ATENCIÓN a la cual me refiero es suma­mente rara, como eclosión natural de una infinita serie de respuestas a los múltiples desafíos de la vida.

Una cosa es la atención depositada a un hecho individual, fami­liar, profesional o social que exigen un aumento de nuestra capaci­dad de atención en un momento determinado del tiempo, en vísperas de una necesaria resolución para el desarrollo ulterior de un proble­ma; otra cosa es, no lo olvidáis, la extensión de nuestra atención a todos los acontecimientos y detalles de la vida que fluye incesante­mente a nuestro alrededor. ¿Acaso nuestra ATENCIÓN no debe ser actualizada y fluir incesantemente como incesantemente fluye la pro­pia VIDA en su eterno e ininterrumpido devenir de hechos y aconte­cimientos? ¿O es que nuestro proceso de vida está sujeto a la interrupción, a la discontinuidad, a una serie de VACÍOS dentro del es­pacio vital que origina las oportunidades de la existencia? Un vacío, una simple interrupción del proceso de la vida seria la muerte, ¿no es verdad? Entonces lo que se trata con la ATENCIÓN es crear una continuidad de conciencia psicológica tal como existe una conti­nuidad del proceso de la vida; ¿no es esto lógico?

Bien, creo que he expresado en cierta manera y hasta cierto pun­to, que la atención psicológica debería ser la constante del ser y no un mero estímulo del ánimo o una nueva disciplina de Yoga.

Bien mirado ¿qué es el Yoga? Se lo define como «ciencia de unión» con la Divinidad o con la vida cósmica. Pero, ¿qué es lo que ocurre con el Yoga o con la ciencia meditativa? Pues, simplemente, aislar unos momentos de nuestro acontecer cotidiano para dedicar­los a «unirnos» mediante cierta disciplina mental, emocional o física, con aquella Deidad interior con la cual debemos establecer unión; Me pregunto, sin embargo, si bastarán aquellos pocos momentos aisla­dos del proceso de nuestra vida individual cotidiana para lograr establecer un permanente lazo de unión con nuestro verdadero y único Ser, con aquel «Dios en nosotros» que la moderna psicología deno­mina «el Yo trascendente». Dicho de otra manera, ¿podemos aislar arbitrariamente algunos momentos de nuestra vida y dedicarlos al Yo trascendente y continuar después durante lo largo del día sujetos a la influencia del «Yo colectivo ambiental»?

No hay más YOGA, ni más inteligente formulación de las leyes eternas de la vida que la «continuidad de conciencia», una continui­dad capaz de resistir los embates de la vida, allí en donde éstos se produjeran y de vivir más sutilmente el proceso infinito de aquella continuidad. El resultado psicológico de la ATENCIÓN es control, conocimiento de uno mismo e integración. Integración es técnica­mente hablando, un armonioso acorde de todas las características psicológicas del Ser; así la mente, la sensibilidad emocional y la conducta pueden sentirse integrados y conjuntamente emitir una sola e inconfundible NOTA invocativa, aquélla a la cual puede res­ponder únicamente lo más elevado de nosotros mismos, el centro infinito del verdadero Yoga; «el Yo trascendente».

Me preguntaréis quizás: ¿qué es este Yo trascendente al que le asigno tanta importancia? Yo os respondería que este Yo es la propia Vida, aquello que llamamos Dios hecho conciencia en nuestra mente y corazón. Y os pregunto, a mi vez ¿es que la Vida y la conciencia pueden vivir separadas la una de la otra? Tenemos que el fenómeno de la Vida, que origina la existencia de todos los Reinos de la Natu­raleza, obedece a un proceso de continuidad eterna y prosigue su expansión más allá y por encima de nosotros mismos cuando ocurre el fenómeno de la muerte física. Ello indica simplemente que en el eterno devenir de la Vida no existen lagunas, vacíos o intermitencias. La paralización del «gran fenómeno de expansión vital» sería indu­dablemente la MUERTE, mas no la muerte de una cierta caracterís­tica aislada que llamamos vida física, sino la muerte de todo cuanto está impregnado de VIDA en el Universo, sería pues la muerte del propio Universo, la muerte de la propia Divinidad,

Es por tal motivo, y no por seguir los caprichos y veleidades del ser humano, que el fenómeno vital con sus maravillosas oportuni­dades de inteligencia, amor, sensibilidad y belleza se perpetúa en el tiempo.

Entonces, e insistiendo en el hecho de «continuidad de concien­cia»1 ¿por qué paralizar en el tiempo y en el espacio, estos dos grandes elementos que la gran continuidad vital ofrece como marco infinito de oportunidades, aquella poderosa concentración de energía que llamamos el Yo? Dado que Vida y conciencia son un fenómeno CONEXO, nuestra misión nuestro máximo deber social en cualquier momento histórico del tiempo, es establecer una inteligente rela­ción entre la conciencia y la vida y desarrollar así, en el inteligente observador, la capacidad de atención, la profunda observación de todos y cada uno de los hechos y acontecimientos que constituyen el marco de proyección de la vida, es decir, el cotidiano vivir con su potentísimo e inevitable RETO.

Yo digo que el malestar social, cualquiera que sea el nivel en que se manifieste, o cualquier situación conflictiva humana en el aspecto psicológico, son un ejemplo clásico de «falta de atención» al proceso ordenador de la vida y de los acontecimientos involucrados en dicho proceso de expansión vital.

La segregación de los elementos de conciencia que deben ser in­corporados al fenómeno de la vida, exige atención y serena observa­ción. No puede existir un VACÍO entre el fenómeno de la vida y el de la expansión de conciencia. El elemento del juicio analítico y la capacidad de discernimiento deben estar presentes en el desarrollo de la vida. Ignorar esta verdad es preparar el campo de nuestra men­te para la inoperancia de los valores reales del Espíritu y para la muerte del gran intento creador.

Creatividad

Ved que os hablo de creación. El gran intento creador obedece a los impulsos dinámicos que surgen del Yo trascendente. Pero ved también, por favor, que estamos sofocando la eterna fecundidad creadora del Yo, porque nuestra atención se halla dispersa en los mil motivos involucrados en la expansión del proceso vital; he aquí que damos más importancia a las mil florecillas que bordean el Sen­dero de aproximación a la vida que al propio Sendero. Es decir, amamos tanto el cauce que hemos olvidado el agua que desciende de las montañas, el demento que vitaliza el río de nuestra conciencia.

Estamos pues sujetos a la gran prueba de discontinuidad que nos hace infelices y hace que nos arrastremos infecundos por estos fe­cundos surcos de nuestra tierra promisoria. Hemos dejado prácti­camente de existir como elementos creadores dentro del gran cuerpo social y hemos dejado que el gran mecanismo social que hemos crea­do se adueñe de nuestras mentes y nuestros espíritus.

Ya no pensamos ni sentimos como individualidades libres e inteligentes. Nuestra falta de atención ha rebasado de tal manera la ór­bita de nuestras verdaderas capacidades y oportunidades, y es tan grande la distracción o despreocupación de nuestro ánimo, que prác­ticamente hemos dejado de pensar, de sentir o de actuar como seres humanos. Hemos plegado ánimo, mente y corazón al devenir de la gigantesca máquina social que conjuntamente hemos CONSTRUIDO y es ESTA MÁQUINA la que piensa, siente y actúa a través de no­sotros.

Dicho de otra manera; al proceso general de nuestra vida cuyo movimiento es eterno le falta conciencia, al gran engranaje social cuyo esquema hemos ido creando a través del tiempo le falta con­sistencia vital, le falta «SU RAZÓN DE SER». Entre la gran afluencia de energía dinámica que genera nuestro Yo y los campos de expansión social, se han erigido unos limites y fronteras y de ellas se han adueñado el «CONFORMISMO» y el instinto imitativo.

Bien mirado, un individuo inteligente está capacitado para crear, utiliza para tal fin sus capacidades tensas y vibrantes de atención y observación. Sin embargo… ¿dónde hallar individualidades de tal sutil naturaleza, capaces de destruir las barreras impuestas por la gran máquina social y facilitar en su mente y corazón la necesaria reorganización de las fuerzas del Espíritu…? Diógenes, el gran filó­sofo, había confesado su gran decepción social al no encontrar un solo Hombre en el transcurso de su vida.

Yo creo, sin embargo, que tales Hombres deben existir, siquiera en forma solitaria, en cualquier remoto e ignorado nivel de la exis­tencia social, libres por entero de conformismos, pactos y compro­misos con esta inmensa máquina de crear estructuras que es la sociedad moderna.., y vienen a ser como rayos de luz y de esperanza en la creación de un mundo mejor.

Siempre he vivido en la suprema esperanza de este mundo mejor, un mundo dentro del cual la falacia social y el conformismo fuesen reemplazados por la naturalidad y la espontaneidad, es decir, por la sinceridad y por el recto vivir, un mundo de intereses comunes ple­namente reconocidos y compartidos y no de hechos sociales aisla­dos, tal como ocurre actualmente.

Pero, para la creación de este mundo y del nuevo ambiente social se precisan nuevos estímulos vitales, ansias supremas de renovación y de realización. Esto, naturalmente, exigirá un espíritu de «recta ciudadanía» capaz de resistir el fuego de la prueba y de las nuevas situaciones que lógicamente han de producirse, así domo el desarro­llo de nuevas aptitudes de aproximación a la Vida, el ejercicio de las altas cualidades vinculativas que deben producir un hecho social nuevo y un nuevo tipo de hombres.

Para aproximarnos al nuevo mundo de rectas relaciones y para adquirir las desconocidas cualidades que la visión del nuevo tipo de ser humano presenta ante nosotros como el más tremendo desafío a nuestras capacidades de interpretación, deberemos actualizar aque­llos poderes latentes, pero «todavía dormidos» que contienen la se­milla del espíritu creador.

Bien mirado, ¿qué es crear? A mi entender es el incontenible impulso que del fondo del corazón nos eleva a la búsqueda de cual­quiera de los tres grandes Arquetipos que, al parecer, constituyen las grandes Metas de la humanidad: la Verdad, la Bondad y la Belleza, y que cada cual debe tratar de conquistar en el devenir de su vida. Pero, al propio tiempo, me pregunto: ¿cómo podremos alcanzar dichas Metas y cuáles serán, para la propia humanidad, las conse­cuencias de dichas conquistas?

Se trata, como comprenderéis, de las tres Metas situadas en la cúspide de un sinnúmero de esfuerzos humanos de aproximación a la Vida y que son como la gran culminación de los tres grandes ele­mentos constitutivos del ser humano, tal como lo conocemos en el momento actual, la mente, la emoción y el gran contenido físico. Por la mente debe ser descubierta la Verdad, por la emoción y por el sentimiento del corazón debe ser expresada la Bondad y a través del cuerpo físico, en sus múltiples actividades y funciones, debe ser conquistada la Belleza, aquel tipo de Belleza que los grandes artistas del pasado trataron de expresar por medio de sus lienzos, sus esta­tuas y sus cálidas poesías.

La atención el mejor de los Yogas

Pero me diréis, ¿qué tiene que ver esto con el ejercicio de los poderes de la ATENCIÓN? ¿Es que hay alguna relación entre las grandes Metas que el proceso general de la existencia sitúa ante los seres humanos, como una inapelable síntesis de sus diversas actividades de conciencia, y aquella facultad inherente a la misma que llamamos ATENCIÓN?

Yo podría contestar a esta pregunta de muchas maneras, pero la más sencilla y al propio tiempo más directa es aquella que formula la máxima sentencia de la vida y constituye la experiencia vital de todos cuantos expresaron en sus vidas humanas alguno de aquellos supremos Arquetipos: «Sin atención no hay creación», siendo la CREACIÓN, universal, social y humana la revelación de la Verdad con sus inenarrables secretos, arrancados de los grandes Misterios sempiternos, la afloración del sentimiento de integridad emocional que produce Bondad y hace agradable y ennoblece la Vida y la expresión de la Belleza tras la conquista de los elementos sustanciales que equilibran el ser y lo hacen receptible al gran océano de creación artística.

Puede surgir también la pregunta de si estas Metas que nuestra atenta observación de los hechos sitúa como puntos de confluencia ante nuestra visión, deben ser conquistadas totalmente o si la con­quista de UNA de ellas siguiendo las tendencias naturales de cada cual llevará como consecuencia lógica al desarrollo de las dos restantes.

Podemos decir, sin lugar a dudas, que cada cual posee su propia línea de aproximación a la Vida y que todos seguirán en forma espontánea y natural el camino que le señale su espíritu. He ahí entonces que el campo inmenso de la vida organizada de la Huma­nidad puede ser dividida en tres grandes sectores, uno de carácter profundamente mental, otro de tipo eminentemente emocional y otro genuinamente físico.

Así han surgido como expresión de estas tres grandes tendencias humanas las tres grandes corrientes de energías que intentan situar al individuo en el devenir de su propio Sendero espiritual de unión. Me refiero naturalmente a RAJA YOGA, BAKTI YOGA y HATHA YOGA, el yoga de la mente, el de la sensibilidad psíquica y el del equilibrio físico.

¿Y qué es lo que señala y recomienda cualquiera de los tipos de Yoga existentes? Pues, simplemente, ATENCIÓN, ya que la atención marca y señala el principio y el fin de cualquier proceso de integra­ción psicológica humana.

Pero, indudablemente, el Yoga, como Ciencia de Unión con la Divinidad, no es un fenómeno aislado dentro de la multiplicidad de fenómenos que se producen en nuestra vida. Tal como os dije al principio, no podemos aislar unos momentos de nuestra vida para practicar el Yoga o la Meditación trascendental y pasamos después el resto del día en el vano oficio de distraemos o de jugar con nues­tros pensamientos. Así pues, el Yoga no es un hecho aislado, tal como aparentemente se le considera, sino un HECHO total de con­ciencia, una alertitud constante e ininterrumpida de nuestra mente hacia «el incesante fluir de la Vida», marcada, condicionada y diri­gida por el principio creativo de ATENCIÓN. No podemos crear in­termitencias en medio del incesante fluir de la Vida, no podemos quedar quietos, anclados en los Pensamientos que con su inin­terrumpido vaivén nos distraen de las cosas importantes del presente, o de permanecer VARADOS en el fondo del río de nuestros veleidosos sentimientos que con tanto apego mantenemos en nues­tro corazón.

Tampoco podemos hacer del Cuerpo físico el centro de nuestra atención inmediata, con el inmenso peligro de «regresión al pasado instintivo» del cual nos alejamos a medida que el ritmo espiritual de nuestra vida hace sentir el peso de su Ley y de su Justicia.

¿Qué es pues lo que hay que hacer? Yo diría que hay que tratar de vivir serenamente, sin estridencias, ya que son la seriedad y el gozo que se mantiene dentro de esta seriedad, los elementos que han de llenar de paz nuestro animo. Y no se trata naturalmente de una seriedad rígida, implacable y sin matices, sino de aquella se­riedad natural cuya expresión admira, atrae y cautiva. A través de esta seriedad el GOZO de vivir irradia y se expande.

La conquista de la propia singularidad

La singularidad individual es el fruto de una atenta observación de los hechos que ocurren a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos.

Es una música suave de silencio que invade nuestros sentidos, nuestras sensaciones más intimas y aun preside el aletear del más leve pensamiento.

Es, podríamos decir, el fruto de una integración de valores es­pirituales y psicológicos, una fusión de actitudes internas y externas. Es la seriedad resplandeciente de gozo, la actitud serena de quien se sabe integrado en los valores del espíritu, suspendido entre cielo y tierra y contemplando desde este centro de equilibrio cuanto ocurre dentro de su mente y de su corazón, desarrollando un fino y pro­fundo sentimiento de alertitud que le impide caer en la superficiali­dad y en el sentido imitativo de valores a que están sujetas la in­mensa mayoría de personas.

Os hablé de sentido imitativo, ¿verdad? ¿Y a qué debemos deno­minar —psicológicamente hablando— el sentido imitativo? Es la reproducción incesante y sin discernimiento alguno de todo cuanto sucede en el ambiente que nos rodea y dentro del cual vivimos in­mersos. Bien mirado, la IMITACIÓN surge cuando estamos ausen­tes de atención, cuando estamos distraídos y dejamos que nuestro “Yo” se desentienda de los hechos, de los acontecimientos y de las personas que nos rodean, cuando todo cuanto el medio ambiente nos suministra es aceptado sin reacción alguna de la mente y sin control alguno de los elementos del deseo, constantemente adheri­dos a todos y a cada uno de los incentivos que el ambiente social sitúa a nuestro alcance. No hay calidad en nuestro esfuerzo ¿verdad? Estamos haciendo lo mismo que hicimos ayer y que reproduciremos seguramente mañana, porque nuestro presente está vacío del Yo y solo es una repetición incesante de hechos, de estos hechos y de estas situaciones que acumulados en nuestra mente y corazón nos impiden pensar, sentir y actuar por nosotros mismos Y cuando esto sucede, cuando hemos dejado que sean el ambiente, las circunstancias y las personas las que piensen, sientan y actúen en nosotros, nos hemos convertido de hecho en meras máquinas copiativas o reproductoras y el Yo, centro vital de nuestra vida, ha dejado prácticamente de funcionar, hemos dejado de ser creadores y en virtud de ello sufri­mos, nos desesperamos y criticamos el ambiente, las circunstancias y los seres que nos rodean.

Sólo cuando la mente está muy atenta al proceso vital de los hechos que suceden constantemente a nuestro alrededor, tan pro­fundamente atenta que la intención, la mente y los sentimientos se confunden en un solo centro de actividad, podemos decir que se ha descubierto el Yo, que dejamos de ser un producto ambiental y es­tamos desarrollando, promoviendo y proyectando nuestra profun­da e íntima SINGULARIDAD, Es entonces y sólo entonces que nues­tra entidad psicológica empieza a funcionar independientemente de todo cuanto ocurre a nuestro alrededor.

Vamos a referirnos ahora a un punto de la máxima importancia, a aquel punto que podríamos denominar del «éxito o fracaso de nuestras actitudes», dentro del ambiente social en donde estamos viviendo. En todo caso la pregunta debería ser ésta: ¿Por qué se triunfa o por qué se fracasa en la vida? O dicho de otra manera:

¿Podría nuestra ATENCIÓN detener el curso de los acontecimientos y alterar nuestro destino? ¿Podríamos pasar del fracaso al éxito con sólo estar atentos al proceso vital de nuestra vida? Yo diría que la ATENCIÓN es lo más importante de la vida y que sin ella no puede existir un éxito substancial, ni una alteración total del curso de los acontecimientos. Consideremos nuestra vida como un fenómeno total al que estamos constantemente fraccionando por nuestra falta de sin­gularidad y decisión, es decir, volviendo siempre a lo mismo, por nuestra falta de atención. ¿Cómo podemos producir el éxito en nues­tra existencia si vivimos indecisos, esperando que sea la vida y nues­tro particular destino los que vayan resolviendo el problema de nuestra insuficiencia vital?

Debemos vivir MUY ATENTOS a los factores que acompañan al éxito en todos los niveles de nuestra programación psicológica; es decir, hay que llenar nuestra vida de DECISIÓN e INTREPIDEZ y empezar a vivir y gobernarnos en forma INDIVIDUAL, dejando a un lado el aspecto grupal. No se trata, naturalmente, de romper con la sociedad, con la familia o los amigos, sino de ser íntegramente individuales en todos los momentos de la vida

Todas las personas que tuvieron éxito en su vidas, en cualquier departamento de actividad social fueron eminentemente SOLITA­RIAS, no porque se separasen de las demás y se convirtiesen en entidades aisladas dentro del complejo social de la existencia, sino porque «nunca siguieron las huellas de nadie», porque supieron adentrarse en lo íntimo del corazón y porque jamás se desanima­ron ante las pruebas que el destino situó en su camino. Porque supieron perseverar sin desfallecer, porque fueron audaces y nunca plegaron su voluntad a la de nadie, viviendo muy serenamente y con gran confianza en el corazón.., porque vivieron muy atentas al proceso vital que se estaba desarrollando ante su vista, ellas y el proceso de la vida constituyeron una unidad, sin divisiones. Es así que gobernaron su destino y triunfaron.

El mayor bien de la vida es tener paz, un poco de paz en el cora­zón, ¿verdad? Es esto realmente lo que el ser humano está buscando en todos los momentos de la vida, pues la paz es el mayor de los éxitos. Lo demás sólo tiene importancia de tipo SOCIAL, pero yo me refiero al éxito en la vida individual, aquél que determina la conquista del destino, el dejar de sufrir y el dejar de vivir sutilmente ad­heridos a los hechos, a las personas y a las circunstancias que pro­mueven el ambiente.

¿Hay atención en el verdadero amor?

Vamos a hablar ahora un poco sobre el AMOR y la atención que debemos prestarle en nuestra vida de relación social. Pero ¿qué es exactamente AMOR? ¿Es el fruto de un esfuerzo, de una elección o quizás sea el propio único destino de la Vida?

El ser humano ha sido programado para amar y ser amado. Su único y verdadero destino en la vida es encarnar este sentimiento de amor, pues sin amor fácilmente se pierde la esperanza en las cosas y en el curso de los acontecimientos.

Una vida solitaria, a la que acabamos de referirnos hace un momento, nunca está ausente de amor, sino que está tan henchida de amor que los demás no pueden comprenderla, en su inmensa plenitud.

Me preguntaréis quizás, ¿qué clase de amor es éste, que aparente­mente se oculta y no se demuestra. que vive en solitario? Yo debo repetir que el alma solitaria ni se esconde, ni rehuye el contacto social, ¿cómo podría? Yo diría más bien que esconde parte de su amor como algo inmaculado y bendito y no quiere que los demás mancillen con su contacto aquel algo sagrado. El amor que demues­tra — pese a no ser la totalidad inmensa de su amor — tiene un ca­rácter muy especial, contiene sinceridad y se revela fácilmente y con gran sencillez, espontáneamente podríamos decir.

Se trata de un amor con carisma. Sabéis lo que es carisma, ¿verdad? Me refiero a su sentido profundamente magnético, atractivo e influyente. Es el fruto, me refiero siempre a la parte de amor que puede demostrar el alma solitaria, de una gran ATENCIÓN, ya que atención vista desde el ángulo del sentimiento, es síntesis y es cua­lidad infinita de vida. Ahora bien.. ¿cómo ama la totalidad de la gente? Es un amor desnaturalizado. Se trata del proceso de recons­trucción de una IMAGEN que instintivamente se sabe que existe en un lugar desconocido, dentro o fuera del corazón, y la persecución de tal imagen, el proceso de su hallazgo, de su conquista y de su recons­trucción es el móvil que guía a las gentes y es el impulso básico que mueve todas sus actividades.

Así de acuerdo con la calidad de las personas y del nivel en donde se mueven —psicológicamente hablando— dentro del gran proceso de la búsqueda de los grandes incentivos del amor, sus es­fuerzos vienen promovidos por el deseo, por la encendida emoción o por un sentimiento de Unión o comunión de integridad y de belleza que permite entrever, siquiera en una débil medida, el gran MISTE­RIO del COSMOS.

Podríamos definir estos tres estadios dentro de la búsqueda del Amor, como de tres fases de atención y todos los seres humanos se hallan perfectamente integrados en uno u otro de estos tres grandes estadios que jalonan la búsqueda del Amor, del Tesoro perdido.. – allá en las profundas reconditeces del corazón. Cuando el AMOR ha sido conquistado o reconstituido en los tres niveles, asistimos a un hecho social nuevo derivo de la sociedad. Surgen tres grandes sentimientos, unos acontecimientos desconocidos por la inmensa ma­yoría de las personas. la SINCERIDAD, la ESPONTANEIDAD y el SERENO EQUILIBRIO.

Creo que la salvaguarda de estos tres principios clave del senti­miento creador, corresponde al alma solitaria, la cual vivifica los latidos del corazón con una especie particular de fuego, quizás con algún destello de aquella Luz o de aquel fuego que PROMETEO arrebató a los Dioses del Cielo cuando estaban dormidos. Se trata, en todo caso y voy a repetirlo, de un HECHO SOCIAL NUEVO, un Hecho todavía incomprensible para la gran masa de la Humanidad. Me pregunto si vais siguiendo el trazado de mis ideas y si seréis ca­paces de interpretar su verdadero sentido. Conocemos tan poco del AMOR, ¿verdad?, que siempre nos sentimos fatalmente inclinados a las oscilaciones de un determinado nivel, y cada cual debe saber en todo caso cuál es este nivel, al menos para SINCERARSE consigo mismo y no caer en la vulgaridad a la ore están habituadas la mayo­ría de las personas.

¿Podéis interpretar esta sinceridad consigo mismo como una prue­ba de atención? ¿Y estáis seguros de si esta atención que por su incesante Fricción produce meras chispas de amor en vuestra vida, contiene en si el suficiente poder para liberar vuestro Yo de la opre­sión del medio circundante con sus eternas interrogantes, dudas y sufrimiento y os redime de la esclavitud, de la incesante dependencia de hechos, circunstancias y personas y os permite reorientar cons­cientemente vuestro destino? No intentéis responder de inmediato a estas preguntas. Dejad que pase el tiempo y tratad de desarrollar vuestra atención hacia los motivos del AMOR. Más adelante veréis claro el proceso, pues, sin daros cuenta, en virtud del esfuerzo de atención os iréis convirtiendo también en “almas solitarias”.

Y por favor, no creáis que un alma solitaria vive amargada, sumida en la oscuridad de aquello que denomináis SOLEDAD. Tal alma vive el goce supremo de la Creación, del poder dinámico, del amor atrayente, de la comprensión creadora. Lo que ocurre es que en su propio nivel de integración las cosas tienen menos valor que para la inmensa mayoría y que su sinceridad es tan sutil que no puede ser interpretada por el juicio personal de los demás.

Razones humanas y móviles universales

Quisiera hablaros también de las razones humanas y de los mó­viles de la creación divina de acuerdo con el sentido de ATENCIÓN. Bien mirado, el Universo es el fruto de una gran atención por parte del Creador; ¿no lo creéis así? Debido a ello existe lo que podríamos definir “el equilibrio inmutable de la Creación”, y los impulsos cíclicos que permiten al Creador vivificar su Universo. Y con respecto al ser humano, ¿cuál es su universo? acaso no está relacionado con aquellos tres niveles de expansión de Amor analiza­dos anteriormente? Y no es acaso la suprema atención depositada en cada una de las tres fases del amor, la instintiva, la de la vi­brante emoción y la del más exaltado y sublime pensamiento, la rara cualidad psicológica que define al alma solitaria, como un Dios en el centro de su propio Universo?

No sé basta qué punto me habéis comprendido. En todo caso, si pensáis intensamente en el AMOR que siente actualmente vuestro corazón despertaréis la necesaria atención para que sepáis exacta­mente cuál es la fase o nivel en donde se expresa vuestra alma anhelante.

Existe, como iréis apreciando, una gran motivación divina en cada uno de los más mínimos deseos del corazón. Cada deseo da la medida del propio corazón, ¿verdad? Entonces, ¿dónde está el pe­cado en orden al deseo, en orden a la propia motivación del Amor? ¿Existe pecado en la flor que está expandiendo su perfume, su propia motivación de amor, o en la humilde oruga que se arrastra trabajo­samente por la tierra? Sólo en la imaginación del hombre se hallan la confusión y el pecado. Podríamos decir que en la imaginación existen todavía escasas motivaciones de AMOR, y en esto la imagi­nación del hombre está muy por debajo de la flor, de la oruga o del ave que cruza los aires.

Debe existir, por tanto, como Meta de la Humanidad, un sublime estadio en donde la razón humana, con sus múltiples imaginaciones, y el gran móvil divino —o motivación de amor en el corazón de todo ser nacido— llegarán a equilibrarse a complementarse y, finalmente, a fundirse creando un nuevo tipo humano y un nuevo tipo de socie­dad. Tratad de vivir pues muy atentamente. Los motivos del amor, con sus innumerables incentivos, están presentes en todos y cada uno de los momentos del tiempo, del tiempo que pasa y que nunca podrá recobrarse. Veréis, pues también, que no se trata de vincularse al devenir de un hecho cualquiera de la vida desde el ángulo normal de apreciación humana, hiriendo solamente el intelecto o la visión mental. Dios flota por así decirlo, en la expresión de cada uno de los sucesos del tiempo. No existe así ningún momento del tiempo ausente siquiera en una débil medida, de eternidad. Cada acto de la vida, el que estáis realizando vosotros o el que están realizando los demás, es una motivación de amor. Sed pues, muy indulgen­tes y no dejéis que el orgullo de sentiros mejores empañe la ternura de vuestro corazón.

Muchas cosas más podría deciros. Me pregunto, sin embargo, si no será ampliamente suficiente cuanto os he dicho. Sólo os pido atención una atención similar a la que yo he utilizado en tanto os estaba hablando. La vida, con sus magníficas oportunidades, os brin­da un amplísimo marco de proyección de tantas y tantas motivaciones de AMOR. Sólo me resta aconsejaros, si es que todavía creéis en los consejos dados con huera voluntad, que viváis atentamente en todos los momentos de vuestra vida por dentro, por fuera y por todas partes, y que seáis generosos con las motivaciones de vuestro AMOR, cuando éste se haya elevado siquiera un grado por encima de la acumulación de los Intereses segregados por el tiempo, por la tradición, por el temor, la duda y la inseguridad.., Veréis, entonces, que la generosidad viene a ser como la medida de la atención y de la sinceridad que habéis logrado imprimir a vuestra vida psicológica. Os sentiréis así, permitidme decíroslo, más libres y más genuinamen­te humanos.

Páginas Esotéricas

La buena acogida que tuvieron mis primeros artículos por parte de muchos lectores de la revista «CONOCIMIENTO» de Buenos Aires, me animaron a seguir publicándolos. En algunos de ellos el interés desper­tado fue quizás mayor, y ello les incito a escribirme preguntándome di­rectamente sobre temas definidos. Algunas de las preguntas formuladas las consideré de interés para un gran sector de aspirantes espirituales y al responderlas directamente a los que me habían escrito, reservé lo que creí más útil en orden al discipulado mundial para los amables lec­tores de la revista.

Acerca de los poderes psíquicos

==> DSD: La utilización de los poderes mágicos

Sobre este particular tuve muchas cartas, algunas de ellas realmente in­teresantes, no sólo por la calidad mental de la pregunta sino también porque en ellas se perfilaba un evidente deseo de comprensión espiritual. En otras se apreciaba, por el contrario, sólo un manifiesto afán de poseer y desarrollar estos poderes pidiéndome instrucciones directas a este fin Es obvio decirles que sólo contesté a las primeras.

Me preguntaba un señor sudamericano: «El desarrollo y actividad de al­gunas de las facultades psíquicas que parece usted poseer ¿fueron anteriores o posteriores a su ingreso en el Ashrama?»

Vean mi respuesta: Mucho tiempo antes de mi ingreso en el Ashrama había tenido ya algunas de estas experiencias de orden psíquico, aunque nunca les asigné demasiada importancia. Hubo un tiempo sin embargo, en que me sentí «modelar» por manos invisibles, mientras se me preparaba —según pude comprobar después— para ciertas experiencias de orden es­piritual. Durante meses, y noche tras noche, ciertas Entidades que más ade­lante pude identificar, se congregaban alrededor de mi lecho y actuaban definidamente sobre algunos centros específicos de mi columna vertebral. Esta actividad era de cualidad eléctrica y sentía como si una gran corriente de energía circulase arriba y abajo de la misma. Un día me hallé en el centro de la habitación contemplando conscientemente mi cuerpo dormido. Sin querer entrar en detalles minuciosos sobre esta experiencia, si debo decir que ella fue principio de una serie casi ininterrumpida de experiencias internas y esotéricas. Desde aquel momento y casi cada noche, unas veces solo y otros acompañado, realizaba «salidas» fuera del cuerpo y efectuaba «viajes» cada vez más largos, algunos de ellos sumamente largos en orden a lo que llamamos distancias físicas. Tales experiencias siguieron, no obstante, una trayectoria absolutamente natural, y pueden conceptuarse desde las de tipo puramente emocional hasta las verdaderamente espirituales tales como el contacto con el Maestro, realizadas en el plano mental superior tras unas etapas definidas de meditación esotérica, pero todas ellas se ajustaron siem­pre a reglas definidas de control espiritual y tendiendo constantemente a la impresión del gran dictado de servicio a la humanidad. La regla esotérica, en lo que a los poderes psíquicos se refiere es y será siempre la misma, la que enunció AQUEL que es la Luz del mundo: «Buscad primero el Reino de Dios y lo demás os será dado por añadidura».

Otra pregunta, en este mismo orden de ideas. Procede de un señor del Sur de España: «¿Podría usted relatarme alguna experiencia psíquica que constituyera una enseñanza verdaderamente espiritual para usted?»

Con mucho gusto. Voy a relatarle una que me aconteció siendo todavía muy joven. Hacia poco tiempo había ingresado corno miembro de la Sociedad Teosófica. Me sentía tan profundamente intrigado por descubrir el valor de los arcanos espirituales de la misma que solicité mi admisión dentro de la llamada «escuela esotérica». La escuela esotérica dentro de la Sociedad Teosófica se suponía era un núcleo de poder espiritual que debía tratar de mantener por la meditación y el estudio de la Teosofía, un lazo de unión con Aquellos excelsos Maestros que desde un buen principio habían ayudado a establecer la Sociedad Teosófica en el mundo. Recuerdo todavía la cara de asombro que pusieron los miembros más antiguos de aquel grupo de in­vestigación esotérica ante mi petición. Me respondieron lisa y llanamente, que era yo todavía «demasiado joven» para semejante oportunidad espiritual, y que debía estudiar y meditar mucho, antes de que mi petición fuese atendida y aceptada. Me sentí terriblemente decepcionado ante aquella negativa, ya que, a mi entender, pertenecer a la «escuela esotérica», según el criterio inicial de la señora Blavatsky, no era cuestión de edad física, sino de intensidad de propósito espiritual. Bajo la impresión de esta idea escribí una carta redactada en términos bastante duros y la remití a quien, a mi juicio, era el miembro más antiguo y calificarlo de la Sociedad Teosófica, y en cuyo domicilio sabia yo tenían lugar las periódicas reuniones del grupo esotérico.

Unos días después, a la hora del sueño, me sentí transportado en cuerpo astral a casa de dicho señor. Penetrando a través de las paredes llegué así a la sala donde, en aquellos momentos, se hallaban congregados los miem­bros de la «escuela esotérica». Las paredes estaban llenas de las fotografías de los Maestros, de Mme, Blavatsky, del Coronel Olcott con su larga barba blanca, de Annie Besant, de Leadbeater, etc. Un reloj encima de una mesa situada en un rincón marcaba en aquellos momentos las once y media.

Me fijé en este detalle. Estaban sentados formando círculo alrededor de una mesa central, y leían y comentaban mi carta con expresiones entre diver­tidas y compasivas, haciendo alusiones no muy caritativas respecto a mí. Traté de captar y registrar profundamente en mi conciencia todos los deta­lles de aquella experiencia y volví a mi cuerpo físico,

Al día siguiente y por la tarde, se celebraba una reunión extraordinaria de los miembros de la Sociedad Teosófica, con ocasión de celebrarse la fiesta del «LOTO BLANCO» que, como usted sabe, conmemora el aniversario de la desaparición física de la señora Blavatsky. Pude contactar a algunos de los miembros asistentes a la reunión «esotérica» de la noche anterior, y les refe­rí con toda clase de pormenores cuanto habían dicho unos y otros respecto a la carta que les había enviado, así como la hora exacta de la reunión, evi­denciándoles al propio tiempo su injusto proceder conmigo, que con tanta sinceridad y buena fe haba solicitado algo que consideraba absolutamente justo. Quedaron profundamente impresionados. En el curso de la próxima se­mana recibí una nota en la que se me invitaba a una pequeña ceremonia en la que se me admitiría como miembro de la «escuela esotérica». Pero, comprenda usted, para mi aquella escuela dejaba ya de ser «esotérica», por cuanto sólo lo espectacular y psíquico parecía presidir el profundo campo de sus investiga­ciones. Así es que amablemente renuncié a tal honor, Como comentario ge­neral podría decir que tal experiencia fue realmente ilustrativa para mí, no por el hecho de haberla vivido y experimentado, sino por la profunda en­señanza de humildad y comprensión espiritual que revela. Años más tarde pude conocer experimentalmente el significado profundo de un grupo ver­daderamente esotérico, regido por ciertas leyes definidas de circunspección y silencio, así como de estrecha vinculación fraternal. Supe asimismo de «las palabras de pase», que permiten la entrada a estas reuniones esotéricas de grupo, y que sólo se transmiten de boca a oído, de la terrible opresión de los secretos inviolables y de la indescriptible fuerza liberada en estas reuniones por la presencia de ciertos excelsos Seres espirituales y de los terroríficos Guardianes que celosamente guardan los arcanos de los Misterios sagrados, sensibles solamente a la verdad, a la bondad y a la pureza de propósito. En fin, amigo mío, algo absolutamente distinto a aquella «escuela esotérica» en donde una vez se me había negado el justo derecho a entrada.

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Krishnamurti y su Mensaje

Una de las cartas más interesantes, por su importancia en relación con un gran hecho mundial, me vino de una señora de Barcelona, Ella me preguntó sin rodeos. (1) «¿Cuál es su posición respecto al Mensaje del señor Krishna­murti? (2) Usted nos habla de los Maestros ni mas ni menos que lo hacían los antiguos teósofos, siguiendo la tradición de Mme. Blavatsky, la Srta. Besant, Leadbeater, etc., Ellos afirmaron también sus contactos con el Maestro, pero, (3) frente a la Mueva Era a la que usted se refiere constantemente ¿no es preferible el Mensaje de Krishnamurti?» He ahí mis respuestas a estas cuestiones.

(1)       Espiritualmente no se pueden adoptar posiciones, sino que hay que experimentar verdades. Desde este punto de vista toda persona culta, mental­mente organizada y espiritualmente predispuesta, tiene una cierta experiencia de la verdad que la capacita para dar un determinado mensaje, su mensaje de la verdad por ella percibida y registrada. Krishnamurti nos habla de la verdad única y total, expresión inefable de la vida liberada, un Mensaje que no trataré de discutir por tratarse de un Mensaje viviente, más que simplemente expresivo para las gentes. El problema reside quizás en el hecha de que no todas las personas, incluidas la mayor parte de las que leen, y es­tudian asiduamente a Krishnamurti, están a la altura de este Mensaje, ni capacitadas, por lo tanto, para comprenderle y correctamente interpretarle. Usted me preguntará quizá el porqué de esta afirmación.

Mi respuesta será la propia de Krishnamurti:

«… a la Verdad pura e incondicionada no se puede llegar a través de una mente intelectual, compleja y condicionada».

Tenemos también la afirmación categórica de un conocido Adepto de la Jerarquía Blanca del planeta, el Maestro D. K.:

«La mente humana debe estar plenamente desarrollada, controlada y or­ganizada antes de poder acercarse a los valores fundamentales de la vida».

Al comparar ambas afirmaciones debo necesariamente preguntarme cuántas personas en el mundo de hoy poseen una mente tan extraordinariamente predispuesta. Me pregunto también cuántos, de entre los más aptos, serán lo suficientemente rectos y equilibrados como para poseer «una mente plena­mente desarrollada, controlada y organizada» y ser al propio tiempo capaces de dejarla totalmente libre y silenciosa para poder acercarse así al gran Mis­terio de Verdad que es esencia de la Vida. Para mí existe solamente un solo y único Mensaje de la Verdad, del que participan indistintamente y según su propia «medida o jerarquía» todos los seres humanos. Me refiero a medida o jerarquía en el sentido de que no todos los hombres se hallan en un mismo nivel de percepción de la verdad en un momento cíclico del tiempo. el que caracteriza por ejemplo nuestra Era, la tremendamente fascinante ERA que estamos viviendo. Siendo así me pregunto de nuevo, ¿cuántos en el mundo de hoy serán capaces de percibir la Verdad tal cual la percibe y trata de expresarla Krishnamurti?

(2)       Me remito ahora al tema de los Maestros al que usted también se ha referido. Al hablar de los Maestros de la Jerarquía, y de mi Maestro en particular, doy sincera y honradamente fe y testimonio de una verdad que sin negar en absoluto el Mensaje de Krishnamurti es algo que ve he podido vivir y experimentar independientemente por completo de si anteriormente la vivieron y experimentaron discípulos tan extraordinariamente predispues­tos y capacitados como H. P. B., Mme. Besant. Olcott, Leadbeater la señora Alice Bailey, etc. No se trata de una experiencia o verdad de orden perso­nal, sino la afirmación de un hecho eterno que se realiza en todos aquellos cuyo propósito espiritual y su dedicación al servicio de la raza son lo suficien­temente firmes, correctos y sinceros. Es la respuesta inmediata y aplicación de las sacramentales palabras «Llamad y se os abrirá», «Pedid y se os dará» comprendidas en su exacta aplicación esotérica.

Y respecto a la Verdad única y total, a la que se refiere Krishnamurti de­bemos tener presente que de esta Verdad inefable, pura e incondicionada como esencia del propio Dios, han habido y habrán siempre testimonios vivos e incontrovertibles. Estudié, pues, el pasado, desde que el hombre tuvo uso de razón hasta nuestros días. Los testigos de a verdad surgirán de lo pro­fundamente místico o espiritual de la historia con luz potente e indescripti­ble: Hermes, Krishna, Confucio, Buda, Cristo, Lao Tse, etc., Se trata de Seres extraordinariamente evolucionados en el sentido espiritual que experimen­taron en Si mismos la Verdad universal y la vivieron integralmente en Sus vidas. Recordemos también que el Mensaje de Aquel Elegido que haya lo­grado descubrir y vivir la Verdad universal no dependerá tanto de la Verdad vivida y experimentada como del tiempo o época en que esta Verdad ha de ser emitida o revelada.

Krishnamurti presenta su Mensaje a un mundo moderno bajo la presión de ciertas condiciones sociales, económicas, políticas y religiosas, de cierto Rayo cíclico de actividad y a un público determinado: forzosamente minoritario dadas las altas trascendencias del propio Mensaje. Krishnamurti habla de una Realidad para cuya comprensión la mente, tal como la conocemos, es decir, meramente intelectual, concreta y condicionada por el ambiente debe desaparecer por completo, absorbida por así decirlo, por ja fuerza de gra­vedad divina, por el potente magnetismo de un propósito superior cuyo valor cualitativo se expresa como «nada», como vacío, como la negación absoluta de todas las artificiosas estructuras de la mente. Y ante este tremendo de­safío, ¿cuántos serán capaces de perder todas sus conquistas mentales que abarcan el extenso campo de la vida organizada individual y social, de su­mergirse en este absoluto vacío de la mente de donde emerge toda verdadera y positiva creación humana y en el que el pensamiento, que hasta aquí ha sido el eje vital de la búsqueda interna, ha dejado de tener una razón de ser y ha dejado prácticamente de exigir? En fin, amiga mía, dejo a su criterio la formulación de las respuestas más convenientes. Pero, recuerde antes lo que dice el propio Krishnamurti; «El pensamiento negativo es la más alta forma de pensar». Y hay que suponer que Krishnamurti es absolutamente sincero cuando emite este pensamiento, tan descorazonador al juicio de los aspiran­tes espirituales que intentan hollar el camino que conduce a las altas cimas de la liberación. Yo le aseguro a usted, que el Mensaje de Krishnamurti es demasiado pesado para la fragilidad evidente de la mayoría de estos aspi­rantes, demasiado sutil y profundo, pese a su aparente sencillez, para la tosca expresión mental de la mayor parte de los llamados «buscadores de la Verdad». Dado que a las profundas implicaciones del Mensaje de Krishnamurti no se puede llegar por la percepción mental, simple y corriente, habrá que abrirle nuevos caminos de acceso para su correcta interpretación.

(3)       Se refiere usted también a la Nueva Era. Me habla usted del Men­saje de Krishnamurti como algo consubstancial de esta época. ¿Qué debo decirle al respecto? Dado que todo Mensaje espiritual de un Instructor no de­pende únicamente de la Era en que ha surgido, sino también de las nece­sidades prácticas e inmediatas de las gentes que en esta Era viven, creo sim­plemente que el Mensaje de Krishnamurti, es sólo de «apertura a un cielo mayor de vida», un ciclo que no todos serán capaces de vivir ni de experi­mentar en esta presente fase de su existencia planetaria. Falta mucha prepa­ración mental-espiritual todavía para poder interpretarle correcta y adecua­damente. Desde el punto de vista de mí propia experiencia y de mis relaciones espirituales con el Ashrama, el Mensaje de Krishnamurti es quizás prematuro para una infinita vastedad de seres humanos que buscan la verdad, y me pregunto qué será de este Mensaje cuando Krishnamurti no esté ya físicamente con nosotros.

Durante mi estancia de tres años en Suiza por motivos de trabajo, tuve oportunidad de asistir a casi todas las conferencias del señor Krishnamurti, en Saanen; durante el periodo de las mismas, en los años 1961-1964, puedo asegurarle que lo más impresionante de estas reuniones fue siempre aquel profundo silencio con que las iniciaba, Aquellos momentos de «dinámica expectación» contienen a mi entender la clave de todo cuanto Krishnamurti vive y trata de expresar. Pero, ¿cuántos de los asiduos asistentes, aquellos que año tras año van a oírle, son capares de penetrar el Misterio Universal de Verdad contenido en aquel silencio?

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Charla con un grupo de amigos

Acerca del fenómeno del sueño

Me habéis pedido que os hable del fenómeno del sueño desde el ángulo oculto y no desde el ángulo científico y racional que explica la psicología oficial en sus distintas ramificaciones. Según ésta, el Sueño viene provocado por una serie de reacciones psíquicas del cerebro una vez liberado éste por una normal «desarticulación de las neuronas», que constituyen su Filamento vital y estructural y una liberación consecuente de imágenes en el subcons­ciente.

La explicación oculta debe partir naturalmente de aquí, aunque estable­ciendo ciertas distinciones y consideraciones a las que normalmente no alude la psicología oficial, la cual, desde Sigmund Freud hasta nuestros días, no ha dado pasos trascendentales todavía en el campo fecundo de la ciencia oculta.

En primer lugar hay que considerar el cuerpo etérico (o bioplásmico) descubierto ya gracias a la ingeniosa «cámara obscura» de los esposos Kirlian (científicos de la Unión Soviética) en su aspecto transmisor, retentor y pro­yector de todas las energías universales capaces de ser contactadas por el ser humano y un medio de comunicación directa con la vida o vidas, existentes en otras dimensiones del espacio.

Nos referimos precisamente a «estas desconocidas dimensiones» para poder explicar algo más ampliamente el fenómeno del sueño y de los sueños que nos hacen participes de ciertas impresiones psicológicas de índole desconocida, aparentemente perdidas en el laberinto de lo oculto de nuestra composición psicoespirilual, y con el cerebro como expresión final del proceso.

Todo ser y toda cosa, por maravilloso e invisible que pueda parecer, se mueve simultáneamente en varias dimensiones de las cuales el hombre co­rriente —tomando a éste inicialmente como ejemplo— sólo es consciente de los tres que constituyen el mundo denso en donde vive y que estructuran y cualifican las percepciones y reacciones de su cerebro.

El fenómeno del sueño, o liberación parcial de su conciencia de vigilia, se verifica arrancando del principio de que por una tendencia natural al reposo o al descanso que se exterioriza tras un periodo de actividad, las neuronas eté­ricas del cerebro se desarticulan, pierden transitoriamente su intercomunica­ción y por «ende los vacíos intermoleculares» que esta desarticulación produ­ce, el cuerpo etérico sutil se proyecta fuera del cuerpo físico denso y permite que el alma consciente, el pensador, el yo, o la psique penetre en otra di­mensión.

La más inmediata al mundo físico de tres dimensiones, es la cuarta, en la cual parece ser que el yo consciente funciona correctamente y con una cierta integridad (continuamos refiriéndonos al hombre corriente). Ocultamente, a esta cuarta dimensión la llamamos «plano astral», y en el mismo, el individuo vive aparentemente una nueva vida desligada la mayoría de las veces en forma compleja de las vicisitudes y experiencias del mundo físico.

Sin embargo, se traía de un plano, de un mundo o de una dimensión que fácilmente pueden inducir a error, por el hecho de que Nada aparentemente de lo que ocurre en aquel nuevo espacio, tiene su contraparte exacta en el mundo físico u objetivo.

Esotéricamente sabemos que existe realmente «la contraparte astral» de toda forma física, y aun de todos los hechos y de todas las situaciones am­bientales que puedan producirse. Pero, ¿cómo demostrarlo? Quizás alguno de nosotros posea alguna experiencia consciente de aquel plano, fácilmente me­morizable y, por tanto, explicable en forma más o menos racional, pero, y la inmensa mayoría de personas?, ¿y la reacción científica y psicológica que no todas las personas, incluidos científicos, psicólogos, han podido experim­entar conscientemente en su propia personalidad?

El campo astral, llamémosle cuarta dimensión, constituye, por tanto, el reto inmediato de la civilización presente, teniendo en cuenta y admitiendo que la ciencia está penetrando ya en ciertas áreas o estratos de este mundo desconocido, aunque no pudiendo afirmar, según lo hace el entrenado esoterista, las condiciones, las leyes y los principios que regulan las formas, las cualidades y las percepciones propias de aquella nueva dimensión.

El esoterista reconoce en la cuarta dimensión siete estratos, o siete distin­tos estados de substancia dentro del éter específico que constituye la base estructural de dicho plano y aun admite para cada estrato, nivel o compo­sición etérica (teniendo en cuenta que el éter lo llena todo) una muy distinta cualidad de vida, de conciencia y de forma con lo cual, siempre desde el punto de vista de lo que puede ser reconocido y explicable, el fenómeno del sueño como la expresión de una vivencia particular, o deferente a cada tipo de persona, desde el ángulo de su propia evolución o capacidad libre de actuar, de moverse y de registrar hechos en el campo astral, adopta o debería adoptar para la investigación científica una nueva consideración y constituir el punto de partida para una serie de investigaciones partiendo del hecho interpre­tativo de los sueños para cada tipo de persona, con lo cual se entraría quizás en una percepción más evidente de lo que es realmente la cuarta dimensión, y cómo empezar a interpretarla según el juicio demostrativo de siete espe­cíficos tipos de psicología humana, cuyos sueños, revelando algunos aspectos particulares, o registros, pueden dar origen a una catalogación de estas vidas, conciencias o formas que, empleando el conocido axioma esotérico, «viven, se mueven y tienen el ser» en cada tino de los siete estratos o niveles que cons­tituyen el plano astral.

Hasta aquí nos hemos referido al sueño en el aspecto particular más conocido, es decir, el de la pérdida momentánea del sentido normal de conciencia de vigilia y la entrada en un inundo desconocido, pero dentro del cual, al parecer, el alma, yo, la psique, se mueve con relativa facilidad y hasta nos atreveríamos a decir, con más libertad que en el mundo físico.

El estudio deberá referirse ahora «a lo que ocurre» durante el tiempo físico de tres dimensiones en que el «yo» consciente se halla fuera de la órbita de lo habitual, conocido y explicable.

Lo que ocurre es, sencillamente, que «el yo continúa viviendo, experimen­tando y registrando hechos, estando en relación tales hechos con otras vidas, otras formas y otros tipos de conciencia, y por tanto, de situaciones»; un campo, como verán, tan complejo o más que el habitual, objetivo y físico de tres dimensiones donde vivimos normalmente, y, por tanto, muy difícil de ser explicado o interpretado por un cerebro sujeto a esta ley de las tres dimensiones

La dificultad científica y psicológica de analizar correctamente tales hechos, reside precisamente ahí en la dificultad de que el «CEREBRO REGISTRA HECHOS» para los cuales carece absolutamente de datos y, por lo tanto de medida, hablando en términos de conciencia.

No obstante, el SUEÑO como registro de imágenes del plano astral, o de la cuarta dimensión, es evidente y todos sumos más o menos conscientes de tales registros en nuestro cerebro:

Pero, lo que ocurre, y ahí se halla la dificultad interpretativa es que el cerebro se ve incapacitado normalmente de dar una forma exacta de tales registros y entonces por vía interna o inductiva tiene que «componer un Cuadro de situaciones», lo mas idóneo que le sea posible y de acuerdo con la memoria, o grupos de memorias asociativas que Viven. se mueven y tienen su ser en el inmenso depósito de vivencias suministrado por el subconsciente del «yo» entendiendo por subconsciente este «indescriptible e insondable baúl de los recuerdos» que se extienden desde el momento mismo en que el ser humano adquirió las capacidades de autoconciencia hasta el momento actual.

Así, pues, podemos considerar el sueño como la revelación de ciertas acti­tudes mentales y emocionales frente a un nuevo tipo de vivencias en otra dimensión: más la actividad posterior del cerebro de darles una forma lo más semejante posible, de acuerdo con el contenido subconsciente del yo.

Pregunta.- ¿Cree usted, pues, que el sueño es un recuerdo?

Respuesta.- No, yo no he dicho que el sueño sea un recuerdo sino más bien que la vivencia en otra dimensión al no hallar una forma adecuada o correcta para reproducirla vía el cerebro tiene que recurrir a su contenido subconsciente es decir, a aquello vivido anteriormente y que constituye el arcano preciso del recuerdo y de la experiencia.

Pregunta:       Según usted existen siete niveles en la cuarta dimensión ¿Cómo podría demostrarlo?

Respuesta- ¿Cómo demostrarlo objetivamente pregunta usted? Creo que es imposible, al menos para mi, y en este momento actual, aunque es posible que yo posea cierta experiencia en alguno de estos niveles o substratos de la cuarta dimensión o plano astral. No obstante remito a usted a la consideración analógica de la cuestión septenaria que analógica, según la clave hermé­tica, o esotérica, siete planos, con siete subplanos cada uno como reflejos de las dimensiones constitutivas del Universo Y siendo el plano astral uno de estos siete planos, es lógico considerar según la analogía hermética que contiene también siete subplanos o niveles de la misma manera que la luz blanca, se subdivide en siete distintos colores que constituyen siete distintos niveles de expresión de luz.

Pregunta- Sin embargo, usted, no ha aclarado todavía lo que hay que entender por cuarta dimensión ni como el ser humano puede ser consciente allí de algo que desconoce.

Respuesta: ¿Por qué dice usted que desconoce el ser humano la cuarta dimensión? Usted habla seguramente del cerebro y no del «yo» que lo utiliza, cuando emplea el término «desconocer» ¿verdad? Yo le preguntaría: ¿qué es lo que realmente sabemos del yo, del ser humano, ni de su capacidad natural de vivencia o de registro? Sabemos solamente de un cerebro físico, inmerso en un mundo de tres dimensiones y tratando de aclarar desde allí el misterio oculto de otra dimensión. Considere el asunto desde el ángulo de vista de un «registro insuficiente», por parte del cerebro, y tendremos en nuestro poder el hilo de luz que nos permitirá penetrar más profundamente en la cuarta dimensión.

El cerebro físico sólo puede registrar aquello que conoce, lo que desconoce, repito, debe tratar de darle forma de acuerdo con la calidad de registros que posee, en su contenido subconsciente, es decir, de aquel «inmenso depó­sito de recuerdos» al que recurre incesantemente tratando de reconstruir una realidad viva de algo percibido en otro nivel. ¿Se da usted cuenta de esta circunstancia?

Pregunta:       Entonces, toda la problemática de este asunto reside en el desarrollo del cerebro ya que, según usted, el ser humano funciona conscientemente en el nivel astral o en lo cuarta dimensión,

Respuesta: Esta es, evidentemente la problemática, la meta podríamos decir de nuestra investigación esotérica del problema del sueño, es decir, del análisis profundo del proceso que se realiza durante el tiempo en que una persona se halla durmiendo, aparentemente inconsciente de cuanto hace o realiza una vez ha penetrado en las zonas desconocidas de otra dimensión más sutil a la corriente.

Con referencia al hecho de «una persona que funciona conscientemente» en la cuarta dimensión, yo diría que hay que establecer una marcada dife­rencia en orden a este «funcionar conscientemente» en el plano astral, dentro de una escala de valores psicológicos que se extienden desde la simple con­ciencia o registro de un hecho astral hasta la plena autoconciencia con res­pecto a aquel hecho, es decir, que hay que reconocer que existe una frontera entre la normal y natural conciencia astral y la plena autoconciencia astral.

Esta distinción puede ser clasificada en el sentido de que poseemos senti­dos astrales más o menos desarrollados con los cuales funcionamos en aquella cuarta dimensión, pero que no todos somos capaces de funcionar en forma autoconsciente o en estado de vigilia, tal como hacemos cuando nos move­mos en el nivel puramente físico, y somos plenamente conscientes de nuestro cuerpo físico y de los hechos que a través del mismo realizamos.

En el plano astral somos conscientes de los hechos que suceden a nuestro alrededor, pero no de nosotros mismos con respecto a aquellos, o sea, de la actividad de nuestro cuerpo astral, pero no de la parte que le es asignada en aquella serie de actividades, o registros. Un pequeño atisbo de esta autoconciencia se produce a veces cuando «aun perdurando las imágenes o hechos de un sueño determinado» nos damos plenamente cuenta de que estamos soñando, es decir, de que estamos viviendo un nuevo tipo de experiencia en otro campo, que ya no es el meramente físico.

Este fenómeno es muy frecuente, y, a mi entender, constituye un buen punto de partida para iniciar el desarrollo de nuestra autoconciencia astral, y para empezar a introducir en el cerebro una serie de datos, imágenes o registros, que, progresivamente, irán poniendo en contacto los sentidos astra­les con las células especificas o correspondientes del cerebro.

A esto le llamo yo «capacidad de registro», y estoy persuadido de que existen actualmente muchos seres humanos cuyo desarrollo autoconsciente astral es realmente notable.

Pregunta:       ¿Tiene que ver esto que nos ha explicado hoy con el fenómeno de «traslación» a que alude en su artículo «El Viaje astral»?

Respuesta: Evidentemente estos fenómenos están relacionados, aunque como usted comprenderá, la dificultad estriba en que este «viaje» constituye una experiencia individual que no todos pueden verificar ni registrar clara­mente en el cerebro, por cuyo motivo explicar esta experiencia en forma intelectiva u objetiva resulta realmente difícil. Comprenda, además, que el «viaje astral» no tiene nada que ver con el fenómeno corriente del sueño, sino que indica «continuidad de conciencia», es decir, que el estado normal, de «vigilia en el mundo físico» continúa actuando en el nivel astral, viviendo y registrando los «hechos astrales» en el cerebro con una claridad realmente impresionante.

Naturalmente hay que haber pasado muchas veces por esta experiencia para poder hablar de ella con absoluta seguridad y autoridad.

Ella indica, al observador atento, que ciertas células del cerebro han des­pertado a la actividad y que no existe dificultad alguna de registro de los hechos y vivencias de las que hemos sido actores en el campo astral.

Pregunta:       ¿Puede ser desarrollada en nosotros esta capacidad de «vuelo» o de viaje astral? ¿Le fue difícil a usted lograr la plenitud de esta experiencia, tal como la relata en su articulo?

Respuesta: Solamente puedo responderle, y lo hago muy honestamente, que nunca me había preocupado ni me preocupo ahora de «realizar un Viaje» de tal naturaleza. Sé que hay sistemas de entrenamiento, algunos ejercicios de Laya Yoga (La Ciencia de los Centros), que facilitan este tipo de expe­riencia, pero debo advertir también que son realmente peligrosos. Y nada hay más peligroso en ese aspecto que la curiosidad malsana.

La experiencia astral de «desplazamiento consciente» vino a mi en forma espontánea o natural, es decir, que no fui yo a la búsqueda de la experiencia. Fue debido quizás a esta particularidad, que en el momento oportuno surgió en mi vida el venerable ser que me inició, sin peligro, en esa etapa astral de mi vida. Y no me cansaré nunca de repetir la sagrada regla esotérica de que «sólo cuando el discípulo esté preparado, surgirá el Maestro en su vida».

No seria honrado conmigo mismo ni tampoco con ustedes si no les advir­tiera del peligro del «vuelo astral», por el cual tanta gente se halla interesada.

La numerosa correspondencia de personas que me piden detalles, instruc­ciones, disciplinas o ejercicios para efectuar ese vuelo astral llena los cajones de mi escritorio… Y a todos he debido responder lo mismo: «Fácil es empren­der el viaje, pero muy difícil y problemático resulta el retorno del mismo». Hay que dejar que la Naturaleza cumpla en nosotros su ley, no intentemos quebrantarla con nuestros incesantes requerimientos y deseos desmedidos de poder.

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Un viaje al futuro

==> MEE: Un viaje al futuro

La experiencia que voy a relatarles hoy está directamente relacio­nada con ciertos niveles de percepción humana habitualmente dor­midos dentro de la conciencia.

Se trata de una experiencia realizada en esta zona o dimensión del tiempo que, por falta de métodos adecuados o capacidades de registro, denominamos inadecuadamente «atemporal». Pues es bien sabido esotéricamente que todo cuanto pueda ser percibido y regis­trado por nuestra mente pertenece a una u otra dimensión del tiempo dentro de nuestra conciencia, a uno u otro de sus varios niveles vi­bratorios. Fue precisamente leyendo en los registros del tiempo que los grandes profetas y videntes pudieron percibir con extraordinaria precisión el destino de la humanidad en determinado proceso histó­rico de su vida planetaria. Es también leyendo en los anales del tiempo astronómico y entretejiendo valores y cualidades planetarias en relación con hombres, razas y naciones, que los «verdaderos astró­logos» pueden predecir, a veces con exactitud realmente matemática, los hechos y acontecimientos que tendrán lugar en un momento de­terminado del tiempo. Por una admirable «razón de ser» que escapa a nuestra habitual penetración mental, existe un destino para cada hombre y un hombre para cada destino. Esta no es una afirmación dogmática dictada por ciertas apreciaciones esotéricas sobre la vida humana, sino el reconocimiento natural y lógico de una Voluntad superior que actúa constantemente sobre aquélla y la lleva inexora­blemente hacia el cumplimiento de un destino que está la mayoría de las veces más allá y por encima de eso que llamamos la voluntad y el libre albedrío de los hombres.

Cuando nos referimos corrientemente a la vida humana, ya sea como humanidad, como raza o como individuos, lo hacemos siem­pre desde la limitada observación de la existencia objetiva del hom­bre, es decir, desde estas bien delimitadas y conocidas regiones de la conciencia condicionadas por el intelecto, por el deseo o por el cuerpo físico. Pero, si eleváramos la sintonía habitual de nuestra vida y acelerásemos la vibración de nuestra conciencia, veríamos surgir con asombro nuevas zonas o niveles de percepción desde los cuales las perspectivas de todo cuanto existe y nos rodea están tan profunda y radicalmente cambiadas Que parecen no tener relación alguna con lo hasta aquí conocido y experimentado en lo que se refiere a visión, percepción, experiencia y destino. Hablando con esotérica convic­ción deberíamos decir quizás que en estos niveles se está más cerca de la Voluntad divina que crea, configura y orienta los destinos planetarios y humanos y que, por lo tanto, trasciende las pequeñas voluntades y el albedrío de los hombres.

Pero, he ahí la experiencia que vinculada con cuanto acabo de decir voy a relatarles:

Recién terminada la guerra civil española en abril de 1939, me hallaba yo recluido en la prisión provincial de Valladolid. Las cir­cunstancias que me condujeron allí son obvias y huelga todo comen­tario al respecto. Tengo que explicar, sin embargo, que las penalidades de una guerra cruentísima de tres años y la permanencia en prisión con escaso alimento y el ánimo dolorido, habían dejado mi cuerpo extremadamente debilitado. Esta circunstancia favorecía no obstante el desarrollo de mis facultades psíquicas y por aquel enton­ces me era sumamente fácil remontarme conscientemente por enci­ma de lo físico y elevarme a regiones de la conciencia habitualmente en estado de latencia. Una noche en uno de esos raptos — digamos astrales — tuve una extraña visión que dejó en mi mente una huella imperecedera de recuerdo.

Me hallé de pronto flotando en la inmensidad de un espacio o firmamento estelar. Era al parecer de noche y las estrellas brillaban por todas partes con vivísimos fulgores. De improviso y sin darme cuenta del por qué, un luminoso y determinado punto de aquel in­sondable espacio llamó poderosamente mi atención. A la sutil impre­sión de mi deseo sentí que descendía velozmente hacia aquel punto. Conforme me acercaba allí con la velocidad del pensamiento aquel punto luminoso se iba agrandando, hasta que pude tener una noción exacta de que aquel punto era un «lugar» y que en este «lugar» se estaba desarrollando un «hecho», al parecer misteriosamente relacionado con mi vida. De no ser así no tendría explicación posible el profundísimo interés con que yo seguía su desarrollo.

Yo contemplaba aquellas escenas que se realizaban dentro del marco de mis atentas percepciones desde un plano de visión de arri­ba hacia abajo, no desde un plano normal horizontal tal como es corriente. Por otra parte los hechos en sí no parecían tener especial importancia. Todo se reducía a la visión de un puente tendido sobre un caudaloso río. El puente se hallaba completamente nevado. En­tonces me pareció que era de madrugada pues por uno de los extre­mos del puente y a lo lejos por encima apuntaban los tintes del alba. Unos extraños faroles que proyectaban una intensa luz azulada ilu­minaban toda la longitud del puente y encima del mismo, unos hom­bres con extraños atuendos y anchos sombreros armados de palas y azadones estaban retirando la nieve acumulada y llenaban con ella una especie de carrillos cuya carga, una vez llenos, iban arrojando al río. No puedo precisar el tiempo que estuve contemplando el trabajo de aquellos hombres. Sólo sé que repentinamente me sentí intrigado por una extraña forma oscura que parecía surgir de. la profundidad del río. Siguiendo la indicación de mi deseo me sentí lanzado en aquella dirección. A la mitad aproximada del puente había una especie de camino que conducía a aquella sombra. Cuando llegué allí me di cuenta, observando siempre desde arriba, que aquella sombra era una estatua, la estatua de un hombre sentado en actitud de escribir. Parecía un patricio romano. Una inscripción se leía en una de las piedras de aquella estatua, pero al ir a leerlas me sentí potentemente lanzado en otra dirección. Con velocidad de vértigo atravesé una ciudad muy iluminada. Desperté sobresaltado en mi camastro de la prisión. Estaba amaneciendo y por encima del Pisuerga, allá a lo lejos, empezaba también a alborear. Estuve largo rato tratando de hilvanar racionalmente el vivísimo recuerdo de aquella experiencia, pero no me fue posible. Una inoportuna corneta militar, nunca tan inoportuna como en aquellos momentos, me llevó definitivamente al plano de las crudas realidades objetivas. Era el principio de una nue­va jornada para un grupo de hombres privados de libertad.

Pero, he aquí que veintidós años después, en julio de 1961, unas circunstancias especificas de mi vida me llevaron a Ginebra, la bella ciudad suiza. Unos buenos amigos de allí me ofrecieron un trabajo que, por sus características, colmaba una de las más caras ilusiones de mi vida de aspirante espiritual. Acepté con reconocimiento este trabajo y fui a vivir a Ginebra con las mejores intenciones y correctos anhelos.

Un día de noviembre de este mismo año me levanté muy tempra­no. Tenía que terminar unos trabajos urgentes y me dirigía presu­roso hacia el despacho en donde prestaba mis servicios. Hacia varios días que estaba nevando. Para ir a este despacho, situado muy cerca del Palacio de las Naciones Unidas, tenía que atravesar el lago Leman por uno u otro de los dos puentes que partiendo de mi apartamento de la rue de Rhône me llevaban a la parada del autobús correspon­diente. Uno de estos puentes era el de Montblanc que enlaza con la calle de este nombre; el otro era el de Bergues que enlaza, a través de unas pequeñas callejuelas con la de Chantepoulet. Aquella ma­ñana, mejor sería decir aquella madrugada pues era todavía de no­che, tomé el puente de Bergues. Estaba completamente nevado y unos obreros municipales, con capas impermeables y amplios sombreros del mismo material, estaban quitando la nieve acumulada sobre el puente con ayuda de unas palas y azadones especiales e iban llenando con ella unos carritos que descargaban después al río por unos pe­queñas puertas metálicas situadas a lo largo de las barandillas del puente. Sentí de pronto un profundo estremecimiento. En una ráfaga de iluminación de mis recuerdos fui plenamente consciente enton­ces de la «visión» tenida hacía tantos años y volví a vivir por se­gunda vez la misma experiencia con un intervalo de tiempo de más de veinte años.

El Puente des Bergues tiene aproximadamente a su mitad otro pequeño puente que conduce a la llamada Isla de Rousseau. En esta pequeña isla dentro del lago se levanta en medio de jardines la estatua del gran filósofo ginebrino Juan Jacobo Rousseau. Está sen­tado con una pluma en la mano en actitud de escribir, en la otra apoyándola sobre una rodilla un cuaderno y a su lado izquierdo muchos libros amontonados. Va vestido con una túnica como los antiguos filósofos griegos. En una de las piedras frontales de la esta­tua y esculpidas sobre la misma se leen unas inscripciones doradas referentes a la vida y obra del ilustre autor de «Emilio» y «Contrato Social».

No se trataba pues de una ilusión o espejismo del mundo astral, sino de una verdadera percepción mental en el mundo de los «re­cuerdos del futuro». Aquella experiencia realizada en el año 1939 a través de un vehículo sutil de la conciencia tenía su contraparte o realidad objetiva en el año 1961. Mientras contemplaba con emoción la aurora que despuntaba frente a mí al otro lado del puente, iba reproduciendo con entera precisión las incidencias o escenas de mi «visión» y las comparaba con los hechos singularmente precisos y concretos que estaba viviendo en aquellos momentos: los faroles azules de luz fluorescente, desconocida todavía para mí cuando tuve aquella visión, los obreros moviéndose sobre el puente, la nieve, la estatua de Rousseau, etc., y mi mente inquisitiva trataba de profun­dizar en las raíces de aquella experiencia que, en lo que a mi respecta, me ilustraba prácticamente sobre la existencia de niveles «dentro de los confines del tiempo» sobre los cuales la mente lógica y normal del hombre carece de percepción y medida.

Parece ser, de acuerdo con mis observaciones, que pasado, pre­sente y futuro son la misma cosa si somos capaces de elevarnos por encima de la percepción normal o corriente. Cuando recordamos por ejemplo un hecho del pasado, no hacemos sino ponernos en contacto con «algo viviente», con algo que está sucediendo en determinado nivel vibratorio de la conciencia; de no ser así no podríamos repro­ducirlo, recordarlo. No hay que olvidar que nuestra «memoria» o almacén de recuerdos es algo vivo que podemos reproducir con toda su vitalidad en nuestra mente por un simple acto de voluntad. El futuro, según he podido constatar, es también «algo viviente». De no ser así no tendrían explicación racional las intuiciones y premoni­ciones, estos «saltos hacia el Futuro» que cualquier ser humano me­dianamente evolucionado es capaz de registrar en su conciencia, ni las profecías de los santos o profetas que con anticipación de siglos previeron el destino de la humanidad.

Existe, pues, lo que podríamos llamar una «memoria viva dentro de la Naturaleza», una memoria —digamos divina— que abarca el fin desde el principio de lo que ocurre en el tiempo y que puede ser percibida y registrada por la mente humana si ésta es capaz de ponerse en contacto con aquélla.

Es obvio que para esta clase de percepciones y registros —ya sea en dirección al pasado o hacia el Futuro se precisa de una elevación vertical, o espiritual, de nuestra vida en el presente—. Cuando más nos elevemos por esta escalera vertical —o Antakarana de Luz más zonas oscuras de nuestra conciencia—que es una parte de la conciencia divina— quedarán iluminadas. Siendo consubstanciales el espacio y el tiempo, forzosamente limitados durante el período de manifestación de un universo, de un planeta, de un hombre o de un simple átomo, es lógico que cuanto más ascendamos por las rutas ultradimensionales —o espirituales— de nuestra conciencia, más zo­nas dentro del espacio «infranqueable» de la misma quedarán ilu­minadas, y una mayor extensión del tiempo —hacia atrás o hacia adelante— será revelada a nuestras pesquisas interiores.

En estas cuestiones, como en todas aquellas que por su natura­leza escapan a las percepciones normales de la mente, hay que recu­rrir siempre a la experiencia personal, al convencimiento que presta la observación propia sobre hechos que suceden en nuestra vida y que por analogía podemos aplicar después al conjunto universal.